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12 min
El astronauta centenario
Humor |
28.05.16
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Sinopsis

Atruena el cumpleaños feliz de esas bocas maliciosas. Un estúpido gorrito de fiesta me molesta en la cabeza mientras mi familia termina de cantar. Un uno y dos ceros con una pequeña llama en cada uno de los números, que se mueven al ritmo del suave viento que sopla por la ventana abierta, parecen reírse de mí solamente por el hecho de haber sido puestos y encendidos por mi gente, o debería decir mis buitres. Entiendo mejor que nunca el refrán “cría cuervos, te sacaran los ojos”. Se creen que estoy tan senil que no me doy cuenta de lo que intentan. Quieren llevarse mi dinero, por eso vienen a celebrar mi cumpleaños, como si eso fuera a arreglar que el resto del año ni me llamen. Me dicen que sople las velas y pida un deseo. Antes de poder pensar en algo, uno de mis adorables bisnietos, hijo del mayor de mis nietos, comenta riendo que tenga cuidado a ver si se me va a caer la dentadura como en un vídeo que había visto en esa mierda que llaman internet, que ni sé lo que es ni me importa. Para prevenir que ocurra y no tengamos ese magnífico recuerdo, el niño este se saca el teléfono móvil y empieza a grabar. Me siento tentado de levantarme y darle un capón, o por lo menos preguntarle cómo se llama a ver qué cara ponía. Lo cierto es que no sé cómo se llama, me lo dijeron hace tiempo, cuando nació, pero imagino que no me importó demasiado. Visto el resultado de niño malcriado, me alegró de no saber nada de él, por mucho que tenga mi sangre. No hay más que mirar cómo viste y ese peinado absurdo que lleva, repeinado para un lado. Péinate cómo una persona normal por favor, me dan ganas de decirle. ¿Y qué es eso de que tenga ese estúpido trasto de teléfono móvil con ocho o diez años? Si hubiera sido su padre no habría dejado que esto pasara.

-Bueno, ¿soplas o no?-dice mi querido bisnieto, mirándome por encima del móvil.

Me contengo de soltar alguna barbaridad. Me limito a decir lo más agradable que me pasa por la cabeza.

-¿Por qué no te callas de una vez?

Al tener la voz tan cascada por la edad y por no utilizarla nunca, nadie entiende qué digo. Finalmente, soplo las velas sin mayores problemas. El niño está decepcionado. No consigo morderme la lengua, cojo el mechero que está delante de donde está sentada una de mis hijas, la que ha encendido las velas, y digo con la voz ronca, pero clara:

-¿Quieres un vídeo para poder enseñar a tus amigos, chaval? Ven que te quemo ese pelo de estropajo que tienes. Puedes titularlo: “Mi bisabuelo centenario me quema el pelo por no saber cerrar el pico”

Toda mi familia se queda en silencio. Se nota que quieren acabar cuanto antes y deciden pasar directamente a los regalos. Se me ha cruzado el cable, a la mínima voy a saltar de verdad. Noto al niño mirándome, desafiante. Nada, que este chaval quiere guerra.

-Con ese peinado te pegarán en la escuela ¿no?-el niño niega con la cabeza- Bueno en mi clase no habrías salido vivo. No porque mis compañeros fueran agresivos. Sólo porque te daría yo si tuviera tu edad.

-Bueno, y aquí está el regalo papá-dice mi hijo mayor, que ya cuenta con setenta años, para cambiar de tema rápidamente.

Se trata de una caja pequeña. No sé para qué lo envuelven, se creerán que tengo cinco años o algo así. Lo abro y resulta que es un teléfono móvil. Lejos de agradecerlo, pregunto:

-¿Para qué quiero yo esto?

-Te hemos metido el número de todos en el móvil. Así estaremos más en contacto. Qué sino, no nos vemos nunca.

Mi hijo mayor se cree que me chupo un dedo.

-Vosotros lo que queréis es que yo os deje mi herencia.

-No, no-negaron todos a la vez.

-Pues no os vais a quedar ni una sola moneda.

Después de eso, todo es más rápido. Cinco minutos después, estoy en casa solo otra vez. ¡Qué paz!

No sé muy bien qué hacer, así que cojo el álbum y comienzo a mirar fotos de mi mujer fallecida hace muchos años.

Detrás de una de las fotos encuentro una lista. Por lo visto, cuando era joven había escrito una lista de deseos. Observo la lista: no he cumplido ninguno. Me deprimo un poco, pero pienso que mejor tarde que nunca.

Salgo a la calle, bien vestido y con mi bastón. Llevo el móvil aunque no sé muy bien para qué. Mis hijos me han enseñado cómo se usa, pero no veo qué utilidad tiene.

Debajo de mi casa, al lado del portal, me encuentro a tres chavales de unos quince años, oyendo música con un altavoz. Está tan alta la música que hasta yo que estoy medio sordo la oigo perfectamente. Me detengo un momento para escuchar y me quedo atónito. Menuda basura. Así están mis nietos de asilvestrados. Los adolescentes se me quedan mirando, con una expresión desafiante, similar a la de mi bisnieto. Acabo de sacar una conclusión: el mundo se va a la mierda. Por lo menos yo no lo voy a ver. Señalo con el dedo a esos críos y me rio a carcajadas de ellos. Los chavales no se lo acaban de creer.

-¿De qué te ríes tú, puto viejo?

Miro mejor y veo que están bebiendo alcohol. Así que les digo:

-Estáis de fiesta ¿eh? ¿Cuántos años tenéis?

-¿A ti que te importa?

-Poco la verdad-miro la lista de deseos y leo, con dificultad, que uno de mis deseos era haber salido un poco más de noche, de fiesta. Me casé demasiado pronto y realmente nunca me había quedado hasta las doce fuera de casa-. ¿Me dais un poco, chavales?

Los tres críos ríen tanto que hasta les saltan las lágrimas de la cara. Mientras se deciden sigo leyendo la lista. Uno de los deseos es correr la maratón. Necesito un bolígrafo para tacharlo, pues no lo voy a hacer.

-¿No tendréis un lápiz o algo?

Los adolescentes redoblan sus risas. Miro el reloj y veo que son las nueve de la noche, pero aún es de día, pues estamos en verano. Mi familia hace apenas una hora que se ha marchado de casa.

-Vente de fiesta con nosotros-dice uno de los jóvenes, el único que no tiene cara de confundirse entre un libro y un bocadillo.

-¿Adónde vais?

-A una discoteca, pero no sé si te dejaran entrar. ¿Cuántos años tienes?

-Hoy cumplo cien años.

Los tres me miran alucinados.

-¡Felicidades! Pues nada te vienes con nosotros-dicen riéndose y a la vez emocionados de la historia y aventura que puede salir de esto.

-Me llamo Jesús-digo, y después añado-: Tengo una lista con cosas que quiero hacer antes de morir. Llevaba ochenta años sin ver esta foto.

-A ver-se muestran interesados los jóvenes.

Cuando la terminan de leer, me la guardo y les digo:

-Voy a hacer alguna cosa de la lista y vuelvo.

-Vale te esperamos aquí-dicen sin creer muy bien lo que está pasando.

 Doy una vuelta por los alrededores de mi casa. Cuando tienes tantos años como yo empiezas a ver las cosas de una manera diferente. Eres más consciente del viento, de la luz del atardecer que se ve en este momento en el horizonte, de tus propias manos, de tu cuerpo, de tu presencia. Quizá sean alucinaciones de la edad, pero veo que todo a mi alrededor es irreal, que no está allí, que todo son imaginaciones mías. Los coches de ahora y todas las cosas que no recuerdo que estuvieran allí cuando era joven, son algo secundario, mientras que todo lo que estaba se me antoja lo único real. Un árbol que ya estaba cuando vinimos a vivir a este barrio hace ya setenta años, por lo menos; la luna que acaba de aparecer ante mis ojos exactamente igual que esas noches de hace ochenta años cuando daba largos paseos de camino a casa de la mano de mi fallecida mujer, volviendo de haber hecho cualquier cosa en el centro de la ciudad; y poco más la verdad. Todo ha cambiado tanto sin darme cuenta que me da mucha rabia. Me gustaría volver atrás y observar cómo eran estas calles hace años, pues por más que lo intento, no logro recordarlo. Me agarro de mi cabeza sin pelos para agarrar de la desesperación. Pienso que por lo menos tengo que cumplir esta lista. Miro a ver si puedo cumplir alguna de ellas ahora. La mayoría son demasiado difíciles y me desanimo. La de ser escritor la puedo borrar ya. Es imposible que se cumpla. Aunque, por otro lado, siempre podría lograr algo de inspiración. Vuelvo adonde los chavales, que me reciben con alegría. Noto, sin sorpresa, que la cantidad de alcohol ha disminuido considerablemente. Me ofrecen, y yo, ni corto ni perezoso, echo varios tragos largos. Por mucho que bebo, no me viene la inspiración. Me siento al lado de los chicos, donde huele un poco a orina y a desodorante, haciendo que me entren arcadas. El corazón me va a mil por hora.

-Deberíamos ir yendo ya ¿no?-pregunto.

-Si no está abierta todavía la discoteca.

-A esta hora se acababan las cosas en mi época. Las cosas han cambiado un poco me parece.

Los quinceañeros, que siguen sin creerse bien lo que está pasando, me cuentan tonterías de sus vidas. Me dan alguna idea para escribir, pero no sé cómo plasmarlo. Yo les cuento mis problemas con mi familia. Les cuento que no les pienso dejar la herencia.

-Pues gástatelo todo. Saca dinero para esta noche-dice riendo uno de ellos.

No es mala idea. Les digo que esperen aquí y me dirijo al cajero más cercano. No me deja sacar todo mi dinero, sólo unos cuantos miles, así que empiezo a aporrearlo, con la ayuda de mis nuevos amigos que me han seguido. Tanto esfuerzo me hace sudar. Parece que el corazón se me va a salir por la boca.

-El alcohol no es bueno a mi edad-comento, agarrándome del pecho.

-Estás loco-dicen con afecto.

-Más bien senil. Me da bastante igual todo ya. ¿Sabéis que me habría gustado ser?

-¿Qué?

-Astronauta. No está en la lista, pero cuando vi a ese hombre pisar por primera vez la luna por la televisión… Bah, da igual. Es una tontería.

-Todavía puedes hacerlo. Sería un récord, el hombre más mayor en pisar la luna.

Me sumo en esas ensoñaciones mientras seguimos bebiendo. Llego hasta un punto tan álgido de borrachera que hago pedazos la fotografía donde estaba la lista. Me preguntan por qué he hecho eso y respondo que esa lista no me importa nada. Lo que quiero es ser astronauta.

-Tengo que empezar ya con los entrenamientos.

Con la confianza que da el alcohol, me levanto y hago algún ejercicio con los que dejo asombrados a los chicos, no por ser espectaculares, sino por poder hacerlos con la edad que tengo. El corazón me hace daño y la cabeza me da vueltas. Me voy a un rincón a vomitar, provocando nuevas risas entre los adolescentes. El corazón me late desde la cabeza hasta los pies. Me noto muy mal.

-El primer astronauta centenario-proclama uno de los chavales con sorna.

-Lo voy a conseguir, te guste o no-digo, perdiendo la cabeza completamente. Miro al cielo y veo que la luna me invita a subir.

-Vamos sube-dice la luna-. Sólo tienes que saltar y yo te agarraré.

-Voy-digo y me pongo manos a la obra. Salto y salto pero no me agarra.

-¿Por qué no me agarras?-le grito.

-¿Con quién hablas?-preguntan preocupados mis jóvenes amigos.

La luna cada vez está más cerca. A cada salto estoy más cerca. Casi puedo sentir los cráteres y el polvo lunar bajo mis piernas surcadas de venas.

De repente, me da un tirón en toda la parte derecha de mi cuerpo. El pecho me duele muchísimo. No puedo mover el brazo. Me agarró con el otro brazo el pecho y noto cómo el corazón da sus últimos latidos. En un momento de lucidez, me doy cuenta de que me está dando un infarto. Los chicos están paralizados. Estoy en el suelo, inmóvil.

Vuelo, estoy volando. La luna ha cumplido lo prometido, me está ayudando a subir hasta ella.

-Ya casi estás-me anima desde arriba.

Toco un momento la luna con los dedos. La luna no me deja posarme sobre ella. Los dedos se me impregnan de polvo. Pido a la luna que me deje pisar una vez sólo su tierra. Al final, lo consiente y apenas un segundo pongo mis mocasines sobre el satélite de la tierra. Lo he logrado. Soy el primer astronauta centenario, he estado en la luna.

No puedo respirar. Vuelvo a estar en el suelo, rodeado de gente que no distingo. Intentan reanimarme pero les paro.

-Dejadme morir, ya he cumplido lo que quería, he estado en la luna.

Cierro los ojos, feliz, sin notar el dolor y la luz que se acerca a mí a toda velocidad.    

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