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7 min
El autorretrato
Varios |
19.12.18
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Sinopsis

Un pintor, pinta su propio autorretrato

 

 

Pierre subía por las destartaladas escaleras intentando que los descascarillados escalones  no le hicieran perder el equilibrio. Se asía a un inestable pasamano, mirando de mantenerse recto. Estaba llegando a su bohemia buhardilla.

            Abrió la puerta y la inclinación de los techos, reforzados con vigas de madera de melis, con un barniz pobre color cerezo, le dió, como siempre, la más favorable bienvenida. Una chimenea de mármol bastaba para calentar la pequeña estancia. Varios cuadros apilados en el suelo, contra las paredes, descansaban sin que ningún cliente se hubiera interesado por ellos.

El jersey negro de Pierre marcaba una seña de identidad de muchos pintores artísticos de carácter existencialista como él. El pelo, más bien largo y la barba, ambos blancos, contrastaban con la negrura de su ropaje. Su cara adquiría tonos apagados, bolsas en los ojos y arrugas por el paso del tiempo y por el malestar que lo acompañaba desde hacía meses. Un cuello nervudo y descarnado se introducía en el jersey negro, buscando su calor.

Desde los ventanales de su estudio se contemplaban los patios, tejados y cúpulas de la ciudad de Paris… una postal que no dejaba indiferente a nadie. Sin embargo, dejó aparte la belleza de las alturas de la ciudad para posar su vista en un caballete con una tela que lo esperaba con urgencia. A la derecha de la pintura, una pequeña mesa con paleta  y tubos de pintura, pinceles, disolvente, un trapo sucio… al otro lado, y suspendido en un caballete, un espejo en el cual Pierre se observaba meticulosamente. El pintor había tenido la necesidad de realizar un autorretrato.

Quería usar la técnica del autoretrato para reflejarse tal como era en  realidad. Lo veía como un método para detener el tiempo, sin ser una foto, pero tratando de verse a sí mismo, a su propia esencia y a su mundo interior. Se trataba de penetrar en el alma.

Volvió a mirarse al espejo y  a observarse… contemplarse con detenimiento le producía asombro: los rasgos de su cara le decían muchas cosas que, hasta entonces, no había advertido y ahora los empezaba a comprender y a poder detallarlos en la pintura. No quería alejarse de lo que estaba viendo, no quería mejorarse en nada… ni en las arrugas, ni en las bolsas, ni en la fealdad plasmada en el espejo que su barba blanca trataba inútilmente de ocultar. Tampoco su gastado jersey negro aparecía distinto de lo que era: una mísera y envejecida prenda.

            Por un instante apartó su mirada del agobiante espejo y pensó en la multitud de cuadros que sesteaban por todas partes, sin que nadie los tuviera en cuenta. Caviló que él era un artista perfeccionista y, cada vez que observaba los indolentes cuadros, veía algún aspecto mejorable, siempre le parecían inconclusos y los retocaba constantemente.  Como algunos pintores, creía que la obligación del artista es extraer la belleza de lo que lo rodea, sin embargo sabía que sus cuadros rara vez conseguían plasmar un pálido reflejo de esa belleza y eso lo frustraba en sobremanera.

Volvió a mirar su autorretrato y observó en él algo que no había advertido antes. Su cara, hasta hacía poco, más o menos sonrosada, se le aparecía ahora de un color cenizo, gris y mustio que ineludiblemente expresaba un estado anímico o corporal anómalo. Se asustó al verse retratado con aquel color, pues él no recordaba haber introducido aquellos colores en  su rostro, al contrario, recordaba haber utilizado tonos carne y sonrosados para dibujar su rostro. Entonces, con miedo, se observó detenidamente en el espejo y advirtió que efectivamente,  reflejaba una cara enfermiza y sin vida, igual que en el autorretrato.

            A Pierre le entró un pánico visceral y en ese instante, sintió que un dolor agudo se concentraba en el brazo izquierdo en dirección al pecho. Por la propia inercia de la situación, se tambaleó y cayó al suelo, tirando la mesita con colores y pinceles, mientras intentaba llegar, arrastrándose, a la puerta de su buhardilla.

Afortunadamente, una vecina se extrañó al encontrar la puerta medio abierta y exclamó un grito al ver al pintor, desmayado, detrás de ella.

 

Pasaron tres meses desde este desagradable suceso y Pierre se había restablecido con muchas secuelas y dificultades. Como otras tantas veces, abrió con satisfacción la puerta de su estudio, contempló la estancia, recogió del suelo la mesita de los pinceles y colores y con cierto miedo a mirar la tela del autorretrato,  posó sus ojos en ella.

La tela justificó el miedo del artista: el autorretrato todavía mantenía aquel color cenizo en la cara del retratado. Pierre calibró lo que pensaba que la pintura le quería decir…

Sabía que (con muchas limitaciones) había superado el infarto, sin embargo, el cuadro se empeñaba en avisarle; quizá le decía que el mal de la enfermedad todavía le rondaba y que le podía atacar en cualquier  momento. También simplemente, le avisaba de que él tenía una edad en la que la muerte tiene muchas excusas para presentarse. Le recordaba que somos seres abocados a morir. Todos vivimos de espaldas a la muerte, pero ésta es lo único que es completamente seguro que nos llegará, por mucho que nos empeñemos en vivir como si no existiese. Aquel mensaje del cuadro, aunque muy cierto, era ineludiblemente tétrico. Las personas están abocadas a un deterioro físico con el paso del tiempo. Una decadencia que nadie querría ni para su enemigo más acérrimo. Tenemos que cargar con él aunque sea irracional.  Por ello, aunque aceptando el mensaje del autorretrato, lo quiso enfocar desde otro punto de vista. Un punto de vista más optimista, el único que la vida le permitía y que consistía en aprender a disfrutar el momento actual,  valorar el instante y apreciarlo mientras los dolores se lo permitieran. Su única solución consistía en saborear, en lo que pudiera, y le dejaran, la satisfacción de vivir. La vida se abría delante de él aunque fuera de forma limitada, y tenía que aprovecharla sin pensar en nada más. Su obligación consistía en amar con todas sus fuerzas la vida mermada que tenía. Estaba empezando a querer la vida, a amarla, precisamente porque se le escapaba de las manos como un bien escaso.

            La vida y sus alegrías valen la pena por sí mismas. Pierre iba a intentar valorar la vida y vivirla a toda costa: tenía que aceptar sus limitaciones  y aprender a amarlas estoicamente, entendiendo que mientras ellas existieran, existiría la misma vida. La vida se le ofrecía y la tenía que aprovechar.

            Pacientemente descolgó su autorretrato del caballete donde se encontraba y lo depositó con la multitud de cuadros inconclusos que dormían entre las paredes y el suelo. No cabía duda de que su retrato pasaba a ser un cuadro inacabado, al que, más pronto que tarde le llegaría su momento, pero hoy aún no tocaba pensar en él…

 

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