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14 min
El Baldío (capitulo 1)
Ciencia Ficción |
13.08.20
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Sinopsis

Una patrulla militar hace un descubrimiento sorprendente en la zona militar de las Bardenas Reales.

 

 

Hacia años que no llovía cómo lo estaba haciendo. Durante seis días había estado diluviando sobre las Bardenas Reales sin dar tregua, y no parecía que la fuera a dar. Por las torrenteras, totalmente colmatadas, el agua circulaba con una fuerza brutal y devastadora arañando los márgenes de los cauces

Anochecía por decir algo, porque las nubes negras que lo cubrían todo, habían acelerado el proceso notablemente. Para terminar de agravar el panorama, desde hacia un par de horas más o menos, enormes rayos cruzaban el cielo en filigranas imposibles precediendo a unos estampidos estruendosos mientras que rachas de viento lo agitaban todo.

En medio del colosal aguacero, una patrulla militar del ejército del aire, a bordo de un anticuado todoterreno, circulaba por la pista de circunvalación del polígono de tiro haciendo una inspección rutinaria del perímetro: los mandos querían comprobar que la valla de seguridad seguía en su sitio y no había sido derribada por el temporal. Los cuatro militares: un cabo primero y una cabo conductora, y dos fusileros que se arrebujaban detrás protegiéndose con los capotes impermeables de las ventoleras que de vez en cuanto entraban por las rendijas de la lona trasera del Land Rover. Avanzaban despacio porque la lluvia había creado enormes charcos en la pista de tierra que les obligaba a maniobrar para no quedar embarrados.

—Que digo yo mi primero que podíamos haber pillado un coche cerrado: No veas lo que entra por aquí detrás, —dijo uno de los fusileros especialmente protestón.

—¿Qué te crees, que no lo notamos aquí delante? —dijo la conductora—. Los VANTAC están averiados.

—¿Los tres?

—No, solo dos, el otro se lo han llevado los mandos a Tudela.

—¡No me jodas! Vaya puta mierda. ¿Y por qué no se han llevado este?

—¿Por qué son los superiores? —respondió la conductora con sarcasmo—. ¿Tú estás gilipollas o que te pasa?

—¡Joder! Cómo nos quedemos atascados nos vamos a cagar, —dijo el cabo primero ignorando los comentarios. Se le veía preocupado por la intensidad del aguacero, los rayos y el estado de la pista.

—Y si nos cae un rayo también, —afirmó la conductora.

—No seáis agoreros que esta noche juega el Barsa en la Champions.

—Le pueden dar mucho por el culo al Barsa ¡no te jode! —dijo el otro soldado.

—¡Claro! Porque eres del Madrid, que si no…

—Es que no vas a comparar: dónde este el Real Madrid…

—Pues claro que comparo: dónde este el Barsa…

—No me jodas tío, pero si eres de Cádiz, —apuntó la conductora riendo.

—¿Y qué? El Barsa…

—¡Silencio los dos de una puta vez! A ver si…

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la conductora interrumpiendo al cabo.

—¿El que? No he visto nada.

—Algo ha brillado ahí delante con el rayo. A la derecha de la pista.

—Yo no he visto nada… Ahora si, —admitió el cabo cuándo un nuevo rayo hizo relucir algo a una veintena de metros de la pista.

—Sí, sí, delante a la derecha,— corroboró uno de los fusileros.

—Vale, para por dónde puedas: vamos a echar un vistazo.

—No, si al final nos perdemos el partido mi primero.

—¡Silencio joder! —ordenó el cabo—. No me toques los cojones que siempre estás pensando en lo mismo ¡coño!

—A la orden mi primero.

—No creas que también piensa en tías, —añadió el otro fusilero.

—Por supuesto: tías y futbol. ¡Te cagas! —exclamó la conductora.

—Vamos a dejarlo ya ¡hostias! Me tenéis hasta los cojones.

La conductora siguió avanzando unos metros para pasar el puente sobre la torrentera hasta que finalmente paró en una zona sin charcos enfilando con los faros hacia dónde se había producido el suceso. Encendió uno de los focos superiores y lo dirigió también hacia la zona dónde había visto relucir algo.

—¿Qué cojones es eso? —preguntó uno de los fusileros.

—¡La hostia! Ni puta idea tío.

—Vale, vamos a inspeccionar, —dijo el cabo primero y mirando a la conductora la ordenó—: enciende el otro foco y quédate en el vehículo con el motor en marcha. Comunica con la base y diles dónde estamos y lo que pasa.

—¿Este es el puente de la barranca de Zapata? —preguntó la conductora.

—Creo que si, y si no lo es, estamos muy cerca, —y mirando a los fusileros que seguían detrás, ordenó—: venga, bajad y abriros por los flancos, yo voy por el centro. Mucho ojo y los deditos fuera de los gatillos ¿Entendido?

—A la orden mi primero, —respondieron los dos a la vez mientras se recolocaban los capotes de agua. Después, revisaron las armas, encendieron las linternas y descendieron del vehículo al tiempo que el cabo lo hacia por la puerta de delante. Con muchas precauciones de acercaron a la estructura que claramente era metálica aunque no se veían juntas o remaches de ningún tipo. Llovía a mares y la chapa, limpia cómo una patena por la acción del aguacero y de un gris metalizado, refulgía por la acción de los faros y los focos del Land Rover, y en ocasiones restallaba con el resplandor de los rayos.

—Estad atentos que el torrente baja con mucho fuerza, —ordenó el cabo.

—El agua ha desmoronado todo ese lateral de la barranca y lo ha dejado al descubierto mi primero, —aventuro uno de los fusileros.

—Sí, eso parece, —admitió el cabo—. ¡Joder! Esto tiene que ser enorme.

Y así era. La estructura metálica que había quedado al descubierto era de unos cinco metros de alto por otros tantos de profundidad. De él salía una especie de tobera de color oscuro de la que solo se veía la parte superior y por la escasa curvatura que presentaba daba idea del tamaño: descomunal. El cabo pasó la mano por la superficie. Primero con precaución y luego golpeo con los nudillos provocando un sonido sólido.

—Yo no lo haría mi primero, —dijo uno de los fusileros. El cabo le miró y asintió.

—Habría que subir por la parte alta del talud, pero puede ser peligroso: si se desmorona y nos caemos al agua…

—Ni nos encuentran.

—Vale, vosotros iros por ese lado a ver si hay algo más al descubierto y mientras yo voy a subir por el otro lado que no parece que haya peligro.

—A la orden, —respondieron los dos fusileros y alumbrándose con las linternas empezaron a rodear el montículo por dónde el cabo primero les había indicado hundiéndose en el barro. Mientras, este se separaba del torrente y empezaba a subir a una zona elevada que quedaba por encima del hallazgo y también estaba embarrado. Unos minutos después los dos fusileros regresaron y se reunieron con el cabo primero que ya había descendido.

—Mi primero, por allí no se ve nada: lo que sea está enterrado.

—Desde arriba tampoco se ve nada. Vale, regresamos al vehículo.

—¿Qué opinas mi primero? —preguntó la conductora mientras el grupo se guarecían en el interior.

—Ni puta idea: lo único que hay al descubierto es lo que se ve desde aquí. —respondió mientras se enjugaba la cara con la mano y dejaba el fusil de asalto apoyado en el suelo—¡Joder! Nos hemos puesto cómo sopas y de barro hasta los huevos. ¿Has informado a la base?

—Sí, sí, se están alerta por si tienen que venir.

—Pues llámales y que vengan, —dijo el cabo, y después de reflexionar unos segundos añadió—: casi mejor, no tengo ganas de estar explicando algo así.

—¿Algo de la Guerra Civil tal vez? —aventuró la conductora.

—Nada, nada, esto no tiene nada que ver con la Guerra Civil.

—¿Solo lo veo yo y esto tiene más que ver con la Guerra de las Galaxias? —preguntó el fusilero madridista. El cabo le miró con cara de no atreverse a afirmar nada.

—¡No jodas! ¿Marcianos? —exclamó el fusilero barcelonista—. Ahora sí que nos perdemos el partido.

—No te preocupes que mañana echan al Madrid, —dijo el cabo intentando quitar un poco de tensión a la situación— Así ves a un equipo de verdad.

—Jajaja, me parto.

—Me da que cómo esto sea lo que puede ser, ni hoy ves al Barsa ni mañana veo al Madrid.

 

 

Varias horas después la actividad era frenética a pesar del enorme aguacero que seguía cayendo sobre la zona militar de Las Bardenas. El comandante del acuartelamiento, con buen criterio, selló toda la zona y cortó la carretera del polígono de tiro. Cubrió el hallazgo con lonas y advirtió a sus soldados de que todo estaba sujeto a secreto hasta que los mandos superiores evaluaran la situación. También, con buen criterio, requisó todos los teléfonos móviles para que nadie tuviera la tentación de sacar una foto y colgarlo en las redes sociales, o de informar sobre el suceso.

Al día siguiente a primera hora, el presidente de la República y el ministro de defensa, acompañados por el JEMAD, el jefe del estado mayor del Aire y varios mandos militares de alto rango estaban visitando el hallazgo. Les acompañaba el asesor de ciencia y tecnología del presidente del gobierno y media docena de científicos del CSIC. Durante toda la mañana estuvieron inspeccionando el hallazgo y luego se reunieron en las instalaciones del pequeño acuartelamiento. Después de cambiarse de ropa y de cambiar impresiones llegaron a la conclusión de que eso, lo que fuera, no era de manufactura terrestre. Decidieron preservar el hallazgo de miradas no deseadas de satélites indiscretos, y para tal fin se ordenó inmediatamente que los ingenieros militares techaran de forma urgente toda la zona antes de empezar a excavar.

—No sé si lo ven ustedes cómo yo, pero si sabemos jugar bien nuestras bazas, podemos asegurar el futuro de España para siempre, —dijo el presidente de la República una vez que la gente del CSIC les dejó solos.

—¿No cree que está exagerando señor presidente? —le preguntó el ministro de defensa.

—Los adelantos científicos y tecnológicos que podemos conseguir con este hallazgo pueden catapultarnos a la cima de los países más ricos del mundo: estoy seguro.

—Pero cuándo las potencias… amigas o enemigas, se enteren: EE.UU. China y Rusia, no les va a hacer mucha gracia, —intervino el JEMAD con un criterio realista.

—O las multinacionales.

—¡Pues que no se enteren! Se reforzaran todas las medidas de seguridad y se endurecerá, y mucho, la Ley de Secretos Oficiales. También trasladaremos aquí una unidad militar con gente muy escogida, de confianza, para que se ocupen de todas las cuestiones de seguridad.

—Hay que camuflar esto de alguna manera.

—Podemos decir que hemos empezado a construir un búnker de almacenamiento, —propuso el jefe del ejército del aire.

—Buena idea, pero una cosa tiene que quedar clara, —dijo el presidente—. Aquí no entra ni Dios con móvil o sin haber firmado la Ley de Secretos Oficiales. Y si es preciso acuartelar a la tropa, lo haremos. Por el momento aquí solo van a entrar militares, y los científicos e ingenieros que autoricemos a los que se les aplicaran las mismas normas y restricciones que al personal militar.

—A la orden.

—Señores: no podemos meter la pata en esto. Quiero informes cada doce horas. Hay mucho que hacer y todo urgente. A trabajar.

 

Tal y cómo se había ordenado, lo primero que se hizo fue cubrir la zona expuesta con más lonas para impedir que se pudiera visualizar desde los satélites aliados o rusos y chinos. A continuación, se empezó a construir una gran carpa de lona refractaria y colores de camuflaje que cubrió la zona: un área de 350.000 m2. El espacio aéreo se cerró a todo tipo de vuelos, incluso a drones, no solo sobre la vertical, también en las inmediaciones. Para garantizar la seguridad del perímetro, se trasladó una bandera de infantería ligera del Tercio Duque de Alba, con base en Ceuta. Al principio se alojaron en tiendas de campaña, pero rápidamente se empezó a construir barracones dónde se instalaron dormitorios, módulos sanitarios, comedores y el resto de dependencias necesarias para el bienestar de las tropas.

La gente autorizada del CSIC, entró al asalto en el lugar. Primero, los ingenieros militares excavaron la zona para tener una idea exacta sobre lo que tenían entre manos y lo que vieron les dejó anonadados. La nave tenía 396 metros de largo y según excavaban fueron apareciendo ventanas y puertas de varios tamaños, y adosados al fuselaje instrumentos tecnológicos de función desconocida o mejor dicho, inimaginable. A los lados de la nave había adosados dos especies de módulos, también metálicos, de ciento veinte metros de largo que estaban cerrados por un extremo por grandes portones y que, aunque estaban cerradas, se pensó que deberían ser dársenas de despegue y aterrizaje.

Al mismo tiempo, las excavadoras desviaron la torrentera para que la zona no se volviera a inundar si regresaban las lluvias y se desvió la carretera que en parte pasaba por encima de la nave. El análisis de los sedimentos y los estratos revelaron que la nave llevaba enterrada algo más de veinte mil años. Se había podido acceder al interior de algunos compartimentos externos a través de las robustas patas de lo que vendría a ser el tren de aterrizaje, pero no al interior habitable de la nave, aun así, eso había conseguido que los científicos se empezaran a familiarizar con la tecnología alienígena. También se dedicaron a mirar por las ventanas dónde instalaron cámaras de video de alta resolución y potentes focos que escudriñaban el interior.

Cuándo se despejó de tierra toda la parte baja de la nave, aparecieron varias compuertas que tenían sistemas de apertura manual, algo de lo que no disponían las puertas superiores, mucho más grandes. Los ingenieros consideraron que se trataban de puertas de emergencia y la euforia se desató en el equipo científico: tenían varios puntos para entrar al interior porque habían comprobado que los sopletes de que disponían no conseguían ningún efecto con la aleación del fuselaje. Posteriormente se constató que en esa aleación había elementos químicos que no existían en la Tierra.

Se siguió excavando por debajo de la nave y posteriormente se instalaron unas dependencias para aislar cada una de las puertas. No se quería correr ningún riesgo por la posible presencia de alérgenos, bacterias o virus alienígenas. Cuándo todo estuvo preparado, los científicos abrieron una de las puertas e introdujeron en el interior un vehículo robotizado equipado con cámaras de televisión, sensores e instrumentos de medición de todo tipo. No fue fácil porque las puertas daban acceso a unos tubos con escaleras adosadas que conducían en la parte superior a otra escotilla, esta redonda, que también disponía de apertura manual. Ingenieros equipados con trajes herméticos de seguridad consiguieron subir el robot hasta introducirlo, por fin, en el interior de la nave.

Con extremada lentitud el robot avanzaba por el pasillo iluminado por sus potentes focos. Los datos telemétricos que transmitía se recibían en el centro de mando a una velocidad vertiginosa dónde más de un centenar de científicos e ingenieros los recibían con la ansiedad lógica de un momento tan importante.

Todo se había acelerado de una manera sustancial y las expectativas eran enormes. En dos meses se había escavado toda la zona y un robot inspeccionaba el interior de la nave.

 

                            * * * * * * *

 

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