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16 min
El Baldío (capitulo 10)
Ciencia Ficción |
24.10.20
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: Marta empieza a trabajar en el grupo de escoltas, y…

 

Marta Buendía se alistó en la Armada con 18 años cumplidos.

No tenía padre, y nunca deseó tenerlo. Cuándo dejó embarazada a su madre, la abandonó y tiempo después apareció en el regazo de otra incauta que creyó en su falso amor. Jamás le pidió explicaciones o le reprochó lo más mínimo: simplemente se olvidó de él y le borró de su vida. Cuándo nació la niña, la puso el nombre de su madre, abuela fallecida de la recién nacida, y su propio apellido.

Trabajó cómo una burra compaginando varios empleos para sacar a Marta adelante, pero cuándo la niña cumplió ocho años, un desafortunado accidente laboral la dejó huérfana y cómo no había familiares directos que quisieran hacerse cargo de ella, terminó en un centro de menores de la Comunidad de Madrid.

Pasó por varias familias de acogida con malos resultados: siempre terminaba regresando. Allí conoció a Edelmira, otra niña de su misma edad y en una situación similar. Pero Mira, cómo se la conocía familiarmente, a diferencia de ella nunca salió del centro de menores. Tenía una malformación por polio en las dos piernas y no apareció ninguna familia, cristiana o no, dispuesta a acoger a una niña tan mayor y con ese problema físico.

En los años que estuvieron en el centro de menores, compartieron habitación y cuándo finalmente se separaron, siempre continuaron en contacto. Para Marta, Mira era cómo su hermana y esta tenía el mismo sentimiento.

Las dos terminaron sus estudios y mientras Mira entraba en la universidad para empezar los estudios de Trabajo Social, a Marta la ayudaron a hacer FP de técnico superior deportivo y la prueba de acceso a la universidad, imprescindible para entrar en la academia de oficiales de la Armada. Aunque desde temprana edad hacia deporte, desde los once años hacia kárate llegando a ser cinturón negro, intensificó el entrenamiento a todos los niveles para no tener problemas en las pruebas físicas.

Gracias a las buenas calificaciones que consiguió en la prueba de acceso universitario, la admitieron en la Escuela Naval Militar de Marin dónde al término del segundo año optó por el Cuerpo General de la Armada. Desde el primer momento su intención era entrar en la FGNE y el reglamento permitía hacerlo desde allí además de desde la Infantería de Marina. A pesar de ser de Madrid y haber visitado en contadas veces el mar, Marta tenía una fijación especial con la Armada.

A los cinco años y después de estar embarcada en Elcano, salió de la academia naval cómo alférez e inmediatamente solicitó el ingreso en la FGNE, la elite de la Armada: su sueño. No solo fue la primera mujer en completar el durísimo programa de formación, además fue la tercera de su promoción: solo dos hombres la superaron.

Con la aparición de la nave de las Bardenas Reales y la expansión española por El Baldío su futuro se abrió considerablemente hasta que a causa de diversos roces con sus superiores terminó en Mandoria. Cómo ya he contado, formó su propio grupo que en poco tiempo se convirtió en el más eficaz del Mando Conjunto, y fue ascendida a capitán.

En su tiempo libre siguió con las artes marciales y se aficionó a las alienígenas. Empezó el aprendizaje de un par más: de Tarquinia y de Kanaster. También aprendió a combatir con armas de filo no terrestres. Empezó a pelear en la Arena de Riggel, una especie de MMA alienígena dónde a mano desnuda se combatía sin separación por sexos, pesos o especies. Cosechó más de cien victorias y ninguna derrota, con algunos combates muy duros y épicos contra machos talíssios que pasaron al Salón de la Fama de la competición. El problema surgió cuándo decidió combatir en la Arena de Sangre del mismo planeta: combates muy duros, con todo tipo de armas de filo, y siempre a muerte. Fue la primera y única humana o humano que conseguía una victoria allí, y consiguió dos: la única hembra de cualquier especie en conseguirlo, aunque terminó con graves heridas. Cuándo llegó a los oíos de Cortabarria, prohibió taxativamente que cualquier humano combatiera en la Arena de Sangre. Hasta ese momento, más de una docena de soldados españoles había muerto en los desafíos. Posteriormente también se prohibió combatir en la Arena normal.

 

 

Con sus nuevos quehaceres después del incidente, la vida se había normalizado bastante para ella. En su tiempo libre entrenaba con intensidad cómo era costumbre en alguien tan perfeccionista cómo ella. Después se quedaba en casa leyendo o navegando por galaxinet. No solía ir a los bares porque cuándo bebía sola no era capaz de controlarse.

Cuándo estaba de turno, estudiaba la agenda prevista de Cortabarria para saber si podía ir con el uniforme de faena o con el de paseo si había que salir de la base. Esto último es lo que peor llevaba, porque cómo la comandante en jefe siempre llevaba falda con su uniforme de paseo, ella también lo tenía que llevar, y no la gustaba.

—Venga Marta, mira a ver si puedes sonreír un poco, —dijo Cortabarria con sorna sabedora del problema que tenía con la falda. Intentaba pasar el rato mientras esperaba a que llegara el dignatario al que tenía que recibir.

—Con el debido respeto mi señora, me pagan por protegerla no por sonreír.

—Ya salió la mohína, —dijo agarrándola del brazo y dándola un beso en la mejilla.

—¡Joder! No está bien que ande besuqueando a sus escoltas.

—Dicho así suena mal, además, no besuqueo a mis escoltas, pero a ti si, —y mirando a su jefe de seguridad el comandante Javi Becerra que estaba muerto de la risa añadió—. Qué opinas Javi ¿puedo besuquear a Marta o no?

—Claro que puede mi señora, usted es la comandante en jefe: puede hacer lo que quiera… sobre todo con Marta.

—“Puede hacer lo que quiera, puede hacer lo que quiera” —remedó Marta provocando una carcajada general incluso en el resto de escoltas.

—¿Veis? Es hasta graciosa, —dijo Cortabarria mirándola—. Pues que sepas que mañana te vienes conmigo a la fiesta de la embajada Xelar y…

—¡No me joda! —la interrumpió para acto seguido taparse la boca con la mano—. ¡Uy! Lo siento, lo siento mi señora.

—Ya me has oído. Y te quiero con el uniforme de gran gala y con todas las condecoraciones.

—¿Todas? Son muchas. Y el de gran gala no: ¡ni hablar!

—He dicho ¡todas! —y guiñando un ojo con disimulo para que Marta no la viera, añadió—. Y el gorrito también.

—¡Joder! ¿El puto gorro? ¡No!… es ridículo. Y con el de gran gala tampoco.

—¿Pero por qué?

—Porque lleva la falda hasta los tobillos.

—Pues elige: o gorrito o falda larga.

—¡Joder!

—Si me permite mi señora, —intervino su asistente personal la cabo Inés Martín todavía riendo—. Yo me ocupó de que se ponga las medallas.

—No necesito nadie que me ponga las medallas, —espetó Marta de mala manera a pesar de que eran amigas.

—¡Uy que no! si te dejó te pones solo la medalla naval que es la más pequeña y la que más te gusta: que te conozco.

—No se preocupe mi señora, pero es cierto que tiene demasiadas: seria mejor seleccionar. Si la pongo todas puede parecer un mariscal soviético o tardasiano, —el comentario de Inés provocó una carcajada general en el grupo: incluso Marta sonrió.

—Pues la Laureada, la medalla y la cruz naval y un par de alienígenas… cómo mínimo: lo dejó en tus manos Inés.

—No, si al final me las pongo todas.

Cortabarria con una sonrisa volvió a besarla otra vez y añadió—. De verdad que todavía no entiendo, con lo desagradable que eres, por qué me caes tan bien.

—¡No soy desagradable!

—¡Uy que no! y ya sabes gorrito o falda.

—¡Joder!

—Y mal hablada también.

 

 

Una tarde, estaba corriendo por uno de los parques próximos a su apartamento, que tenía una larga vena de agua dónde nadaban una especie de patos autóctonos del planeta, cuándo recibió una llamada en su móvil. Se paró, miró quien era y rápidamente contestó.

—Buenas tardes general Castro.

—Buenas tardes Marta. Siento molestarte…

—No es ninguna molestia mi señor.

—… pero necesitamos hablar contigo ahora mismo. ¿Dónde estás?

—Estoy corriendo por el parque fluvial: en media hora…

—De acuerdo, te mando una lanzadera para que te recoja.

—Tendría que cambiarme mi señor: estoy con la ropa de correr.

—No te preocupes por eso y ven cómo estés: es urgente.

—A la orden mi señor.

Cuándo llegó con la lanzadera al cuartel general, la condujeron directamente a la sala de planificación de Cortabarria, que la esperaba en compañía de Castro y del canciller Tórkurim de Xelar.

—Buenas tardes mi señora: siento presentarme sin el uniforme… —efectivamente, cómo ya había avisado, llegaba con una pequeña malla deportiva y un top a juego.

—No seas boba: ha sido una orden de Paco, —la interrumpió Cortabarria dándola dos besos—. Canciller Tórkurim, ¿Conoce a la teniente Marta Buendía?

—Pues no, pero he oído hablar mucho de ella. Tengo entendido que es una guerrera colosal: dos victorias en la Arena de Sangre de Riggel, más de cien en la Arena normal y ninguna derrota. ¡Impresionante!

—Gracias mi señor, —dijo Marta cogiendo una toalla que la tendía Inés—. Es usted muy amable canciller Tórkurim.

—Además, es la única hembra de cualquier especie con dos victorias en ese espectáculo tan horrible y detestable cómo es la Arena de Sangre, —afirmó Cortabarria.

—Reitero mi admiración teniente, —dijo Tórkurim mirándola de arriba abajo—. Está claro que usted tiene un físico espectacular, pero no la veo muy musculada. Tiene combates con machos jóvenes talíssios que, cómo dirían ustedes, son la bomba.

—Gracias mi señor, —respondió con una ligera inclinación de cabeza.

—Ven Marta, —dijo Castro invitándola a acercarse a la mesa—. Necesitamos consultarte algo.

—Este es el sistema Kurtalam, —dijo Cortabarria activando el mapa holográfico—, y esta veintitrés años luz dentro de espacio de Tardasia. En él hay un centro logístico muy importante y la base dónde, no solo están las nuevas patrulleras de su flota que todavía no han entrado en servicio, también es dónde se están desarrollando los nuevos cruceros. Es el centro de investigación y diseño militar más importante del imperio.

—En principio, esto último es lo que más nos interesa, —intervino el canciller Tórkurim—. No podemos permitir que Tardasia desarrolle naves que puedan competir con las nuestras.

—Inteligencia Naval tiene un contacto que nos puede proporcionar datos técnicos sobre esas naves y su estado de desarrollo entre otras muchas cosas. No las puede transmitir porque hay un sistema de bloqueo que impide mandar datos directamente con onda subespacial: solo tenemos contacto con él camuflando la señal en el flujo de comunicaciones normales del imperio.

—Entiendo: no hay ancho de banda suficiente para asegurar una transmisión.

—Así es Marta. Hay que ir allí, localizarle y recoger todo lo que nos de. Y si se diera el caso de que esta en peligro, o el lo pide, hay que sacarlo cómo sea. Está casado y tiene un hijo.

—Y además convendría monitorizar las instalaciones. —intervino de nuevo el canciller.

—Necesitamos que nos digas si ves posibilidades de mandar un equipo tan al interior de Tardasia, —Finalizó Cortabarria. Marta comenzó a mover el mapa holográfico, encogiéndolo, expandiéndolo y activando archivos mientras los demás se dedicaban a comentar otras cuestiones ajenas a la operación e Inés repartía café y una bebida isotónica para Marta.

—Se podría hacer: ya he estado en la capital imperial y la distancia solo son cuatro años luz más, —dijo finalmente Marta captando la atención de los demás—, pero no con un grupo operativo: es demasiado numeroso. Tampoco podemos utilizar nuestras naves porque corremos el riesgo de que nos descubran aun con el sistema de ocultación.

—Vale: cuéntanos ¿Cómo se haría? —preguntó Castro.

—Cómo lo haré mi señor: esto solo lo puedo hacer yo. Máximo tres personas. El equipo necesario lo mandaremos por transporte comercial, por ejemplo desde Zeff, al mismo Kurtalam: hay núcleos urbanos cerca de las instalaciones. Llevaré dos compañeros no humanos: Mirla de Kanaster y Horr Salac de Talíssia. El sistema esta cerca de Tarnagóm, y podremos acercarnos con el pretexto de que me llevan cómo mercancía al mercado de esclavos de la capital imperial. Una humana de mis características se cotizará mucho. Horr Salac tiene una vieja patrullera tardasiana y la podemos parchear con más armas para que parezca una nave corsaria.

—¿Y vuestras armas? —preguntó el canciller Tórkurim.

—Mis compañeros pueden ir armados con todo lo que quieran, se van a hacer pasar por corsarios: eso no es problema.

—Mira Marta, no puedo ordenarte que vayas a esta operación y menos haciéndote pasar por una esclava: tiene que ser voluntario.

—Lo sé, por eso me ofrezco voluntaria. Y mis compas, si yo se lo pido irán también. Pero ya les advierto que son caros porque son muy buenos, además, tendremos que llevar una buena provisión de fondos.

—Eso no es problema, —afirmó Tórkurim—. ¿Cuándo te puedes poner en marcha?

—No antes de una semana o diez días. Primero hay que llevar el equipo a Zeff, para luego enviarlo y preparar la nave. Pienso que en un par de semanas podremos partir.

—Pues si estamos todos de acuerdo, —dijo Cortabarria mirando a sus compañeros que asintieron— tienes vía libre.

—A la orden.

—Y niña: mucho cuidado.

Marta se limitó a inclinar levemente la cabeza.

 

 

Tres semanas después la nave de Horr Salac se encontraba en territorio tardasiano muy próximo a Tarnagóm, la capital imperial y a Kurtalam su verdadero objetivo. Acababan de ser interceptados por un par de patrulleras de la policía imperial que iban a proceder a inspeccionar la nave. Rápidamente, Marta se quitó toda la ropa y con la ayuda de sus compañeros se ensució todo el cuerpo y después de ponerla una argolla de hierro al cuello con una cadena, la encerraron en una jaula sucia y maloliente. Una de las naves tardasianas se acopló al costado de la nave de Horr.

—Destino y manifiesto de carga, —dijo el oficial cuándo entró en la nave por la escotilla de acceso.

—Vamos a Kurtalam con componentes tecnológicos de Mandoria y Xelar, y a Tarnagóm con mercancía para el mercado de esclavos, —respondió Horr Salac mientras Mirla se mantenía a distancia con la mano en la cacha de su pistola de partículas.

—Muy bien: tienes que pagar una tasa por cada esclavo ¿Cuántos transportas?

—Solo llevamos uno, —la respuesta hizo que el oficial levantara la vista del formulario que estaba rellenando electrónicamente.

—¿Solo uno? No os vais a hacer ricos, —dijo con sorna.

—Te aseguro que sí: una humana, posiblemente la primera que entra en el mercado, se va a cotizar muy bien.

—¿Una humana?

—Si, y además es joven y guapa: nos vamos a forrar.

—¿Y de dónde ha salido? Nunca he visto a una humana en persona. ¿Y dices que es guapa?: quiero verla. Además, tenemos que comprobar el manifiesto de carga, —y mirando a Mirla, añadió—. Y dile a tu amiga que se tranquilice.

—No se preocupe por ella: pero es normal que este un poco tensa, ten en cuenta que lo que transportamos es muy valioso.

Con Mirla siempre a distancia y con la mano perennemente en la cacha de la pistola, pasaron a la bodega de carga dónde se amontonaban una gran cantidad de componentes electrónicos y tecnológicos fruto de la piratería en El Baldío. Desde allí pasaron a una habitación dónde estaba enjaulada Marta. Automáticamente los policías se llevaron la mano a la nariz con gestos de desagrado mientras Marta ponía cara de flipada.

—¡Joder! Que asco. Así no os van a dar una mierda.

—No te preocupes que cuándo lleguemos a Tarnagóm estará deslumbrante, —y empezó a reírse a carcajadas.

—Muy bien. Dame tu unidad de pagos y terminemos con esto,—dijo el oficial saliendo de la habitación. Horr Salac se la entregó mientras los demás policías, venciendo la repugnancia, se hacían selfis con Marta, y después de “confiscar” un par de cajas de vino de Tarquinia, que estratégicamente se habían colocado a su alcance y que no estaban en el manifiesto de carga, salieron de la nave y se desacoplaron.

Rápidamente, liberaron a Marta y con los escáneres vigilaron a las naves policiales mientras se alejaban.

—Ha ido todo muy bien, —dijo Mirla mientras quitaba la cadena del cuello de Marta y la ayudaba a asearse frotándola con una toalla húmeda con un líquido desinfectante.

—Nos ha jodido, no eras tu la que estaba en bolas y llena de mierda en una jaula mientras esos cabrones se hacían selfis conmigo, —bromeó Marta.

—No te quejes que esta operación la has diseñado tú, —dijo Horr Salac mientras la daba un vaso de whisky talissio que Marta se bebió de un trago. Automáticamente los pezones se le pusieron duros cómo piedras y Horr soltó una sonora carcajada—. Me encanta el efecto que tiene el whisky de mi tierra en las hembras de cualquier especie.

—A mí lo que me asombra es que a esto lo llaméis whisky. Deja de decir bobadas y lléname el vaso otra vez.

                                              *     *     *      *      *

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