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16 min
El Baldío (capitulo 11)
Ciencia Ficción |
30.10.20
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: Marta llega a la capital de Tardasia.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                                          *    *    *    *     *

Dos días después, estaban en Kurtalam y Horr Salac hacía el paripé de vender las mercancías tecnológicas. Visito varios centros ofreciendo su “chatarra” y regateando el precio para que no hubiera la más mínima sospecha.

Marta, disfrazada de hembra de Kanaster y en compañía de Mirla, callejeaban por el casco antiguo de la capital plagado de callejones sombríos. Llegaron al lugar de la cita: una pequeña plaza porticada de iluminación precaria. Las dos entraron en la zona oscura y en los soportales esperaron vigilantes la señal convenida. Después de unos minutos de tensa espera, un puntero láser señaló la zona en la que estaban. Sin perdida de tiempo, se aproximaron al origen del destello.

—Orodón 323, —dijo Marta la clave de seguridad previamente pactada por Inteligencia Naval.

—Trango 993, —contestó el contacto, y seguidamente les entregó dos cristales de datos—. Esto es parte de lo que tengo, el resto de lo que había en el computador principal lo tengo en otros dos cristales.

—Eso no es lo convenido.

—Lo sé, pero me tenéis que sacar de aquí.

—Eso ya está hablado con usted y no es problema. ¿Entonces necesita que le saquemos? —preguntó Marta.

—Aunque he camuflado la descarga de datos, en el plazo de seis días lo descubrirán. Nos tenéis que sacar de aquí y llevarnos a El Baldío.

—¿Dónde está tu mujer y tu hijo? —preguntó Mirla.

—Somos diez: toda mi familia se viene conmigo.

—¿Diez? ¡Mierda! No nos han dicho nada de sacar a una familia entera, —dijo Mirla.

—Pues hasta que no estemos todos a salvo no os voy a dar el resto y además los cristales están codificados, —el confidente estaba especialmente nervioso—. Mi familia no se puede quedar aquí, si lo hace morirán.

—¿Dónde están? —preguntó Marta.

—Aquí cerca, en una casa que alquilé hace tiempo a nombre de mi cuñado.

—Muy bien. Os vamos a llevar a todos a la nave, pero una vez allí nos vais a dar los cristales que faltan y el código, y esto no es negociable, —y mirando a Mirla añadió—: regresa a la nave con los cristales y dile a Horr que espabile y que venga a mi encuentro. Compra comida y agua: no tenemos para tanta gente. Prepáralo todo para el despegue.

—De acuerdo.

 

 

En varios viajes y con muchas precauciones, entre Horr y Marta lograron llevar a toda la familia a la nave de manera discreta y sin llamar la atención. Después de comprobar los cristales, despegaron y pusieron rumbo a Tarnagóm, la capital imperial, para cumplir el plan de vuelo y que las naves de control policial no las interceptaran.

—¿Os dais cuenta de que tenemos que ir al mercado de esclavos? —preguntó Marta a sus compañeros. Los tres estaban en la cabina de mando con Mirla pilotando la nave.

—¡Joder! Pues claro que tenemos que pasar por el mercado de esclavos, —saltó Horr de mala manera—. Cómo no lo hagamos se nos va a echar encima toda la puta policía imperial.

—Por más vueltas que le doy no encuentro una salida factible, —añadió Mirla.

—Prioritario: esta nave tiene que regresar a El Baldío con los cristales y con esta gente, —afirmó Marta con los brazos cruzados mientras miraba al frente por el ventanal delantero—, lo demás no importa.

—Lo que estás pensando, ni se te ocurra pensarlo, —soltó Horr cogiendo a Marta por los hombros.

—No hay otra solución, —dijo Marta separándose y dando unos golpecitos con la mano en el poderoso pecho de su amigo.

—Mirla puede llevar la nave y a todos estos ella sola,—razonó Horr mientras Mirla asentía—. Yo me quedo contigo.

—Negativo: la carga de la nave es lo más importante y os necesito a los dos aquí.

—¡Me cago en todos los putos dioses! ¡Joder! No te puedes quedar tu sola en esta mierda de planeta.

—Horr, me sobro y me basto para salir de aquí: y los dos lo sabéis.

—Claro que lo sabemos, —intervino Mirla—, pero ese no es el punto. En un entorno tan hostil cómo este, tus posibilidades suben mucho si Horr esta contigo.

—¡Joder! Y las tuyas también. Tener al lado a un guerrero talíssio tan formidable cómo Horr, del clan Salac, el clan del emperador, le viene bien a cualquiera, pero aquí hay prioridades, y no vamos a seguir hablando de esto, —zanjó Marta, y mirando a Horr que seguía malhumorado le preguntó—. Recuerdo que una vez me contaste que habías descubierto un antiguo centro logístico corsario en el lado tardasiano a cinco años luz de la zona de demarcación.

—Sí, en el sistema Caaretis. En el sexto planeta que no tiene soporte de vida y la temperatura diurna es de -100º C. El complejo es subterráneo y cuándo estuve allí cambie las claves de acceso.

—Es perfecto. En diez días os espero allí con un grupo de extracción.

—¿Te das cuenta de que cuándo la jefa se entere, te va a dar una hostia que te vas a cagar? —preguntó Mirla.

—Nena, los problemas de uno en uno. Cuándo regrese ya me ocuparé de eso.

 

 

En Tarnagóm y mientras la familia permanecía en la nave, Horr y Mirla llevaron a Marta al mercado de esclavos. Iba desnuda, con una cadena al cuello y cubierta con una capa de raso negro con capucha y en los pies unos zapatos de aguja de diez centímetros. Los dos iban fuertemente armados, cómo era costumbre, porque el mercado no era una zona segura: la policía jamás entraba en él bajo ninguna circunstancia. La familia imperial hacía negocios turbios en ese mercado, como en otros muchos lugares: la corrupción estaba en el ADN de la familia imperial.

La aparición, previamente pactada con uno de los intermediarios más poderosos, en el escenario principal, causo una gran sensación. Marta estaba deslumbrante, y eso que se había maquillado para afear un poco la cara y se había teñido el pelo de negro. Cuándo la abrieron la capa, su cuerpo desnudo apareció resaltado sobre el fondo negro de la capa e inmediatamente las pujas se dispararon. Finalmente, un proxeneta propietario de la cadena de prostíbulos más famosos del imperio, en realidad un testaferro de un miembro muy importante de la familia imperial, la compró por una cantidad exagerada.

Seis guardias de la seguridad personal del proxeneta, la sacaron del mercado y la llevaron a su casa para que el feliz propietario inspeccionara la mercancía, cómo tenía costumbre. Intentó manosearla, pero no lo consiguió: Marta no le dio opción. Mató al proxeneta con sus propias manos arrancándole la traquea y vio cómo se ahogaba mientras la miraba con ojos incrédulos. Con una espada ritual tarquinia que había decorando el dormitorio, salió y uno a uno fue matando a toda la guardia personal que eran muchos. A la única que no mató con la espada fue a una hembra Zeff: la partió el cuello: necesitaba su ropa para vestirse y no quería ir llena de sangre. La desnudó, la puso la argolla en el cuello, la envolvió en su capa negra y la cortó la cabeza. Después de vestirse con su ropa, despojarla de sus armas y maquillarse para parecer una hembra de Kanaster, rompió una ventana, cogió todo el dinero y joyas que encontró, prendió fuego al palacio y salió apresuradamente en un vehículo parecido a una moto en dirección al centro de la capital: en medio del bullicio le seria fácil esconderse.

La primera noche la pasó escondida en la sala de calderas de un edificio residencial. Por la mañana estuvo deambulando por la ciudad buscando alguna oportunidad y como no se presentó, después de comprar algo de comida y agua se coló en otro edificio residencial de la zona noble de la capital, en una especie de trastero que encontró en la zona de estacionamiento de los vehículos aéreos de los propietarios. Por la mañana salió de su escondrijo dispuesta a conseguir una nave que la sacará del planeta: fortuitamente se había presentado una oportunidad.

Mientras estaba escondida, se enteró de que un vecino de ese mismo edificio, tenía una nave con la que pretendía visitar un par de lugares próximos a la zona de demarcación. En unos pocos minutos, tenía la nave y al imbécil del propietario en su poder. Pero aunque parezca que fue sencillo, no fue así. El muy cretino resultó ser pariente lejano del emperador y por lo tanto su nave tenía acreditación para viajar a donde quisiera una vez pasado el control de salida, pero al ser miembro de la familia imperial llevaba un guardaespaldas. En el breve pero intenso combate que libró con él, este logró cortarla en el muslo con una daga que llevaba en la cintura antes de matarle. Ella misma se puso unas grapas en la herida y se sentó a los mandos.

—Muy bien, cuando el control de tráfico nos pida la autorización de salida, se la vas a dar, –dijo Marta con mucha tranquilidad mientras despegaba la nave. Después con la mano derecha sacó un pequeño estilete y con un movimiento hábil y rápido, se lo introdujo al imbécil por la nariz que aterrado y berreante permanecía con las manos atadas a la espalda—, si no, te juro por Dios que te sacó el cuchillo por el cogote y tan lentamente que me suplicaras que te mate rápido. El cretino se acojonó tanto que incluso se meó en los pantalones creando un gran charco mientras la cara se llenaba de sangre por la herida de la nariz.

—¡Joder! Que cerdo. Lo estás poniendo todo perdido.

Cuando llegó la comunicación del control de tráfico imperial dijo la clave y les dieron vía libre.

Inmediatamente empezó a sentirse mal. Rápidamente cogió un escáner médico y comprobó que había sido infectada con un agente bacteriológico, seguramente cuando la cortaron con la daga. Se inyectó un antibiótico de amplio espectro para intentar ralentizar las bacterias alienígenas y para apoyar la acción de sus nanobots. Hacía años que los médicos utilizaron estos ingenios para salvarla la vida después de las graves heridas que sufrió durante una misión y con el largo historial médico que presentaba Marta decidieron dejarlos activos permanentemente.

Sin pérdida de tiempo programó la nave para que llegara por si sola al destino y abriera el portón de entrada al antiguo complejo corsario con la clave que la había dado Horr. Se deshizo del propietario de la nave lanzándolo al exterior por una esclusa porque no podía correr el riesgo de perder el conocimiento con él por la nave aunque estuviera atado.

Paulatinamente fue entrando en una especie de sopor que la dejó inerte y empapada en sudor en uno de los sillones del comedor, hasta que finalmente perdió el conocimiento.

 

 

Horr, seguido por Mirla y varios miembros de un grupo operativo, entraron en la nave mientras el resto inspeccionaban la instalación y la aseguraban. Rápidamente el médico del grupo se hizo cargo de Marta y comprobó la gravedad de su estado.

—Hay que evacuarla rápido a nuestra nave. A Mandoria no llegamos con ella viva, —dijo el médico.

—¿Qué hacemos entonces? —pregunto Mirla muy alarmada por el estado de su amiga.

—Que en la zona de demarcación nos espere un crucero: en su clínica si puedo reprogramar sus nanobots. El tiempo es vital.

—Entendido: yo me ocupo, —dijo Mirla y salió corriendo hacia el puente de mando.

 

 

Siete días después, el crucero San Sebastián llegó a la órbita de Mandoria y una lanzadera bajó a la enferma y a sus amigos hasta el hospital militar del complejo español. Marta seguía inconsciente, llevaba un respirador nasal y una bolsa de suero.

Cortabarria la esperaba en la zona de aterrizaje y después de interesarse por su estado, que era estable dentro de la gravedad, saludo a Horr y dio un beso a Mirla.

—Le voy a decir a los médicos que reserven su habitación, —les dijo en confianza—. Porque cuando está gilipollas se recupere, de la hostia que la voy a dar, van a tener que ingresarla otra vez.

—No sea dura con ella mi señora, —intercedió Horr—. Ya sabe que ella siempre hace lo mejor para la misión.

—A nosotros tampoco nos hizo gracia dejarla allí mi señora, —intervino Mirla—. Pero si alguien puede hacerlo es ella.

—Y además ya sabe que es muy cabezona, —apostilló Horr.

—Sí que lo es, si, —afirmó Cortabarria—. En fin, ya veremos qué hago con ella, pero estrangularla va a ser poco.

 

 

Un par de días después, Marta abrió los ojos en la habitación del hospital militar. Desorientada reaccionó con cierta brusquedad quitándose de un tirón el respirador nasal y los sensores que tenía pegados al cuerpo. Una reacción lógica: cuando se quedó en coma estaba en zona enemiga y en máxima tensión. La dolía mucho el muslo y no podía apoyar la pierna en el suelo. Las alarmas de los aparatos empezaron a sonar y una enfermera militar muy pasada de kilos, entró apresuradamente en la habitación. Encontró a Marta intentando mantenerse de pie agarrada con una mano a la cama y con la otra al pie que sujetaba la intravenosa.

—¡Pero bueno! ¿Cómo se le ocurre teniente? —dijo acercándose a ella apresuradamente para sujetarla–. ¡Vuelva a la cama ahora mismo! Habrase visto.

Cómo una corderita y sin rechistar, se metió en la cama y la enfermera la colocó las sábanas mientras refunfuñaba. Después una amplia sonrisa iluminó su rostro y la preguntó mientras la ponía la palma de la mano en la frente.

—¿Que tal se encuentra teniente? Nos ha tenido muy preocupados.

—Estoy hecha una puta mierda, —respondió mientras la enfermera volvía a colocar los sensores—. Me duele todo.

—Ya me dijo el doctor Orxim que es usted muy mal hablada teniente, y la comandante en jefe también.

—¡Joder! ¿Y la han dicho algo más?

—Sí, que si la tengo que dar un pescozón tengo la autorización de los dos, pero no vamos a llegar a eso ¿verdad teniente?

—No, no vamos a llegar, —dijo Marta enfurruñada—. ¿Puedo volverme a Tardasia?

—Vamos, vamos, no diga bobadas, —respondió la enfermera con su sonrisa—. ¿Dónde va a estar mejor que aquí?

—Pues no sé yo.

—¿Qué es lo que no sabes, Marta? —dijo Cortabarria entrando en la habitación con su jefe de seguridad y un par de escoltas. Automáticamente Marta intentó levantarse, pero la enfermera lo impidió poniéndola la mano en el hombro—. ¿No estarás en plan borde?

—No mi señora: para nada.

—Así me gusta: mientras estés aquí te quiero hasta simpática, —y a continuación se inclinó y la dio dos besos—. ¿Lo has entendido?

—Alto y claro mi señora.

—Porque si no, aquí mi amiga, —continuo Cortabarria señalando a la enfermera—, me lo va a decir.

—Lo capto mi señora, —refunfuño Marta con el entrecejo disparado.

—¿Cómo te encuentras?

—Se acaba de despertar mi señora, —respondió la enfermera adelantándose a Marta.

—Eso lo explica todo—dijo Cortabarria con sorna—. Por cierto, ¿no te faltaba una condecoración Xelar? pues ya la tienes: te la han concedido.

—¿No me joda?

—¡Eh! Esa boca teniente, —la reprendió la enfermera.

—Ya veo que vais a hacer buenas migas, —bromeó Cortabarria. Después de unos segundos en silencio mientras la miraba intensamente a los ojos y mientras la ponía la mano en la mejilla, añadió—. Entiendo lo que has hecho y sé que para salvar a la familia del confidente y los datos que ha proporcionado no había otra alternativa, pero me pone mal cuerpo el solo pensar que te podíamos haber perdido.

 

      Marta, con lágrimas en los ojos cogió la mano de su comandante y se la besó.

—Gracias mi señora.

—Bueno, el doctor Orxim se ha tenido que ir a un simposium, pero todo está controlado, —la dijo mientras la secaba las lágrimas—. Ahora lo que tienes que hacer es ponerte buena lo antes posible.

 

 

Una semana después, Cortabarria llegó al hospital después de un viaje y en el control de la planta, la enfermera la dijo que Marta estaba en el gimnasio.

—Pero ¿Ya esta para eso? —preguntó y la enfermera contestó con un gesto característico con la mano.

Se dirigió al ascensor, seguida por los escoltas, y subió a la última planta dónde estaba situado el gimnasio. Frente a un amplio ventanal, la encontró sentada en un banco de remo empapada en sudor y con expresión de dolor por el esfuerzo, y por la herida del muslo.

—¿Estás segura de que ya puedes hacer ese esfuerzo? —rápidamente Marta se paró y con la ayuda de uno de los escoltas se puso de pie mientras cogía una toalla y se secaba el sudor de la cara.

—Por supuesto que si mi señora.

—¡Una mierda! Si casi no te puedes ni levantar, —dijo Cortabarria mientras la daba dos besos.

—De verdad que estoy bien mi señora. Ya estoy harta de estar aquí: si no hago algo me voy a morir de asco.

—¿Para cuándo te han dicho que te dan el alta?

—Pasado mañana: ya no hay rastro de la puta bacteria.

—Perfecto. La semana que viene tengo que ir a Kanaster. Ya lo he hablado con Javi Becerra. El no puede venir y me gustaría que fueras tú la jefa de seguridad para ese viaje. ¿Estarás ya disponible para esa fecha?

—Por supuesto: ya lo estoy mi señora.

—Y la herida de la…

—Eso no es problema: estoy bien para el servicio… créame.

—Perfecto, pues cuándo salgas pasa a ver a Becerra, —y después de darla dos besos se fue. Cojeando se acercó a una cinta de correr, se subió y apretando los puños por el dolor empezó a correr. Primero cojeando un poco hasta que fue cogiendo ritmo.

 

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