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14 min
El Baldío (capitulo 12)
Amor |
07.11.20
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: Comienza la campaña de Káraman y nuevos peligros se ciernen sobre Cortabarria.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                                                                *      *     *     *     *

Hacia un par de años que Kánaster había sido liberada e inmediatamente, las milicias y la resistencia guerrillera se integraron en sus nuevas fuerzas armadas que formaban parte de las fuerzas aliadas de El Baldío.

Para consolidar el nuevo régimen democrático, algo nuevo y desconocido después de más de doscientos años de fascismo tardasiano, se había organizado una reunión del Consejo Político Aliado y otra del Estado Mayor Conjunto. Dos eventos que habían levantado una enorme expectación por sí mismos, y que además se iban a ver reforzados por gran cantidad de actos culturales y deportivos que se habían organizado en esa misma semana.

Para evitar riesgos inútiles, la nave de Cortabarria, un regalo Xelar de clase diplomática, había viajado hasta allí adosada al casco del crucero de batalla Madridejos. Durante los tres día que duró el viaje, Cortabarria, cuándo no estaba reunida con sus colaboradores, pasaba el tiempo con Marta e Inés que la seguían a todas partes porque la seguridad en torno a la comandante en jefe, en el interior de la nave, era mínima. Juntas iban al gimnasio, comían o charlaban en alguna de las cantinas. Incluso junto a la tripulación vieron un partido de futbol del Real Madrid que por supuesto ganó.

Ya en Kánaster, igual que en el Madridejos, Marta seguía a Cortabarria a todas partes, siempre con su impecable uniforme blanco de paseo de la Armada, y con un pequeño bulto en la sobaquera izquierda y otro en el bolsillo derecho.

—Esos bultos te afean el uniforme, —dijo Cortabarria para meterse con ella mientras en una lanzadera se dirigían a uno de los eventos.

—¡Joder! Es que soy su escolta, no una dama de compañía.

—Ya, pero te sigue afeando el uniforme.

—¿Y si vienen los malos que quiere que utilice: escupitajos o palabrotas?

—Pues con lo mal hablada que eres seguro que tendrían efecto, —e insistiendo en la broma, añadió—. Y por cierto, estarías más mona si en lugar de coleta te hicieras un moño.

La carcajada fue general mientras Marta se quedaba con la boca abierta. Boqueó varias veces, pero fue incapaz de emitir ningún sonido. Muerta de risa, Cortabarria, la cogió la cara con las dos manos y la dio un par de besos mientras Marta se ponía roja cómo un tomate.

 

 

Ya de regreso en Mandoria, todo volvió a la actividad normal. Cortabarria delegó todo en el general Paco Castro y ella se encerró en la sala de planificación estratégica. Tenía claro que el próximo objetivo iba a ser un hueso duro de roer: Káraman 5. La actual zona de control español, echando mucha imaginación tenía forma de medialuna, y casi en la zona exterior del hueco, se encontraba el sistema Káraman, a menos de diez años luz de la zona de demarcación con el imperio tardasiano. El imperio, sin el menor rubor, tenía estacionados más de un millón de soldados imperiales y siempre había una nutrida presencia de unidades navales pesadas, y eso era algo que Cortabarria no podía ignorar: no podía seguir avanzando dejando un bastión de esa magnitud en su retaguardia.

Cuándo Cortabarria trabajaba en el interior de la sala de planificación estratégica y a pesar de que era zona de máxima seguridad Marta se sentaba en una silla en las proximidades de la puerta de acceso.

Un día en el que Cortabarria trabajaba con su jefe de operaciones y jefe del ejército, el general Teodoro Reding, Marta estaba sentada en la puerta charlando con otros compañeros cundo su teléfono sonó y contestó rápidamente después de mirar el visor y levantarse de la silla.

—¿Ocurre algo mi señora?

—Tranquila, no ocurre nada: pasa que quiero comentarte algo.

—No tengo acreditación de seguridad del nivel requerido para pasar ahí, mi señora.

—Pero ¿qué gilipollez es esa, cómo no vas a tener nivel…? Además, ya has estado aquí.

—Mi señora, a mí no se me ha perdido nada ahí… —contestó al tiempo que se abría la puerta y Cortabarria, cogiéndola de la mano, se acercaba al control de seguridad y hablaba con el oficial de turno. Después de teclear, Cortabarria introdujo su firma electrónica personal y a continuación pasándola el brazo por los hombros y entraron a la sala cerrando la puerta.

—Mira Marta, estamos ideando un plan de batalla que tiene necesariamente un conjunto de operaciones con fuerzas especiales y necesito que alguien las desarrolle, y eres la persona ideal para hacerlo, —dijo Cortabarria parándose junto a la mesa y activando la mesa holográfica—, pero una cosa tiene que quedar clara, mejor dicho, súper clara: por nada del mundo vas a participar en las operaciones.

—¡Joder…!

—¡Jovencita! Te recuerdo que estás dónde estás porque agrediste a un superior y tienes suerte si sigues en las Fuerzas Armadas, por lo tanto, no me toques los ovarios.

Marta bajó la mirada y con los ojos brillantes solo pudo decir: —lo siento mi señora.

—Venga, vamos a trabajar —dijo Cortabarria sentándose en la silla mientras Marta hacia lo mismo—. Vamos a atacar Káraman 5.

—¡Por fin! Ya le estaba tocando.

—Necesitamos neutralizar desde dentro las baterías de defensa planetaria y los emisores de escudo, —empezó a informar Reding—. Inteligencia ha localizado los centros militares generadores de energía que alimentan esos equipos y ya te digo que según los informes están muy bien defendidos. Queremos que planifiques una operación con al menos once objetivos simultáneos y a la misma hora para que una vez desactivados tengamos tiempo para que la artillería naval pueda destruir las instalaciones desde la órbita antes de que los equipos de refuerzo redundante puedan restablecer las defensas.

—Nunca hemos planeado una operación tan compleja…

—Lo sé, —afirmo Cortabarria.

—…y casi tendremos que utilizar todos nuestros efectivos: no estoy segura de si eso es conveniente.

—Tú de eso no te preocupes, —añadió Reding—: utiliza todos los recursos del Mando Conjunto y si tienes que tirar del Tercio de la Armada, de los paracaidistas o de la Legión, están a tu disposición.

—A la orden, pero con el debido respeto, si fuera necesario prefiero tirar del Tercio de la Armada.

—Ya salió la marinera, —dijo Cortabarria riendo.

—El Tercio va a tener un papel muy importante en las operaciones de desembarco, —apuntó Reding con una sonrisa­—. Es mejor que utilices efectivos de los otros cuerpos… aunque no sean marinos.

—A la orden mi señor.

 

 

Los tres estuvieron trabajando durante el resto de la mañana y finalmente salieron juntas al comedor del Cuartel General mientras Reding se iba a atender otros asuntos. Pasaron por el autoservicio y con sus bandejas se sentaron en una mesa. No las acompañó ningún escolta porque Marta seguía armada con su pistola reglamentaria sujeta al muslo: la única que llevaba con el uniforme de faena.

—Estás muy silenciosa, —dijo Cortabarria mirando a su compañera.

—Estoy pensando, —e inclinándose hacia su superiora, dijo bajando la voz y tapándose la boca con la mano—: me faltan datos muy concretos. Quiero mandar un grupo de reconocimiento.

—Haz lo que creas conveniente, pero puede ser arriesgado.

—Luego lo hablamos mi señora.

Cuándo terminaron de comer, regresaron a la sala de planificación y ya por fin solas hablaron del tema.

—Bueno, dime, ¿qué tienes pensado?

—Quiero mandar a alguien a recabar unos datos que son imprescindibles, pero no quiero mandar un equipo táctico, quiero mandar un par de amigos de mi más absoluta confianza.

—¿Mirla y Horr Salac?

—Sí mi señora. Tienen un pasado de chicos malos y esos tienen las puertas abiertas en Káraman.

—Todo tiene que ser muy discreto.

—Por supuesto mi señora: confíe en ellos. No la defraudaran.

—Estoy segura. Muy bien: ponlo en marcha.

—Por cierto, Mirla y Horr son activos muy valiosos y seria interesante integrarlos.

—¿Estarían dispuestos?

—Si se les incentiva lo suficiente si, pero no se podrían integrar en ninguno de los cuerpos actuales. Habría que formar un grupo independiente de no más de diez miembros entre humanos y alienígenas. Serian cómo la elite de la elite.

—Me gusta la idea, pero ahora centrémonos en Káraman. Cuándo acabe la campaña lo hablamos.

—A la orden.

 

 

Tres meses después, la flota combinada hispano-Xelar esperaba a escasamente media hora de salto la orden para dirigirse hacia Káraman. Más de tres mil efectivos de las fuerzas especiales de los tres ejércitos se había infiltrado en el planeta en la mayor operación de este tipo en la historia de las Fuerzas Armadas españolas. Todo debía funcionar con la precisión de un reloj atómico, porque la fuerza naval iba a llegar dos minutos después de la destrucción de los generadores de escudo y de las defensas planetarias. Cinco minutos después de la flota combinada, los transportes de tropas desembarcarían, en varias oleadas, más de dos millones de soldados, seis mil carros de combate de todos los tipos y la intendencia para todos ellos.

Marta estaba de los nervios. Paseaba continuamente en el centro de mando habilitado en el crucero de batalla Consuegra. Estaba acostumbrada a estar sobre el terreno y no en una sala repleta de pantallas y equipos electrónicos. Desde su sillón, Cortabarria la miraba divertida, pero se abstuvo de meterse con ella: no era el momento.

Por los mini auriculares que llevaba la indicaron de que ya era la hora, miró a Cortabarria que asintió con la cabeza, y transmitió la orden a un alto oficial de estado mayor para que la operación se pudiera en marcha. Con la graduación de teniente, no podía dar ordenes a mandos superiores, por eso la comandante en jefe retorció un poco el reglamento poniendo a un intermediario de su total confianza.

Una hora después, cuándo el Consuegra llegó a la órbita de Káraman, desde el Centro de Mando vieron cómo los poderosos cruceros españoles, y los más poderosos acorazados Xelar, con la artillería naval machacaban sin descanso los objetivos asignados. El enemigo había perdido las defensas planetarias y sus tropas se intentaban defender con los escudos secundarios, poco efectivos ante la acción de la artillería naval.

Las primeras oleadas de desembarco ya estaban sobre la superficie y las unidades se empezaban a organizar, mientras las fuerzas especiales empezaban la segunda fase de su operación particular y se dedicaban a demoler infraestructuras de comunicaciones para entorpecer los movimientos enemigos. Los transportes de la primera oleada habían regresado a los puntos de partida para llevar al planeta a las siguientes oleadas y los pertrechos necesarios.

 

 

Marta estaba exultante. Su parte del ataque había salido con la precisión requerida y casi no habían tenido bajas. En lanzaderas y transbordadores, las fuerzas especiales habían empezado a regresar a un transporte de tropas asignado para tal efecto, y Marta los esperaba y se abrazaba a todos según iban saliendo de las naves. Todos la conocían de sobra.

Cuándo todos hubieron regresado, se equipó rápidamente para bajar a la superficie y con su rifle a la espalda, en una lanzadera se presentó en el Centro de Mando de Cortabarria.

—¿Dónde crees que vas con ese rifle? —preguntó cuándo la vio aparecer con el rifle a la espalda temiendo que viniera dispuesta a acercarse al frente a pegar unos tiros.

—Soy su escolta mi señora y por si no se ha dado cuenta, estamos en zona de guerra, —respondió Marta con humor—. El rifle es reglamentario.

—Oye Pepe, —dijo Cortabarria mirando a su ayudante de campo Pepe San Juan—. ¿Estoy flipando o Marta ha hecho una gracia?

—Eso es lo que parece: es inaudito.

—Desde luego. Fíjate, quien lo iba a decir: es hasta graciosa.

—Le recuerdo mi señora que tiene una batalla que ganar, —dijo Marta con el entrecejo disparado.

—¡Ah! Otra gracia: me va a dar algo, —la carcajada fue general en el Centro de Mando mientras Marta ponía cara de resignación y desistía de decir algo más. Después, Cortabarria se acercó a ella con una sonrisa—. Ya esta la mohína. Anda dame un beso. Lo has hecho muy bien.

Las dos se fundieron en un fraternal abrazo y a continuación la comandante en jefe prestó atención al mapa de desarrollo estratégico para seguir las operaciones que Reding dirigía desde el Centro de Mando Avanzado.

Tres semanas después, los restos del ejército imperial presentaron batalla en los paramos de Kurtadám. El Imperio intentó mandar refuerzos, pero fueron interceptados por la flota combinada y destruidos. En una hábil maniobra, Cortabarria ordenó a Reding que lanzara sus regimientos acorazados contra el flanco enemigo y la batalla no tuvo más historia: el enemigo se rindió con la condición que se respetara la vida de todos.

Fueron embarcados en las naves que había sido capturadas y enviados a Tardasia, a un planeta con soporte de vida que se encontraba junto a la zona de demarcación.

 

 

El emperador, que estaba muy cabreado, se negó a socorrer a sus soldados porque consideraba que deberían haber dado la vida para conseguir la victoria. Finalmente, autorizo a una ONG de Zeff, para que les llevara suministros, pero al mariscal al mando, y a todo su estado mayor les cortó la cabeza.

—¡Sois unos inútiles! —tronó el emperador cuándo inmediatamente se reunió el Consejo Imperial Militar—. ¡Estoy rodeado de inútiles!

—Discúlpenos majestad, pero han puesto en juego el doble de soldados de los que teníamos allí.

—¡Eso no es excusa! —volvió a gritar.

—Y las naves españolas y Xelar son muy superiores a las nuestras.

—¡Tampoco es excusa! Y frente a una puta mujer: es vergonzoso. No sé cómo tenéis el valor de presentaros ante vuestro emperador con esta derrota tan ignominiosa, —y mirándolos fijamente volvió a gritar—: ¡Imbéciles! ¿Tengo que hacerlo yo todo?

—Mi señor, —dijo la emperatriz, que acompañaba al emperador a todas partes, poniendo su mano delicadamente sobre el antebrazo de su esposo—. Tal vez eso sea lo mejor: deja que me ocupe yo de resolver este problema. Está claro que estos anormales no lo van a hacer.

—¿Qué tienes pensado? —respondió el emperador después de reflexionar unos segundos.

—Luego lo hablamos cuándo estemos a solas mi señor. ¿No querrás que se entere todo el imperio?

—Cómo siempre tienes razón cariño: no podemos hablar nada delante de esta banda de chismosas cobardes, —y mirándolos gritó—: ¡Todos fuera de aquí!

—Esa zorra es lista, —dijo la emperatriz una vez que se quedaron solos—. Ella es el problema. Hay que eliminarla.

—Tengo informes sobre su seguridad y ya te digo que es prácticamente imposible.

—Imposible es una palabra que no me gusta mi señor. Todo es cuestión de dinero.

—Ya sabes que eso no es problema y menos para asesinar a esa zorra.

—Es cuestión de saber emplear ese dinero. Mi señor: déjame que me ocupe yo.

—¿Me garantizas de que vas a asesinar a esa hija de puta?

—Si mi señor.

—Perfecto. Ya que te has ofrecido tu misma, espero que no fracases… si quieres seguir siendo emperatriz.

 

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