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19 min
El Baldío (capitulo 14)
Ciencia Ficción |
20.11.20
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  • 156
Sinopsis

En el capitulo de hoy: atentado.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Marta era un ser excepcionalmente preparado para todo lo que tenía que ver con la acción militar y la seguridad. Se podría decir que tenía un sexto sentido para intuir las situaciones potencialmente peligrosas. Por eso sintió esa opresión en el pecho que se percibe cuándo eres consciente de que el peligro te acecha. Todo parecía estar en orden. Desde dos metros atrás, veía cómo Cortabarria y Castro charlaban animadamente mientras atravesaban la plaza central del complejo del Cuartel General en dirección al comedor. Algo la chirriaba, algo no encajaba, pero no sabía que. Hizo un barrido visual del entorno por segunda vez y entonces se percató: un guardia de seguridad mandoriano, perfectamente uniformado, estaba a su derecha, a unos siete u ocho metros, en una posición dónde era innecesario estar. Mientras se aproximaban al templete central dónde estaban las escaleras de emergencia de los niveles inferiores, giró levemente la cabeza para controlarlo con el rabillo del ojo, y cuándo volvió a mirar hacia delante vio cómo frente a ellos, otros cinco guardias de seguridad se movían también de forma extraña en una zona dónde tampoco debían estar y además parecía que les cerraban el paso mientras disimulaban haciendo que vigilaban.

De improviso, otro guardia salió de detrás del templete a escasos dos metros de ellos con una pistola de la mano. No lo pensó. Se abalanzó hacia él, le agarró de la mano y mientras lo volteaba con una llave le arrebataba la pistola y le disparaba en la cabeza para acto seguido disparar al que venia por la derecha abatiéndolo de un certero disparo. El doble estampido sobresaltó a Cortabarria y Castro que se volvieron hacia Marta que en ese momento apuntaba en su dirección y disparaba varias veces. Cuándo volvieron la cabeza hacia el destino de los disparos vieron como dos guardias caían al suelo a escasos tres metros de ellos. Avanzó rápidamente mientras seguía disparando con el arma del terrorista, al tiempo que agarraba a Cortabarria por la espalda y la empujaba contra las puertas del templete.

—¡Adentro, adentro! —gritó mientras tiraba la pistola y desenfundaba la suya, al tiempo que Cortabarria caía al suelo y Castro se refugiaba también intentando abrir la puerta de acceso al subterráneo.

—¡Marta, esta cerrada! —gritó Castro protegiendo a Cortabarria con su cuerpo.

—¡Mierda! —exclamó Marta mientras seguía disparando hacia los que se aproximaban por delante. Moviéndose de lateral, ella misma de puso delante de sus dos superiores para protegerlos. Con una rodilla en tierra y ocupando el quicio, siguió disparando mientras con la mano izquierda activaba el dispositivo de alarma que llevaban todos los escoltas del Cuartel General.

 

 

La alarma comenzó a sonar estridente en el centro de seguridad y mientras los operadores atendían los monitores, el jefe de seguridad Javi Becerra salió rápidamente de su despacho.

—¿De quien es, de quien es? —gritó.

—De Marta. Hoy esta con ella. El sistema de posicionamiento la sitúa en el centro de la plaza central.

—¡Rápido, rápido! —gritó Becerra viendo cómo los agentes de guardia salían a toda velocidad empuñando sus rifles de asalto. En pos de ellos y con otro rifle de la mano, salió también Becerra seguido con un equipo sanitario que siempre estaba en alerta. Cuándo a los pocos segundos llegaron a la plaza vieron seis cuerpos en el suelo.

 

 

—Paco… coge la pistola… protégela, —dijo Marta con voz entrecortada, después de recargar el arma y entregársela. Se giró y vieron cómo tenía todo el pecho ensangrentado. Después se desplomó inconsciente.

Cortabarria se abalanzó sobre ella, la agarró del uniforme y tirando la metió dentro, mientras Castro apuntaba con la pistola hacia el exterior.

—¡Presiona las heridas, presiona las heridas! —la gritó mientras veía como varios guardias de seguridad irrumpían en la plaza encarando los rifles y abatían a un terrorista que intentaba escapar disparando. Entonces vio a Becerra y empezó a gritar—: ¡Javi, Javi! ¡Aquí, aquí!

—¡Ya vienen los sanitarios! —dijo Becerra llegando a su posición y mirando a Cortabarria, añadió—: Mi señora: hay que evacuarla.

—Ni lo pienses: me quedo con ella.

—¡Joder Itziar sé razonable! —dijo Castro.

—¡No, no lo soy! y no insistáis, —zanjó Cortabarria mientras los sanitarios empezaban a atenderla.

—¡No tiene pulso! —exclamó y empezaron a hacerla maniobras de reanimación. Un par de minutos después llegó el equipo médico con una lanzadera medicalizada. Lograron reanimarla y mientras la estabilizaban, la ponían oxigeno y suero.

Cortabarria miró a su jefe de seguridad Javi Becerra que hablaba por teléfono y le dijo separándose momentáneamente del grupo—: Javi, Marta no tenía que estar hoy conmigo…

—Lo sé, —intercaló Becerra apartando el teléfono y cortando la comunicación.

—…y eso me preocupa. Los que han organizado esto ¿tienen información de los turnos de escolta y quien los realiza? Marta es muy conocida y nadie en su sano juicio va a intentar algo así estando ella de servicio. ¡Joder! Es la única hembra de cualquier especie que tiene dos victorias en la Arena de Sangre de Riggel.

—A mí también me preocupa y ya he dado las ordenes pertinentes para que se investigue internamente a la unidad, mientras la Guardia Civil investiga a los terroristas. Carol tenía que estar hoy con usted, pero llamó a Marta a las seis de la madrugada porque el niño se puso malo con fiebre y se fue a urgencias, por eso no se han cambiado los organigramas de turnos. Y esta el tema de que emplearan armamento terrestre: sabían que los nuevos inhibidores impiden emplear armas láser o de partículas o artefactos explosivos en este complejo.

—Muy bien: mantenme informada, —y viendo cómo trasladaban a Marta en una camilla a la lanzadera, añadió—: yo me voy al hospital con ella…

—De acuerdo mi señora. Cuándo regrese a su despacho tendrá mi dimisión irrevocable encima de la…

—¡No Javi no! te lo prohíbo.

—No me puede prohibir eso mi señora.

—Mira Javi, no tengo ahora mismo el cuerpo para discutir contigo, o sea: no me toques los ovarios. Vas a seguir por lo pronto hasta que se aclare todo esto y luego ya hablaremos, pero vete mentalizando de que no estoy dispuesta a perderte ¿entendido?

—Pero mi señora…

—¿Entendido?

—A la orden mi señora, —respondió Becerra bajando la mirada apesadumbrado.

 

 

Dos días después del atentado, llegó el doctor Orxim, un mandoriano que era el jefe médico del hospital del Cuartel General de la zona española, y médico personal de Cortabarria. Estaba considerado cómo una de las grandes eminencias medicas de los mundos conocidos en esta parte de la galaxia. Regresaba de asistir en un congreso médico interespecies en Knysna, la capital Xelar. Rápidamente visitó a Marta, a la que ya había curado sus heridas en varias ocasiones.

—Por el momento esta estable, —dijo uno de sus ayudantes entregándole una tableta con su cuadro clínico—. La hemos extraído cuatro proyectiles, pero uno de ellos se fragmentó y todavía queda una esquirla por extraer: esta alojada en el corazón en la arteria pulmonar y afecta el funcionamiento normal de la válvula. Los bots controlan a duras penas la hemorragia. Por fortuna padece bradicardia…

—Pero no lo padece, es natural en ella. Además, es una mujer extremadamente fuerte y realiza unos entrenamientos muy intensivos: en su caso es normal que tenga las pulsaciones muy bajas, incluso por debajo de cincuenta: tiene un corazón poderoso.

—De todas maneras eso nos viene bien: un corazón, por muy fuerte que sea, con un elemento extraño alojado cuánto más lento lata mejor.

—Así es. Bueno, no podemos mantenerla así: hay que extraer ese fragmento. Prepárenla para el quirófano mientras reprogramo sus nanobots.

Orxim se puso a teclear en el computador y cuándo terminó llamó a Cortabarria por el móvil.

—Mi señora, buenos días… si, ya la he visto… hay que extraer el fragmento de la bala, no podemos esperar… ahora mismo: ya la están preparando… de acuerdo mi señora.

Rápidamente Cortabarria se personó en el hospital y paseando por la sala esperó estoicamente a que terminara la operación.

—Bueno… mi señora, —dijo finalmente el doctor Orxim saliendo de la zona de quirófanos—. Supongo que es usted lo más parecido a un familiar que tiene Marta. En principio, todo ha salido bien: hemos extraído el fragmento y los bots están regenerando el tejido dañado. Es cuestión de tiempo, solo queda esperar, pero… estoy por asegurar que saldrá adelante: tiene una condición física envidiable, —y con una sonrisa añadió cogiendo la mano de Cortabarria—. Nuestra niña favorita es una luchadora.

—Si que lo es, —corroboró Cortabarria cogiendo también su mano—. Si que lo es. Pasado mañana tengo que viajar a Knysna y después hago una gira por varias ciudades: estaré fuera casi cuatro semanas. ¿Puedo irme tranquila?

—Por supuesto que si mi señora. No se preocupe, todos los días la mandaré un reporte con su estado, —y riendo añadió—. Incluso si consigo que se ría, la sacaré una foto o un video y se lo mandaré.

—¡Uy! usted sueña mi querido doctor.

—Bueno, bueno, ya veremos: soy persona de recursos.

 

 

Durante el viaje, todos los días recibía el informe de Orxim y estaba al tanto de la asombrosa evolución de la herida. A las dos semanas ya la dieron el alta y aunque el doctor la recomendó reposo absoluto y nada de actividad física, lo cierto es que esa misma tarde se fue a correr diez kilómetros. Sufrió cómo una perra y las heridas del tórax la causaron un dolor tremendo al respirar con el esfuerzo, pero terminó, aunque estuvo tentada de ir al hospital a que Orxim la diera algún analgésico contra el dolor. Si no lo hizo fue por la bronca que casi seguro el doctor la iba a pegar. Se conformó con tomarse un par de pastillas cuándo llegó a casa.

Un par de días después fue al hospital a una revisión rutinaria. Orxim la recibió con su perenne sonrisa.

—¿Cómo te encuentras Marta?

—Muy bien doctor, aunque todavía siento molestias a la hora de respirar.

—Y ¿esas molestias son en reposo o cuándo corres diez kilómetros? —la pregunta dejó a Marta con la boca abierta.

—¿Cómo sabe usted eso?

—¡Joder Marta! Porque te conozco cómo si te hubiera parido: te puse un chip para poder enlazar desde aquí con tus bots.

—¿Me ha puesto un chip cómo a un perro?

—¿A los perros les ponéis chips en la Tierra?

—No cambie de tema doctor: eso no puede ser legal, y sí, les ponen chips a los perros para identificar al propietario.

—¡Qué curioso! ¿Y…?

—No se vaya por las ramas doctor. ¿Dónde me lo ha puesto?

—A ti te lo voy a decir: eres tan burra que eres capaz de quitártelo con un cuchillo de monte. Mira Marta, yo sé muy bien quien eres sin necesidad del chip: eres la teniente de la Armada Marta Buendía, ¿mi amiga?

—Claro que soy su amiga, pero ese no es el punto.

—Pero es que me da igual cual es el punto Marta. Te he puesto un chip porque necesito enlazar con tus bots y porque me da la gana. Si tienes algún problema con eso supongo que me podrás denunciar.

—No sea absurdo: cómo le voy a denunciar.

—Pues entonces vamos a hacer otra cosa: vamos a llamar a la comandante en jefe y a preguntarla si me autoriza a ponerte un chip o a darte dos hostias por hacer algo que te prohibí hacer muy claramente.

—Pero… pero… será… ¡Chantajista!

Orxim se aproximó a ella, la cogió por los hombros y se los apretó con afecto.

—A ver Marta no te alborotes. Te he curado tantas veces que ya he perdido la cuenta: lo sé todo sobre ti, —y para hacerla rabiar añadió—: incluso te he visto más veces desnuda que todos tus amates juntos… si es que tienes alguno.

—¡Pues claro que tengo amantes! —logró decir Marta cuándo pudo reaccionar después del estupor que la causo el comentario del doctor. Este se echó a reír y la abrazo cariñoso.

—Anda, quítate la camiseta, —Marta le obedeció y el doctor estuvo unos minutos revisando las heridas con diversos aparatos—. ¿Cuándo me vas a dejar quitarte esas cicatrices? Empiezas a tener demasiadas.

—Son mis cicatrices y estoy muy orgullosa de ellas.

—Es un proceso sencillo: en un par de horas cualquiera de mis ayudantes te las pueden quitar.

—Gracias doctor, pero no insista. Esas cicatrices son parte de mí, de lo que soy: soy un buzo… aunque ahora sin aletas.

—Por tu mala cabeza, —Marta bajó la vista y no respondió. Orxim la cogió la cara con las manos y se la acaricio con afecto—. Venga Marta, vístete: ya te puedes ir.

—¿Todo va bien? ¿Cuándo puedo volver al servicio?

—Cuándo regrese la comandante en jefe, estarás para recibirla, pero no antes.

—Gracias doctor.

—Y no hagas la burra más de lo normal, que ya sabes que me entero, —Marta por respuesta le sacó la lengua y Orxim se echó a reír.

 

 

Finalmente, Cortabarria regresó a Mandoria después de su amplio periplo por Xelar en el cual la habían invitado a formar parte del Consejo Militar. Era la primera vez que un foráneo formaba parte del máximo organismo militar, y además hembra, y eso daba idea del enorme prestigio que tenía.

A su llegada al puerto espacial del Cuartel General, se extrañó de no ver a Marta. Se acercó a su segundo el general Paco Castro y los dos se abrazaron después de saludarse militarmente.

—¿Qué tal Paco, alguna novedad?

—Ninguna, exceptuando a nuestra… Marta.

—¡No me jodas Paco! ¿Qué ha hecho ahora? Se que la dieron de alta ayer.

—Así es, y se fue sola a la capital a celebrarlo, se metió en un tugurio de la zona antigua, se emborrachó y… terminó peleándose con tres talissios.

—¿Con tres talissio? ¡La madre que la parió! ¿Y que tal esta?

—¿Cómo va a estar? Muy marcada, ya te puedes imaginar, pero sus heridas no son graves. Orxim ya la ha visitado. Esta en el calabozo de la policía mandoriana, junto con los otros tres. He hablado con ellos y la van a acusar de desorden público: no iba de uniforme. Unos días de calabozo y una multa.

—No vamos a hacer nada: que se quede en el calabozo. Esta niña… —termino Cortabarria meneando la cabeza.

—De acuerdo. Orxim quiere hablar contigo cuándo puedas.

—Muy bien, —y mirando a su ayudante de campo Pepe San Juan añadió—: mira a ver cuándo le puedo ver.

—A la orden.

 

 

Unas horas después el doctor entró en el despacho de Cortabarria, que en ese momento despachaba con Castro y le indicó con la mano que se sentase junto a el.

—Os dejó para que habléis, —dijo Castro.

—No hace falta que se vaya mi señor, —respondió el doctor poniendo su mano en el antebrazo del general—. Vamos a hablar de la teniente Buendía. Necesito saber cuánto tiempo va a durar esto, y me refiero a cuánto tiempo va a seguir fuera de la Fuerza de Guerra Naval Especial.

—Eso es irreversible doctor: nunca volverá a esa unidad, —respondió Cortabarria recostándose en el sillón—. Su inclusión en mi grupo de seguridad personal fue el precio que tuve que pagar para que no la echaran de la Armada.

—Pues entonces tenemos un problema: no se está adaptando. En otros pacientes he observado que hay una vinculación muy fuerte entre la FGNE y las fuerzas especiales en general y sus miembros, y en Marta no es una excepción.

—Lo sé, Marta es un buzo, para ella es muy importante y eso deja huella, pero no hay solución.

—En su momento lo hablamos y la comandante en jefe negoció con la víctima para llegar a ese acuerdo, —añadió Castro—. Marta nunca podrá volver a la Tierra por los nanobots que tiene en su cuerpo, y si la hubiéramos echado de las Fuerzas Armadas, terminaría en la Arena de Sangre de Riggel y allí ya ha tentado demasiado a la suerte.

—Lo entiendo, pero Marta necesita ayuda, y lo que pasó ayer es una prueba de ello. Intenta controlarse, y lo consigue porque es muy disciplinada, pero cuándo bebe sus mecanismos de control de desvanecen. ¡Se peleó con tres machos talissios! Dos de ellos jóvenes en edad de hacer la prueba. Nadie en su sano juicio hace algo así. Aunque también hay que decir que mando a dos al hospital.

—¡Coño, doctor! No me imagino a Marta yendo a un psicólogo, además, al que le toque va a flipar.

—Eso sí que va a ser una operación de riesgo, —apuntó Castro con humor— y yo lo quiero ver por un agujerito.

—De acuerdo: hablaré con ella, —dijo Cortabarria después de sonreír con el comentario de Castro.

 

 

Al día siguiente, por la mañana, Cortabarria se presentó, acompañada por el jefe de seguridad Javi Becerra, en la comisaría dónde tenían a Marta en el calabozo. Antes de hablar con ella, se entrevistó con el superintendente de la policía mandoriana.

—Quiero que quede claro señor superintendente de que en modo alguno voy a inmiscuirme en la decisión que tomen sobre ella.

—No se preocupe mi señora: van a ser cargos menores. Solo fue una pelea, eso si, extremadamente violenta, pero los cargos que presentaremos esta tarde al juez serán alteración del orden público y estragos por los destrozos del local. Cómo mucho será un par de semanas de calabozo, la parte que le corresponda por los daños del local y una multa.

—Muy bien. Toda la cuestión económica la cubrimos nosotros y se lo cobraremos a ella. En cuánto a lo demás, que se quede aquí: a ver si reflexiona.

—De acuerdo. ¿Puedo hacerla una pregunta un tanto personal mi señora? —preguntó el superintendente y ante la afirmación de Cortabarria siguió— ¿Qué relación tiene con ella?

—Es una de mis escoltas. Alguien muy especial, que ha sufrido mucho y que además me ha salvado la vida.

—Claro, el atentado. Ya sabía que su cara me resultaba familiar. Todavía no está en su ficha porque la investigación la lleva la Guardia Civil y aún no ha concluido. ¿Y cuatro semanas después de sufrir unas heridas muy graves se pelea con tres guerreros talíssios? Estoy impresionado.

—Eso demuestra que tiene la cabeza un poco revuelta. La vamos a dar apoyo psicológico a ver si somos capaces de hacer carrera de ella.

—Ahora encaja todo. Recuerdo que tiene muchas victorias en Riggel.

—¿Por qué lo dice?

—Ella no empezó la pelea, pero tampoco la rehuyó. Los talíssios son un padre y dos hijos en edad de hacer la prueba. Es tradición que un par de semanas antes hagan un viaje fuera de Talíssia. La debieron reconocer y fueron a por ella.

—Entiendo, pero de todas maneras no es excusa.

—Por supuesto, pero es una atenuante que ya esta en conocimiento del juez. Esos chicos talíssios se equivocaron. En el estado en que están dudo mucho que puedan hacer la prueba y si pierden esta convocatoria hasta dentro de dos años no podrán ser guerreros, con lo que eso significa para un talíssio.

 

 

Concluida la reunión, bajaron a los calabozos y entraron en su celda. Marta nada más verla, se puso de pie y se quedó en posición de firmes. Tenía el rostro desfigurado por las inflamaciones, el ojo izquierdo cerrado y amoratado, y los labios cortados e hinchados y con el trabajo que la costó levantarse las costillas estarían también tocadas. Cortabarria la miró y negó con la cabeza.

—Lo siento mi señora, —dijo Marta con mucha dificultad: casi no podía ni hablar.

—¿Que lo sientes? Si fuera verdad no habrías dado lugar a esto. No, no voy a hablar contigo. Te vas a quedar aquí hasta que el juez diga, y los gastos y la multa te la vamos a descontar de tu sueldo. Y cuándo salgas de aquí, vas a empezar a ir al psicólogo, —y ante el intento de protesta de Marta levantó la mano para que permaneciera en silencio—. Jovencita, esto no está abierto a discusión. El doctor Orxim supervisara tu trabajo con los psicólogos, y desde el mismo momento que salgas de aquí, derechita al cuartel sin parar en ningún sitio: ¿está claro?

—Si mi señora, muy claro.

—De acuerdo entonces, —y sin decir nada más, dio media vuelta y salió de la celda seguida de Becerra.

 

 

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