cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

15 min
El Baldío (capitulo 15)
Ciencia Ficción |
27.11.20
  • 0
  • 0
  • 141
Sinopsis

En el capitulo de hoy: Marta emprende una nueva y arriesgada misión.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

 

En Tardasia, en el palacio imperial de Tarnagóm, el emperador estaba muy cabreado. Las noticias que llegaban de Mandoria con el fracaso del intento de asesinato de Cortabarria, había hecho desaparecer a toda esa nube de consejeros, aduladores, lameculos, fulanas y fulanos de la corte, que formaban la fauna que rodeaban permanentemente al emperador y a los miembros más prominentes de la familia imperial. La emperatriz, que si hubiera podido desaparecer lo hubiera hecho, se había quedado sola ante él.

Este, dejó pasar unos días hasta que finalmente, a media mañana, la llamó a su dormitorio y solicita acudió rápidamente con sus camareras.

—Desnúdate querida, —dijo el emperador después de echar de mala manera a la servidumbre—. Me apetece tener una sesión especial: ya me entiendes.

—Sí mi emperador, —y terminó de desnudarse, algo laborioso para hacerlo sola por la rebuscada moda de la corte imperial, mucho más barroca que la de la corte de Luis XIV.

Durante el resto de la mañana y casi toda la tarde estuvieron poniendo en práctica todo tipo de técnicas sexuales cada vez más humillantes. Finalmente, la ató las manos a la espalda y poniéndose sobre ella la penetró. Estuvo follándola hasta que finalmente empezó a hablar, algo que no había hecho en todo el día salvo para dar ordenes a la emperatriz.

—Por supuesto querida, ya sabes que has fracasado en la misión que te encomendé después de que tu misma te ofrecieras.

—Si mi emperador, pero la próxima vez no fallaré.

—De eso estoy seguro querida, —entonces, el emperador sintió que estaba próximo a eyacular y sacando un largo estilete de debajo de la almohada la atravesó el cuello de un lado a otro—. Pero no serás tu querida: no admito segundas oportunidades.

Siguió follándola mientras se ahogaba con su propia sangre hasta que finalmente eyaculó al tiempo que la emperatriz dejaba de moverse y se quedaba inerte con sus aterrorizados ojos abiertos.

—Es una lastima querida, —dijo el emperador limpiándose las manos de sangre con la sabana—: follabas de puta madre.

Fue un riesgo asumido por ella misma que últimamente se veía un poco arrinconada por el empuje de varias de las concubinas jóvenes, que anhelaban su privilegiado puesto tan cercano a poder. Pensó que si salía mal, tenía la espalda protegida al ser de la familia imperial: era su sobrina. Sus cálculos salieron mal.

 

 

Cumplida su condena de calabozo, Marta se reincorporó al servicio. Su superior, el coronel Javi Becerra, la llamó a su despacho antes de que volviera a ocupar su puesto.

—Mira Marta, —dijo después de darla dos besos y sentarse— en las condiciones actuales y con lo que ha pasado, no puedo asignarte cómo jefe de grupo y menos mientras la jefa este cabreada. Lo siento.

—No te preocupes, es lógico: yo hubiera hecho lo mismo. No hacen falta más explicaciones, solo dime que quieres que haga.

—Hoy el grupo lo lleva Gregorio: ponte a sus ordenes.

—A la orden.

—Ya lo he hablado con el: ocuparas el lugar más alejado. El que te tenga que apartar de la jefatura de grupo no significa que no podamos utilizarte convenientemente. Desde esa posición tendrás una visión perfecta de todo el entorno: eres ideal para eso.

—A la orden mi señor.

—Y ahora entre tú y yo: ¿Cuándo vas a dejar de hacer el gilipollas?

—Sé perfectamente que he metido la pata…

—Y no es la primera vez.

—No, no lo es, pero no sé que me pasa. Estoy bien y de pronto me da por beber y la cago. Sé que no tengo excusa, pero por favor, no te enfades conmigo.

—Me conoces perfectamente, —dijo Becerra saliendo de detrás de su mesa, sentándose frente a Marta y cogiéndola las manos—, y sabes que me cabrea y mucho, situaciones cómo esta. Cuánto talento desperdiciado por tu mala cabeza. Podrías haber llegado a almirante con cuarenta y pocos años si te lo hubieras propuesto. Pero estás dónde estás y no creo que Cortabarria tenga paciencia ilimitada.

—Lo sé, lo sé mi señor,—dijo Marta apesadumbrada.

—Y otra cosa: cómo vuelvas a utilizar el “mi señor” para hablar conmigo te voy a dar una leche que te vas a cargar. Recuerda que somos amigos.

—Si Javi, lo siento. A la orden, —y levantándose se abrazó a él.

 

 

Cuándo salió del despacho de Becerra, bajó al armero dónde el resto del equipo se estaba preparando. Después de saludar a todos, se equipó. Se puso el chaleco antibalas, su ceñidor y la trincha, sujetó a él su rifle de asalto y la pistola a la cintura y el muslo. Después salió a buscar al teniente Pérez.

—Buenos días teniente.

—Vete a la mierda: corre.

—¡Joder Goyo! Estás al mando.

—¡Que te vayas a la mierda! ¿Te has enterado ya?

—¡Joder!

—Ya sabes: tú por fuera y controlando el perímetro, —la ordenó con una sonrisa mientras la acariciaba la espalda afectuosamente.

—A la orden.

 

 

A las 7:45 AM, Cortabarria e Inés, su asistente personal, salieron a la calle cuándo el equipo de seguridad ya estaba situado. Desde el atentado se había impuesto máximo despliegue en torno a ella, no cómo antes que por el Cuartel General solo llevaba un escolta.

Con la mirada buscó a Marta y la vio a lo lejos, pendiente de todo lo que se movía en las inmediaciones.

—Goyito, has hecho bien en mandarla lejos, porque ahora mismo si la tengo cerca la daría un pescozón.

—Y con toda la razón mi señora.

—Vamos al Cuartel General. Luego a las once quiero salir a correr por el circuito de entrenamiento: asígnala para que venga conmigo que la voy a ir dando collejas todo el camino.

—A la orden, —respondió Gregorio riendo—. Y si la duele la mano la podemos ayudar.

—Lo tendré en cuenta, —dijo Cortabarria riendo también.

 

 

A la hora convenida, Cortabarria salió del Centro de Mando vestida con su ropa deportiva, y Marta la esperaba preparada con la suya, igual que varios escoltas más además de Inés. También llevaba un ceñidor dónde llevaba su pistola en la zona lumbar. Un vehículo estaba preparado para llevarla a la pista de entrenamiento.

—Buenos días mi señora, —cómo respuesta la dio dos besos y a continuación la sujetó la cara con una mano mientras se la inspeccionaba.

—Bueno, ya casi no te quedan marcas y el ojo lo tienes abierto: tiene buen aspecto.

—Así es mi señora. Gracias por interesarse.

Se subieron al vehículo, y seguido por otro de apoyo con el resto del equipo se dirigieron a la pista.

Cuándo llegaron se bajaron de los vehículos y comenzaron a trotar rodeados por cientos de soldados que también entrenaban. Los escoltas rodearon a Cortabarria creando una pequeña zona de seguridad mientras Marta permanecía a su lado.

—Ya sabemos de dónde partió la orden de asesinarme, —dijo Cortabarria después de unos minutos de correr en silencio.

—De Tardasia seguro, —respondió Marta.

—Nos ha jodido, eso está claro, pero ¿en concreto de dónde?

—Del puto emperador, seguro.

—Pues no, lista. Te has colado.

—¿No?

—Seguramente el emperador estaba informado, pero todo lo organizó la emperatriz.

—¿La emperatriz? ¡No me joda! ¿también ella se va a dedicar a dar por culo? Y perdone la expresión mi señora.

—Pues ella ya no va a dar más por culo: el emperador se la ha cargado.

—¿La ha repudiado: no era su sobrina o algo así?

—No, la ha matado, y parece ser que con sus propias manos y de una manera extremadamente sádica.

—¡Joder con el puto emperador! De todas maneras pueden volver a intentarlo. Si le parece bien lo comentare con Becerra.

—Ya le he pasado el informe de inteligencia.

—OK, entonces ya lo tiene en cuenta.

Siguieron una hora corriendo mientras parloteaban de todo tipo de temas entre ellas y con el resto de los escoltas. A Cortabarria la gustaba mucho correr con ellos, y en especial con Marta e Inés, porque la ayudaba a desconectar y relajarse. Finalmente, regresaron a dónde había dejado los coches y uno de los escoltas sacó botellines de agua de una nevera que había en el vehículo de apoyo.

—Gracias chicos: ha estado muy bien, pero me habéis llevado con la lengua fuera.

—Nosotros no, ha sido esta, —dijo otro escolta señalando a Marta—, que nos ha llevado a toda pastilla.

—Ya estamos, —respondió Marta mientras los demás reían—. Sois unos blanditos… y por supuesto unos chivatos.

Mientras estiraban, siguieron bromeando con Marta, que se mantenía estoica con cara de resignación, como epicentro de todas ellas. Finalmente, subieron a los vehículos y se fueron al comedor del Cuartel General.

 

 

Durante un mes, Marta estuvo en su nuevo cometido en el dispositivo de seguridad. Un día que Cortabarria estaba en su despacho, la llamó por teléfono.

—¿Si mi señora?

—¿Dónde estás Marta?

—En la oficina de seguridad.

—Por favor, pasa a mi despacho.

—Ahora mismo mi señora, —rápidamente se despojó de sus armas y le dijo al jefe de grupo—: la jefa me llama.

—¿Qué has hecho ahora?

—¡Joder! Nada, —respondió encogiendo los hombros y salió corriendo en dirección al despacho de Cortabarria que estaba a menos de quince metros. Cuándo llegó entró directamente después de que la secretaria le hiciera una señal para que lo hiciera—. Buenos días mi señora.

—Pasa y cierra la puerta, —cuándo lo hizo con la mano señaló la silla para que se sentara—. Voy a encomendarte una misión que puede ser muy peligrosa.

—De eso no se preocupe mi señora.

—Cómo sabes, los investigadores creen que hubo algún tipo de filtración de información en el atentado, sobre todo en los turnos de escolta, pero todavía no han podido averiguar quien o quienes son. Tengo que enviar a Knysna, una unidad de datos con toda la planificación del ataque a Kurtalam, para que el Consejo Xelar lo estudie, —y ante la cara de perplejidad de Marta, Cortabarria siguió—. Hace una semana mandamos con un mensajero una documentación al mismo destino. No llegó y su nave apareció a la deriva. Dentro se encontraron rastros de sangre del mensajero.

—Pero eso es muy grave mi señora.

—Nos damos cuenta Marta, —dijo Cortabarria con una sonrisa paciente—. Tampoco podemos mandar la información con un crucero porque alertaríamos a Tardasia de que algo estamos preparando.

—Lo entiendo mi señora.

—Tienes que salir mañana. Llévate a quien quieras e incluso mi nave si quieres.

—No mi señora: no quiero ni naves, ni acompañantes. Prefiero ir yo sola y en transporte comercial.

—¿Estás segura? —preguntó Cortabarria con preocupación.

—Totalmente mi señora: confíe en mí.

—Si no lo hiciera no te estaría encomendando esta misión, —dijo Cortabarria saliendo de detrás de la mesa al tiempo que Marta se levantaba. Después la abrazó con afecto—: ten mucho cuidado ¿me oyes?

—Si mi señora.

—Es una orden, —insistió acariciándola cariñosamente.

—A la orden mi señora. Por favor, hable con el doctor Orxim y que la psicóloga diga que necesito descanso y que me dé de baja: me voy de vacaciones. Todos los días sale una nave de pasaje para Zeff. De allí cogeré otra nave a Knysna: hay varios itinerarios, aunque tendré que estar veinticuatro horas allí.

—¿Y las armas? No puedes ir sin armas.

—Tengo una pistola y un cuchillo de material cerámico que no los detecta los escáneres y la munición es de un polímero que tampoco lo hace. De todas maneras mi señora, no necesito armas. ¿Qué plazo tengo para llegar?

—En ocho semanas comienza la ventana factible para el ataque, pero ten en cuenta que posiblemente el canciller Tórkurim me envíe una respuesta. Mira niña, no estoy convencida de la conveniencia de que vayas sola. Llévate a Mirla y a Horr Salac.

—Un talissio de más de dos metros y ciento sesenta kilos no pasa desapercibido, —respondió Marta con humor—. Por favor, mi señora, confíe en mí: voy mejor sola.

—Si hay algo de lo que no debes dudar jamás es de mi confianza en ti, —dijo Cortabarria cogiéndola la cara con las manos—. Jamás… aunque en ocasiones me den ganas de estrangularte.

—Gracias mi señora, —respondió Marta con lágrimas en los ojos. Cortabarria se dirigió entonces a su caja de seguridad, extrajo un dispositivo de almacenamiento y se lo entregó. Inmediatamente se lo guardó en el sujetador.

 

 

Al día siguiente y con un comedido aspecto de turista, Marta, tirando de su maleta con ruedas y con una mochila a la espalda, embarcó en una nave de pasaje con destino a Zeff. Desde el primer momento se sintió observada, pero consideraba que allí no intentarían nada, que si lo hacían seria en el destino, pero no en una nave que lógicamente no tenía vías de escape. Aun así extremó las precauciones e intentó estar siempre en lugares comunes de la nave dónde había mucho bullicio. Desechó esconder la unidad de almacenamiento: con ella estaba más segura.

Pero se equivocó. En el segundo periodo de noche, cuándo regresaba a su camarote y próximo a él, dos tipos, uno claramente de Orión y el otro posiblemente de Káraman la cortaron el paso. Durante unos segundos se observaron mientras Marta analizaba la situación. Esos dos no estaban solos porque los viajeros habían dejado de circular por ese pasillo que conducía a la zona de camarotes lo que indicaba que alguien había cortado los accesos a esa zona. Además, vio que en ese pasillo las cámaras de seguridad estaban cegadas.

—Tienes algo para nosotros y lo vamos a conseguir por las buenas o por las malas, —dijo uno de los sicarios de manera amenazante.

—Pues eso lo aclara todo, —respondió Marta poniéndose en guardia—. Va a ser por las malas.

Sin pensarlo, los dos sicarios se abalanzaron sobre ella al mismo tiempo, pero con un hábil movimiento, extrajo el cuchillo y cortó a uno de ellos en la garganta que se desmoronó contra el suelo al tiempo que golpeaba en la cara del otro con una patada. El sicario miró con incredulidad a su compañero que todavía se movía con el cuello cortado mientras se desangraba, y después miró a Marta que mantenía la posición en guardia. Extrajo del interior de su cazadora un gran cuchillo que más parecía una espada corta y adopto también una posición marcial que hizo que Marta se concentrara más. Durante unos segundos se miraron con atención. El sicario con ojos amenazadores y Marta con una leve sonrisa. Finalmente, el sicario atacó con un golpe descendente, pero Marta le esquivó y girándose le clavo el cuchillo en la nuca. Durante unos segundos el sicario permaneció inmóvil hasta que por fin se derrumbó. Rápidamente, agarró a uno de ellos y lo arrastró al interior de un pequeño almacén que había cerca. Después, arrastró al otro. A pesar del reguero de sangre que había dejado, considero que era mejor quitar los cuerpos de en medio. Todo lo hizo rápidamente, pero con cuidado para no mancharse y no dejar el más mínimo rastro que la pudiera identificar. A continuación, se asomó al final de pasillo y vio que había una valla que cortaba el paso, y una hembra de Orión que hacia guardia ataviada con un uniforme del personal de mantenimiento.

Pensó unos segundos y decidió tentar a la suerte. Buscó algo pequeño para lanzárselo y que la prestara atención. Cuándo lo hizo, con un gesto de la cabeza la llamó y rápidamente desapareció. La sicaria acudió y vio el reguero de sangre que terminaba en el almacén. Después de comprobar que los cuerpos de sus compañeros estaban allí, habló con alguien por teléfono y a continuación activó un robot de limpieza que se puso a eliminar el rastro de sangre del pasillo.

La idea de Marta había dado resultado, pero todavía la quedaban dos días más para llegar a Zeff.

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 26
  • 4.54
  • 157

Soy un escritor aficionado sin ningún tipo de pretensión: solo quiero contar historias.

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta