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16 min
El Baldío (capitulo 16)
Ciencia Ficción |
04.12.20
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: continua la peligrosa misión de Marta.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Esa noche no durmió mucho tras el ataque. Se parapetó detrás de la puerta de su camarote preparada para responder a cualquier ataque. Al día siguiente salió dispuesta a solucionar el problema. Buscó a la sicaria y después de cerciorarse de que estaba sola, se acercó a ella en una especie de plaza con tiendas, dónde confluían los pasillos que comunicaban las zonas comunes y con un movimiento rápido e imperceptible la introdujo una fina aguja de duranio entre las vértebras superiores y la mató en el acto. La abrazó cómo si la estuviera atendiendo mientras gritaba pidiendo ayuda. Los médicos de la nave certificaron su muerte por causa desconocida: la fisiología de los oriones era desconocida fuera de su espacio de influencia.

En Zeff, y después de buscar alojamiento cerciorándose de que no la seguían, se metió en una cantina que tenía conexión a galaxinet y mandó un correo a la cuenta personal de Cortabarria: algo que poquísima gente sabía. La puso al corriente de lo que había pasado en la nave de pasaje, y que los malos estaban enterados de la índole de su viaje. El espía en el Cuartel General estaba en una posición muy alta o había dispositivos electrónicos en su despacho.

Cortabarria llegó a casa ya de noche. Después de ducharse y servirse una copa de vino, se sentó ante el ordenador y fue cuándo vio el correo de Marta. Cuándo lo leyó se alarmó mucho y las dudas la asaltaron. El viaje de Marta solo lo conocían el general Castro y ella, por lo tanto, era lógico pensar que su despacho estaba monitorizado de alguna manera. Y si lo estaba, ¿lo estaría también su apartamento? Copio en un papel el teléfono de su segundo al mando el general Paco Castro, se puso unos pantalones y salió de su apartamento ante la sorpresa de sus escoltas.

—Sargento, déme su teléfono y sígame, —le dijo al suboficial al mando del dispositivo de seguridad. Se lo entregó y salieron hacia la escalera que bajaba al portal. Cuándo llegaron marcó el teléfono de Castro.

—¿Quién es? —contestó.

—Soy Itziar. Te llamo desde el teléfono de un escolta. Escucha atentamente. A Marta la han atacado en la nave que la llevaba a Zeff para quitarla lo que ya sabes. Los únicos que sabíamos que salía de viaje y su itinerario éramos tú y yo. Es muy posible que en mi despacho, en el tuyo, incluso en mi casa haya dispositivos de escucha.

—¿Cómo es posible? Semanalmente se hace un barrido electrónico en todo el edificio.

—No hay otra explicación. Llama a todo el mundo y que revisen nuestros despachos y mi casa.

—Pero ¿tú estás ahí?

—Estoy en el portal.

—Deberías ir al Cuartel General: es más seguro. Yo voy también para allá.

—De acuerdo: ahora nos vemos.

Cuándo Cortabarria llegó al Cuartel General la actividad en la tercera planta dónde estaban los despachos era frenética. Decenas de personas escudriñaban hasta los más ínfimos rincones en busca de algo que se saliera de lo normal.

—He hablado con la embajada Xelar y nos mandan un equipo especializado, —dijo Castro nada más verla—. Por el momento no hemos encontrado nada.

—Me preocupa Marta, —dijo Cortabarria haciendo un aparte con el—. ¡Joder! Esta sola en Zeff.

—Itziar, si hay alguien que sabe manejarse sola es Marta: lo sabes muy bien.

—Si, pero me preocupa. Averigua si hay alguien de inteligencia en Zeff: a ver si puede echar una mano. Yo mientras voy a hablar con el canciller Tórkurim: seguro que tiene agentes allí.

—De acuerdo, pero ¿cómo vamos a contactar con ella? Si lo hacemos la podemos poner en peligro. ¡Joder! Esto es una puta locura.

—Sí que lo es. Vamos a hacer las gestiones y luego ya veremos, porque la puedo mandar un correo desde mi cuenta personal, pero no sabemos si lo podrá abrir con seguridad.

El equipo Xelar llegó y se puso a inspeccionar con unos equipos muy avanzados. El propio embajador supervisó las operaciones por orden del canciller y del Consejo. Trabajaron durante toda la noche y finalmente lo encontraron: un dispositivo molecular compuesto por dos átomos. Ni siquiera los Xelar habían visto nada parecido. En total encontraron catorce: incluso había uno en el comedor. La mitad se los quedó España y la otra mitad los Xelar, que después de realizar distintas pruebas encontraron la forma de neutralizarlos: con un pulso de microondas.

Las horas pasaban y en Zeff se había desatado una enorme búsqueda de Marta. Agentes Xelar y españoles por un lado, y sicarios tardasianos escudriñaban por todos los rincones. Por desgracia para los últimos la encontraron primero.

—Buenos días señor canciller, —contestó Cortabarria después de comprobar el origen de la llamada.

—Buenos días Itziar. Han aparecido seis cuerpos en Zeff, en un callejón de la zona antigua de la capital. Ninguno es tardasiano, son de razas distintas, pero las autoridades locales ya los han identificado: son muy conocidos en todos los mundos de nuestro sector de la galaxia. Ha debido de ser una batalla tremenda, porque las heridas que presentan los cadáveres son horribles, la mayor parte de armas de filo, pero de Marta no hay ni rastro, aunque se han recogido muestras de sangre humana. Os las mandamos para que identifiquéis el ADN. El canciller de Zeff está muy cabreado: he estado cerca de una hora dándole explicaciones. Este tipo de violencia es desconocida para ellos. He conseguido que mire para otro lado, pero exige que saquemos inmediatamente a Marta de allí. El problema es que no sabemos dónde cojones esta.

—Nosotros tampoco tenemos contacto directo con ella. La he mandado un correo de respuesta al que ella me mando, pero por ahora nada. Y lo peor es que esta misión ya no tiene sentido y ella no lo sabe.

—Así es. Con autorización Zeff he desplazado un acorazado hasta allí para evacuar a Marta… si la encontramos.

—Hay que tener mucha precaución porque ahora mismo, para ella, todos son enemigos.

—Por supuesto.

 

 

Marta desapareció. En Zeff fueron incapaces de encontrarla a pesar del gran dispositivo que se desarrolló. Incluso se llegó a barajar la hipótesis de que estuviera muerta.

Diez días después en Knysna, el jefe de seguridad del canciller Tórkurim recibió una llamada no identificada cuándo estaba en su despacho.

—¿Dígame, quien es?

—Soy la teniente Marta Buendía, —automáticamente dejó de trabajar al oír la voz entrecortada de Marta, e incluso se puso de pie—. Necesito ver al canciller Tórkurim: es muy importante.

—Por supuesto. ¿Dónde estás Marta? Llevamos muchos días buscándote.

—Aquí abajo: junto a la fuente que hay en el lateral de la plaza.

—No te muevas de ahí: ya bajo, —rápidamente salió de su despacho y con cuatro guardias bajó a toda prisa mientras llamaba a Tórkurim. Cuándo llegó la vio junto a la fuente bajo la arcada que rodeaba la plaza, y se acercó a ella mientras los guardias establecían un perímetro de seguridad en torno a ella para protegerla de algún posible ataque de última hora—. ¿Cómo te encuentras?

—He estado mejor, —varias marcas en la cara con algún corte y los nudillos amoratados y cortados daban fe de ello.

El jefe Xelar la pasó un escáner de ADN para comprobar que efectivamente era quien decía ser y finalmente asintió.

—De acuerdo: el canciller te está esperando.

Todos se dirigieron al edificio a paso pausado porque Marta más que cojear, arrastraba un poco la pierna. Su aparición en el edificio provocó una verdadera conmoción entre los funcionarios que trabajaban en él. Y es que la figura de Marta Buendía era legendaria: dos veces vencedora en la Arena de Sangre de Riggel, la única hembra de cualquier especie en conseguirlo. A lo que había que añadir todo el revuelo surgido en los últimos días que había trascendido en los medios gubernamentales.

Tórkurim la estaba esperando en la puerta de su despacho y cuándo apareció, se echó a un lado y la invito a pasar.

—No sabes la alegría que me da verte, no sé si sana, pero si a salvo con nosotros, —dijo finalmente en canciller cogiéndola por los hombros—. Nos has tenido muy preocupados.

—Gracias mi señor, —y abriéndose la cazadora, extrajo del sujetador el dispositivo electrónico y se lo entregó—. De parte de mi señora la general Cortabarria.

—Gracias teniente: has hecho un gran trabajo, —respondió el canciller cogiendo el dispositivo—. Ahora te vamos a llevar a un hospital para que los servicios médicos de la embajada te hagan una revisión. Cuándo ellos lo autoricen, te llevaremos a casa en una de nuestras naves. Iré contigo: yo también tengo que ir a Mandoria.

—Gracias mi señor.

Fuertemente escoltada la llevaron al hospital dónde el equipo de médicos españoles de la embajada, y otro de Xelar la estaban esperando.

 

 

Aunque el Cuartel General fue informado de inmediato, el canciller llamó a Cortabarria un par de horas después una vez que ya tenía en las manos el informe médico.

—Te mando el informe médico de Marta. Digamos que no está grave, pero tampoco está bien. Tiene marcas por todo el cuerpo: ya sabes moratones. Tiene fisuras en un par de costillas y los nudillos de las manos muy inflamados y con cortes. También esta un poco deshidratada, pero lo más preocupante es que esta muy débil y ha perdido mucho peso, y los psicólogos de la embajada dicen que esta muy estresada. ¡Joder! cómo para no estarlo.

—Si, lo imagino señor canciller. Justo antes de la misión estaba yendo al psicólogo por orden mía. Aunque parezca que es de duranio, lo cierto es que no lo es: hay un límite para todo.

—Por supuesto. Esta tarde salgo para Mandoria en un acorazado y me la llevo conmigo. Tenemos que hablar de algunas cosas Itziar. Los tardasianos tienen una red de información mucho más extensa de lo que suponíamos…

—Eso está claro.

—… y aunque creemos que Marta ella sola se ha cargado la red en Zeff hay que estar muy atentos. Además, según nos ha contado, de Zeff a aquí hizo dos escalas dentro del espacio Xelar, y en el segundo, el día antes de su llegada, la atacaron tres sicarios. ¡En nuestro propio territorio! Eso es algo que nunca había ocurrido y que no vamos a tolerar. El consejo está muy cabreado y nuestros servicios de información ya están trabajando en localizar a agentes infiltrados.

—De acuerdo. Cuándo llegue aquí lo hablamos.

—Si, si, mejor, porque aunque las comunicaciones ya no están comprometidas, estás cosas es mejor hablarlas en persona.

—Muy bien, pues aquí nos vemos señor canciller.

 

 

Según recibió el informe de Marta, lo envió al doctor Orxim para que lo estudiara. Seis días después la nave del canciller llegó a Mandoria y en una lanzadera bajaron al puerto espacial de la zona española. Nada más salir por la escotilla de la nave en compañía del canciller, Cortabarria rompiendo el protocolo de acercó a ella y la abrazó llenándola de besos.

—Ya estás con los que te quieren mi niña, —la dijo mientras Marta se echaba a llorar, y mientras el canciller se echaba a un lado para darlas espacio y dejarlas tranquilas, Cortabarria añadió—. Ahora vamos a cuidarte para que te recuperes ¿Vale?

Marta asintió mientras lloraba y pasó de los brazos de Cortabarria a los de Castro.

—Buenos días señor canciller, —saludo Cortabarria acercándose al canciller Tórkurim—. Le ruego que me disculpe…

—No hay nada que disculpar Itziar, —la interrumpió abrazándola—. Todo esta bien: tranquila.

Marta seguía pasando por los brazos de todos hasta que finalmente llegó al doctor Orxim que también la abrazó.

—Jovencita, —la dijo con mucho cariño—, ahora mismo te vienes conmigo y sin rechistar, a no ser que te quede algún beso que dar.

Marta negó con una sonrisa mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo. Miró a Cortabarria que con un gesto con la cabeza la indicó que se fuera con el doctor y con los escoltas que la habían asignado. Se estableció que durante un tiempo Marta iría con escoltas. Había eliminado a un buen número de agentes y sicarios tardasianos y había que tener precaución ante posibles represalias.

 

 

El canciller Tórkurim y sus ayudantes se reunieron inmediatamente con Cortabarria, Castro y el gobernador de El Baldío. Había mucho de lo que hablar.

—General Cortabarria, cómo ya sabes el Consejo Xelar se reunió justo antes de salir hacia aquí para tratar esta crisis. El descubrimiento de que la teniente Buendía había sido atacada en nuestro territorio, y a un día de distancia de nuestra capital nos ha alarmado. Hace un par de días me han informado de que se han encontrado dispositivos de escucha iguales a los encontrados aquí, en la Cancillería, en otros departamentos gubernamentales y provinciales. Nunca se habían atrevido a tanto.

—Esa información es muy preocupante señor canciller, —dijo el gobernador español—. Nuestras redes de comunicación de máximo nivel pueden verse comprometidas.

—Nuestros servicios de información ya están trabajando para neutralizar a los agentes enemigos, pero si, la situación es complicada.

—¿Qué ha decidido el Consejo Xelar? —preguntó Castro.

—Tengo que reconocer que el Consejo está muy polarizado. Una parte quiere ir a Tarnagóm y arrasarla totalmente junto con los principales planetas del imperio con bombas de fusión.

—Eso puede provocar la muerte de decenas de millones de tardasianos.

—Finalmente, se impuso la cordura: al menos por ahora. No podemos permitir que algo así vuelva a pasar, porque no estoy seguro de poder contener al Consejo y a la ciudadanía. Esto hay que cortarlo de raíz, —y mirando a Cortabarria que no había intervenido en el debate, preguntó—. ¿Qué opinas?

—¿Se sabe algo del origen de la tecnología de los dispositivos?

—Si, los hemos identificado: es tecnología tauriana.

—Tauria esta ¿al otro lado de Tardasia o me equivoco?

—No, no te equivocas. Es tecnología extremadamente cara.

—Muy bien. Entiendo que quieren hacer algún tipo de represalia en Tarnagóm ¿me equivoco? —y ante la afirmación del canciller, continuo—. El ataque y destrucción de Kurtalam es inaplazable, y un ataque preventivo a Tarnagóm también. Pero ¿y si intentamos apresar al emperador, a los herederos y a los miembros de la familia real que estén más arriba en el escalafón?

Nadie dijo nada: permanecieron en silencio. Solo Castro hizo algún movimiento reclinándose hacia atrás y poniendo las manos sobre la cabeza.

—Que duda cabe que nos gustaría echar el guante a ese hijo de puta, —dijo finalmente el canciller—. Pero se me antoja una operación casi imposible. Las medidas de seguridad en torno al palacio son extremas.

—También lo eran en torno al Kremlin y a Putin, pero nuestras fuerzas especiales le detuvieron. A él y a todo el gobierno ruso, por cierto que en esa operación participó Marta al frente de un grupo operativo.

—Mira Itziar, en estos años he aprendido a no subestimar la capacidad de tu gente, pero esto…

—Señor canciller déjeme adaptar los planes que ya teníamos a los nuevos objetivos con el almirante Torremartin, y luego lo hablamos.

—Muy bien, de acuerdo.

 

 

Dos semanas después, una flota española compuesta por ochenta y tres naves entre cruceros y fragatas llegaba a la órbita de Kurtalam y después de destruir los astilleros orbitales, comenzaba el bombardeo sistemático con misiles de fusión y termobáricos, de los centros de investigación y los complejos industriales militares. Mientras los cruceros se ocupaban de esta función, las fragatas se encargaban de enfrentarse y destruir las patrulleras tardasianas que iban llegando con cuentagotas. Estaba claro que no esperaban un ataque tan al interior del imperio.

En Tarnagóm, el desconcierto era total. No localizaban al emperador o a sus hermanos y familiares que ocupaban los ministerios más importantes y nadie se decidía a tomar una decisión que empezaba a ser urgente. Finalmente, el mariscal jefe del ejército imperial, decidió mandar el grueso de la flota, que siempre estaba en las proximidades de la capital imperial, a defender Kurtalam.

Cuándo las más de quinientas naves imperiales de todos los portes llegaron a las inmediaciones de la flota de ataque española, apareció la flota Xelar con sus poderosos acorazados: habían caído en la trampa. Cogidos entre dos fuegos pocas naves lograron escapar.

Desde el puente de mando de su buque insignia el crucero Republica, el almirante Torremartin sonreía cuándo ordenó a la segunda flota española comenzar la segunda fase de la operación. Sin ninguna dificultad reseñable ocuparon la órbita de la capital imperial y mientras los cruceros empezaban el bombardeo de los complejos gubernamentales y de los acuartelamientos militares, las fragatas y las patrulleras entraban en la atmósfera para atacar infraestructuras civiles y militares.

Mientras todo esto ocurría, varias naves de apoyo logístico aterrizaban en varios puntos predeterminados para evacuar a las fuerzas especiales que habían neutralizado las defensas planetarias de la capital imperial y habían apresado al emperador y a los miembros más importantes de la familia imperial.

Durante varios días, la descomunal flota combinada hispano-Xelar estuvo operando con libertad total de movimientos ocasionando a Tardasia un nivel de destrucción desconocido para ellos.

Las operaciones se dieron por concluidas cuándo se alcanzaron todos los objetivos programados. En mensaje estaba enviado. Una advertencia que los tardasianos no olvidarían en mucho tiempo.

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