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15 min
El Baldío (capitulo 17)
Ciencia Ficción |
11.12.20
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: llega el cuerpo expedicionario de los EE. UU. a El Baldío.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Cuándo terminó la guerra en la Tierra, todos los países agresores quedaron devastados a excepción de los EE. UU. que supieron retirarse a tiempo. Desde el primer momento, el diálogo con las nuevas autoridades estadounidenses no se interrumpió y fruto de ello fue la apertura, un año después, de una representación diplomática en Nueva España. Técnicamente era el único sitio dónde se podía abrir una embajada porque nadie, salvo España, podía tenerla en Mandoria, que era la capital oficiosa de El Baldío, por la presencia del Cuartel General de las fuerzas armadas españolas y aliadas, el Estado Mayor Conjunto del ejército aliado, la oficina del gobernador y el Consejo Político Aliado y su parlamento. Tiempo después, EE. UU. abrió un consulado en la zona española de Mandoria, que en la práctica era la verdadera embajada.

Tanto la embajada cómo el consulado, eran meramente testimoniales puesto que EE. UU. no cumplían los duros requisitos que España imponía a los países asociados, aunque había que reconocer que ya habían aprobado varias enmiendas constitucionales y que la legislación se estaba adecuando poco a poco.

Oficiosamente, la figura más importante de la embajada era la agregada militar coronel del Cuerpo de Marines Stéphanie Cooper. El cargo de embajador era totalmente simbólico y lo único que hacia era asistir a todos los actos protocolarios que tenía a mano.

Cooper había sabido introducirse en las altas esferas militares españolas y estaba muy bien considerada. Tenía una buena relación con Cortabarria, Castro y los demás jefes militares que los rodeaban. Pero jamás traspasaba la línea del espionaje porque eso provocaría su expulsión inmediata y el cierre de las representaciones diplomáticas.

Ahora estaba en Arlington (Virginia) participando en diversas reuniones en El Pentágono. Después, cruzaría el río Potomac y seguiría con las reuniones en el Capitolio y la Casa Blanca. Todas estás reuniones se producían en el marco de una campaña iniciada por varios congresistas y senadores, entre los que estaba Ocasio-Cortez, con el fin de seguir impulsando los cambios legislativos necesarios para poder firmar un acuerdo con España.

—La situación esta muy clara señor presidente, —dijo Cooper al presidente de los EE. UU. cuándo finalmente se reunió con él en el Despacho Oval—. Para llevar a cavo las tareas previstas en el plan de actuación para los próximos diez años, España va a doblar el número de efectivos de las Fuerzas Armadas.

—Y eso ¿en que nos puede afectar?

—Tenemos una oportunidad única para llegar a un acuerdo…

—Coronel Cooper, sabe muy bien que hemos hecho un esfuerzo muy importante para adecuarnos a las exigencias españolas, pero todavía nos queda mucho camino y muchos obstáculos.

—Con el debido respeto señor presidente, deberíamos acelerar esas reformas o mucho me temo que nuestra posición militar en la Tierra se podría ver comprometida.

—¿De qué manera?

—Mantenemos el estatus de máxima potencia mundial, por supuesto después de España, entre otras cosas gracias a la potencia de nuestras empresas y al millón y pico de soldados altamente preparados que tenemos. Las cajas de reclutamiento españolas se van a abrir a todo el mundo y la Tierra no va a ser una excepción.

—No termino de ver el punto, —insistió el presidente.

—Señor presidente, un soldado raso de la infantería española o aliada, cobra el triple que uno de nuestros soldados. Posibilidad de salir de la Tierra e ir a otro planeta, cobrar muchísimo más, ayudas para los que tengan familias: señor presidente puede haber una desbandada y eso unido a que nuestras empresas cada vez serán menos competitivas por el estado en que se encuentran las potencias europeas.

—Entiendo. ¿En concreto cuanta gente van a reclutar?

—Entre nueve y diez millones señor presidente.

—¡Joder! ¿qué es lo que propone coronel?

—Acelerar las modificaciones legislativas, principalmente en materia de seguridad social, educación gratuita, relaciones laborales y medioambiente, y negociar con España la incorporación de unidades completas en el ejército aliado. A todos esos reclutas hay que entrenarlos y organizarlos…

—Y nosotros ofreceríamos unidades consolidadas con oficiales y jefes militares. Ya veo.

—Exacto, pero es que además esas tropas nos podrían salir gratis si los españoles pagan sus nominas.

—Eso me gusta. ¿Qué ambiente ha percibido en El Pentágono? —la preguntó el presidente.

—Muy frío señor presidente.

—Ya me imagino.

—Permiso para hablar libremente, —y ante gesto afirmativo del presidente, continuo—. Tengo superiores que no terminan de aceptar que nuestras glorias pasadas no van a volver. Ojalá no fuera así, pero es lo que hay. España nos lleva un adelanto tecnológico de unos trescientos años: nunca los vamos a alcanzar.

—Pero si cedemos… por poner un ejemplo, un tercio de nuestras fuerzas armadas, ¿no estaremos poniendo en riesgo nuestra seguridad? Estoy pensando en China.

—A China, España la tiene muy vigilada, y cuándo firmemos el acuerdo nuestra defensa la cubren ellos cómo pasó con Costa Rica.

—Muchas gracias coronel, —dijo finalmente el presidente levantándose y tendiéndola la mano—. Voy a pensar detenidamente sobre todo esto.

—Gracias a usted señor presidente.

 

 

La coronel Cooper, después de pasar unos días con su familia, regresó a Mandoria para retomar su trabajo. Fue allí cuándo la informaron de que el presidente de EE. UU. había viajado a Nueva España para entrevistarse con el presidente de la República española. El objetivo era estrechar lazos y acelerar el proceso de negociación. EE. UU. presentó un programa muy ambicioso de reformas para los dos años siguientes. En el primero, se aprobarían una serie de reformas legislativas, y en el segundo las más peliagudas cómo el tema del control de armas y el de emigración y sus derechos.

Después del primer año, las empresas estadounidenses podrían empezar a comerciar en El Baldío y la Casa Blanca ofrecía quinientos mil soldados.

La noticia de la llegada de medio millón de soldados estadounidenses llenó de alegría a Cortabarria porque no tendría que emplear un tiempo valioso en entrenar reclutas y formar unidades nuevas. Además, con esos efectivos, podría formar un nuevo ejército completo. Pero el primer contratiempo llegó pronto. Necesitaba un general americano de confianza para dirigir el contingente. Presentó al Pentágono una lista de cinco que ella consideraba idóneos para el puesto. Los cinco fueron rechazados y nombraron al almirante Jones para el puesto con la graduación de almirante de flota: algo incongruente con el cargo y además un rango que no se utilizaba desde la II Guerra Mundial.

A la primera que le tocó aguantar el chaparrón, en presencia de Castro, fue a la coronel Cooper que decidió tomar el toro por los cuernos y hablar con claridad.

—Mi señora ¿tengo su palabra de que lo que hablemos no va a salir de esta habitación?

—Mira Stéphanie, no me voy a callar…

—Ni pretendo que lo haga, lo que no quiero es que se sepa que he sido yo quien le ha facilitado esta información.

—Entonces de acuerdo: tienes mi palabra.

—La situación en Washington es muy complicada para el presidente: no tiene el apoyo del estamento militar. Por el momento controla las cámaras, pero hay una campaña de desprestigio continuo contra él, impulsada por gran parte del Partido Republicano. Quieren cargarse el acuerdo y lo mejor es hacer que no funcione. No hace falta que le diga que detrás de todo esto, están las grandes corporaciones que se van a quedar fuera del pastel porque no quieren adaptarse a la nueva situación. Quieren forzar una situación que les permita meter el pie aquí. Con la desintegración del Reino Unido y el hundimiento de Alemania, Francia y Rusia el mercado mundial se ha desmoronado, un mercado que empieza a estar acaparado por China.

—Pero es un planteamiento absurdo: no van a conseguir nada. ¿De verdad piensan que íbamos a permitir algo así? —dijo Castro.

—Lo sé, pero el Pentágono esta lleno de viejos retrógrados que todavía están anclados en la Guerra Fría. Piensan que pueden conseguir volver a la situación en la que EE. UU. era la potencia hegemónica y renegociar el acuerdo de adhesión más favorable para las corporaciones principalmente armamentísticas.

—Por lo que me estás diciendo, parece que hay peligro de un golpe de estado, —dijo finalmente Cortabarria después de reflexionar unos segundos.

—Así es mi señora.

—¿Y en Nueva España…?

—Están al tanto de las dificultades del presidente.

—¡Joder! Menuda mierda, —exclamó Castro.

—Los planes que teníamos se han ido a la mierda. —afirmó Cortabarria—. En estás circunstancias no podemos tener un ejército que va a ser problemático.

—Así es, pero ya hemos anunciado la creación de ese ejército, —apuntó Castro.

—A pesar de Jones y del Pentágono, las unidades si tienen mandos eficientes, —afirmó Cooper—, el problema es de oficiales de estado mayor: de burócratas.

—Sí, pero no podemos puentearlos.

—Podríamos dividir ese ejército en tres o cuatro grupos, —dijo Castro pensativo—. Las unidades más interesantes para nosotros las metemos en un grupo y las dejamos aquí en Mandoria lejos de la influencia de Jones, y el resto a Nueva España.

—Buena idea Paco. El cuerpo de Marines, el regimiento Ranger, SEAL, Deltas, las aerotransportadas 82 y 101, y las unidades acorazadas: la 1.º división blindada y la 1.ª división de caballería, con las que vamos a formar un cuerpo de ejército acorazado con otras dos de caballería. También unidades de intendencia y apoyo logístico para que esta fuerza sea autónoma.

—Mi señora, recuerde que de los Marines solo viene el grupo de Norfolk, —apuntó Cooper—, el otro se queda en la Tierra.

—Sí, sí, lo recuerdo. Gracias coronel. Con todo eso tenemos un tercio de la fuerza y lo vamos a llamar grupo A.

—Y cómo va a estar separado del grupo principal, —razonó Castro—, podemos nombrar un comandante adjunto. Orgánicamente dependerá de Jones, pero operativamente estará a nuestras ordenes. ¿A quién nombramos para ese puesto?

—Al general Mike Burton.

—El general Burton no está muy bien visto en el Pentágono, —apuntó Cooper.

—¿Por lo de Costa Rica?

—Así es mi señor, pero es que además tiene una situación personal complicada. Sé que su esposa esta muy enferma y su hija, que hace unos meses salió de la escuela de oficiales de la Armada en Annapolis, no tiene destino: algo totalmente inusual. Varios de sus colaboradores en Costa Rica están en situación similar, entre ellos la general Longstreet.

—¡La madre que los parió! —exclamó Cortabarria y mirando a Cooper añadió—. Quiero a Burton aquí ¿puedes solucionarlo?

—Hablaré con ellos mi señora. Se me está ocurriendo… ¿la hija de Burton podría entrar en la academia de la flota?

—No veo ningún problema: hay cursos especiales de adaptación para oficiales navales.

—OK. Genial. Voy a hacer unas gestiones y cuándo sepa algo les digo.

—De Acuerdo.

 

 

Seis meses después empezaron a llegar las tropas norteamericanas a Mandoria y Nueva España. Todo el material lo hizo en transportes militares de tropas mientras que los soldados lo hicieron en naves de pasaje, tanto militares cómo civiles.

La coronel Cooper movió hilos para que el general Mike Burton, su familia y sus colaboradores, junto con ella misma viajaran en uno de los cruceros de batalla de la flota española que iban a escoltar los convoyes con las tropas, en concreto el Sabadell. Lo hizo cuándo se enteró de que el jefe de los servicios médicos del Cuartel General, que había asistido a un congreso en Segovia, iba a regresar en esa nave de guerra.

—Buenos días doctor Orxim, —le saludo Cooper cuándo todos coincidieron en la cámara de embarque de la nave.

—Buenos días coronel ¿también viajan en esta nave?

—Sí doctor. He pensado que les gustaría visitar y disfrutar de una nave cómo esta, —y procedió a presentarle a todo el grupo—. Solo falta el general Burton que ahora vendrá.

—¿Su padre se ha retrasado? —preguntó mirando a la hija de Burton.

—No doctor, es que nos traemos también a mi mama y esta con ella supervisando su embarque.

—¿Es que hay algún problema? —preguntó Orxim en el momento en que la esposa de Burton, tumbada en una camilla, accedía por la puerta de embarque con su marido al lado. Orxim no esperó respuesta y se acercó a ellos. Rápidamente Cooper les presentó y Orxim sacó de su bolsillo un pequeño escáner médico—. ¿Me permite mi general?

—Por supuesto doctor, —intervino Cooper mirando a Burton que no entendía que pasaba. Orxim conectó el escáner y lo pasó por encima de la esposa de Burton.

—Alzheimer… en 3.ª etapa.

—Así es doctor.

—Me sorprende que sea tan joven ¿cuántos tiene, 52 o 53?

—53. Si doctor, a los médicos también les sorprendió, aunque por lo que nos dijeron hay antecedentes.

—¿Lo han notificado a los servicios médicos de la nave? —preguntó Orxim.

—No doctor, pero no se preocupe, —respondió Burton—. Entre la enfermera que viaja con nosotros y yo mismo, nos ocuparemos de ella. No queremos molestar…

—Tonterías, —dijo Orxim—. Debe de estar en la clínica: insisto.

—Por supuesto, —respondió rápidamente Cooper cogiendo del brazo a Burton—, si usted cree que es lo mejor…

—No sé por qué me da la impresión de que esta coincidencia no es fortuita, —dijo Orxim con una sonrisa y a continuación dio instrucciones a los que llevaban la camilla para que se dirigieran a la clínica.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Burton que no acompaño a su esposa porque Cooper le seguía sujetando por el brazo.

—Lamento esta encerrona y no haberles dicho nada antes, pero no quería correr el riesgo de que no me saliera bien. El Alzheimer, en cualquier etapa, es perfectamente curable en El Baldío.

—¿Cómo que es curable? —preguntó la hija de Burton.

—¿Pero cual es el problema? —preguntó a su vez el propio Burton.

—Que no es española y que no podrá regresar nunca a la Tierra, por lo tanto, tienen que autorizarlo.

—Pero eso no es problema, —dijo Burton con vehemencia—. Incluso abandonaré el ejército americano si es necesario.

—Y yo también, —corroboró la hija.

—No será necesario. Orxim es el jefe médico de la zona española y además el médico personal de Cortabarria, y ella misma está muy interesado en que usted este en Mandoria.

—¿Pero por qué no puede volver a la Tierra?, —preguntó la general Longtreet que formaba parte del grupo.

—Porque se utilizan nanobots en el tratamiento y esa tecnología no puede llegar a la Tierra porque si cae en ciertas manos las podrían convertir en armas. No las podrían fabricar cómo las originales, pero… —y haciendo una pausa, añadió—. Mire general Burton, en Mandoria tarde o temprano la hubieran tratado, pero en el estado en que esta creí mejor hacerlo así para acelerar el tratamiento.

—Y yo se lo agradezco coronel, de verdad. Voy a la clínica…

—No vaya. El doctor estará haciendo gestiones y su esposa esta en muy buenas manos: se lo aseguro.

 

 

Tres horas después el comandante de la nave les llamó a su despacho para informarles de que por mediación de Orxim, el Cuartel General autorizaba el tratamiento. Después de dar las gracias al capitán de la nave, rápidamente fueron a la clínica.

—¿Cuándo empezara el tratamiento doctor? —preguntó Burton inclinándose para besar en la frente a su esposa.

—Ya ha empezado. Ahora hay que esperar a que los bots hagan su trabajo.

—Todo esto me parece tan increíble que no sé lo que decir. Ya estaba hecho a la idea de perderla y ahora… —dijo Burton luchando para no llorar mientras su hija le acariciaba la espalda.

—No se preocupe general: es normal estar un poco… desconcertado.

—¿Cuándo surtirá efecto el tratamiento doctor? —preguntó su hija.

—Cuándo lleguemos a Mandoria ya estará consciente.

—¿Tan pronto?

—Sí, sí. La mantengo sedada porque recobrar la consciencia paulatinamente puede ser traumático. Es mejor que despierte cómo de un sueño y rodeada de su marido y su hija. En un par de semanas, tal vez algo más porque su deterioro muscular es importante, empezara a andar, o por lo menos a intentarlo. En un par de meses hará vida normal.

—Muchas gracias doctor, de verdad que se lo agradecemos.

—Tranquilo general: cómo usted, yo estoy aquí para servir.

 

 

Efectivamente, cuándo la nave llegó a Mandoria, la esposa de Burton estaba consciente y su marido y su hija la hablaban con suavidad para contarla lo que estaba pasando. Orxim, Burton, su esposa y su hija, en una lanzadera fueron directamente al hospital español, mientras que la general Longtreet y el resto de jefes militares en otra bajaban al puerto espacial del Cuartel General dónde les esperaba Cortabarria.

—Buenos días general Cortabarria, —saludó Longtreet después de cuadrarse y saludarla militarmente—. El general Burton…

—Si general, ya sé que ha ido al hospital, cómo debe ser, —contestó estrechándola la mano—. Solo me he acercado para darles la bienvenida.

—Gracias mi señora.

 

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