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16 min
El Baldío (capitulo 18)
Ciencia Ficción |
18.12.20
  • 5
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: llegan los SEAL y surge algún problema.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

En el plazo de tres meses todo el ejército expedicionario de EE. UU. estaba desplegado en Nueva España y Mandoria, pero estaba lejos de ser operativo. Mientras el grupo A, a las ordenes de Burton, estaba casi listo para entrar en acción en cualquier momento, los otros dos grupos, a las ordenes directas del almirante Jones, no lo estaban: su comandante evidenciaba que no estaba a la altura de la tarea encomendada, o que tal vez no quería estarlo.

La esposa de Burton se había recuperado totalmente, y además había empezado a trabajar en una de las escuelas de la zona española asignada a las fuerzas estadounidenses: era maestra de educación infantil.

La hija de Burton, Allison, había ingresado en la academia naval de Nueva España para un curso de convalidación que en un año la permitiría servir en alguna nave de la flota.

Las últimas unidades estadounidenses en llegar a Mandoria fueron los SEAL. La normativa española exigía la presencia de mujeres en los grupos operativos y les estaba costando trabajo encontrarlas, un problema que en España no existía dónde incluso había algún grupo integrado totalmente por mujeres. Finalmente, con los efectivos que llegaron se formó un único equipo, el H (Hispania), con tres grupos operativos con dos mujeres en cada uno, que pasaron a ser Alfa, Bravo y Charlie. Con el resto se organizaron las fuerzas de apoyo. Todos los efectivos pasaron por un cursillo de adaptación para que conocieran cómo eran las cosas en El Baldío.

 

 

A los pocos días, las dos mujeres del grupo Alfa, Barbie y Alyssa, utilizaron un día libre para ir a la capital mandoriana. Muy emocionadas, estuvieron recorriendo los lugares de interés y disfrutando de las maravillas que ofrecía la ciudad. Las vino bien porque aunque no tenían problemas con sus compañeros de unidad, si notaban cierta frialdad.

Ya por la tarde encontraron una animada terraza cercana a uno de los museos que acababan de visitar y se sentaron en una mesa. En otra próxima había varias hembras de especies distintas entre las que había una humana con uniforme de la Armada española y Mirla, con su piel rosada y sus espectaculares rayas negras a los lados de la cara, la compañera de Marta en la operación en Káraman. Hablaban y reían sin parar: era obvio que se lo estaban pasando bien.

Entonces, pilotando algo parecido a una gran moto sin ruedas, apareció Marta y aparcó al lado de la mesa de sus amigas. Se bajó y todas se levantaron para abrazarla y besarla. Después se sentó y pidió una bebida de un color negro que parecía un poco repugnante y nada apetitoso. Mientras lo hacia, reparó en la mesa de al lado. Eran secuelas de su extremo entrenamiento: inconscientemente siempre controlaba el entorno.

Después de un largo rato de parloteo y risas, dónde Marta, que es una mujer de pocas palabras, no participaba mucho, una de las americanas se levantó y se acercó a ellas.

—Disculpad, no quiero molestaros, pero es que mi compañera y yo no podemos quitar la vista de esta moto… o lo que sea, —y mirando a Marta la preguntó—: ¿Cómo podemos conseguir una?

—No puedes, —se adelantó Mirla y señalando a Marta añadió—, ella es la única humana que tiene permiso para pilotar esa maquina aquí. Yo tengo otra pero en casa, en Kánaster.

—¡Joder! ¿ni siquiera en la zona española?

—No, no, allí tampoco. De todas maneras esto no se puede comprar aquí. Esta moto es artesanal: me la ha hecho un amigo copiando la de Mirla, —respondió Marta.

—Pues que desilusión: nos molaba la idea de montar en algo así, —dijo la americana mientras su compañera se levantaba y se acercaba también.

—¿Sois norteamericanas? —preguntó la otra humana.

—Si, ¿tanto se nota?

—Ya te digo.

—¿Rangers o Deltas? —preguntó Marta que las había calado rápido.

—No. SEAL. Grupo Alfa.

—¡Hostias! Del SEAL, —exclamó Mirla con sorna—. Por fin han encontrado chicas para poder venir.

—Desgraciadamente tengo que reconocer que es así.

—Pues, todas ellas, menos una, son de fuerzas especiales elite, —dijo Marta señalando a sus compañeras.

—Y de ellas, dos son nenas de súper elite: Mirla y Marta, —añadió la otra humana señalándolas.

—Ya estamos con las súper nenas, —dijo riendo otra hembra que lo era porque decían que lo era.

—No te quejes que siempre estás igual, además, ya no soy nada, —dijo Marta con tristeza y mirando a las americanas las preguntó para cambiar de tema—. ¿Por qué no os sentáis con nosotras?

—No queremos molestar…

—Tonterías, acercad la mesa, —entre todas lo hicieron y se sentaron.

—¿Eso que has pedido que es? —preguntaron a Marta con interés—. Tiene un aspecto asqueroso.

—Y lo es: es a la única que conozco que le gusta esa mierda, —dijo otra de las hembras.

—¡No exageres! Si no lo pidiera la gente no lo tendrían.

—Lo tienen para los talissios.

—Los de Zeff también beben esa guarrería.

—Pues ya esta: no soy la única, —y cogiéndolo se lo ofreció a las americanas. Lo probaron y pusieron cara de desagrado mientras las demás se desternillaban de la risa.

—¡Joder, que horror!

—Creo que se me ha dormido la lengua.

—Con el tiempo te acostumbras, —dijo Marta.

—¡Nos ha jodido! Si te comes una mierda con el tiempo te acostumbras, —exclamó Mirla riendo.

—No seas guarra, Mirla, ¡joder! —añadió la otra humana.

—Pero ¿qué he dicho? —se defendió Mirla mientras las demás reían.

Durante el resto de la tarde siguieron charlando hasta que cuándo empezó a anochecer se despidieron y volvieron a sus casas.

 

 

Un mes después, se encomendó al grupo Bravo del SEAL una operación de reconocimiento e información en el sistema Bouyafart. La misión consistía en entrar de incógnito en el planeta principal e instalar equipos de observación y escucha. Fue una cagada total: todo lo que podían hacer mal, lo hicieron. Y al final, fueron descubiertos y apresados.

Cortabarria estaba con un cabreo de impresión. El Mando Conjunto de Operaciones Especiales tuvo que mandar a un equipo de zapadores paracaidistas a rescatarlos y no salió gratis: hubo bajas.

—Mi señora, —dijo Burton que ya había adquirido la costumbre de referirse a sus superiores de esa manera— sinceramente no sé que decir. No hay justificación posible. Voy a ordenar una investigación para saber cómo ha podido ocurrir.

—Mira Mike, te aseguro que si no fueran tropas con estatuto especial, los mandos de ese grupo serian sancionados…

—Lo entiendo mi señora.

—… pero el almirante Jones se niega a depurar responsabilidades. Empiezo a pensar que no ha sido buena idea aceptar estás tropas.

—Mi señora, yo siempre estaré a sus ordenes. Si se diera el caso de que el ejército expedicionario regresara a la Tierra, yo me quedaré aquí y pediré la nacionalidad española, y mi hija también.

—Bueno Mike, no corramos tanto. Quiero el informe en mi mesa nada más que lo tengas.

—A la orden.

—Y otra cosa. Voy a auditar todos los cuerpos especiales norteamericanos. Quiero saber en que estado operativo real están. Mandaré a alguien de confianza a hacerlo: ordena colaboración total.

—Así lo haré mi señora.

—Podríamos encargárselo a la teniente Buendía, —propuso Castro que asistía a la reunión.

—Buena idea: la pobre debe de estar harta de estar en la armería, —y llamando a su secretaria la ordenó—: localízame a Marta y que venga a verme de inmediato, pero primero tengo que hablar con su psicóloga. Llámala.

 

 

Media hora después Marta llegó a la carrera. Aunque los psicólogos seguían tratándola, ya la habían dado el alta, pero todavía no la autorizaban a formar parte del equipo de protección de Cortabarria. Su superior, Javi Becerra, la había destinado a la armería del cuerpo de guardia dónde aburrida cómo una ostra se pasaba las mañanas limpiando armas y teniéndolas a punto. Cuándo entró en el antedespacho, el ayudante de campo general Pepe San Juan se levantó y después de darla dos besos la dijo abriendo la puerta, —Pasa Marta que te está esperando.

—Buenos días mi señora, —dijo cuadrándose y haciendo el saludo militar—. Le prometo que he sido buena y no me he metido en ningún lío.

—No seas payasa, —dijo Cortabarria saliendo de detrás de su mesa, y dándola dos besos mientras la abrazaba—. ¿Qué tal estás cariño?

—Lista para volver al servicio.

—Ya sabes que hasta que tu psicóloga no lo autorice seguirás en la armería.

—¡Esa bruja me tiene hasta…!

—¡Eh! Esa boquita Marta: a ver si ahora la vas a cagar.

—No mi señora… pero es una bruja: me revuelve las neuronas y ya sabe que no tengo muchas.

—No seas boba, —dijo Cortabarria riendo mientras con la mano la invitaba a sentarse con ella en el sofá—. Bien. Ya sabes lo que ha pasado con el grupo Bravo del SEAL.

—Si mi señora, que la han cagado y mucho. Es la comidilla del día.

—Así es. Independientemente de las investigaciones internas que ya se están haciendo, quiero saber el estado real de preparación de las unidades especiales estadounidenses y si puedo confiar en ellas. Quiero que tú te ocupes: eres la persona ideal.

—Soy su chica mi señora, pero la bruja seguro que tiene algo que decir.

—Con la bruja ya he hablado y lo autoriza. Y apúntate esto jovencita: no quiero que te refieras a ella de esa forma. ¿Está claro?

—Muy claro mi señora.

—Pues a trabajar, y otra cosa: tienes carta blanca para hacer lo que quieras, pero no te pases que eres muy burra.

—¿No puedo vapulearlos? —bromeó Marta.

—No, no puedes… bueno, solo un poquito.

—¡Joder!

—Mientras dure la auditoría, esas unidades están enteramente a tus ordenes.

—Entendido mi señora, pero con mi graduación…

—Eso no es problema: no te preocupes. Tendrás una especie de mando delegado. Cuándo des una orden, la das en mi nombre.

—De acuerdo mi señora.

—Pues a trabajar.

 

 

Y así lo hizo. Con la ayuda de Pepe San Juan descargó toda la información sobre esas unidades en una tableta y esa misma tarde se presentó en el cuartel del 75.º Regimiento Ranger. El coronel al mando, que ya estaba informado, se puso inmediatamente a sus ordenes y durante los tres siguientes días estuvo supervisando la preparación física y técnica del regimiento.

—Pues con esto ya está todo coronel, —le dijo al comandante del regimiento—. Ya tengo una idea clara del estado de su unidad.

—¿Y hemos aprobado teniente?

—Por supuesto coronel, y más que eso: le aseguro que estoy impresionada. Tiene un gran regimiento y así lo reflejaré en mi informe a la comandante en jefe. Gracias por su colaboración.

—Gracias a usted teniente.

 

 

La segunda visita fue al 1.er destacamento aerotransportado de fuerzas especiales Delta. No fue tan bien cómo con los Ranger. Los responsables de la unidad intentaron torearla y ningunearla, hasta que a Marta se la inflaron las narices.

—Mire usted señor militar americano, y esto va también por todos. Aquí podemos estar todo el tiempo que quiera, pero sepa que este trabajo lo voy a hacer por mucho que quiera ningunearme, —dijo Marta cuándo se reunió con la cúpula de la unidad mientras marcaba un número en su móvil, y después de hablar brevemente por él se lo entregó al comandante de la unidad—. Y cómo he prometido que no le voy a retorcer el pescuezo a nadie, coja este teléfono que se lo van a decir.

El comandante cogió el móvil y en una actitud cada vez más crispada estuvo escuchando y solo era capaz de contestar con monosílavos.

—Estoy a sus ordenes teniente y mis colaboradores también, —dijo el comandante rojo cómo un tomate devolviéndola el móvil.

—Muy bien, todos ustedes fuera de aquí… ya les iré llamando, —dijo Marta de mala manera mirando a los demás y después volviéndose hacia el comandante añadió—: y usted y yo vamos a hablar ahora.

Desde ese momento, los problemas desaparecieron y unos días después Marta terminó su informe y sin despedirse de nadie se fue sin comunicar los resultados a nadie. El informe lo entregó directamente a Cortabarria.

 

 

La tercera visita fue al Grupo Alfa del SEAL. Los citó en su cuartel, en un hangar que utilizaban para entrenar. Les tendió una pequeña trampa y se presentó vestida con una camiseta corta, pantalón corto y chanclas en los pies. Por supuesto todo militar: de la armada. También llevaba gafas de sol de aviador, una tableta en la mano y un chupachups en la boca. Cuándo los miembros del grupo la vieron llegar, la miraron de arriba abajo mientras las dos mujeres del grupo, que la habían reconocido, se echaban a reír con disimulo.

—Buenos días jefe maestro, —dijo Marta dirigiéndose al comandante del grupo y saludándole militarmente.

—Buenos días teniente: tengo instrucciones de ponerme a sus ordenes.

—Entonces perfecto: vamos a trabajar, —dijo Marta con una sonrisa—. Vamos a ver el nivel de combate personal. ¿Quién quiere ser el primero? —Las dos mujeres del grupo levantaron primero las manos—. Vosotras no: primero alguno de los grandullones. ¿Nadie se anima? Venga hombre que creo que sois buzos.

Finalmente, un sargento, el más grande de todos, dio un paso adelante.

—Quitate las botas y entra en el tatami, —ordenó—. ¿Nombre y graduación?

—Taylor, sargento de Marines, —Marta estuvo tecleando en su tableta.

—Muy bien sargento de Marines. Veo en tu expediente que eres experto en combate sin armas. Veamos que nivel tienes, —y sin soltar la tableta, le ordenó—: Atácame.

—No puedo atacarla señora.

—¿Por qué? —preguntó Marta fingiendo extrañeza.

—No está preparada.

—¡Ah! Es cierto: tienes razón, —y con un movimiento de los pies se despojó de las chanclas, —ya estoy preparada.

—Pero tiene la tableta de la mano ¡Joder!

—No te preocupes, no te voy a pegar con ella que vale una pasta, además no la necesito para hacerte daño, —dijo Marta con sorna. Taylor se puso en posición marcial con los puños cerrados mientras ella permanecía impasible en posición despreocupada. De repente, de una manera muy previsible, Taylor lanzó un puñetazo y Marta, sin moverse del sitio le agarró con la mano libre y barriéndole con el pie y un movimiento de cadera, lo lanzó a dos metros de distancia fuera del tatami—. Espero que lo sepas hacer mejor, sargento de Marines Taylor.

—¿Qué es ese movimiento Mart… teniente? —preguntó Alyssa acercándose—. Soy experta en artes marciales y no lo reconozco.

—Es un movimiento basico de un arte marcial de Kánaster. Ya que estás en el tatami vamos a ver tu nivel, —y mirando al sargento le tendió la tableta y le chupachups mientras la chica se despojaba de las botas—. Sargento de Marines, sujétame esto. ¿Eso si sabrás hacerlo? Y no te comas el caramelo.

Las dos mujeres empezaron a pelear y lanzarse golpes y varias veces la americana terminó de mala manera sobre el tatami, pero siempre se levantaba para seguir combatiendo.

—Muy bien cabo: ya es suficiente, —la dijo mientras la tendía la mano para ayudarla a levantarse.

Todos los miembros del equipo fueron pasando por el tatami, incluido el jefe maestro. Finalmente, el sargento de Marines también lo hizo y peleo mucho mejor con diferencia, pero aun así Marta le castigó.

—Muy bien sargento de Marines Taylor. Lo podías haber hecho así de bien desde el principio.

—Lo siento mi señora.

—Vale sargento de Marines, en primer lugar, no soy tu señora y en segundo lugar, esta noche te va a tocar pagar las cervezas por capullo, —le dijo mientras los demás aplaudían y se acercaban a darle palmadas en la espalda.

—Mi señora… —dijo la cabo.

—Déjate de señoras, cuándo nos conocimos me llamabas Marta, —la cortó.

—¿La conocías? —preguntó el sargento.

—Vale Marta, —dijo la cabo mirando al sargento mientras sonreía—. ¿Dónde puedo aprender ese arte marcial?

—¿Cuál de ellos? He empleado al menos una docena.

—¿Tantos hay? —preguntó el jefe maestro.

—Hay miles, —y tecleando en la tableta añadió—: te mando a tu correo unos enlaces para que puedas ver lo que hay. Compartelos con tus compañeros.

—Gracias Marta.

—Por hoy ya os he vapuleado suficiente. En los dos próximos días seguiremos. Esta noche os espero en un garito que hay en el Sector 3 para que el sargento de Marines pague las cervezas.

—¿Cómo se llama Marta? —preguntó la otra chica.

—El “Puto Buzo”. Por allí solo van fuerzas especiales aliadas. Es muy selecto, pero os habéis ganado el derecho a ir.

—Me gusta ese nombre, —dijo el sargento.

 

 

Un par de semanas después, Marta estaba en el despacho de Cortabarria entregando los últimos informes. Todas las unidades auditadas estaban bien adiestradas y preparadas para entrar en acción. El problema del Grupo Bravo había sido algo puntual.

—Muy bien Marta: has hecho un trabajo fantástico, —dijo Castro dándola unos golpecitos cariñosos en la espalda.

—Estoy por dejarla para siempre en las oficinas, —dijo Cortabarria de broma, algo que Marta no captó.

—¡No me joda! —y llevándose la mano a la boca con cara de susto exclamo—: ¡Uy! lo siento, lo siento mi señora.

Cortabarria y Castro soltaron una carcajada mientras a Marta se le disparaba el entrecejo.

—¿Te das cuenta Paco de que a pesar de la imagen dura que quiere dar, en el fondo es un amor de tía?

—Desde Luego, —corroboró Castro.

—¡No soy un amor! —protestó.

—Sí que lo eres, —dijo Cortabarria dándola dos besos—, y hasta que no lo admitas no volverás al equipo de escoltas.

—Eso es un… chantaje, además, la bruja seguro que tiene algo que decir.

—Ya he hablado con tu amiga la bruja y lo deja en mis manos.

—Un momento que esto lo gravo, —dijo Castro sacando el móvil y empezando a grabar.

—¡Joder! Venga vale: soy un amor.

—Lo voy a poner de tono de llamada, —afirmó Castro riendo mientras Cortabarria la abrazaba.

 

 

 

 

 

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