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18 min
El Baldío (capitulo 2)
Ciencia Ficción |
21.08.20
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Sinopsis

Comienza la exploración de la nave alienígena.

 

Encarando el fusil de asalto de cañón corto y silenciador, la culata firmemente apoyada en el hombro dispuesta para disparar, la luz de la linterna adosada alumbrando hacia adelante, muy concentrada y un poco agobiada por el traje de aislamiento NBQ, la alférez Marta Buendía avanzaba por el largo pasillo. Detrás de ella, en fila india, la seguían sus compañeros de pelotón en un movimiento coreografiado hasta la extenuación en los largos e intensos entrenamientos de la Fuerza de Guerra Naval Especial de la Armada. Hacia unos minutos que los técnicos habían abierto definitivamente el acceso a los niveles superiores y les había tocado a ellos el honor de ser los primeros humanos en entrar en una nave espacial alienígena. Para eso eran una unidad de elite de fuerzas especiales y todo ese entrenamiento les había llevado a ese momento: a la misión de sus vidas.

No estaban solos. Otros equipos de la Legión, del Tercio de la Armada y de los ejércitos de aire y tierra, incluso de la Guardia Civil les seguían: el espacio a ocupar era enorme y era necesario el esfuerzo de todos. Se quería tener controlada toda la nave en poco tiempo para que los científicos empezaran a trabajar lo antes posible. Que lejos estaban de sospechar, que sólo era un primer paso dentro de una aventura colosal que les llevaría, a ellos primero, y a muchos más españoles después, a los puntos más alejados de galaxia al que jamás llegara un ser humano terrestre.

 

 Marta había llegado a ese pasillo después de subir por una estrecha escalera de caracol que recorría un tubo vertical que partía desde el nivel más bajo al más alto de la nave y que tenía acceso a todos los niveles. Estaba claro que era una instalación para casos de emergencia: en la inspección del nivel inferior se había encontrado ocho ascensores. Según ascendían, otros equipos que les seguían se iban distribuyendo por los demás niveles de la nave. Siguieron por el pasillo deteniéndose en todas las puertas que permanecían cerradas. Primero habían inspeccionado toda la parte trasera de la nave. El ritual era siempre el mismo: accionar lo que parecía ser el pulsador de la puerta y ante la respuesta negativa apalancarla. No había nada reseñable en su interior: pequeños almacenes, un comedor, varios despachos y dormitorios individuales, o con dos o tres camas. Todo tenía un aire similar al interior de un buque de guerra, pero eso sí, con mucho más espacio. Después le toco el turno a la parte delantera con el mismo procedimiento. Al final del pasillo llegaron a unas compuertas dobles cerradas más robustas que las anteriores. Con precaución, el compañero que la seguía tocó el pulsador de apertura, pero cómo en las ocasiones anteriores no hubo efecto. Otro compañero que llevaba la palanca, avanzó hasta su posición e introdujo la punta en la junta no sin dificultad. Presionaron y después de mucho esfuerzo las compuertas se abrieron lo mínimo para poder meter más la palanca y hacer fuerza con las manos. Cuando hubo espacio suficiente, Marta entró por el hueco sin perder la posición: con el arma siempre hacia delante. Adoptó una posición defensiva con la rodilla en tierra mientras sus compañeros terminaban de abrir las puertas y las aseguraban. Después se distribuyeron por el espacio que era el más grande que había encontrado en ese nivel.

—Como aparezca alguien por aquí, nos vamos a pegar un susto que nos vamos a cagar, —comentó con humor mientras avanzaba hasta el fondo alumbrando la amplia sala con la linterna de su fusil. Una luz muy tamizada entraba por las ventanas laterales sumiendo el espacio en la penumbra.

—Concentración alférez, —ordenó el capitán, aunque sabía que Marta tenía razón.

—A la orden mi capitán.

El espacio estaba lleno de consolas que podrían ser de mando. Casi todas adosadas a la pared aunque había cuatro que estaban en el centro encarando lo que podría ser una gran pantalla que ocupaba una parte importante del frente. Por detrás de las cuatro consolas había otras dos mucho más pequeñas que podrían ser del comandante de la nave y de alguien más. Todos los puestos estaban preparados para ser operados sentados, porque todos tenían sillones adosados al suelo.

—Estamos en lo que parecer ser el puente de mando: todo el nivel está asegurado, —dijo el capitán activando su radio.

—Recibido. Los técnicos van en camino. Mantener la posición. Resto de equipos: informad según vayáis asegurando los niveles asignados.

Toda la operación era seguida al detalle desde el Palacio de la Moncloa, gracias a las cámaras que los militares llevaban adosadas a sus cascos.

 

      Unos minutos después, un par de docenas de científicos e ingenieros, también con trajes NBQ, aunque más aparatosos y chillones que los militares, empezaron a ocupar el puente de mando y las demás zonas según se iban asegurando, en especial la sala de maquinas que junto con el puente de mando eran las dos zonas que más interés despertaban. Al mismo tiempo, un grupo especifico se dedicaba a recoger muestras y a analizar el ambiente de la nave en busca de patógenos extraños a la tierra aunque ese trabajo ya estaba muy adelantado por la unidad robótica que había explorado el nivel más bajo.

 

 

Dos semanas antes, la unidad robótica había explorado toda la planta de lo que resultaría ser la cubierta más baja de las catorce de las que disponía la nave. Lo primero que comprobó fue que el aire era respirable y que en principio estaba libre de gérmenes extraños. Por el pasillo central había accedido a todas las dependencias que se abrían lateralmente y a pasillos perpendiculares al principal. Llevaba instalada una herramienta que abría una rendija en las puertas correderas por dónde introducía una cámara telescópica. Principalmente eran almacenes dónde había todo tipo de artilugios y contenedores que fueron rápidamente investigados visualmente por científicos e ingenieros. También se encontró lo que podría ser un hangar de vuelo o de descarga para abastecer los almacenes de la nave, aunque desafortunadamente no había ningún tipo de nave pequeña.

Tres días después de la entrada de la unidad robótica ya había otras tres trabajando en ese nivel y esporádicamente también entraban los científicos para cuestiones muy especificas y concretas, siempre perfectamente protegidos por trajes de aislamiento extremo NBQ. Uno de los descubrimientos que más sensación produjo fue cuándo se constató que los conductos de energía aun disponían de ella aunque de una manera residual: después de más de veinte mil años. Por eso era tan importante encontrar y entrar en la sala de maquinas y en el puente de mando.

 

 

—Equipo 7 a control.

—Adelante equipo 7.

—¿Veis lo mismo que nosotros? Esto está lleno de naves pequeñas de varios tamaños.

—Afirmativo: lo vemos. Si tenéis ese nivel asegurado mandamos a los ingenieros.

—Afirmativo: está asegurado. Parte del espacio que hay entre los dos módulos exteriores es casi diáfano una vez que las compuertas estén abiertas: las dos dársenas están comunicadas.

—OK, entendido. Buen trabajo. Equipo 3, ¿tenéis asegurada la sala de maquinas?

—Estamos terminando de inspeccionar las pasarelas superiores. El espacio es enorme.

—OK, de acuerdo.

 

 

Cuándo los científicos entraron en el hangar de vuelo, constataron que había, perfectamente ubicadas en varios niveles a modo de grandes estanterías, treinta y dos naves pequeñas biplazas que por la configuración podrían ser cazabombarderos, seis de tipo transbordador que debido a los asientos que había en su interior podía transportar hasta veinticuatro personas o ser utilizados cómo cargueros de mercancía y otras tres que podrían ser patrulleras y que tenían dos cubiertas.

Se tardaron varios días en inspeccionar meticulosamente todas las dependencias de la nave y los científicos e ingenieros estaban entusiasmados: era cómo entrar en un mundo de maravillas inimaginables. En una especie de compartimento de seguridad próximo al puente de mando, y en lo que podría ser el despacho del comandante de la nave, se descubrió un cargamento de 9,6 toneladas de oro, sin ningún tipo de impurezas y mucho más puro que el que se fundía en la Tierra, y que estaba en lingotes de varios tamaños, los más grandes hexagonales de 14,6 kilos de peso y los más pequeños en forma de tabletas mucho más manejables, pero que no coincidían con los pesos normales de la Tierra.

El descubrimiento de mayor impacto se produjo una semana después cuándo en un pequeño compartimento cerrado del puente de mando se descubrió un androide. Media algo más de metro ochenta y cinco de altura y unos cables le mantenían conectado a un panel lateral del habitáculo. Aunque era totalmente metálico, asemejaba en diseño y proporciones a un ser humano y un ligero abultamiento a la altura del pecho le daba cierto aire femenino. Las articulaciones de las manos le permitían, si estuviera activado, reproducir todos los movimientos de su homologa humana. Después de estudiarlo detenidamente, llegaron a la conclusión de que debía de ser una especie de robot auxiliar de la nave: un avatar.

Había que tomar una decisión importante y que con el tiempo resultaría trascendental. No sin cierta controversia el equipo científico llegó a la conclusión de que era necesario activar el avatar para tener acceso total a los sistemas de la nave y a sus bancos de datos. Aunque el idioma y los símbolos de los controles estaban en un idioma por el momento indescifrable, los expertos estaban seguros de poder interactuar con el avatar. Pero la palabra final la tenía el presidente de la República. Se reunió con los ministros, con su asesor científico, con el JEMAD, con la Junta de Jefes de Estado Mayor, y con los científicos e ingenieros que trabajaban in situ.

—¿Y estáis seguros de que podéis activar al androide? —preguntó el jefe de gabinete.

—Creemos que en el momento en que los controles del puente de mando reciban energía, y por consiguiente el panel de su habitáculo, el androide se activara.

—Aquí el problema es que no entendemos esta tecnología porque nos supera, —intervino otro ingeniero—. Esta nave, que claramente es una unidad de combate, dispone de tres reactores de fusión, es decir, de tres unidades de potencia, que creemos que funcionan, pero no sabemos ponerlos en marcha.

—Por eso vamos a suministrar energía desde el exterior. Ya estamos instalando un cableado exterior para llevar la energía de 36 generadores militares de 2.000 Kw. hasta la sala de maquinas.

—¿Y con eso se activara la nave? —insistió el jefe de gabinete.

—Con eso la nave no va a volar, pero estamos seguros de que los controles del puente se activaran.

—Mire señor presidente, podemos pasarnos la vida apretando botones para ver que pasa, con el peligro que eso implica, —dijo otra ingeniera— o, podemos activar el avatar y que lo haga él.

—Muy bien, pero ¿luego podréis controlar ese robot? —insistió el jefe de gabinete—. Porque ese es el tema principal.

—Creemos que sí.

Al final se decidió activar al androide, pero con la condición de que se instalara un dispositivo explosivo para poder neutralizarlo si fuera necesario, y es que no se sabía su potencial, ni el posible poder que pudiera tener, pero era eso, o pasarse toda la vida mirando unos sistemas tan avanzados que ni siquiera se habían teorizado.

 

 

Cuándo todo estuvo preparado, el nerviosismo y la incertidumbre envolvía al equipo de ingenieros y científicos. En el puente solo estaba presente un equipo mínimo por motivos de seguridad y un reducido equipo de la Fuerza de Guerra Naval con la alférez Marta Buendía a la cabeza. Estaban armados con armas con munición blindada y lanzagranadas porque se había comprobado que estaba construido con el mismo material que el fuselaje.

La energía fue llegando con mucha lentitud según se iba aumentando la potencia de salida de los generadores, y los controles de las consolas del puente se fueron iluminando al mismo ritmo. Cuándo se alcanzó el máximo nivel, durante casi quince minutos no pasó nada. La media docena de ingenieros presentes se dedicaron a mirar las consolas sin notar ningún cambio salvo que los testigos estaban iluminados. De repente, en uno de los paneles de la parte trasera del puente los testigos empezaron a parpadear y en la consola del panel se elevó una lamina holográfica que claramente contenía un gran número de controles.

—Atención control: ¿Lo habéis visto?

—Afirmativo.

—Es evidente que es holográfico, pero el aspecto es sólido, —afirmó el ingeniero maravillado por el alarde tecnológico.

—Pues es cuestión de tocar, —contestó otra compañera, y sin pensarlo más o esperar autorización desde el Control Central, tocó con su guante de goma en una parte dónde no había controles—. Afirmativo hay resistencia: es sólido.

—¿Es el único panel que se ha activado? —preguntaron desde el Control Central.

—Afirmativo: solo se ha activado este. —respondió— Pero las consolas están muy activas: hay muchos testigos parpadeando. Además, nuestros sensores detectan que el ambiente se está renovando.

—Afirmativo: nosotros también lo hemos detectado.

—En el panel hay un botón grande que parpadea, de un color parecido al violeta y que parece que nos invita a activarlo. Es del mismo color que las líneas que decoran el avatar, —dijo la ingeniera que había tocado el panel—. Solicito permiso para pulsarlo.

—Espera un momento que lo estamos valorando, —después de unos interminables segundo—. De acuerdo, tienes permiso. Que el equipo militar este preparado.

—De acuerdo, —contestó mientras los militares encaraban sus armas apuntando al androide por orden de Marta. Nuevamente sin pensarlo, pulso el gran botón violeta. El habitáculo del androide se iluminó al tiempo de que los cables que lo unían al panel lateral de desconectaban y quedaban colgados inertes. Entonces, adelantó una pierna, luego la otra y salió del habitáculo.

—¡Atentos! —gritó la alférez Buendía—. Pero mucha calma.

—¡Tranquilos! —gritó otro de los ingenieros mientras levantaba la mano—. Mantened las posiciones, pero tranquilos.

Mientras tanto, la ingeniera que había pulsado el botón se aproximó despacio al androide y se colocó frente a él. Entonces empezó a emitir sonidos incomprensibles y poco a poco empezó a introducir palabras sueltas en castellano.

—Control ¿lo habéis oído?

—Afirmativo…

­—No… suficiente… —dijo el androide.

—Quiere comunicarse con nosotros, —afirmó la ingeniera con gesto de inmensa alegría en el rostro—. Parece que aprende. Tenemos que seguir hablando… de lo que sea… pero no hay que parar.

—Enviamos a tu tableta una gramática y el diccionario de la RAE.

—Entendido, —dijo la ingeniera y mirando al androide añadió—: Puedo proporcionarte información…

—Recibida información, —dijo el androide interrumpiéndola.

Aun así, durante varios minutos estuvieron hablando si parar en una conversación atolondrada dónde también participaron los militares que había bajado un poco las armas pero vigilantes. Entonces el androide comenzó a andar y se dirigió a una consola lateral comenzando a pulsar controles mientras los ingenieros y los soldados le rodeaban.

—He activado la matriz de traducción. Ahora estoy preparado para recibir instrucciones, —dijo dándose la vuelta y quedándose inerte.

—¿Aceptas recibir instrucciones de nosotros?

—Esta nave solo puede ser operada por Kedar… no sé cómo se dice en este idioma.

—¿Nosotros somos Kedar?

—Sí.

—¿Cómo es posible?

—Mis sensores me dicen que genéticamente sois Kedar.

—Nosotros somos humanos, —dijo la ingeniera tocándose el pecho con la mano cómo había visto en una película y repitió—: Humanos.

—Entendido: humanos. Sois humanos. ¿Puedo hacer una pregunta?

—Si, claro. ¿Qué quieres saber?

—¿Por qué estáis metidos en esos trajes de goma y por qué me apuntáis con armas?

—Los trajes cómo protección. No sabemos si en esta nave hay patógenos extraños a este planeta y las armas son porque no sabemos si eres hostil o no.

El androide permaneció en silencio durante seis segundos y finalmente contestó: —Mis escáneres me indican que no hay patógenos nocivos para la condición humana en esta nave, y mis directrices me impiden causar algún tipo de mal, directa o indirectamente, a los Kedar y por lo tanto a los humanos.

Sin esperar la orden la ingeniera empezó a soltar los cierres de seguridad del casco y procedió a quitárselo desoyendo las indicaciones de sus compañeros de que no lo hiciera. Respiro profundamente durante unos segundos y se quitó el resto del traje, quedándose solo con el body de cuerpo entero reglamentario.

—Quiero hacerte una pregunta, —dijo la ingeniera cuándo termino de quitarse el traje.

—Puedes preguntarme lo que quieras: mis directrices que obligan a contestar a cualquier requerimiento humano o Kedar.

—¿Esta nave esta totalmente operativa?

—Afirmativo, —contestó después de unos segundos.

—¿Qué tipo de nave es?

—Es un crucero de batalla y exploración de clase Tarük.

—¿Hay naves más poderosas que esta?

—Negativo. El grupo de batalla Tarük es la vanguardia de la flota Kedar.

—¿Hay otras naves Kedar, de cualquier tipo, en la Tierra?

—¿Tierra? No entiendo: ya no estamos enterrados.

—Este planeta se llama Tierra.

—Negativo. Según mi banco de datos este planeta es Ardhi 3, del sistema Ardhi.

—Entendido. Nosotros al planeta lo llamamos Tierra y a nuestra estrella Sol. ¿Y sobre la pregunta que te hemos hecho?

—Negativo. En la Tierra no hay más naves Kedar, solo las que están en la cubierta de vuelo.

—¿Qué les pasó a los Kedar?

—No puedo computar esa pregunta: vosotros sois Kedar.

—Si, claro. Me refiero a los tripulantes de esta nave y a los Kedar que vivían fuera de este planeta.

El androide permaneció en silencio durante varios segundos. Parecía cómo si estuviera rebuscando en los bancos de datos de la nave.

—No tengo esa información.

—¿Tampoco sabes por qué abandonaron esta nave?

—Se ordenó por parte del mando supremo de la flota Kedar, enterrar esta unidad aquí. El motivo era que los puertos y bases espaciales estaban llenos de naves y no cabían más. Según las instrucciones, otra nave recogería los tripulantes y los trasladaría a la capital del imperio.

—Entonces, ¿Puede haber otras naves cómo esta escondidas por la galaxia?

—No tengo esa información. No puedo comunicar con los transceptores imperiales.

—Hemos encontrado un compartimento con oro ¿Por qué lo lleváis en la nave?

—El oro se utiliza en todo tipo de transacciones comerciales en esta parte de la galaxia: es un valor aceptado por todos los mundos y los Kedar son los mayores productores.

—Y ¿dónde lo almacenaban?

—En las bases de la flota: en todas hay grandes depósitos, —la respuesta hizo que todos en el Centro de Mando se miraran entre si.

—¿Tienes la localización de esas bases?

—Afirmativo.

—¿los Kedar colonizaron otros planetas cómo este?

—Negativo: los Kedar no colonizan, impulsan la vida sembrando semillas genéticas en mundos potencialmente viables.

—Por eso somos genéticamente iguales.

—Afirmativo.

—Pero con el aumento de la población necesitarían más espacio.

—Negativo. El control de la natalidad es estricto.

—Una última pregunta por ahora: ¿puedes ayudarnos a poner en marcha esta nave?

—Mi función principal en apoyar a la tripulación de puente a operar esta unidad de batalla: si, puedo hacerlo.

 

Después de ese primer contacto y gracias a la interacción con el androide, los investigadores desmenuzaron los sistemas de la nave y su gigantesco banco de datos.

Igualmente los militares entraron a saco para familiarizarse con sus poderosos sistemas de armas. Pilotos de la fuerza aérea, se hicieron cargo de los cazabombarderos y después de aprender a pilotarlos, los trasladaron a las bases aéreas de Albacete y Alcantarilla, al igual que una de las patrulleras y dos de los transbordadores. El resto se decidió que se quedaran en las Bardenas Reales.

 

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