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19 min
El Baldío (capitulo 20)
Ciencia Ficción |
01.01.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: los norteamericanos dan la sorpresa en Kileex.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

En los plazos previstos la flota española apareció en la órbita del cuarto planeta del sistema Wantooban y barrió a la escasa y desprevenida flota imperial tardasiana allí presente. Las defensas planetarias fueron pulverizadas y las bases lunares destruidas. Inmediatamente, los transportes de tropas empezaron a bajar a la superficie para desembarcar tropas. En noventa y seis horas, tres millones de soldados aliados estaban en la superficie en cinco puntos predeterminados: uno por cada ejército, mientras que el sexto ejército se estacionaba en el hemisferio sur para ir limpiando los asentamientos enemigos en la zona. Con esta maniobra de desembarco, el grueso del ejército imperial quedaba embolsado. En tres días más, las tropas aliadas estaban en orden de batalla. El Centro de Mando estaba instalado en un transporte de tropas que había sido habilitado para tal fin.

El ejército imperial, bien pertrechado y protegido por escudos de energía, viendo lo que se le venia encima, amplió su perímetro defensivo y se fortificó. No pilló por sorpresa a Cortabarria porque ya lo había previsto.

El imperio estaba sumido en el caos propiciado por el vacío de poder y la guerra civil que se había declarado. Las fuerzas tardasianas no podían esperar ayuda de ningún tipo.

 

 

Una semana después, cuándo el foco de atención estaba centrado en Wantooban, las fuerzas especiales norteamericanas se infiltraron en Kileex y en poco más de dos horas controlaron el gigantesco complejo minero, liberaron a los cautivos y fortificaron la zona para defenderla hasta que llegara el grueso del ejército norteamericano. Este, desembarcó en los puntos prefijados. Parte de los transportes de tropas que habían participado en el desembarco en Wantooban se había trasladado a Kileex para tal fin.

Las milicias de Orión, al ver lo que se les venia encima, evacuaron rápidamente el planeta sin oposición de las naves Xelar que controlaban la órbita.

Con las fuerzas desplegadas, el almirante Jones tomó dos decisiones sin consultar con nadie. Primero, ordenó bloquear todas las comunicaciones con el exterior y con la flota de apoyo en la órbita, y segundo, desechó la segunda fase de los planes de batalla de Cortabarria y empezó a aplicar planes propios.

 

 

Cortabarria estaba en el Centro de Mando cuándo su ayudante de campo, el general Pepe San Juan, entró en la sala y se acercó a dónde ella estaba.

—Paco me acaba de llamar, —dijo en tono bajo inclinándose ligeramente—. Se han perdido las comunicaciones con Kileex.

—¿Cómo ha sido? ¿y la flota? —preguntó prestándole atención.

—Ellos tampoco tienen comunicación. No sabemos que ha pasado.

—Pues que baje una nave a ver que pasa.

—Ya la han mandado y les han dicho que todo esta bien y que están trabajando para solucionar el problema.

—Vale, mantenme informada.

Al día siguiente las comunicaciones seguían cortadas y Pepe San Juan volvió a hablar con Cortabarria.

—El problema parece que no se soluciona. Los Xelar se han ofrecido a bajar y solucionarlo ellos, pero les han dicho que no, que es problema de ellos y que están trabajando en solucionarlo.

—¿Tanto tiempo para solucionar una avería de comunicaciones? —preguntó Cortabarria para afirmar a continuación—. Eso no es normal: algo pasa.

—Estoy de acuerdo, pero ya sabes que la situación en la Tierra para el presidente americano es complicada. Es mejor no intervenir.

—Si, lo sé. Habla con el gobernador y que hable con la Casa Blanca y Nueva España y les informe de lo que está pasando.

—A la orden.

—Esto me da muy mala espina Pepe.

—A mí también: no me gusta nada.

 

 

La teniente Allyson Burton, después de hacer un curso complementario es la Academia de la Armada, había sido destinada al crucero de batalla Zafra, una de las unidades más modernas de la flota española, cómo segundo oficial de derrota.

El Zafra formaba parte del dispositivo en torno a Wantooban. Allyson estaba de turno en el puente de mando cuándo el oficial de comunicaciones la llamó a su puesto.

—He recibido una transmisión de audio codificada para usted teniente, —la informó—. Es muy raro: viene por onda portadora.

—¿Para mí y por onda portadora? —preguntó extrañada—. Que raro ¿quién lo manda?

—No lo sé teniente. Tengo que abrir el archivo y descodificarlo.

—De acuerdo: ábralo, —el oficial de comunicaciones empezó a teclear en la consola holográfica.

—El mensaje es de un tal… coronel Cooper y… esta en inglés.

—¿La coronel Cooper? De acuerdo pásemelo, —El oficial le dio unos auriculares y Allyson empezó a escuchar—. ¡Joder! Capitán, con su permiso tiene que escuchar esto.

—Muy bien, adelante, —dijo al oficial de comunicaciones que conecto el audio del puente de mando.

—Active traducción automática, —ordenó Allyson al oficial de comunicaciones.

>Allyson, estoy en Kileex. Las comunicaciones no están averiadas: están cortadas y bloqueadas por orden del almirante Jones. Ha tirado a la basura los planes de batalla de Cortabarria y está mandando a nuestras tropas al matadero. Tenemos muchísimas bajas: está loco. Tu padre, Longstreet y varios jefes militares se han enfrentado a él y los ha mandado al calabozo. A otros los ha echado del Centro de Mando. Tienes que informar urgentemente a Cortabarria de lo que está pasando. No estoy segura de que este mensaje pueda pasar el bloqueo: pido a Dios que lo consiga y que podáis parar esta carnicería.<

—Rápido. Comunique con el Centro de Mando, —ordenó el capitán al oficial de comunicaciones.

 

 

La cabo Inés Martín, asistente personal de Cortabarria, entró en su camarote, encendió la luz y la despertó tocándola suavemente el brazo.

—Mi señora despierte.

—¿Qué ocurre Inés? —preguntó sobresaltada.

—Tiene que ir urgentemente al Centro de Mando: hay noticias de Kileex.

—¡Joder! —exclamó mientras saltaba de la cama y cogía los pantalones que Inés la tendía. Rápidamente terminó de vestirse con la ayuda de su asistente y salió a la carrera.

Cuando llegó, Pepe San Juan la entregó unos auriculares y activó el audio de su tableta.

—Es un mensaje que Cooper ha enviado a la hija de Burton que esta destinada en el Zafra, —informó San Juan cuándo se quitó los cascos.

Cortabarria permaneció en silencio con los brazos en jarra mientras miraba al suelo. Después se puso a pasear mientras seguía pensando.

—¿El Zafra esta en la órbita? —preguntó por fin.

—Si mi señora: forma parte de nuestro dispositivo.

—Tengo que ir allí. Informa al almirante Torremartin de que me voy y me llevo el Zafra. Habla con el gobernador para que trate el tema con el presidente de la República y con el presidente americano, —y mirando a Esther que estaba de servicio, añadió—: Despierta a Marta.

—¿Vas a transferir el mando o lo harás desde el Zafra? —preguntó San Juan.

—No, no, no: transfiero el mando. Cómo siempre el mando general es tuyo, pero del día a día de las operaciones que se siga ocupando Teo. Y que no trascienda nada de mi viaje: no quiero que me estén esperando.

—A la orden mi señora.

Un par de horas después, embarcaba en el Zafra, mientras que cómo había ordenado, el general Teodoro Reding seguía haciéndose cargo de las operaciones sobre el terreno.

 El almirante Torremartin se negó a que Cortabarria viajara solo con el Zafra y asigno un grupo de escolta compuesto por otro crucero y tres fragatas.

 

 

Cuatro días tardó el grupo del Zafra en llegar a su destino. Durante ese tiempo Cortabarria socializó poco: casi todo el tiempo estaba en su camarote. Solo salía para ir al comedor o al gimnasio, siempre en compañía de Inés, Marta y Esther.

Cuándo estaban a una hora para llegar, Inés y Marta entraron en el camarote dónde Cortabarria leía un libro.

—Mi señora, estamos a una hora, —informó Marta—. ¿Qué reglas de enfrentamiento seguiremos en la superficie?

—Ninguna, solo mucha precaución Marta, —respondió Cortabarria con una sonrisa mientras la acariciaba la mejilla con cariño—. Ahí abajo no hay enemigos, hay aliados, incluso amigos, aunque puede haber gente que este muy confusa por la situación. Hay que actuar con mucha cabeza.

—Vamos, que no puedo liarme a tiros, —dijo Marta con humor para aliviar la tensión.

—No, no puedes, —respondió con una sonrisa mientras empezaba a vestirse con el uniforme de campaña que Inés la estaba preparando. Mientras, Marta comprobó que su arma reglamentaria estaba preparada y municionada, y cuándo termino de vestirse se la colocó en la cintura y la sujeto al muslo. Después cogió el chaleco antibalas en un intento de ponérselo—. Ni lo pienses Marta.

—Mi señora, por favor…

—He dicho que no Marta: no insistas.

—¡Joder!

Las tres salieron hacia el puente de mando y el capitán se levantó de su sillón cuándo la vio aparecer.

—Mi señora, mi sillón es suyo.

—¿Qué quiere, que estrelle esta nave con lo nueva que es? —respondió con humor para rebajar también la tensión que se percibía—. No capitán: es su sillón.

—¿Podrías colar una llamada telefónica al planeta? —preguntó Marta acercándose al oficial de comunicaciones.

—Desde esta distancia no, pero más cerca lo puedo intentar.

—Mi señora, si le parece bien quiero llamar al jefe Harris, del grupo Alfa del SEAL. Es de confianza y me gustaría que asegure la zona de aterrizaje… si es que esta cerca del Centro de Mando.

—De acuerdo, adelante, —y mirando al capitán dijo—: Capitán, me gustaría que la teniente Burton me acompañe a la superficie. Estoy segura de que querrá ver a su padre.

—Por supuesto mi señora, —y mirando a la teniente Burton ordenó—: cámbiese de uniforme teniente: dese prisa.

—A la orden capitán, —y salió corriendo.

—Teniente, ya estamos a distancia: podemos hacer un intento, —dijo el oficial de comunicaciones unos minutos después. Marta se aproximó extrayendo el teléfono móvil del bolsillo y después de mirar en la agenda se lo dio al oficial. Empezó a teclear en la consola holográfica y después de un rato se escuchó el tono de llamada al mismo tiempo que levantaba el pulgar.

>¡Joder Marta! ¿Dónde estás?<

—Cerca y ¿tu que tal, cómo están las cosas por ahí? —preguntó Marta con cautela.

>Esto es una puta mierda Marta. A este tío se le ha ido la hoya. ¿Cortabarria sabe lo que está pasando aquí?<

—Si, lo sabe. Harris, para solucionar esto ¿a qué estás dispuesto?

>A lo que tú me ordenes: puedes contar con nosotros para lo que sea.<

—¿Y con el grupo Bravo y los Rangers?

>También.<

—Escucha atentamente: vamos a llegar en unos minutos. Quiero que asegures el hangar de aterrizaje del Centro de Mando. No quiero a partidarios del almirante en ese hangar y todo con el mayor sigilo. ¿Puedes hacerlo?

>De acuerdo, podemos hacerlo y lo haremos, pero una pregunta Marta. ¿Tenemos el respaldo de Cortabarria?<

—Soy Cortabarria. Tiene todo mi respaldo jefe maestro Harris. Siga las instrucciones de Marta.

>A la orden mi señora. Todo estará preparado<

—Gracias jefe maestro.

 

 

Unos minutos después, una nave auxiliar del Zafra entraba por la dársena del hangar de vuelo del Centro de Mando. La gente de Harris controlaba todos los accesos y también había presencia de Rangers. Un poco más alejada estaba la coronel Cooper. La nave se posó suavemente y el portón trasero se empezó a abrir. Por el salieron un par de escoltas y a continuación Marta y Esther. Justo por delante de Cortabarria, Inés armada con una carabina de partículas e inmediatamente detrás la teniente Burton.

—¡Atención! La comandante en jefe, —gritó Harris y todos los que no estaban de guardia en los accesos se cuadraron.

—Descansen.

—Mi señora, le presento al jefe maestro Harris del SEAL y al coronel Mateo de los Rangers.

—Buenos días caballeros, —les saludo Cortabarria estrechándoles la mano—. ¿El general Burton y los demás están aquí?

—Afirmativo mi señora: están en los calabozos de este Centro de Mando, —respondió la coronel Cooper acercándose también.

—Gracias coronel por enviar ese mensaje, —dijo Cortabarria dándola dos besos.

—Era mi deber: no podía permitir lo que está pasando.

—Allyson, vete a por tu padre y a por los demás y que te acompañe un destacamento Ranger,—la teniente Burton se dirigió a la salida mientras Mateo con un gesto ordenaba a uno de sus oficiales que la acompañara con su destacamento—, y los llevas a la sala de operaciones.

—A la orden mi señora, —dijo volviendo la cabeza en su dirección.

—Muy bien: vamos a la sala de operaciones.

 

 

Un par de minutos después, la teniente Burton llegaba a la zona de calabozos. En la entrada había dos policías militares, dos suboficiales, sentados en una mesa de control. Se sorprendieron al ver llegar a un destacamento Ranger fuertemente armados siguiendo a una oficial con uniforme e insignias de la flota española.

—Soy la teniente Burton, hija del general Burton: vamos a sacar del calabozo a todos los detenidos.

—Con el debido respeto teniente, tenemos ordenes directas del almirante Jones, de no permitir que salgan del calabozo.

—Y nosotros seguimos las ordenes de la general Cortabarria: quiere que pongamos en libertad a los detenidos.

—Pero la general Cortabarria…

—Esta aquí, en este centro de mando, —le interrumpió el oficial Ranger—, y le aseguro que vamos a cumplir sus ordenes.

—Y nosotros no nos vamos a oponer, —dijo el suboficial levantándose. Se acercó a la puerta y tecleo un código. La puerta de corredera se abrió y todos pasaron al interior. El suboficial fue abriendo las puertas de las celdas y los detenidos fueron saliendo.

—¿Qué haces aquí Allison, que ha pasado? —preguntó el general Burton después de abrazar y besar a su hija. La general Longstreet y otros jefes militares también la besaron.

—Cortabarria esta aquí, —respondió su hija.

—¡Qué desastre! —exclamó apesadumbrado—. No tenemos remedio.

—No papá, si lo tenemos, claro que lo tenemos. Todas estás personas que me acompañan saben lo que es justo o no lo es: por eso están aquí abriéndote la puerta de la celda.

—Así en mi general: su hija lo ha dicho muy claro, —afirmó el oficial Ranger.

—Tienes razón Allyson—y mirando al resto añadió—: todos ustedes tienen razón. Me cabrea que con el enorme futuro que cómo nación tenemos aquí, algunos parece que están en otra cosa. Es desalentador.

—Venga papa, que Cortabarria te está esperando en la sala de operaciones.

—Vamos hija.

 

 

Por la entrada de la sala de operaciones empezaron a entrar soldados SEAL y Ranger que fuertemente armados empezaron a tomar posiciones en el interior.

—¿Qué ocurre aquí, que es esto? —gritó Jones fuera de si cuándo vio el despliegue—. ¿Quién esta al mando?

—Yo estoy al mando, —respondió Cortabarria entrando en la sala flanqueada por Marta y Esther.

—¡No tiene derecho a entrar en mi sala de operaciones! —volvió a gritar Jones fuera de si.

—Si, si lo tengo, y además ya no es su sala de operaciones: almirante Jones esta usted destituido. Salga de aquí.

—¡Nadie me destituye a mí! —volvió a gritar furibundo mientras sujetaba con la mano la cacha de su pistola, pero no pudo hacer más. Marta le puso un cuchillo en el cuello mientras Esther le encañonaba con su pistola e Inés encaraba su rifle apuntándole directamente a la cara a escasos centímetros.

—Ni se le ocurra señor almirante, —dijo Marta mientras Esther le quitaba la pistola con la mano libre.

—Coronel Mateo, que lo lleven al calabozo.

—A la orden mi señora, —dio instrucciones y cuatro de sus Rangers le cogieron por los brazos y lo sacaron en volandas de la sala de operaciones mientras profería terribles insultos. En la puerta se cruzaron con el grupo de Burton, padre e hija, que llegaban en ese momento.

—¿Quiénes de ustedes apoyaban al almirante Jones? —preguntó mirando a todos. Un oficial de estado mayor empezó a señalar a unos cuantos jefes y oficiales que eran inmediatamente desarmados por la gente de Mateo y Harris—. Que hagan compañía al almirante.

—Ahora mismo mi señora.

—¿Qué tal está Mike? —preguntó Cortabarria acercándose a estrecharle la mano.

—Bien mi señora, dadas las circunstancias, —respondió Burton mientras Cortabarria estrechaba la mano de todos los demás.

—Muy bien. Señoras, señores, vamos a solucionar esto. Cooper, en la nave que me ha traído hay un fiscal militar: que baje. Búscate también a alguien del cuerpo jurídico estadounidense y entre los tres revisáis toda la documentación. Esto me suena a conspiración y puede haber más gente implicada. Quiero informes diarios sobre el curso de las investigaciones, con copia al general Burton. Mike, cuándo regrese a Wantooban te quedas al mando en sustitución del almirante Jones. ¿Este mapa de operaciones está actualizado?

—Si mi señora, esta en tiempo real, —dijo un coronel de estado mayor—. Cómo puede ver, en estos momentos estamos totalmente rodeados. Hemos perdido la iniciativa ofensiva y nuestras defensas ocupan este grupo de cerros que rodean este amplio valle dónde se encuentra el complejo minero. Hay una entrada muy amplia que esta defendida por unidades acorazadas que están actuando cómo artillería de campaña. Hace tres días, el almirante Jones ordenó atacar este promontorio que hay al norte y que estaba tomado por el enemigo dónde tenían instalada su artillería. En ese ataque hemos perdido al menos seis mil soldados, pero al final lo conseguimos. Además, nuestra retaguardia esta permanentemente hostigada por unidades enemigas.

—¿Infantería pesada imperial?

—Negativo mi señora: no hay presencia en todo el planeta.

Cortabarria apoyó las manos en la mesa y estuvo meditando unos instantes bajo la atenta mirada de todos los demás.

—Ese promontorio no nos lleva a ninguna parte: al menos yo no lo veo. ¿Qué opinan?

—Afirmativo. Por el otro lado el terreno es muy abrupto y puede ser muy complicado atacar descendiendo por ahí, —razonó Longstreet.

—Opino igual, —dijo Burton mientras los demás jefes militares asentían.

—De acuerdo. Abandonamos el promontorio y con la artillería lo batimos continuamente para que no lo vuelvan a ocupar. Vamos a lanzar a los carros de combate por este corredor…

—Discúlpeme mi señora, pero los carros de combate están enterrados por orden el Jones: según él así disparan mejor, —Cortabarria le miró cómo si no entendiera lo que la estaba diciendo—. Va a costar trabajo sacarlos de allí porque necesitaran la ayuda de maquinaria. Además, la artillería pesada esta estacionada en retaguardia y no está preparada para entrar en acción: el almirante dijo que no era necesaria.

—¡Joder! Pues desentierren los putos tanques y traigan la jodida artillería pesada. ¿Hay alguna sorpresa más?

—Lo siento mi señora, pero me temo que irán saliendo algunas más, —intervino Burton apesadumbrado. Cortabarria volvió a apoyar las manos en la mesa y permaneció en silencio un par de minutos mientras escudriñaba el mapa de operaciones.

—Muy bien. Cuándo tengamos la artillería pesada en posición, replegamos el promontorio. Cuándo tengamos disponibles los carros de combate, tres regimientos los vamos a lanzar por este corredor para atacar su flanco: con eso conseguiremos que se replieguen. Otros dos regimientos atacaran a las fuerzas que hostigan nuestra retaguardia y así conseguiremos tener más amplitud de movimientos por ese lado. Si es necesario que las fuerzas especiales actúen también en esa zona.

—Entonces si replegamos el ala derecha de nuestro dispositivo, —intervino Burton—, y avanzamos el izquierdo por el espacio que van a abrir los regimientos acorazados, regresamos a los puntos de partida del plan original.

—Exacto, y desde ahí empezamos de nuevo. ¿Está todo claro?

—Perfectamente mi señora.

—Genial. General Longstreet eres mi nueva jefa de operaciones, —y mirando a todos añadió—: señores, señoras, a trabajar.

 

 

En pocas horas las fuerzas norteamericanas empezaron a maniobrar siguiendo las indicaciones de Cortabarria. Treinta y ocho horas después, consideró que todo estaba encauzado y que ya podía iniciar el regreso.

—General Burton tiene usted el mando absoluto y me gustaría que la general Longstreet siga siendo la jefa de operaciones.

—Por supuesto mi señora.

—La coronel Cooper seguirá con la investigación y depende directamente de mi: esta a mis ordenes.

—Entendido.

—Allison, despídase de su padre, —y mirando a todos los asistentes, añadió—. No quiero más problemas. Si alguien no está de acuerdo con mi decisión, que salga ahora mismo de aquí, porque cómo tenga que regresar les prometo que no va a tener tanta suerte cómo el almirante Jones. ¿He hablado claro?

Todos asintieron y entonces Cortabarria, después de despedirse de Burton y Longstreet, dio media vuelta y haciendo una indicación a sus acompañantes salieron en dirección del hangar de vuelo. Regresaron al Zafra que emprendió el viaje de vuelta a Wantooban.

 

 

 

 

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