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14 min
El Baldío (capitulo 21)
Ciencia Ficción |
08.01.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: en EE.UU. hay consecuencias por la traición de Kileex.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Habían pasado dos meses desde que Cortabarria tuvo que ir a Kileex a solucionar el problema norteamericano y había regresado a Wantooban. Las operaciones habían seguido el curso previsto y ahora estaban a punto de lanzar el ataque final al núcleo principal de las defensas enemigas.

De madrugada, los regimientos acorazados españoles comenzaron su avance en dirección al sector derecho tardasiano. A media mañana, el dispositivo defensivo enemigo había caído y los carros de combate corrían destrozando la retaguardia enemiga que se había convertido en un caos.

—»Mi señora, el enemigo ha dejado de disparar, —informó el general Reding desde el Centro de Mando Avanzado—, tengo una bandera blanca en el sector 22«.

—Alto el fuego a todas las unidades, —ordenó Cortabarria—. Que mantengan las posiciones y muy atentos, y ten mucho cuidado.

Media hora después, Reding se había acercado al sector 22 y entrado en contacto con los tardasianos.

—»Mi señora, el mariscal imperial quiere rendirse pero solicita una entrevista personal contigo« —informó por radio.

—De acuerdo: ya salimos.

Al rato, Cortabarria, con chaleco antibalas y casco, y el mariscal imperial, se encontraban en el terreno de nadie. Junto a ella, el general Reding, al otro lado Inés, mientras que por delante, para protegerla de posibles ataques de tiradores, Marta y Esther cubrían los posibles ángulos de disparo.

El encuentro no tuvo mucha historia. El mariscal rindió sus diezmadas tropas con la única condición de que no sufrieran daño y fueran repatriadas a Tardaría. Cortabarria aceptó y las operaciones en Wantooban se dieron por finalizadas.

 

 

En Kileex, ya con Burton al mando y siguiendo los planes de batalla de Cortabarria, en tres semanas las operaciones habían finalizado y se controlaba todo el sistema.

Inmediatamente, las autoridades Xelar tomaron el control de las instalaciones mineras y se decidió que el grueso del ejército norteamericano con base en Nueva España se trasladara definitivamente a Kileex, así cómo parte de las estacionadas en Mandoria. Las unidades de ingeniería robótica empezaron rápidamente la construcción de las bases militares y de tres grandes ciudades para albergar a las familias de los militares. También se empezó la construcción de dos bases orbitales de defensa planetaria.

La investigación del equipo conjunto de la coronel Cooper dejó al descubierto un complot para acabar con el acuerdo hispano-norteamericano y la destitución del presidente, el vicepresidente y todo el gobierno. En otras palabras: un golpe de estado. Detrás estaban altos funcionarios militares del Pentágono, con la excepción del Estado Mayor Conjunto.

La policía militar norteamericana con el apoyo de la Guardia Civil, se encargó de detener a más de mil implicados en la zona de El Baldío, y el FBI a casi dos mil más en los EE.UU. El presidente aprovechó la ocasión y colocó a militares afines en todas las dependencias del Pentágono. Pero la república norteamericana tenía muchos enemigos dentro de sus instituciones: patriotas de mierda.

El Partido Republicano empezó a maniobrar para que las acusaciones a los implicados fueran sobreseídas. En algunos casos lo consiguieron, pero no pudieron impedir que el almirante Jones terminara ante un juez federal, al igual que otros muchos altos funcionarios militares de Pentágono.

El proceso contra Jones era el que más expectación despertaba porque además de los cargos de alta traición, se le suponía responsable directo de la muerte de más de nueve mil soldados americanos durante las operaciones en Kileex.

Los abogados de la defensa y del Partido Republicano echaron toda la carne en el asador, pero el fiscal tenía un as en la manga que no esperaban.

El proceso empezó con normalidad y todos los testigos, tanto de la defensa, cómo de la acusación, fueron pasando para declarar.

—¿Puedo acercarme al estrado señoría? —preguntó el fiscal cuándo todos sus testigos ya habían testificado. Tras el asentimiento del juez, se acercó junto con el abogado principal de la defensa—. Señoría, el testigo que voy a llamar a declarar tiene máxima protección y viene con escoltas que necesariamente tendrán que estar en la sala. He hablado del tema con el testigo y solo habrá un escolta a cada lado de la sala y otro en la entrada y no tendrán armas visibles.

—Dígame de quien se trata para que pueda valorar si necesita protección o no, —el fiscal de lo dijo, y aunque el abogado defensor de opuso, el juez autorizó la entrada de los escoltas.

—Llamo a declarar a la capitana general Itziar Cortabarria, comandante en jefe de las fuerzas españolas y aliadas en El Baldío.

Un murmullo de expectación se levantó en la sala mientras Marta por un lado y Esther por otro, con uniformes de paseo, entraban y se situaban a los lados de la sala cerca del estrado. Las dos miraron al juez y le saludaron militarmente.

—Que pase la testigo.

 

 

Una semana antes, y de incógnito, Cortabarria había embarcado en el crucero de batalla Colliure, nombre de una localidad exfrancesa que desde la guerra pertenecía a España. Castro, cómo siempre, se quedó en El Baldío cómo comandante en funciones mientras estuviera ausente. La situación en EE. UU. seguía siendo complicada a pesar de la limpieza que había hecho el presidente en el Pentágono, pero el Partido Republicano, que derivaba hacia el fascismo populista puro y duro, no estaba poniendo las cosas fáciles: había muchas posibilidades de que el almirante Jones y sus secuaces salieran sin castigo. Las presiones sobre los miembros del jurado eran enormes e incluso se habían difundido sus direcciones particulares, algo absolutamente ilegal. Diariamente, cientos de manifestantes se situaban en los domicilios de los jurados con pancartas pidiendo la libertad de los que ellos llamaban patriotas: unos patriotas responsables de la presunta muerte de varios miles de ciudadanos norteamericanos.

El presidente norteamericano pidió al presidente de la República que Cortabarria asistiera al juicio cómo testigo y por esa razón había viajado a la Tierra. Para Marta se hizo un protocolo especial ya que teóricamente no podía volver al planeta porque su organismo estaba repleto de nanobots, pero Cortabarria se había mostrado inflexible: vendría a la Tierra si Marta era su responsable de seguridad. Y así fue. Antes de bajar a la superficie, en el hospital de la nave la extrajeron todos sus bots y se quedaron almacenados hasta que regresara. Según los médicos, sin ellos podía estar un par de semanas más o menos, pero no iban a estar tanto: el juicio, visitar familiares en España y en una semana viaje de regreso.

—General Cortabarria, es un honor para mi tenerla cómo testigo es mi tribunal, —la saludó el juez federal.

—Muchas gracias señor juez: es usted muy amable.

—Podemos empezar: señor fiscal cuándo quiera.

—Gracias señoría, —el fiscal miró a Cortabarria y preguntó—: ¿General, cree que el almirante Jones es responsable de la muerte de 9.867 soldados norteamericanos en las operaciones del sistema Kileex?

—¡Protesto! —intervino la defensa—. El fiscal está poniendo la respuesta en boca de la testigo.

—¿De qué manera señor letrado? —respondió el juez perplejo—. El fiscal ha hecho una pregunta a la que la testigo puede contestar si o no u otra cosa, y yo quiero saber cuál es la respuesta. Se rechaza la protesta. General, conteste por favor.

—Sí, considero que el almirante Jones es el responsable de la mayor parte de los soldados muertos en Kileex.

El fiscal siguió preguntando durante casi media hora y Cortabarria dio las respuestas necesarias. Después le tocó el turno a la defensa y durante veinte minutos la estuvo preguntando y la testigo estuvo respondiendo con tranquilidad y aplomo.

—Usted ha dicho que considera al almirante Jones responsable de la mayoría de las muertes durante la batalla. ¿Cómo es eso? Porque puestos a acusar…

—El almirante Jones estuvo al mando durante nueve días, yo treinta y ocho horas y el general Burton durante dos semanas…

—Eso no me explica nada, por… —la interrumpió el abogado de la defensa que a su vez fue interrumpido por el juez.

—Si el letrado de la defensa hace una pregunta a la testigo, debe dejar que conteste. No quiero ni pensar que esto es un intento de acoso por su parte a un testigo. Sea así o no, debe de quedarle claro de que no lo voy a tolerar en mi sala de justicia.

—Le aseguro señoría que no ha sido mi intención.

—Perfecto señor letrado. General Cortabarria ¿quiere terminar de responder?

—Gracias señor juez: sí, quiero terminar de responder. Durante los nueve días que el almirante Jones estuvo al mando de las operaciones perdió más de treinta mil soldados de los que 9.612 fueron bajas mortales. Desde que yo asumí el mando, hasta que lo cedí al general Burton, murieron 162 soldados y en las dos semanas de mi sucesor, 93.

—Son cifras muy abultadas ¿Están contrastadas?

—Eso no debe preguntármelo usted a mí.

—Con el debido respeto, entonces ¿a quién debo preguntarle?

—La fuerza de combate de los EE. UU. en El Baldío, por el volumen de sus efectivos, tiene su propio servicio administrativo que depende del Pentágono. Esas cifras, son cifras oficiales de ustedes. Esa pregunta se la debe hacer al Pentágono o a la Casa Blanca.

—Es llamativo que usted tuviera más bajas mortales con menos tiempo de mando que el general Burton.

—Señor letrado de la defensa, no entiendo el sentido de la pregunta: le recuerdo que la general Cortabarria no es la acusada.

—Por supuesto que no señoría, pero a mi defendido se le está calificando prácticamente de… inútil. Solo quiero que quede clara cual era la situación durante las distintas fases de la batalla.

—Señor juez, no tengo inconveniente en contestar a la pregunta.

—Adelante general.

—Cuándo destituí al almirante Jones y asumí el mando, la situación táctica era catastrófica. No había posibilidad de progresar por ningún vector y las tropas estaban demasiado expuestas porque trabajaban sin cobertura de escudos de energía por decisión del almirante. Decidí maniobrar toda la fuerza para posicionarnos mejor y poder regresar a los puntos aproximados de partida, para desde ahí retomar los planes originales. Fue una maniobra difícil y de riesgo, por eso tuve más bajas mortales que el general Burton. Y sobre el comentario que ha hecho de la posible inutilidad del almirante Jones, yo no lo creo. Creo que todo fue premeditado para conseguir una gran mortandad entre la tropa, —la afirmación provocó un gran murmullo en la sala.

—¡Protesto señoría! —exclamó el defensor mirando al juez—. La testigo esta haciendo un juicio de valor.

—Señor letrado de la defensa, le recuerdo que este melón lo ha abierto usted con ese comentario sobre la supuesta inutilidad del acusado: se rechaza la protesta.

—General, ¿Puede explicarnos entonces por qué ha llegado a esa conclusión?

—En primer lugar, los equipos de apoyo informático a la planificación estratégica estaban desconectados: el almirante planificaba sobre planos de papel con rotuladores de colores. En sus fuerzas armadas hay personal preparado por nosotros para utilizar esos equipos. Por otro lado, por orden del acusado la infantería estuvo maniobrando sin cobertura de escudos ni de artillería pesada: se quedaron almacenados en la retaguardia y se mandaron a vanguardia cuándo yo lo ordené. Dos días antes de mi llegada ordenó atacar y ocupar un cerro sin ningún valor estratégico pero con el único acceso bien protegido por el enemigo. Atacó a la bayoneta calada, repito: sin escudos de energía, ni artillería de cobertura, ni apoyo aéreo. El resultado fue que casi tres mil soldados norteamericanos murieron ese día y nueve mil más resultaron heridos.

—¿Puede demostrar que todo eso lo ordenó mi defendido?

—Toda esa documentación la tienen ustedes: tanto ordenes por escrito como por audio.

—Pero esa documentación de la que habla no existe: no hay constancia de nada de eso, —y girándose hacia el jurado añadió—: todo esto puede ser un gran montaje para desacreditar a unos patriotas norteamericanos.

—Señor letrado, un patriota es alguien que ama a su país y a sus ciudadanos y el almirante no los ama porque los masacra, —y volviéndose hacia el juez continuo—. Señor juez, puedo proporcionar al tribunal esa documentación. Los servicios administrativos norteamericanos son propios, pero envían copia de todo a los servicios administrativos aliados.

—¿Cuánto puede tardar en mandarnos esa documentación?

—Lo puedo hacer ahora mismo, pero necesito que mi escolta, la teniente Buendía se aproxime al estrado. Cuándo estoy fuera del Cuartel General en Mandoria o no estoy a bordo de alguna nave de la flota, uno de mis escoltas lleva un equipo de comunicación subespacial.

El juez hizo una señal a Marta que rápidamente de acercó al estrado y le saludaba militarmente.

—Señor juez, necesito quitarme la chaqueta y se van a quedar al descubierto mis armas.

—Bien, entiendo que usted es de la máxima confianza de la general Cortabarria, —esta asintió con la cabeza— y dada la excepcionalidad del caso voy a permitirlo: puede quitarse la chaqueta teniente.

—A la orden, —Marta se quitó la chaqueta y se remangó la manga izquierda. Envolviendo su antebrazo había una especie de muñequera larga de color azul metalizado. Marta empezó a operar los controles con la mano derecha y una pantalla holográfica se desplegó provocando un gran murmullo en la sala. Estableció la conexión y después se colocó junto a Cortabarria poniéndola el brazo delante. Empezó a operar la pantalla y unos minutos después encontró lo que buscaba.

—Aquí tiene los documentos, —dijo Cortabarria desplegándolos a gran formato— y por supuesto el audio también: en nuestros archivos no desaparecen las cosas. Marta, por favor, manda copia a los ordenadores de la defensa, el fiscal y el señor juez.

—A la orden mi señora.

—Muy bien general, —dijo el juez—. ¿Alguna pregunta más señor letrado de la defensa?

—No señor juez: por ahora no tengo más preguntas, pero necesito tiempo para estudiar la documentación aportada.

—Vamos a tener un receso de tres horas para que las partes puedan revisar la documentación aportada por la general Cortabarria y para comer. Señora, necesito que este disponible para la continuación del proceso.

—Por supuesto señor juez.

—Se levanta la sesión hasta las 16 horas.

 

 

Esa misma tarde, terminado el proceso y con la autorización del juez, Cortabarria y sus escoltas estaban en España, en Navarra, en su localidad natal: Sangüesa. Marta, Esther e Inés se alojaron junto a ella en la antigua casa familiar: una casa-palacio de estilo barroco. El resto se alojó en un hotel cercano. Durante cuatro días visitaron la propia ciudad y los alrededores, incluido el monasterio de Leyre.

Después, todos regresaron al Colliure, emprendieron el viaje a Mandoria y devolvieron los nanobots al organismo de Marta.

 

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