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16 min
El Baldío (capitulo 25)
Ciencia Ficción |
05.02.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: el combate.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

 

Tres días antes del combate, Marta y su equipo llegaron a Riggel. Se alojaron en un hotel cercano a la Arena, que había sido reservado en exclusiva por la Casa Real de Talíssia para hospedar a la delegación imperial, de la que el grupo de Marta formaba parte.

El evento había levantado una expectación inusitada y no solo en El Baldío. El combate se iba a retransmitir a todo el dominio Xelar y a otros mundos independientes cómo Talíssia, Zeff y Orión. También se rumoreaba que, por mediación de Riggel, se iba a retransmitir para Tardasia.

Todas las localidades del Arena estaban vendidas y se había habilitado pantallas gigantes en varios puntos de la capital del juego y el vicio de El Baldío.

 

 

En las dos semanas previas al combate, Horr decidió introducir una variante en las armas de Marta. Cada contendiente tiene derecho a portar cuatro armas más el escudo y en sus dos combates anteriores Marta siempre peleo principalmente con espada y escudo, además de un gladio que llevaba a la espalda y una vizcaína que llevaba en los riñones. Horr supuso que el rival habría memorizado los videos de los combates anteriores, y entrenado para enfrentarse a una Marta con espada. Para este combate decidió que Marta lo hiciera con lanza, y ella, para ganar en velocidad, desechó el escudo y eligió una especie de maza de guerra medieval formada por un hacha y un pincho piramidal. También había pensado en una forma de poner nervioso a Tilso, pero no le dijo nada a Horr. En cuánto a la lanza, eligió una especie de lanza griega de duranio, de un metro ochenta y con punta en los dos extremos, que tenía en su armero y que fue reforjada por la familia de Mirla, junto con el resto de sus armas.

 

 

La víspera había entrenado de una manera muy suave para que no llegar muy cansada al combate. Desnuda sobre la camilla de masajes, recibía las atenciones de Miriam mientras Emma la hacia reír. Se la veía feliz y tranquila, cómo si todo esto no fuera con ella o cómo si lo estuviera haciendo toda la vida. Cuándo salió de la ducha y se puso el albornoz se encontró con una sorpresa: Cortabarria estaba allí. Cuándo se repuso de la sorpresa rápidamente extendió los brazos y se abrazó a ella con lágrimas en los ojos.

—Gracias por venir mi señora.

—Cómo no voy a venir cariño, —respondió Cortabarria abrazándola también y llenándola de besos. Después, mirando a Horr preguntó—. ¿Cómo esta?

—Mejor que nunca mi señora.

—Ese cabrón no es rival para Marta, —intervino Mirla—. Sí, es más fuerte, es un talíssio joven, pero Marta tiene dos cosas que él no tiene: cojones y cerebro.

—De lo último no estoy muy segura, —bromeó Cortabarria y mirando otra vez a Horr preguntó—. ¿La dejas tomar un chupito para celebrarlo? Hemos traído algo que la gusta.

Horr asintió e Inés, su asistente personal, empezó a llenar vasitos con orujo navarro y a repartirlos con la ayuda de Esther que estaba de escolta.

—Con mis seres queridos muy lejos en Navarra, mis hermanos y mis sobrinos, tiendo a considerar a algunos de los que estáis aquí, en especial esta niña loca y descerebrada, mi familia. Desde que nos conocimos en Mandoria, cuándo estaba al mando de las fuerzas allí estacionadas, nunca me ha fallado… bueno, vamos a dejarlo en casi nunca. —un coro de risas se elevó entre el grupo—. Todo lo que la pedía lo cumplía sin poner la más mínima pega o importarla el riesgo. Ella es ese extraño tipo de líder que todos seguiríamos al mismísimo infierno… si existiera, —y elevando el vasito añadió—: por Marta y por la familia.

—Por Marta y la familia, —corearon todos mientras Marta añadía—: y por Itziar Cortabarria la líder que siempre seguiré al mismísimo infierno… si existiera.

 

 

A la mañana siguiente, a primera hora salieron a trotar por los alrededores del hotel, que cómo ya he dicho estaba próximo a la Arena. Los transeúntes, tanto riggelianos cómo foráneos, la paraban para saludarla y hacerse selfis con ella. Ante la imposibilidad de trotar, Horr dio por finalizado el entrenamiento, pero aun así, Marta estuvo cerca de una hora en la puerta del hotel atendiendo a los seguidores, bajo el atento control del clan Salac.

Una hora antes de salir hacia la Arena, Marta quería ir andando, se tumbó en la cama de su habitación y durmió una pequeña siesta con Emma. La niña no podía ir a la Arena y se quedaría en el hotel con su abuela.

Cuándo salieron del hotel, Marta se encontró con miles de seguidores que la aclamaban al otro lado del cordón de seguridad formado por el clan Salac.

Su llegada a la Arena y a su vestuario fue retransmitida por las gigantes multipantallas del complejo deportivo: estaba claro que no iba a estar sola durante el combate.

Una vez en el vestuario y cómo faltaba mucho para empezar a prepararse y que la colocaran la armadura, Marta se encerró en una habitación y a oscuras estuvo cerca de una hora meditando y concentrándose.

Un poco antes de que tuviera que empezar a calentar, Horr entró en la habitación y sin encender la luz se arrodilló frente a ella y la abrazó mientras al oído la hablaba durante unos minutos. Finalmente, los dos se levantaron, salieron y Marta empezó a trotar en una cinta de correr.

 

 

Todavía faltaba algo menos de una hora para el combate, cuándo Cortabarria y el gobernador de El Baldío llegaron al palco del emperador de Talíssia. Después de los saludos protocolarios empezaron a charlar.

—Majestad, reconozco que no sé mucho sobre este espectáculo, salvo que desde mi punto de vista es una salvajada.

—Aunque no me crea mi señora, estoy de acuerdo con usted, pero ya ve lo que mueve esto. Solo por los derechos de retransmisión, Riggel tiene unos beneficios astronómicos, y eso sin contar las apuestas, lo que ustedes llaman recuerdos, camisetas y demás.

—Sé que para este combate se han preparado treinta millones de camisetas y veinte de gorras, —apuntó el gobernador—. Y solo con los emblemas de Marta.

—Que barbaridad, —exclamó Cortabarria.

—De todas maneras esto no va a volver a suceder. Cuándo todo pase, llevaré al Círculo Supremo la prohibición de llegar allí ganando en la Arena de Riggel.

—Es una buena medida. ¿Y ahora que va a pasar, cómo va esto?

—A la hora fijada sonaran las trompetas y desde ese momento los contendientes tienen quince minutos para presentarse en el escenario y ocupar su posición que esta marcada en el suelo, —empezó a informarla el emperador mientras la ofrecía una bebida—. Lógicamente todos esperan al último minuto para no desvelar sus armas.

—Sé las armas que va a llevar Marta, pero lo que no entiendo es lo de la armadura. He visto una imagen y deja muchos huecos…

—Claro, claro. El tema de las armaduras tiene una reglamentación muy estricta y se trata de evitar que un contendiente se presente con una armadura que resulte impenetrable. Además, las aleaciones que refuerzan el duranio están prohibidas.

—Ya veo, majestad, —dijo Cortabarria y después de reflexionar unos segundos, se sinceró—: ¿Sabe que? Por culpa de esta salvajada puedo perder a una de las personas que más quiero. Estoy aterrada.

—He notado que entre ustedes hay una relación muy especial.

—Hace muchos años cuándo decidí dedicarme enteramente a mi carrera militar, deseché la idea de formar una familia. Marta y yo llevamos muchos años juntas y para mi es cómo la hija que no he tenido. Con Inés y con Esther pasa algo parecido: son muchos años. Y por supuesto con Castro y San Juan.

—Entiendo. Con Marta he tratado poco, pero creo que es una mujer excepcional.

—Sí que lo es, pero también en ocasiones es insufrible y testaruda cómo en esta ocasión.

—Vamos, cómo un hijo, —afirmo el emperador y se echaron a reír.

—¿Y las apuestas cómo van?

—3 a 1 para Tilso.

—¿3 a 1 para Tilso? Pero…

—Una cosa es la devoción que despierta Marta, que es enorme, y otra muy distinta jugarte el dinero. Nadie ha ganado más de dos veces y Tilso es un guerrero joven.

 

 

En el vestuario, los armeros familiares de Mirla, estaban terminando de colocarla la armadura. Desde el principio del entrenamiento llegaron y se instalaron en un hangar contiguo dónde empezaron a fabricar la nueva armadura y reforjaron las armas que utilizaría en la contienda. Aunque no lo iba a utilizar, la prepararon también un escudo con sus iniciales grabadas en el frontal.

—Marta, cinco minutos para las trompetas, —anuncio Horr.

—Voy a salir ya, —anunció Marta y todos la miraron sin entender.

—¿Estás segura?

—Si Horr, y para engañarle lo voy a hacer con el escudo.

—Cómo quieras niña.

Todos fueron pasando por sus brazos para darla fuerza y de todos la que más serena estaba era ella. Sonaron las trompetas y Horr la colocó el casco que más parecía un yelmo porque protegía parte de la cara. Entonces Horr mandó a su hermano Serek a anunciar la salida de Marta.

 

 

En el palco todos seguían charlando cuándo sonaron otra vez las trompetas y todos expectantes dirigieron la mirada hacia el escenario circular dónde se desarrollaría la batalla. Por una de las puertas del graderío, apareció Marta que a paso ligero de aproximó al escenario con el escudo en el brazo izquierdo y la lanza en la derecha. Un tremendo clamor se elevó del graderío. Miles y miles de gargantas la vitoreaban. Llegó a su posición, apoyó el extremo de la lanza en el suelo y se dispuso a esperar.

Todas las miradas se volvieron entonces hacia la puerta del graderío ocupado por el clan Carjun dónde reinaba el nerviosismo y el estupor. A Marta se la notaba tranquila y muy concentrada. Diez minutos después, por fin sonaron las trompetas, apareció Tilso Carjun y se desató una pitada monumental: nadie entendía por qué no había salido antes. Cuándo llegó a su posición se le veía nervioso. Frente a la inmovilidad concentrada de Marta, el no hacia más que moverse y amagar ataques que no podía hacer hasta que sonaran otra vez las trompetas.

Cuándo por fin lo hicieron, Tirso dio un paso adelante y varios laterales a continuación, pero siempre manteniendo la distancia con Marta que seguía impasible. De pronto, apoyó la lanza en el hombro para liberar la mano, agarró el escudo por el canto, lo soltó del brazo izquierdo y lo arrojó a un par de metros de distancia. Tilso no sabía que hacer y desconcertado miraba hacia su clan buscando asesoramiento. Marta cambio de mano la lanza cogiéndola con la izquierda y con la derecha cogió el hacha de guerra que llevaba en la cintura. Flexionó ligeramente las rodillas y empezó a moverse con la lanza apuntando a su rival. Tilso empezó a moverse también, pero sin atreverse a atacar. De improviso, a una velocidad de vértigo, Marta dio varias zancadas en dirección a su rival y le lanzó un golpe con la punta de la lanza que Tilso esquivo a duras penas para encontrarse que con la mano derecha le golpeaban con el hacha de guerra en un lateral del casco. Rápidamente retrocedió parapetándose tras el escudo para parar los aguijonazos que Marta le lanzaba con la punta de la lanza. El graderío rugía. Tirso decidió pasar al ataque e intentó golpearla con la espada, pero Marta esquivaba los golpes con una agilidad felina. Así estuvieron durante quince minutos y al final el cansancio comenzó a hacer mella en los contendientes y empezaron a recibir golpes apareciendo pequeñas heridas que empezaron a teñir de rojo sus sudorosos cuerpos.

En el palco imperial, Cortabarria, sus acompañantes, el emperador y su sequito e incluso los escoltas de la primera estaban de los nervios.

En la zona habilitada para los equipos de los contendientes, los seguidores de Tilso estaban esperanzados con el desarrollo de la pelea. En la zona de Marta, Horr y el resto del equipo estaban intranquilos. Se daban cuenta del esfuerzo descomunal que Marta estaba haciendo y que eso la empezaba a pasar factura: se estaba haciendo lenta y eso para ella era peligroso.

Y así paso. Tilso logró alcanzarla con la espada en un costado, en el borde de la protección y la hoja resbalando un poco entró en la carne haciéndola un corte profundo. Marta retrocedió mientras Tilso echaba el resto en un furibundo ataque que finalmente dio resultado. Logró alcanzarla en el muslo derecho dónde no había protecciones haciéndola un profundo corte por dónde empezó a manar gran cantidad de sangre. Marta, de rodillas en el suelo e indefensa, se tapaba la herida con el antebrazo intentando parar la hemorragia. En décimas de segundo Tilso se dio cuenta de que tenía la victoria en la mano y cometió un error fatal. Soltó el escudo para agarrar la espada con las dos manos y cuando la elevó sobre su cabeza para descargar el golpe definitivo y acabar con la vida de su rival, esta, impulsándose con la pierna buena se lanzó hacia delante clavando la lanza con tal fuerza por debajo del diafragma de su enemigo que la punta salió por la espalda. Tilso, con la espada todavía sobre la cabeza, miraba a Marta con cara de incredulidad sin comprender que había ocurrido. Rápidamente le dio una patada en el pecho y calló hacia atrás. Arrastrando la pierna, se acercó a él y descargó un tremendo golpe con el hacha de guerra y el pico entró por el ojo derecho destrozándole en cerebro. Después, haciendo palanca le arranco parte de la cara.

Agarró la lanza y la extrajo del cadáver de su enemigo en medio de un silencio absoluto del graderío. Todos eran conscientes de haber asistido a un combate épico e histórico. Apoyándose en la lanza cómo si fuera un bastón y sacando fuerzas de dónde no había, lentamente se encaminó al punto de partida cómo era reglamentario. Miró a dónde estaba Horr y vio cómo la estaba animando para llegara. Cuándo lo hizo, se irguió sujetando la lanza con una mano mientras en la otra seguía sujetando el hacha de guerra. El juez árbitro pronuncio las palabras rituales y dio por ganadora a Marta de España.

Un tremendo clamor se desató en el graderío mientras Horr y sus hermanos subían corriendo a ayudar a Marta que se desvaneció en sus brazos. Mientras la llevaba en brazos al vestuario dónde el doctor Orxim ya lo tenía todo preparado para atenderla, los hermanos de Horr recogían las armas de Marta para que no se perdieran.

En el vestuario también estaban los armeros para quitarla la armadura, cuándo llegó Horr con Marta inconsciente y dejando un reguero de sangre por el camino.

—Primero las protecciones de la pierna, —ordenó el doctor a los armeros. Cuándo se lo quitaron Orxim empezó a pinzar venas y vasos para parar la hemorragia mientras una enfermera atendía la herida del costado.

—La herida llega a las costillas y al menos tiene tres fracturadas, pero no comprometen el pulmón.

—Muy bien, ponla unas grapas provisionales y luego lo miramos. Vamos a ponerla suero.

Otra enfermera la puso la vía, cuándo por la puerta entró Cortabarria con sus acompañantes y escoltas.

—Rápido Inés: sangre, —Le dijo Orxim a la asistente personal de Cortabarria que era O- y por lo tanto donante universal. Sin perdida de tiempo se quitó la chaqueta y la camisa con la ayuda de Cortabarria y se sentó en una silla junto a Marta aprovechando para coger la mano de su amiga y besarla. La enfermera la puso la vía y empezó a bombear. Orxim terminó de pinzar la herida del muslo y mirando a Cortabarria preguntó—: ¿has venido en una nave de la flota?

—En un crucero.

—Subimos al crucero y que preparen el quirófano. Es muy urgente.

Cortabarria se volvió hacia Esther que estaba a su lado y dio las ordenes pertinentes. Rápidamente la escolta salió de la habitación para comunicar con el crucero de batalla Mazagón y preparar el traslado.

—Ya bajan con una unidad medicalizada: diez minutos, —informó Esther entrando en el vestuario.

Pasado ese tiempo, varios enfermeros militares entraron con una camilla con ruedas y por indicación del doctor empezaron a colocarla la cuchara para traspasarla.

—¿Cuanta sangre lleva? —preguntó Orxim.

—900 cc doctor, —contestó la enfermera.

—Ya es suficiente. Nos vamos y que alguien ayude a Inés.

—Yo me ocupó, —dijo Serek el hermano de Horr. Cuándo Inés se levantó de la silla tuvo un ligero mareo y rápidamente la cogió en brazos y salieron en pos de la camilla de Marta.

 

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