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12 min
El Baldío (capitulo 26)
Ciencia Ficción |
11.02.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: Marta se recupera.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Entreabrió los ojos con dificultad y la claridad la hirió los ojos. Un torrente de luz impoluta, salpicada de millones de aéreas motas de polvo, entraba por la ventana y se acentuaba por el pulcro blanco de la habitación. La dolía la garganta y la notaba seca cómo el esparto. Miró a su derecha y vio un vaso de agua sobre la mesilla. Intentó incorporarse para alcanzarlo y de inmediato se dio cuenta de que no había sido buena idea: un dolor tremendo la atravesó el costado. Levantó la sabana y primero vio que estaba desnuda, y segundo que tenía una especie de faja elástica que la rodeaba el tronco justo por debajo de los pechos. También vio que el muslo izquierdo lo tenía vendado. Cuatro o cinco cables salían de sensores adhesivos repartidos por su cuerpo a un monitor que estaba a un lado de la cama y que en silencio marcaba varias activas líneas brillantes. También tenía una vía en la mano dónde se conectaba un largo tubito que partía de una bolsa de suero colgada a un lado de la cama.

—Buenos días teniente, —dijo una enfermera entrando en la habitación al verla despierta. Se acercó y poniéndola la mano en la frente, añadió señalando la cámara que había en una esquina del techo—. La he visto por el monitor. Cuándo necesite algo apriete el pulsador. ¿Qué tal se encuentra?

—Jodida, —respondió con la voz rota. Esa palabra provocó que miles de agujas la atravesaran la garganta. Con un gesto de la mano se señaló la garganta.

—Tiene la garganta irritada del respirador: se lo hemos retirado esta mañana, —dijo la enfermera cogiendo el vaso de agua. Pasó su brazo por detrás y la ayudó a incorporarse para que bebiera—. Hable lo menos posible mientras voy a buscar al doctor.

—No, si te parece me pongo a cantar, —dijo con mucho esfuerzo y la enfermera la devolvió una afable sonrisa.

Al rato un doctor Orxim sonriente, entró en la habitación en compañía de la enfermera y se acercó a la cama poniéndola también la mano en la frente.

—Me dicen que te duele la garganta, —dijo Orxim y Marta afirmó con la cabeza—. Bueno, eso no es problema porque normalmente hablas poco y no creo que te pongas ahora a dar discursos o a cantar.

Marta respondió haciendo un gesto con la cara remedando al doctor y provocando su carcajada y la de la enfermera.

—Para decir tonterías se podía haber quedado dónde estuviera, —medio susurró con dificultad.

—Ya hemos avisado a Cortabarria y viene hacia aquí: quería verte cuándo te despertaras, —Marta solo sonrió cogiendo la mano del doctor besándola—. Hemos estado muy preocupados jovencita. No sé porque te sigo llamando “jovencita”: ya tienes treinta y cuatro años. En fin cosas de viejo. A lo que iba. Vas a estar aquí unos días más. Aunque en un principio la herida del muslo era la más grave, la fractura de las costillas, que ha afectado al pulmón izquierdo, es la que más problemas ha dado. Al final te hemos puesto dos metálicas, —y con humor añadió—. Cuando vayas a la piscina tendrás que esforzarte más para no irte al fondo: empiezas a tener una cantidad apreciable de chatarra.

—¿Para el finde que viene estaré en casa? —preguntó con la voz rota.

—Ya esta la caga prisas. Ya veremos cuándo llegue el finde cómo dices tú. Mira cariño, si no te dejó irte, es porque seguro que te pones a hacer esas cosas que por ahora no puedes hacer, cómo irte a correr o ponerte a levantar pesas.

—¿No me diga doctor que es de esas? —preguntó la enfermera.

—Si que lo es, sí y además, es muy burra.

—Doctor, no se preocupe que esta no se va a mover de la cama hasta que usted diga.

—¡Joder! Voy a pedir el traslado a Tardasia, —dijo Marta tapándose la cabeza con la sabana.

 

 

Diez días después, Cortabarria iba en su vehículo eléctrico oficial hacia su apartamento y mientras distraídamente miraba por la ventanilla vio algo que la dejó estupefacta.

—Conductor: para.

—A la orden mi señora, —dijo el conductor acercando el vehículo a la acera.

—Atención a todos: paramos, —dijo por el comunicador el jefe del grupo de escoltas, Javi Becerra, que ese día acompañaban a la comandante en jefe. Los dos vehículos de escolta pararon justo detrás.

—Será burra, —dijo señalando a una mujer que a duras penas intentaba correr y que se veía obligada a parar cada seis o siete metros.

—Ya sabe cómo es mi señora. —dijo el jefe de escoltas.

—La voy a estrangular, —dijo Cortabarria bajándose del coche y acercándose a ella que en ese momento estaba inclinada hacia delante apoyándose con la mano en un árbol—. Desde luego es que no se puede hacer carrera de ti.

—Estoy bien mi…

—Unos cojones estás bien, —la cortó Cortabarria abriendo su comunicador y marcando un número de la agenda—. Doctor, ¿a que no sabe lo que esta haciendo en estos momentos la burra de Marta?

—«Me lo puedo imaginar: ¿algunas de las cosas que la he prohibido hacer?»

—Está corriendo y ahora mismo esta apoyada en un árbol con el bofe fuera y además está sudando cómo un pollo.

—«Normal. Sus niveles de hemoglobina son muy bajos todavía y el pulmón izquierdo no está del todo bien: no ventila del todo. Dígala que se venga».

—Esta es capaz de no ir: la llevo ahora mismo.

—«De acuerdo: os espero»

—Mi señora que estoy bien, —protestó Marta.

—Al coche ahora mismo o les digo que te lleven a punta de pistola, —zanjó Cortabarria señalando el coche con el dedo. Haciendo aspavientos, Marta se dirigió al vehículo cómo una corderita y una vez en él, añadió—. Y te lo voy a decir muy clarito. O me das tu palabra de que hasta que el doctor no te autorice no vas a ponerte a entrenar o te vienes a vivir a mi casa y luego me acompañas al despacho y te tengo sentada en una silla: tú decides.

—Pero…

—¡Que tú decides Marta!

—¡Joder!

—¡Que tú decides! —insistió.

—Vale, se lo prometo. pero…

—Que vale ya ¡joder! y ahora al doctor.

—¡Joder, no soy una cría!

—Pues lo pareces.

 

 

Un mes después Marta ya estaba totalmente restablecida y aunque Orxim la había dado el alta, no pudo reincorporarse al servicio porque tuvo que asistir a varios actos protocolarios dónde para su desesperación la dieron más condecoraciones. En Riggel 2 las medallas y el trofeo por la victoria, en Talíssia una medalla por los servicios prestados al imperio y en Xelar otra por el mismo motivo. Todos eran actos diplomáticos a los que Marta no se podía oponer y que además estuvo en todo momento arropada los servicios diplomáticos españoles. Cómo la había dicho Cortabarria: “tu solita te has metido de cabeza en esta mierda, pues ahora te jodes y te aguantas”.

El último evento tuvo lugar en una pequeña población de Talíssia dónde, en compañía del emperador, iba a inaugurar un colegio con su nombre. Marta se negó en redondo a que eso ocurriera y Cortabarria la tuvo que llamar para convencerla de que pasara por el aro.

Antes de la hora fijada, una funcionaria de exteriores que estaba encargada por Cortabarria de vigilarla y ponerla las medallas, estaba terminando su labor cuándo llamaron a la puerta de su habitación del hotel. Marta abrió y Horr entró sonriente dispuesto a cachondearse.

—Te advierto Horr que no tengo ganas de tonterías, —le soltó nada más verle—. O sea, que si vienes a eso ya te estás yendo.

—Solo vengo a ver a mi amiga Marta ¿no puedo? —y mirando a la funcionaria añadió—. ¿qué la pasa a esta?

—Se ha levantado con el pie izquierdo y está más borde que de costumbre, y ponerla una medalla es una negociación agotadora, —Marta la miró y la sacó la lengua.

—Bueno, ya contábamos con ello, —dijo Horr soltando una carcajada—. De todas maneras no la pongas muchas, a ver si va a llevar más que el emperador.

—Solo la quiero poner la Laureada, la Cruz Naval, la de Riggel y todas las talissias por supuesto.

—Cómo siempre tienes buen criterio, —alabó Horr y Marta al oírlo le remedo con gestos de la cara—. Pero que payasa eres.

—Pues ahora dígala que no puede llevar pistola, —dijo la funcionaria—. Esta encabezonada con eso.

—¡Joder tío! que este pueblo es territorio Carjun.

—Es cierto Marta, pero te aseguro que es materialmente imposible que un Carjun… o cualquier otro, se pueda acercar al emperador y por lo tanto a ti.

—Bla, bla, bla, pero voy más tranquila con una pistola en el bolsillo.

—En el bolsillo ni lo pienses que te va a hacer un bulto de la hostia, —dijo la funcionaria— y no te va a quedar estético.

—¡Joder tía! no me jodas, —exclamó Marta al tiempo que Horr soltaba una carcajada.

—Venga Marta, vámonos ya, —dijo Horr cuándo se tranquilizó— y olvídate de la pistola… que te queda feo.

El hotel estaba a cien metros escasos del colegio a inaugurar e iban a ir andando. En la puerta les esperaban el hermano de Horr y tres primos que iban a ser sus escoltas. Al salir y después de repartir besos, Marta empezó a sentir una sensación extraña, una sensación idéntica a la que sintió en el atentado contra su señora Cortabarria. Instintivamente siempre revisaba el perímetro, pero esta vez prestó más atención. Sabía que algo no cuadraba porque sentía esa extraña sensación en el estómago que ya empezaba a serla familiar. Entonces lo vio: dos jardineros arreglaban las plantas de un parterre próximo. Algo normal si no fuera porque debajo del disfraz había dos mercenarios frisios.

—¡Horr, a tus dos! Dos frisios, —exclamó Marta pasando el brazo por delante de la funcionaria para protegerla, mientras que Horr, al oír la advertencia automáticamente echó la mano a la pistola y su hermano y primos encaraban los rifles en la dirección indicada. Entonces empezaron a recibir disparos desde el lado contrario al tiempo que los falsos jardineros sacaban sus rifles que estaban ocultos entre las plantas.

—¡Mierda! —dijo Horr empezando a disparar con su pistola al tiempo que Marta empujaba a la funcionaria detrás de una jardinera y la protegía con su cuerpo.

—¡Serek dame tu pistola! —le dijo Marta al hermano de Horr que rodilla en tierra disparaba contra los atacantes con una carabina de partículas. Cuándo la tuvo Marta empezó a disparar por el otro lado matando a uno de los atacantes, al tiempo que a la carrera llegaban varios miembros de la milicia del clan del emperador y eliminaban a los atacantes.

—¿Estáis todos bien? —preguntó Horr mirando a todos.

—Creo que si, —respondió Marta ayudando a levantarse a la funcionaria.

—¡Joder Marta! Estás herida, —dijo la funcionaria viendo la herida que tenía en el brazo.

—No es nada: solo un rasguño, —pero Horr la rompió la manga para ver la herida y después hizo una indicación a los servicios médicos que estaban llegando—. ¡Joder tío! No seas pesado.

—De pesado nada que te van a tener que dar puntos, —y después de soltar una carcajada, Horr añadió—. Y que sepas que te van a dar otra medalla.

—¡Venga, no me jodas! —y mirando a la funcionaria, añadió—. ¿Estás bien?

—Ahora mismo estoy acojonada y las piernas me tiemblan.

—Últimamente parece que es peligroso estar junto a ella, —bromeó Horr dándola unos golpecitos en el hombro.

—Si, pero no sé por qué, mientras nos atacaban estaba muy tranquila detrás de Marta, —dijo la funcionaria dándola un beso—. Me sentía segura.

—Vale, pero la próxima vez llevo pistola… aunque me haga feo el uniforme.

El comunicador de Horr sonó y después de mirar el visor, contestó a la llamada apartándose un poco del grupo.

—¿Mi señor? —y después de escuchar a su interlocutor—. Si, ella esta bien, solo tiene una herida en el brazo… a unos de los atacantes sé lo ha cargado ella… no sé si va a querer… un momento y sé lo preguntó, —y mirando a Marta añadió—: mi señor, el emperador, pregunta que si quieres que aplacemos el acto para otro día.

—Ni hablar: vamos a acabar con esto de una puta vez.

—Necesitamos unos minutos para que se cambie de uniforme, —dijo la funcionaria—: lo tiene roto y lleno de sangre.

—Mi señor, seguimos con los actos pero tardaremos unos minutos para que terminen de atenderla y se cambie de uniforme… de acuerdo.

Cuándo el equipo médico terminó de atenderla, subieron a la habitación del hotel dónde la funcionaria la ayudó a lavarse y a ponerse el uniforme de la Armada. Esta vez fue el azul marino, porque el blanco es el que llevaba durante el atentado. Cuándo podía utilizaba los uniformes de diario, porque los de gala y etiqueta los aborrecía.

Finalmente, llegaron al colegio y dieron comiendo los actos protocolarios que terminaron con una gran cena de gala en la residencia del emperador.

Por supuesto, la dieron otra condecoración y además, la hicieron oficial honorario de la guardia imperial de Talíssia.

 

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