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14 min
El Baldío (capitulo 27)
Ciencia Ficción |
19.02.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: Marta regresa a sus rutinas normales, o no…

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Después de la crisis de Talíssia y su épica victoria en Riggel, todo había vuelto a la normalidad en la vida de Marta. Totalmente restablecida, había regresado al grupo de escoltas y a sus actividades habituales.

En Tardasia seguía habiendo un problema muy grave, y por primera vez desde que España estaba presente en El Baldío no se sabía nada de lo que hacia la emperatriz, pero a la vista de que grupos de inteligencia imperial operaban en los mundos vecinos, se tenía la certeza de que estaba muy activa.

—Así no podemos seguir, —afirmó Castro. Cortabarria, San José y él, se encontraban reunidos en el despacho de la primera—. Ni el CNI, ni la inteligencia naval, ni la inteligencia del Ejército, tienen operativos activos en Tardasia.

—Los servicios de contrainteligencia tardasiano han mejorado mucho desde que esta ella y desmantelan todos los operativos casi antes de los montemos, —dijo San José.

—De hecho, actualmente no hay ningún operativo en marcha porque es mandarlos al matadero, —corroboró Castro mientras Cortabarria permanecía en silencio con mirada ausente.

—Si no solucionamos este tema tendremos que tomar precauciones en la zona de demarcación, —dijo San José—. Tal vez, en principio, habría que reforzar las estaciones de observación de espacio profundo.

—¡Vamos a dejar de dar rodeos! —exclamó Castro—, porque los tres estamos pensando en lo mismo.

—¡Joder Paco no! —exclamó Cortabarria saliendo de la abstracción—. No lo estamos pensando.

—Itziar, tenemos que hacer un intento por nuestra cuenta, —afirmó San José más pausado—. Y lo sabes.

—¡Hostias! Pero no a cualquier precio.

—Si alguien tiene posibilidades… —empezó a decir Castro.

—Es que siempre estamos igual, —le interrumpió Cortabarria—, y en algún momento habrá…

—Que si Itziar, que sí, y estoy de acuerdo contigo, pero sabes que es así, si alguien tiene posibilidades es ella.

—Paco tiene razón y sabes perfectamente que todos la apreciamos, pero si lo hacemos, hay que hacerlo con ella, y si no, nos olvidamos del tema.

—Se lo podemos preguntar a ella, —dijo Castro arqueando las cejas.

—¡Si hombre! —exclamó Cortabarria—. Le vas a preguntar a Marta que si quiere meterse en la boca del lobo a darla una hostia a la Kaxila.

—Todos sabemos lo que va a contestar, —añadió riendo San José.

—Hay que tomar una decisión Itziar, teniendo muy claro que posiblemente estamos hablando de una operación de larga duración.

Cortabarria se quedó en silencio meneando la cabeza. Intentaba sopesar los pros y los contras antes de tomar una decisión que no quería tomar, pero que la razón la decía que debía de tomar—. Vale, de acuerdo, pero no la digáis nada hasta que hable con ella.

—De todas maneras esto tiene que quedar al margen del Estado Mayor: solo los que estamos aquí tendremos conocimiento de la operación.

—De la financiación me ocupó yo, —dijo Castro—. En el fondo de reserva queda algo y si hace falta más lo desviaré del presupuesto general.

—Pues de acuerdo entonces.

 

 

Cuándo Castro y San José salieron del despacho, Cortabarria se sentó detrás de su mesa y activó el computador. Automáticamente, una lamina holográfica se desplegó y empezó a trabajar revisando archivos sobre Tardasia.

Un par de horas después, se abrió la puerta del despacho e Inés entró cargada con varios paquetes que dejó en el office dónde estaba la cafetera y una pequeña cocina.

—¿Mi señora va a comer aquí o va a ir al comedor? —la dijo cuándo salió y se paró frente a la mesa—. Ya es la hora.

—¡Joder! Inés, que cabezona eres. ¿Por qué no me tuteas de una puta vez?

—¡Coño! Pues porque no.

—¿Cuántos años llevamos juntas hostias? ¡Joder! Que estás conmigo desde que me ascendieron a general de brigada.

—¿Y qué?

—¡Me cago en la leche! Si solo te falta meterte en la cama conmigo.

—Pues eso no va a ocurrir nunca… ni una cosa ni la otra.

—La leche que te han dado…

—Venga, siga diciendo palabrotas, que luego se la escapan en público.

—¡Joder tía! Eres insoportable, —dijo Cortabarria meneando la cabeza dejándola por imposible—. ¿Sabes por dónde anda Marta?

—Hace un ratillo ha bajado al gimnasio: tiene un par de horas libres.

—¿A esta hora? ¿No va a comer? —preguntó Cortabarria mirando el reloj del teléfono móvil.

—Se habrá traído una manzana…

—¡No me jodas! ¿Una manzana?

—Ella come poco.

—La madre que la parió… otra igual que tu ¡Joder!

—Pues mire, cuándo Marta la tutee también lo haré yo.

—Que lista eres. Decírselo a Marta es cómo decírselo a esa silla.

—Pues por eso.

—Pues hoy va a comer cómo es debido: tengo algo que hablar con ella.

—Bájese al gimnasio y se la sube de la oreja. Mientras, yo traigo algo del comedor para las dos.

—¿Y tu cuándo vas a comer? Se te va a hacer tarde.

—Yo también me he traído una manzana, —dijo Inés riendo.

—¡No me jodas Inés!

—No se preocupe que también me cómo la manzana de Marta.

Cortabarria se la quedó mirando y añadió meneando la cabeza mientras se levantaba—. Me agotáis. Es más fácil hablar con la puta silla que con vosotras ¡Joder!

—Esa boquita mi señora, —dijo Inés riendo. Cómo respuesta Cortabarria la abrazó y la dio una ristra de sonoros besos.

—¿Sabes? Marta y tú, no sois meros subordinados con los que tengo cierta familiaridad. Para mí sois cómo… mis hijas, eso sí, unas hijas muy cabezonas, pero os quiero de verdad, pero ahora hemos decidido mandar a Marta un lugar muy peligroso, un lugar de dónde hay posibilidades que no vuelva, y eso me descompone el cuerpo.

—No se preocupe mi señora, Marta irá dónde usted la diga…

—¡Eso ya lo sé!

— …y regresara: siempre lo hace. Es una superviviente.

—Pero en algún momento se le acabará la suerte.

—No es suerte, es profesionalidad, valentía, arrojo y razonamiento lógico, —y riendo añadió—: bueno vale, un razonamiento lógico, que cómo ya sabe, se le acaba cuándo se quita el uniforme.

—¡Ah! No me lo recuerdes, —y dirigiéndose a la puerta, añadió—: me bajo a por ella.

 

 

Unos minutos después, Cortabarria llegaba al sótano del Cuartel General y entraba en el gimnasio que estaba bastante concurrido. Un sargento especialmente musculado, que estaba a cargo de la instalación, se le acercó rápidamente.

—Buenos días mi señora: ¿Puedo ayudarla en algo?

—Buenos días sargento ¿Dónde está la teniente Buendía?

—Marta está en aquella esquina mi señora, —respondió señalando con el dedo—. Está haciendo dominadas.

—Gracias sargento, —respondió y se aproximó a ella. No la interrumpió, se quedó detrás de ella admirando el espectacular físico de Marta. No era una mujer especialmente musculada, pero se la veía fuerte, fibrosa, sin un solo átomo de grasa en su cuerpo, eso sí, un cuerpo muy marcado de cicatrices que daban fe de las tremendas batallas en las que había participado. Hacia dominadas con agarre amplio y sus músculos dorsales se activaban de una manera espectacular. Reparó en que en el banco que había junto a la pared, había una toalla, un botellín de agua y una manzana, y una sonrisa se dibujó en su rostro mientras meneaba la cabeza.

—Mi señora, ¿Quiere que la avise? —dijo el sargento que se había acercado al ver que Cortabarria no la interrumpía—. Suele hacer muchas: va a tardar un poco.

—No se preocupe sargento: muchas gracias.

Al oír la conversación, Marta miró hacia atrás e inmediatamente se soltó—. ¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—Te estaba mirando, —dijo cogiendo la Toalla y entregándosela—. ¿Cuándo te vas a quitar todas esas cicatrices? Si se lo dices a Orxim…

—No me las quiero quitar, y no creo que haya bajado para decirme eso.

—Hoy te vienes a comer conmigo, —y ante el intento de protesta, la dijo poniéndola dos dedos en los labios—. Y es una orden. ¡Ah! Y súbele la manzana a Inés.

—Inés ya tiene su manzana.

—Pues hoy tiene dos.

—Tengo que pasar por el cuerpo de guardia para cambiarme.

—Así estás bien: cuándo terminemos puedes bajar para seguir machacándote.

 

 

Unos minutos después, las dos entraban en el despacho de Cortabarria dónde Inés terminaba de preparar la mesa. Abría unos recipientes de plástico que instantáneamente emitían vapor. Después, entró en el office y regresó con dos copas y una botella de vino. Sirvió las dos copas y dejó la botella sobre la mesa.

—Las dejó, si necesitan algo…

—No necesitamos nada más, gracias Inés, —y bromeando añadió—: y llévate la manzana de Marta que parece que la ha cogido cariño porque no la suelta.

Riendo, Inés la cogió la manzana y después de darla un beso salió del despacho cerrando la puerta.

—Bueno, dígame que ocurre, porque yo he sido buena y no he liado ninguna.

—No seas boba y siéntate: que tenemos que hablar, —las dos lo hicieron y empezaron a servirse los platos.

—¡Joder! Esto es mucha comida, —se quejó Marta.

—No te preocupes: lo que sobre me lo ceno esta noche, —y mirándola, la cogió la mano y añadió—: gracias por venir a comer conmigo.

—¡Coño! Que me lo ha ordenado, —bromeó Marta con una sonrisa—. Bueno, dígame que pasa.

—Estoy segura que sabes que las cosas no van bien en Tardasia, — Marta asintió—. Y la cosa ha empeorado. Por primera vez desde que estamos en El Baldío, ningún servicio de información tiene operativos de ningún tipo allí, incluidos Xelar y Talíssia.

—No imaginaba que fuera tan grave.

—Pues así están las cosas, de hecho, no hay previsto mandar ningún operativo: nadie quiere perder más agentes.

—Mándeme a mí, mi señora, —dijo Marta mirándola fijamente—: yo si estoy dispuesta a ir.

—Ya sé que tu siempre estás dispuesta a ir Marta, pero quiero saber que posibilidades reales hay, —y cogiéndola otra vez de la mano, añadió—: no quiero perderte, ni a ti ni a los que te acompañen.

Marta sintió cómo se le humedecían los ojos. Se levantó y las dos se abrazaron durante unos segundos. Después, Cortabarria la llenó de sonoros besos—. Hace un rato lo he hablado con Inés: ella y tú sois lo más parecido que tengo a dos hijas.

—Gracias mi señora, —respondió Marta besándola también.

—Vamos a seguir comiendo antes de que se enfríe.

Las dos siguieron comiendo, aunque Marta se limitó a picotear y a dar sorbitos de vino.

—¡Joder Marta! No comes nada.

—Es que no tengo costumbre de comer tanto mi señora, —se defendió—. Todos los días desayuno fuerte, cómo algo de fruta y ceno algo más pero temprano.

—¿Cenas temprano?

—A las ocho ya estoy cenada.

—¡Coño! ¿Y después que haces, ves la tele?

—No me gusta la tele: casi nunca la veo. Algún deporte y poco más. No, navego un rato por galaxinet y sobre todo leo.

—¿Lees mucho?

—Si, de una a dos horas diarias.

—¿Y que tipo de lectura…?

—Leo de todo, pero lo que más me gusta es la novela histórica y la negra, ya sabe Posteguillo o Lorenzo Silva.

—A mí también me gusta leer, —dijo Cortabarria y haciendo una indicación las dos se levantaron de la mesa y con las copas de la mano se sentaron en el sofá—. Lo que pasa es que no tengo mucho tiempo: hay veces que nada más meterme en la cama me quedo dormida.

—Es que trabaja usted mucho mi señora.

—Si, demasiado. Bueno, dime cómo ves la operación. Ya sé que tienes que estudiar la situación, pero a priori ¿cómo lo ves?

—Primero dígame si lo que quiere es que me cargue a la puta emperatriz, o si quiere otra cosa.

—Pues creo que si te la cargaras se solucionarían muchos problemas.

—Eso creo yo también.

—Eso queda descartado, —Marta hizo un gesto de contrariedad—, a no ser que se presente una oportunidad dónde no corráis peligro ni tu ni los que te acompañen. Lo primero es intervenir de alguna manera las comunicaciones imperiales.

—El nodo principal de comunicaciones de Tarnagóm es un equipamiento muy sensible y por lo tanto está muy vigilado: si no recuerdo mal esta en el interior de un acuartelamiento de la guardia situado en el interior del complejo del palacio. De ahí, la señal se envía a la órbita del planeta dónde la reciben dos estaciones armadas que son redundantes y que la mandan al resto del imperio.

—¡Vaya mierda! Algo se podrá hacer.

—Los tardasianos, igual que nosotros, tienen estaciones repetidoras intermedias automatizadas para ir rebotando la señal a todos los rincones del imperio. De siempre, los repetidores más próximos a nosotros han estado muy vigilados, pero los más alejados, los que están más allá de Tarnagóm, no lo estarán tanto y es posible que podamos intervenir allí.

—Pero ¿de cuánto estamos hablando? Porque lo más lejos que hemos ido ha sido al antiguo centro de investigación militar de Kurtalam.

—Así es mi señora. Kurtalam esta a tres o cuatro años luz de Tarnagóm en el interior del imperio. Posiblemente tengamos que adentrarnos veinte o treinta años luz más cómo mínimo, —Cortabarria silbó denotando sorpresa—. Se puede hacer: confíe en mí.

—De mi confianza en ti, salvo excepciones, es algo de lo que no debes dudar jamás. En segundo lugar, nos gustaría saber a dónde han trasladado las instalaciones de Kurtalam y que cojones están haciendo allí.

—Por regla general, esos centros no suelen estar muy alejados de los núcleos gubernamentales. En fin, iremos viendo sobre la marcha.

—Quiero que te lleves a…

—Negativo mi señora, —la interrumpió— Horr y Mirla están fichados por la seguridad tardasiana desde que se hicieron pasar por corsarios. Posiblemente tengamos que usar disfraces y…

—¡Joder! Pues que se disfracen.

—¿De qué quiere disfrazar a un talíssio de más de dos metros y ciento cincuenta kilos de peso? Y sobre Mirla, ella no se puede disfrazar porque las hembras de su especie tienen una piel especial que repele cualquier sustancia, ya sea sólida o liquida.

—Pues a Esther.

—A ella sí.

—Perfecto. Y otra cosa: esta operación es absolutamente confidencial. Solo Castro, San José y yo estamos al tanto, y así debe seguir. Bueno, Inés sabe algo pero no los detalles.

—Entonces no podré utilizar ningún equipo de la FGNE o de otro grupo de fuerzas especiales.

—¿Y no puedes hacerlo con contratados?

—No me gusta la idea, pero ya veremos: déjeme que lo estudie todo y lo prepare.

—Solo una cosa más: todos los que participen deben de ser voluntarios y conocer perfectamente a lo que se van a enfrentar. Dame tu palabra.

—Por supuesto mi señora, tiene mi palabra.

La puerta se abrió y Castro entró seguido de Inés. Marta automáticamente se puso de pie y el recién llegado la miró de arriba abajo y soltó un silbido de admiración.

—La niña se te está criando bien, —bromeó Castro mirando a Cortabarria—. ¿Este que es el nuevo uniforme femenino? Me gusta.

Cortabarria empezó a reír junto a Inés que estaba recogiendo la mesa y metiendo lo que había sobrado en una bolsa.

—¿Qué es, la hora de las bobadas? —soltó Marta roja cómo un tomate y el entrecejo disparado—. Además, la culpa es de ella que no me ha dejado cambiarme.

—Tú sí que eres boba, —dijo Castro dándola dos besos.

—Que te parece, quería comerse solo una manzana…

—¡No jodas!

—… y aquella de allí también, —añadió señalando a Inés.

—¿Tú también?

—Que quiere ¿qué tenga una panza cómo la suya? —dijo Inés con retintín.

—¡Hostias Itziar! Que estás tiran con bala.

—Ya te digo. Bueno, Marta ya esta al tanto de todo, —y mirándola añadió—: toda la cuestión presupuestaria lo hablas con Paco.

—A la orden mi señora.

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