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14 min
El Baldío (capitulo 28)
Ciencia Ficción |
25.02.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: comienzan los preparativos de una nueva aventura.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

 

—Es que cómo no me lleves, te voy a dar una hostia que te vas a cagar, —esto es lo que le respondió Esther, cuándo Marta la preguntó si quería ir con ella a una operación muy peligrosa dónde podría perder la vida.

Después habló con el jefe maestro Harris, del grupo Alfa del SEAL. No podía utilizar a las fuerzas especiales españolas porque dependían del Mando Unificado Aliado, pero las fuerzas adscritas al Cuerpo Expedicionario Estadounidense tenían estatus especial y por lo tanto estaban menos controladas. Además, ya había trabajado con ellos y sabía que eran de confianza. El sargento Thomas Walker, culpable de todo lo que pasó con el desafío en Riggel, ya no estaba en el grupo, porque había sido sancionado. Seguía siendo un SEAL, pero ahora estaba, hasta nueva orden, en funciones administrativas, algo muy duro para un buzo.

Harris, inmediatamente se puso a sus ordenes. El resto, fueron pasando de uno en uno ante ella y después de escuchar las explicaciones de Marta, todos aceptaron sin reservas.

El resto de gestiones las hizo Esther, y cuándo todo estuvo ultimado, Marta pasó por el despacho de Cortabarria para informar de los pormenores de la operación. A la reunión también asistieron Castro y San José.

—En primer lugar, ya hemos hablado con Javi Becerra. Oficialmente, Esther y yo nos vamos a Raissa de vacaciones.

—¿Tú de vacaciones? —se extrañó San José—. No sé si eso va a colar Marta.

—Sí, porque voy con Esther y a Raissa, el “planeta del amor”, —respondió Marta haciendo con los dedos el gesto del entrecomillado—. Hay algunos gilipollas que creen que ella y yo somos amantes.

—¡No jodas! ¿Por qué? —preguntó Castro escandalizado.

—Porque en ocasiones nos ven juntas en nuestro tiempo libre…

—Pero ¿qué gilipollez es esa? —se escandalizó también Cortabarria—. Entonces pensaran lo mismo de nosotras, y de Inés.

—No es lo mismo mi señora. Es cierto que usted y yo tenemos una relación muy cercana, pero casi siempre en horario de trabajo. Que recuerde, usted y yo solo hemos estado juntas cuándo fuimos al “Puto buzo”. Y además, su novia oficial es Inés: hay gente que asegura que la arropa todas las noches.

—¡Qué hijos de puta! —exclamó Cortabarria escandalizada— ¿Inés lo sabe?

—Claro que lo sabe, pero a ella la da igual, cómo a Esther y a mí.

—Pero vamos a ver, aparte de que con quien te enrolles es cosa tuya y no le importa a nadie, —dijo San Fosé— Esther y tú sois amigas y además tenéis un negocio juntas.

—Pero hay gente mal pensada y mala. Por cierto, vamos a tener dos. En un mes más o menos, íbamos a abrir otro en el centro de la capital.

—¿Otro Puto buzo? —preguntó Cortabarria sorprendida.

—No, no. Va a ser uno mucho más “pijo”. Un restaurante de ambiente marinero: “La Marina”. La inauguración la hemos pospuesto hasta que regresemos.

—Estaremos invitados a la inauguración, —dijo Castro.

—Por supuesto: eso ni se pregunta, —respondió Marta—. Pero sigamos con lo nuestro que nos estamos desviando con cotilleos.

—Si, vamos a lo nuestro, pero cómo cace a uno de esos hijos de puta, le voy a ahogar hasta que se le salten los ojos, —dijo Cortabarria provocando las carcajadas de los demás.

—¿Qué más da? Pase del tema.

—Si es lo mejor, —corroboró San José.

—Vamos a utilizar una de las antiguas patrulleras Kedar, porque no solo tienen sistema de camuflaje holográfico, también pueden enmascarar la firma electrónica de los motores de salto e impulso. La hemos conseguido gracias al almirante Torremartin. Con la nave vienen dos pilotos, un navegante y un ingeniero por si tenemos alguna avería. También vamos a llevar una médica militar y una enfermera… y un cocinero: no podemos estar todo ese tiempo comiendo raciones de combate. También un analista de inteligencia para ayudar con los escáneres. Todos, incluso el cocinero, tienen entrenamiento de combate y a todos los conozco y confío en ellos.

—Por supuesto son voluntarios, —afirmó Cortabarria.

—Lo son, no se preocupe mi señora. Cómo fuerza militar voy a llevar el grupo Alfa del SEAL del jefe Harris. Usted ya los conoce: son de confianza, —Cortabarria asintió—. Necesito que hable con Burton, para que oficialmente todo el grupo regrese a la Tierra temporalmente: ya me entiende.

—De acuerdo no te preocupes.

—Vamos a llenar la patrullera de pertrechos para al menos seis meses y raciones de combate para otros seis: más vale prevenir.

—Espero que no llegues a los seis meses. —dijo Castro.

—Yo también lo espero, pero…

—Por cierto, se me está ocurriendo que deberías llevar un oficial científico, —afirmó Cortabarria.

—Ya lo llevamos, por eso tenemos un navegante que además de esa función se va a ocupar de cartografiarlo todo y de analizar cualquier anomalía científica que encontremos.

—Perfecto entonces. ¿Cuándo tienes previsto partir?

—Todavía estamos con la carga de la nave. Vamos a llevar muchas piezas de repuesto y eso nos está costando.

—¿Cómo es eso. Lo sabe Torremartin? —preguntó San José.

—Si, si, lo sabe. Esas patrulleras se han terminado de retirar del servicio en este año y las piezas se están desmontando de otras naves. La tripulación se está pegando una buena paliza. Estaría bien que se les recompensara…

—Que si Marta, que si, —la interrumpió Castro—. Se va a recompensar a todos los que participen y si tú quieres hacerlo de manera especial con la tripulación, esta de tu mano: la decisión es tuya.

—Yo les daría una paguilla extra a toda la tripulación, incluidos el personal sanitario y el cocinero. Ellos ya están allí y están echando una mano.

—Pues ya esta: sin problemas. Pásame luego la filiación de todos los que van a participar.

—¿Dónde estás avituallando la nave? —preguntó San José.

—En Raissa, en una antigua instalación de las milicias que hay en la selva de la zona tropical. Allí mismo se están desguazando un par de naves para sacar las piezas.

—Entonces, ¿cuándo crees que podéis partir? —preguntó San José.

—Yo creo que en una semana iniciaremos el viaje.

—Muy bien Marta. ¿Algo más? —preguntó Cortabarria.

—No mi señora. Por el momento eso es todo.

—De acuerdo, pues antes de iros de vacaciones románticas a Raissa, —bromeo Cortabarria mientras se levantaba— os quiero ver a las dos… así hacemos un “menaje á trois”.

—¡Joder! —exclamó Castro siguiendo la broma—. Pues llama también a Inés y ya hacéis un completo.

—Pues no es mala idea.

 

 

Tres días después, Marta y Esther embarcaban en el puerto espacial de Mandoria rumbo a Raissa. Llevaban un perfecto aspecto de turistas, con chanclas, pantalones cortos, camisas de estampado tropical y tirando de sus pequeñas maletas con ruedas. Incluso Esther llevaba una guitarra. Solo las faltaba cogerse de la mano, pero no lo hicieron porque les pareció excesivo.

—¡Joder Esther! —exclamó Marta riendo mientras estaban en la cola de embarque—. Creo que nos hemos pasado. Nos hemos venido arriba y solo nos falta una pamela de playa.

—Pues tengo una y lo pensé, pero me pareció demasiado, —rió Esther.

—Entonces sí que salimos en las noticias, —y llegando al mostrador preguntó a su amiga—: ¿Has traído bronceador mi amor? Me acabo de acordar de que no he comprado.

—No te preocupes preciosa, compramos en la playa.

Pasaron el control y ya en la nave de pasaje buscaron su camarote dónde dejaron las maletas y la guitarra.

—Lo de “preciosa” te ha sonado… machuno, —dijo Marta riendo.

—Es que no tengo practica, además, alguna de las dos tiene que llevar los pantalones, —bromeó Esther cogiéndola de la cintura y echándola hacia atrás—. Esto lo podíamos hacer ahí fuera en las zonas comunes.

—¡No jodas!

—Con lo conocida que eres iba a ser la bomba, —aseguró Esther.

—No creo que la gente me haya reconocido…

—¿Qué no? Ya he visto a unos cuantos que te miraban. Cuándo salgamos del camarote vas a flipar.

—No exageres.

No exageraba. Cuándo salieron para ir al comedor, muchos admiradores se acercaron a ella para hacerse selfis con los teléfonos móviles. Esther tuvo que llamar al comedor porque no iban a llegar a su turno de comida. Cuándo les dijo que Marta de España estaba atendiendo a sus admiradores todo se solucionó inmediatamente. Incluso la seguridad de la nave intervino para ordenar el proceso y agilizarlo. Aun así, llegaron con hora y media de retraso. Marta estaba más que agobiada y es que no la agradaban nada los halagos a su persona.

El resto del viaje lo pasó confinada en el camarote leyendo, escuchando música y haciendo ejercicio. Ni siquiera salía para comer: Esther la traía algo del bufé.

Dos días después llegaron a Raissa y en un taxi desaparecieron.

 

 

Una hora después, las dos llegaron al complejo de las milicias dónde se había abastecido la patrullera. En un discreto hangar las había recogido uno de los pilotos.

—No sé si es buena idea traer la guitarra Esther, —dijo el piloto durante el recorrido—. Te lo digo porque la va a estar cogiendo todo el mundo y se te puede estropear.

—No pasa nada, la he comprado de segunda mano. Me ha costado 30 pesetas. Las buenas las he dejado en casa.

—¿Cómo va todo por aquí? —preguntó Marta.

—Muy bien. Ya estamos todos. Los americanos llegaron ayer por la tarde y solo faltabais vosotras.

—¿Y los repuestos?

—Esta tarde terminamos y podemos partir cuándo quieras.

—Mañana de madrugada: así nos vamos acoplando a las horas de sueño.

—Otra cosa Marta, —dijo el piloto—, hemos pensado en cambiar el nombre a la patrullera. Es que tiene el nombre antiguo Kedar y Kaalira no nos mola.

—Es feo, no dice nada, —aseguró Esther.

—¿Qué nombre habéis pensado?

—A falta de que des el visto bueno: Campeadora.

—A mí me gusta, —volvió a asegurar Esther.

—Y a mí: de acuerdo.

La lanzadera aterrizó en la explanada de la base, junto a la patrullera Campeadora. Inmediatamente, todos se acercaron a recibirlas y el sargento Taylor soltó con silbido de admiración cuándo las vio aparecer con su aspecto veraniego.

—¿Quieres que te vuelva a hacer daño? —le preguntó Marta.

—¡Joder tía! Que estás muy buena… y Esther también.

—A mí me mola que me llamen “tía buena”, —bromeó Esther provocando la hilaridad de todos.

—Acuérdate que nuestra tapadera es que somos novias, —siguió Marta con la broma—. No está bien que un tío te piropeé y te guste, y menos este.

—¡Ah! Se me había olvidado, —respondió Esther dándola un azote en el trasero—. ¿Vamos a ponernos los bikinis mi amor o prefieres que nos duchemos primero juntas? Así te froto la espalda.

—A eso os puedo ayudar yo, —aseguró Taylor.

—No, si al final vas a pillar, —le amenazó Marta.

—Si me dejas frotarte la espalda, me dejó que me pegues.

—¿Te acuerdas sargento de Marines que para pegarte no me hace falta tu permiso?

—¡Joder! Hay que ver cómo te pones por nada.

—Estoy por dejarle aquí, —dijo Marta mirando a Harris—. Así no le tengo que tirar por la escotilla a la mitad del viaje.

—Pues solo tienes que decirlo.

—¡Joder!

 

 

Esa noche, con todos los trabajos concluidos, el cocinero preparó una barbacoa y estuvo asando carne de un animal parecido al búfalo que era autóctono de Raissa. También sacó un par de cajas de tercios de cerveza que había llevado por orden de Marta.

—Aprovecha sargento de Marines que es el último alcohol que vas a beber hasta que termine la misión, —dijo Marta.

—¡Joder Marta! Hoy estás por darme la tarde.

—Si eres bueno le puedo decir al cocinero, que por cierto se llama Esteban, —dijo Marta guiñando a los demás un ojo con disimulo—, que cargue alguna caja para celebraciones especiales.

—Ya sé quien va a ser mi mejor amigo durante esta misión, —afirmó Taylor.

—Pues va a ser que no, porque es amigo mío y sabe muy bien lo que tiene que hacer, y ahora calladito que los mayores tienen que hablar, —dijo Marta levantándose—. Es la primera vez que estamos todos juntos y aunque he ido hablando personalmente con todos, salvo Esther, los pilotos y el navegante, ninguno conocéis a ciencia cierta que es lo que vamos a hacer. Lo único que os he dicho es que la operación es muy peligrosa y que hay muchas posibilidades de que no regresemos, bien porque nos maten o porque nos pudramos en una cárcel tardasiana. Lo único que se me ocurre peor es que me toque con Taylor en la misma celda, —bromeó y todos rieron—. Vamos a ir a dónde nadie ha ido: ni españoles, ni aliados, ni siquiera Xelar. Los que más se han adentrado en territorio tardasiano hemos sido Mirla, Horr Salac y yo hace un par de años, que fuimos cuatro años luz más allá de la capital, de Tarnagóm, al antiguo centro de investigación y diseño militar de Kurtalam.

»Por primera vez desde que estamos en El Baldío, no hay agentes españoles, aliados o Xelar en Tardasia. Desde que la nueva emperatriz esta en el poder, la contrainteligencia imperial ha desmantelado todos los operativos que había o que hemos intentado montar. El imperio se ha convertido en un pozo negro dónde no sabemos lo que ocurre, y eso es muy peligroso. No exagero si os digo que en el trono de Tardasia actualmente esta, con diferencia, la persona más inteligente de los últimos tiempos. Alguien que además aglutina en su persona todo el poder imperial, no cómo antes que estaba repartido con la familia cercana.

»Nuestra misión tiene dos objetivos. La primera, intervenir las comunicaciones instalando equipos electrónicos. Los nodos principales que están el Tarnagóm son inaccesibles y las estaciones repetidoras cercanas al El Baldío están muy controladas, por lo tanto, tenemos que ir mucho más lejos de la capital y buscar esas estaciones repetidoras que pensamos que tendrán mucha menos vigilancia. Cómo mínimo tenemos que intervenir dos, pero lo ideal serian tres.

»La segunda, averiguar dónde han trasladado el centro de investigación y diseño militar que estaba en Kurtalam, e intervenirlo con equipos electrónicos y ópticos. Si no pudiéramos hacerlo, lo destruiríamos, pero es preferible la primera opción.

»Vamos a estar mucho tiempo en territorio enemigo y muy alejados de El Baldío. No hace falta que os diga que cuánto más tiempo estemos aquí, más peligros corremos. Si algo ocurriera no podemos esperar ayuda de ningún tipo y solo nos podemos valer por nosotros mismos. Solo voy a decir una cosa más antes de que Taylor se me duerma, —bromeó Marta poniendo la mano sobre su hombro para quitar tensión—. Algunos os conocéis y otros no, pero yo os conozco a todos, confío en vosotros y por eso estáis aquí. Todos somos valiosos, cada uno en lo suyo, y todos juntos seremos capaces de alcanzar el éxito, no tengo la más mínima duda.

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