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17 min
El Baldío (capitulo 3)
Ciencia Ficción |
28.08.20
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Sinopsis

Primer vuelo espacial y primer viaje estelar.

Un ligero zumbido rasgó el silencio de la noche. El techado de lona estaba parcialmente abierto y dejaba escapar un torrente de luz procedente de los potentes focos que iluminaban el interior de la instalación y especialmente la dársena de vuelo de la nave.

—Acumuladores al 40%

—Inyectores cebados. Cámara de descarga al máximo.

—Todas las estaciones reportan verde.

—Esto tiene buena pinta.

—Acumuladores al 70%.

—Soltando cepos primarios.

—Estamos en el umbral de despegue.

—Acumuladores al máximo.

—Seguimos en verde.

—Amortiguadores de inercia conectados.

—Potencia a los colectores ventrales, —una ligera vibración estremeció la nave. Parecía que no se movía, pero los instrumentos decían lo contrario.

—Nos elevamos. Estamos en el aire.

—Los puestos de observación exterior confirman el despegue.

—Adelante: despacio, —la nave empezó a moverse hacia delante hasta que salió por el amplio portón—. Iniciamos despegue.

—A la orden, —la nave empezó a ascender lentamente.

—Altitud quince metros: estamos fuera de la estructura.

—Timón: en impulso avante un cuarto, —la teniente García, obedeció la orden con la pericia que había demostrado en el simulador de vuelo. Con una trayectoria ascendente la nave siguió ganando altura—. Plena potencia a lo motores de impulso: a toda maquina.

La luz de la tierra se fue desvaneciendo rápidamente entrando en la oscuridad infinita de espacio.

—Los sistemas primarios y secundarios de soporte vital funcionan correctamente, —En solo cuatro minutos la nave entró en la negrura espacial y alcanzó la órbita de la Tierra. Desde dónde estaban veían con claridad la intrincada estructura de la Estación Espacial Internacional

—Es una suerte que está nave tenga sistemas de ocultación, —dijo el navegante.

—Desde luego. Si nos vieran fliparían, sobre todo americanos y rusos.

—Y los chinos desde la suya también.

—Salimos de la órbita. Fije rumbo según plan establecido. Motores de servicio a tres cuartos de potencia.

—Saliendo de órbita a tres cuartos de potencia.

—Pasamos a hipermotor y rumbo a Marte.

—Rumbo establecido. Tiempo de llegada veintidós minutos.

—Alcanzamos máxima velocidad: 13.636.000 km por minuto.

—¡Joder! Me da vértigo sólo de pensarlo. ¿Os dais cuenta de que estamos viajando a 225.000 km por segundo?

—Es una pasada.

—El soporte de vida funciona correctamente. Según el
plan establecido podemos quitarnos las escafandras.

—¿Tenemos contacto con la tierra?

—Afirmativo: reciben telemetría constantemente.

—De acuerdo, ¿quién quiere ser el primero en quitarse el traje? —bromeo el comandante.

—Eso ni se pregunta, —dijo la alférez Buendía comenzando a soltar los anclajes del casco. A continuación, todos la imitaron quedándose con el bodi interior reglamentario­—. ¡Qué gusto! Así estamos mejor: los trajes son muy ligeros, pero agobian un poco.

 

Después de una larga trayectoria elíptica, eso si, con algunas correcciones, el viaje inaugural les llevó a parte de los planetas del sistema solar. Ahora, se encontraban en la órbita del último de la visita: Mercurio. No estaban allí para mirar al ardiente planeta desde esa posición privilegiada, aunque por supuesto si lo hicieron, estaban allí para hacer la última comprobación, posiblemente la más peligrosa de esa misión: inspeccionar el planeta y aproximarse al Sol para comprobar si los escudos de energía de la nave eran efectivos en cualquier tipo de circunstancia.

En una de las dependencias de la nave, toda la tripulación procedió a volver a ponerse los trajes de vacío. Cómo ya he dicho, eran los que habían encontrado en la nave de las Bardenas, nada que ver con los pesados equipos que se utilizaban en la NASA y en otras agencias espaciales.

—Esto es una gilipollez, —dijo la alférez Buendía— Como no funcione el escudo nos va a dar igual que llevemos traje o no.

—Si no pías no te quedas tranquila, —dijo el comandante de la misión— aunque tienes razón... por esta vez, pero no te acostumbres.

El comentario del comandante desató una cascada de carcajadas, mientras la alférez fruncía el ceño.

—Es como el que tenga que venir una unidad militar con nosotros: no sé para que, —comentó uno de los científicos.

—Eso sí que es una gilipollez, y mayor que la otra.

—Idos a tomar por el culo: de gilipollez nada, —saltó la alférez— si no nos mandan me hubiera perdido todo esto. Además, os recuerdo que los pilotos son militares y si a ellos les pasara algo, agradeceréis mucho que yo este aquí: soy el piloto de reserva.

 

 

Este fue el primer vuelo de las naves de transporte que se encontraron en la nave de las Bardenas. Cómo ya he contado en el capítulo anterior, los cazabombarderos y alguna patrullera y transbordador fueron posteriormente trasladados a Albacete y Alcantarilla.

Este tipo de vuelos se hizo habitual y astronautas españoles ataviados con las escafandras Kedar, exploraron los planetas del sistema solar y sus satélites, en especial las lunas de Júpiter según un programa establecido y minuciosamente elaborado. Por motivos de seguridad a esas misiones siempre iban dos naves.

Todo saltó por los aires cuándo en los bancos de datos, y gracias a la ayuda del androide, se descubrió el emplazamiento de varias bases planetarias Kedar dónde había la esperanza de encontrar más naves cómo la de las Bardenas, y una estaba especialmente próxima. Se decidió dar prioridad a ese descubrimiento por tres motivos. La primera para poseer más naves, la segunda, para encontrar los grandes depósitos de oro que según el androide albergaban y la tercera para localizar unidades de ingeniería robotizada que según el androide eran las encargadas de construir todo tipo de infraestructuras militares o civiles.

En dos semanas todo estuvo preparado y dos trasbordadores llenos de suministros y dos patrulleras con pelotones militares de la Legión y del Tercio de la Armada, además de un equipo de la Fuerza de Guerra Naval Especial al mando de la recientemente ascendía alférez de navío Buendía, junto con dos docenas de científicos e ingenieros, partieron al primer destino a siete años luz de distancia: el sistema Kaadam que en la Tierra no estaba catalogada y que poseía dos planetas en la zona habitable del sistema. El destino del viaje era el cuarto planeta, aunque también se cartografiaría el tercer. Toda la operación estaba bajo el mando de un civil, pero toda la cuestión militar y de seguridad estaba bajo el mando de Buendía.

 

 

Habían pasado seis meses desde que se encontró la nave de las Bardenas Reales y todo continuaba en secreto. Indudablemente las grandes potencias estaban muy interesadas por lo que ocurría en ese lugar, pero la verdad es que no tenían ni idea. Más de cien agentes de inteligencia de todas las principales nacionalidades había sido detenidos y puestos bajo custodia después de que un juez especial los mandara a unas instalaciones secretas de alta seguridad.

Los rumores eran muchos, pero ni por asomo se aproximaban a la verdad. Además, el gobierno español difundió la noticia de que se estaba construyendo un refugio estratégico para en caso de conflicto albergar a las altas autoridades del estado además de materiales militares de todo tipo. Prácticamente nadie se lo creía y los bulos se dispararon con las invenciones más delirantes, pero a pesar de que ya había tradición extraterrestre cómo los de Roswell, ninguno de esos bulos apuntaba en esa dirección.

La intención del gobierno era disponer de una flota de naves, de algunas instalaciones militares y científicas en la Luna, Marte y Ganímedes, para lo que era necesario encontrar las unidades de ingeniería, y por supuesto del oro, y cuánto más mejor. Cuándo se conociera la verdad de lo que pasaba en las Bardenas, las presiones de las superpotencias iban a ser enormes y era necesario tener un respaldo económico y militar.

 

 

La flotilla tardó ocho días en llegar al destino porque las naves no tenían los poderosos motores de los cruceros y además no llevaron los propulsores al máximo. El planeta estaba totalmente cubierto de vegetación y grandes ríos recorrían la superficie. La temperatura media en la zona más templada era de 28º C, llovía constantemente por las noches y la humedad era terrible. En el hemisferio sur había un gran mar a dónde iban a desaguar todos los ríos y dónde en ocasiones saltaban grandes animales acuáticos parecidos a ballenas prehistóricas. Los cielos estaban ocupados por gran cantidad de aves de todos los tamaños aunque ninguno superaba a los cóndores o los albatros de la Tierra, y algunos podrían ser peligrosos.

La base estaba oculta en el interior de un gran volcán que se había extinguido hacia varios cientos de miles de años. Las cuatro naves, llegaron hasta allí con el piloto automático programado por el androide de las Bardenas, y entraron en el cráter con el pilotaje manual de sus tripulaciones. El fondo estaba cubierto de tierra y vegetación y a un lado se elevaba una estructura artificial totalmente cubierta de un manto verde de maleza. Las naves aterrizaron junto a ella y durante unos minutos los sensores de la nave estuvieron analizando todo el entorno mientras los equipos militares se preparaban para salir al exterior.

—El aire es respirable y los sensores no detectan depredadores en las inmediaciones.

—No hay patógenos peligrosos para nosotros: con las vacunas sintéticas que nos han puesto tenemos suficiente, —dijo el jefe médico de la expedición—: podemos salir.

—Bichos ¿Hay bichos? —dijo uno de los legionarios.

—Mala suerte: hay miles de millones.

—¡Qué asco!

—¡Joder con el lejía!

—Mucha vacuna sintética, pero podrían haber diseñado un repelente de bichos, ¡hostias!

Los legionarios y los infantes de marina salieron al exterior bajo un aguacero tremendo. Se desplegaron y mientras un grupo establecía un perímetro de seguridad, el otro tomaba posiciones en la puerta de entrada de doble hoja. Despejaron la maleza que la cubría casi por completo e intentaron abrirla sin éxito. Sacaron la caja de mecanismos, cortaron los cables e introdujeron una palanca por la ranura. Apalancaron y comenzó a ceder hasta que lograron abrirla lo suficiente cómo para que pasara una persona. Marta y una de las fusileras del Tercio se colaron por el hueco y establecieron una posición defensiva para cubrir la entrada de sus compañeros que seguían empujando la puerta. Gran cantidad de polvo depositado en el suelo se elevó creando fantasmagóricas formas por la acción de las linternas.

—Cuidado chicos con el polvo: no sabemos que hay debajo, —advirtió Marta por los comunicadores internos.

Cuándo todos se reunieron, comprobaron que estaban en una especie de plataforma sobre un pozo de unos veinticinco metros de diámetro. Adosada a la pared del cilindro descendía una escalera que se perdía en la oscuridad con la que no podía la poca luz que entraba por la puerta superior. Por el centro de pozo había unos carriles que presumiblemente correspondían a un montacargas, en ese momento también perdido en la oscuridad del fondo y que terminaban en el borde de la plataforma.

Lanzaron una barritas luminosas, que también se perdieron en la oscuridad sin dejar rastro. Mientras los pelotones del Tercio y de la Legión permanecían controlando la plataforma y el exterior, Marta, con el grupo de la FGNE comenzó a bajar por la escalera con la precaución necesaria y alumbrándose con las linternas de los fusiles de asalto. La gran cantidad de polvo depositado en los peldaños dificultaba el descenso y caía por el pozo creando una cascada de polvo tremenda.

—Vale chicos paramos, —ordenó Marta levantando el puño, y mirando hacia arriba ordenó—: los dos últimos, id a por mascaras. Os esperamos. Y todos con las gafas puestas.

Cuándo recibieron las mascarillas reanudaron el descenso. Durante más de una hora estuvieron bajando y quinientos cuarenta metros después llegaron a la zona baja del pozo. Solo había una salida y rápidamente procedieron a abrirla cómo habían abierto la de arriba. Había mucho polvo y al andar se enturbiaba el ambiente. Accedieron a una sala enorme, de más de cien metros de diámetro de forma elíptica de dónde salían nueve pasillos. El centro de la sala estaba llena de bancos, mesas y sillones de los que solo quedaba la estructura metálica, y todo cubierto de un polvo milenario. También había varios quioscos similares a los de la Tierra que podrían ser de bebidas y comida rápida, igualmente cubiertos de polvo y algo parecido a telarañas. Claramente era una zona de ocio.

—Estamos en una especie de plaza grande: parece una encrucijada. La zona esta asegurada, —dijo la alférez Buendía después de que sus soldados tomaran posiciones en todas las salidas de la plaza.

—De acuerdo. Vamos a empezar a bajar, —respondió el científico que estaba al mando.

—Entendido. Interesa mirar si funciona el ascensor para bajar el equipo y los suministros, y poner en marcha la iluminación. También hay que bajar equipos de aire autónomos: aquí abajo hay una polvareda de cojones.

—Muy bien: lo haremos una prioridad: buen trabajo.

Durante tres días estuvieron recorriendo las instalaciones que resultaron ser gigantescas y que tenía veintiocho niveles: los más amplios estaban en los más bajos y los más pequeños en los más bajos. La exploración se hizo muy penosa por culpa de la gran cantidad de polvo acumulado y aunque los soldados llevaban mascaras y gafas protectoras las nubes de polvo en el ambiente dificultaban enormemente la visión. Lo primero que hicieron fue limpiar uno de los grandes comedores y la cocina adjunta para poder instalarse y utilizarlo cómo centro de operaciones. Además de los comedores y las cocinas, encontraron dormitorios individuales y colectivos, zonas de oficinas, almacenes de intendencia y de repuestos de ingeniería, dos dispensarios clínicos, escuelas, centros de ocio y todos los servicios que debería tener una base militar tan enorme cómo esa.

Al cuarto día alcanzaron uno de los objetivos de la misión: el oro. En un almacén sin muchas medidas de seguridad, en el nivel más bajo de la instalación, encontraron 32.500 toneladas en lingotes grandes. También había gran cantidad de placas rectangulares de cuarenta por veinticinco centímetros de un material metálico desconocido que posteriormente se identificó cómo duranio: el mismo material del fuselaje de la nave de las Bardenas.

Al día siguiente accedieron a lo que debió ser la cámara magmática del volcán y que ahora era el hangar de la base. Las dimensiones eran descomunales, de alrededor de ocho kilómetros de diámetro y había varias salidas laterales suficientemente grandes cómo para que las naves salieran por ellas. Tenía una docena de niveles circulares adosados a la pared dónde guardaban las naves: veintiséis cruceros, sesenta y dos fragatas, más de ciento treinta patrulleras y cargueros y unos mil cazabombarderos. En el nivel más bajo del hangar, sobre el suelo, había siete naves un poco más pequeñas que los cruceros, que desde el primer momento identificaron cómo transportes de tropas y que en términos terrestres podrían transportar una brigada de infantería o un batallón acorazado. El segundo objetivo se había alcanzado.

En un lateral de la zona baja, y detrás de los transportes de tropas se encontró lo que resulto ser el tercer objetivo. Cinco unidades de ingeniería robótica, de un tamaño similar a los transportes de tropas, y que eran capaces de construir por si solos cualquier tipo de infraestructura, utilizando y elaborando los materiales brutos del lugar de la construcción.

Ante tales hallazgos, se estableció una especie de “puente aéreo” espacial que en el plazo de un mes trasladó a más de mil personas, entre ingenieros, científicos y militares. Cuándo se pudo, se puso en funcionamiento uno de los transportes de tropas y al segundo mes ya había diez mil personas habitando y trabajando en la base.

Aunque la base no disponía de avatar, los cruceros de la dársena si, e interactuando con ellos se tuvo acceso al computador central de la instalación. Cuándo estuvo totalmente operativa, en primer lugar, se comenzó a mandar el oro a España. Cuándo se tuvo la certeza de controlar los sistemas de las unidades de ingeniería robótica, se enviaron al sistema solar para que empezaran a construir las bases de la cara oculta de la Luna, Marte y Ganímedes según unos diseños de instalaciones subterráneas encontradas en sus bancos de datos.

Aunque, entre otra ingente información, ya se había encontrado en los bancos de datos el emplazamiento de otras cuatro instalaciones cómo la de Kaadam 4, se decidió no continuar hasta que toda la base estuviera totalmente operativa y sus naves en perfecto funcionamiento. Eso si, se mandaron destacamentos militares para asegurar las instalaciones y lo que contenían. La intención era de empezar a escanear el espacio circundante con los potentes equipos de que disponía la base, para luego ampliar el radio de acción cuándo se pusieran en funcionamiento las nuevas bases. También se habían localizado bases ocultas en zonas mucho más distantes, tanto que por el momento no merecía la pena intentar llegar hasta allí.

Hasta el momento habían tenido suerte y durante las exploraciones no se habían cruzado con ninguna otra nave y era necesario constatar que otras especies viajaban por este lado de la galaxia y si eran pacificas o violentas.

 

 

Mientras todo esto pasaba, la situación en la Tierra se iba poniendo muy complicada. Las potencias mundiales presionaban al gobierno español para que desvelara lo que estaba haciendo en Las Bardenas Reales. Incluso la Unión Europea amenazó con expulsarnos si sus observadores no podían inspeccionar el complejo secreto.

El gobierno español contraatacó con la amenaza de abandonar la zona Euro y volver a la peseta. De hecho, la Casa de la Moneda empezó los trabajos para diseñar la nueva moneda. La situación se tranquilizó por el momento, pero EE.UU. y Reino Unido empezaron a mandar tropas de refuerzo a la base de Rota y a Gibraltar y Francia a su frontera sur. En respuesta, se triplicó la plantilla de las Fuerzas Armadas llegando a los trescientos cincuenta mil efectivos.

Los partidos de la derecha presionaron también al gobierno para que desvelara el misterio en una acción que parecía ordenada por EE.UU., Reino Unido y Francia.

El gobierno sabía que no lo podía ocultar mucho más, pero necesitaba ganar tiempo, tener operativas parte de las naves de Kaadam 4, terminar la construcción de las tres bases del sistema solar y tener todo el oro bien asegurado, y para eso necesitaba al menos seis meses.

Mientras todo esto ocurría, el gobierno consiguió a su primer aliado: Portugal. Se firmó un acuerdo secreto por el cual científicos portugueses participarían a todos los niveles tanto en Las Bardenas cómo en Kaadam 4 y veinte mil soldados se integrarían en el dispositivo militar español.

Así las cosas, una calma tensa se implantó en el mundo. Nadie tenía certeza de nada. Todo eran sospechas, pero todos querían imponerse a España.

La única realidad, aunque desconocida para todos, es que España tenía una base en otro planeta fuera del sistema solar: Kaadam 4.

 

 

 

Este relato lo encontraras tambien en: Las historias del calvo

 https://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/2020/08/el-baldio-capitulo-3.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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