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13 min
El Baldío (capitulo 42)
Ciencia Ficción |
03.06.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: Marta y Cortabarria viajan a Knysna la capital Xelar.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Siguiendo su propio criterio y para evitar contratiempos en el viaje, la flamante contralmirante Marta Buendía dio la orden de regreso inmediato del crucero de batalla Benasque, con el aval de Cortabarria. La misión de información había sido todo un éxito y lo mejor era poner a salvo a la tripulación y a la nave.

La noticia del ascenso de Marta provocó innumerables muestras de apoyo y cariño por parte de los miembros de su departamento. Incluso los más allegados organizaron un pequeño festejo dónde se ofreció un vino español y a la que asistieron Cortabarria, Castro y San José, y los altos jefes militares: el almirante Torremartin y el general de ejército Teodoro Reding. Ni que decir tiene que otra vez Marta se puso roja cómo un tomate, ante la hilaridad y muestras de afecto de todos.

Al día siguiente a la reunión, el canciller Tórkurim regresó a Knysna, la capital Xelar para estudiar toda la información aportada por Marta. Esta, preocupada por las palabras del canciller se puso a estudiar los informes recibidos por parte de la inteligencia Xelar. Dejó el día a día del departamento en manos de su ayudante de campo, la teniente de navío Alicia Luque y se centró en el trabajo.

No había mucho, pero algo encontró que la preocupó.

 

 

Durante cuatro semanas no hubo noticias del canciller Tórkurim, pero finalmente comunicó con Cortabarria.

—Siento haber tardado tanto en hablar con vosotros, pero la situación ahora mismo es un poco dificil.

—No se preocupe señor canciller.

—Quiero que vengas a Knysna para una reunión del consejo: es muy importante Itziar.

—Por supuesto señor canciller: salimos esta misma tarde. ¿Le veo muy preocupado?

—Tenemos una situación un tanto… complicada: lo hablamos cuándo estés aquí.

—De acuerdo. Iré con mi equipo habitual y le voy a pedir a Marta que se una a nosotros: ¿le parece bien?

—Por supuesto, —respondió Tórkurim con una leve sonrisa—. Marta siempre es bienvenida… y creo que en esta ocasión mucho más.

—Muy bien señor canciller: en unos días nos vemos, —cortó la comunicación con Tórkurim e inmediatamente llamó a Marta—. Cariño, ¿Puedes venir un momento a mi despacho?

—Ahora mismo mi señora.

Un par de minutos después, Marta entró en el despacho de Cortabarria y la encontró en el pequeño office que hacia las veces de cocina.

—Siéntate cariño, —dijo Cortabarria saliendo de él con una pequeña bandeja sobre la que se veía una taza de café y una infusión talíssia, algo repugnante y maloliente, a la que Marta era aficionada. Puso la bandeja sobre la mesita baja y se sentó en el sofá junto a Marta.

—¿Ocurre algo Itziar? —preguntó con preocupación.

—Esta tarde salimos para Knysna, ¿Puedes arreglarlo con Mira para que se quede con la niña?

—Si, claro: sin problemas. Pero ¿qué ocurre, no iba a venir el canciller aquí?

—Si, pero debe de tener el gallinero revuelto. Yo creo que si estás en lo cierto… —Cortabarria se interrumpió porque Castro y San Juan entraron en ese momento—. He hecho café: serviros si queréis.

—¿No está Inés? —preguntó San José.

—No, ha ido… a alguna parte.

—Itziar, con el debido respeto tu café no es para tirar cohetes, —dijo Castro con humor.

—Pues es un logro teniendo en cuenta lo fácil que es prepararlo, —siguió la broma San José.

—¿Por qué creéis que yo tomo esta mierda? —continuó también Marta con la broma.

—Vale muy bien: hoy todos habéis venido cachondones, —dijo Cortabarria mientras los demás se reían a carcajadas y se sentaban en los sillones—. Esta tarde salgo para la capital Xelar y me llevo a los de siempre y a Marta. La estaba diciendo que Tórkurim debe tener el gallinero revuelto y no quiere salir ahora de allí.

—Si Marta esta en lo cierto con sus averiguaciones es posible que algunos le estén intentando mover la silla. 

—Mi informe está basado en conjeturas y corazonadas: de ninguna manera puede considerarse definitivo.

—Si Marta, —dijo San José—, pero ellos no conocen tu informe, por lo tanto, lo que este pasando en Knysna va por otro camino, aunque estoy seguro de que los tiros van por ahí.

—De todas maneras, —intervino Castro—, si se confirma que Baronia es una amenaza, Xelar tiene un problema muy gordo, porque tal y cómo están las cosas aquí en El Baldío, no vamos a poder ofrecer mucha ayuda.

—Eso está claro, pero soy de la misma opinión que Marta. En fin, voy a hablar con Tórkurim para que nos envíe todo lo que tenga sobre este tema fuera de los cauces oficiales, aunque cómo ellos lo están llevando de una manera muy confidencial lo haré con mucho tiento.

—Puedo hacer yo la gestión mi señora: tengo buena relación con el jefe de inteligencia Xelar, —ofreció Marta—. Nos debemos favores mutuos, pero en todo esto hay cosas que me chirrían y mucho.

—Entonces mejor no, —intervino Castro—, porque tus primeras conclusiones son contrarias a las suyas y le puede dar por tocarle los cojones a Tórkurim.

—O levantar la liebre y que se den cuenta de que Marta esta tras la… posible pista, —añadió San Juan.

—Sí, es mejor no hacerlo: lo hablo yo con el canciller, —zanjó Cortabarria.

—Y voy a ordenar protección para el domicilio de Marta, —dijo Castro—. Mejor prevenir que curar.

—Y para Marta también, —añadió otra vez San Juan—. Aunque supongo que no estarás de acuerdo.

—¡Yo no necesito escoltas! —protestó Marta.

—Imaginaros que le preguntan al escolta que cual es su función, y contesta que es el escolta de Marta Buendía: la carcajada se puede oír en todo El Baldío, —dijo Cortabarria con humor y todos rieron, incluso la aludida—. Si tuviéramos más tiempo les podríamos decir a Mirla y a Horr Salac que vinieran.

—¡Joder! Que no hace falta, —protestó Marta otra vez.

—Pero por el momento tu casa y por supuesto Mira y la nena, si, —y mirando a Castro añadió—: da la orden.

—Ya está hecho.

—De acuerdo, pues si no hay nada más me voy contigo a ver a mi nieta que voy a estar un tiempo sin verla.

—Quédate a comer con nosotras: pedimos un japo si quieres.

—De acuerdo.

 

 

Siete días después estaban próximos a llegar a Knysna y Marta con una tableta de la mano entró en el puente de mando del crucero de batalla Casteldefels. Se había encontrado con Inés, la asistente de Cortabarria que fue quien la informó de su localización. Ante la ausencia en ese momento del capitán al mando, ocupaba su sillón. Cuándo viajaba en las naves de la Armada, siempre que tenía oportunidad lo hacia: la gustaba la sensación que sentía al estar sentado en la silla de mando de una poderosa nave estelar. El capitán, cómo lo sabía, procuraba ausentarse con cualquier pretexto para que Cortabarria ocupara su lugar.

—Buenos días mi señora, —la saludó Marta aproximándose a ella.

—Hombre, por fin te veo el pelo: estabas desaparecida.

—Estaba en mi camarote mi señora. He recibido los informes de la cancillería Xelar y he estado trabajando.

—¿Y?

—Estás son mis conclusiones, —respondió Marta entregándola la tableta y sentándose en el sillón del primer oficial. Cortabarria la cogió y estuvo un rato leyendo. Cuándo terminó la desactivó y durante unos instantes estuvo analizando la información.

—De acuerdo cariño. Voy a intentar que puedas pasar conmigo a la reunión del Consejo para que puedas exponer ese informe, lo que pasa es que podemos poner en dificultades a tu amigo.

—No hay problema, y además no es amigo mío, es un conocido y además puede estar involucrado.

—Vale, de acuerdo, lo hablo con el canciller.

 

 

Unas horas después, recién instaurado el periodo de noche, Cortabarria llamó por el móvil a Marta.

—¿Qué haces? —la preguntó.

—Nada de particular: ahora estoy leyendo. ¿Necesitas algo?

—¿Tienes vino?

—Si claro: sabes que de eso nunca me falta.

—¿Me invitas a una copa?

—Claro, —y nada más contestar llamaron a la puerta—: Abrir. —y Cortabarria entró en el camarote.

—Perdona cariño, pero me apetecía charlar.

—No te preocupes, —respondió Marta levantándose con el libro de la mano y el dedo metido entre las páginas. La marcó y lo dejó sobre la mesa. Estaba descalza y llevaba un pantalón corto y una camiseta de tirantes, todo con los emblemas de la Armada, que dejaban al descubierto los tatuajes de sus brazos. En el derecho, el escudo de armas de Cortabarria y en el izquierdo el emblema de la Fuerza de Guerra Naval Especial: su unidad del alma. Estaba claro que no tenía previsto salir del camarote. Se acercó a una caja metálica que había sobre una estantería, dónde se apreciaban varios pilotos encendidos y lo abrió. Sacó dos copas y una botella y regresó junto a Cortabarria.

—¿No tienes ninguna abierta? —preguntó Cortabarria al ver que se disponía a descorchar la botella con un sacacorchos.

—Sí, pero a ti esta te gusta más, —respondió mostrando la etiqueta.

—¡Joder! Ribera del Duero: Pago de Carraovejas Cuesta de las Nieves, y reserva: esto vale una pasta.

—No te preocupes de eso, —volvió a responder escanciando vino en las copas—. Los hay más caros.

—Nos ha jodido. La próxima vez quiero Pingus, —dijo Cortabarria con humor.

—Eso está hecho, —dijo Marta sin darle importancia—. Tengo un par de botellas en casa y de Dominio de Pingus otras dos.

—¿De Dominio? Son botellas de más de mil pesetas.

—De bastante más, pero de eso no te preocupes.

—No me preocupo porque lo pagas tú, —dijo Cortabarria acercando la nariz a la copa para deleitarse con el aroma—. Que bien huele. ¿Has hablado ya con Mira?

—Si, hace media hora. Ha llevado a Itziar a la revisión con el doctor Orxim y todo esta bien. La ha dicho que la ve un poco adelantada en su desarrollo para su edad y que no le extrañaría que con un año empezará a andar, —en ese momento llamaron a la puerta del camarote—. Abrir, —y la puerta se abrió.

—Hola Esther, buenas noches, —la saludó Cortabarria. Esther era su jefa de seguridad para este viaje y entró seguida de Inés—. Buenas noches Inés.

—Pasad, —las invitó Marta.

—No, no, pensábamos que estabas sola, —y mirando a Cortabarria añadió—: Lo siento mi señora.

—¡No seáis bobas y pasad! —las conminó Cortabarria.

—No queremos molestar… —añadió Inés.

—¡Pasad las dos de una puta vez y no me cabreéis!, —exclamó Marta de broma—. ¡Anda Esther! Pilla una cerveza: ya sabes dónde están y trae una copa para Inés.

Esther de acercó a la caja de dónde Marta había sacado la botella de vino y las copas y después de abrirlo sacó un tercio de cerveza artesanal de marca española y una copa.

—Sentimos haber venido sin avisar… —dijo dejando la copa sobre la mesa que Marta escanció de vino

—No seáis bobas, —dijo Cortabarria.

—… pero solo veníamos a cotorrear con Marta.

—Pues a lo mismo que he venido yo. Ahora estábamos hablando de mi nieta.

—¿Ya te ha dicho que piensa meter a la nena en una escuela militar? —dijo Esther.

—¡No jodas! —exclamo Inés.

—No está decidido… pero es una de las opciones que estoy barajando.

—Fíjate que, a pesar de quererte cómo te quiero, en el fondo siempre he pensado que estás mal de la puta cabeza, —dijo Cortabarria.

—Y no andas descaminada, —la apoyó Esther.

—Pero vamos a ver, cuándo la nena tenga edad de entrar en la academia militar ya podrá decidir por ella misma.

—En Tarquinia hay una escuela de régimen militar que imparte…

—Ni lo pienses, —la interrumpió Cortabarria—. No me voy a separar de mi nieta, a no ser que consigas que trasladen el Cuartel General Aliado a Tarquinia.

—Pues si me lo propongo… —bromeó Marta provocando las risas de sus amigas.

—¿Os habéis enterado de con quien se ha enrollado el alférez Jalik? —preguntó Inés cambiando de tema.

—¿Jalik es ese que esta en el control del Cuartel General? —preguntó Cortabarria.

—No, ese es Girik. Jalik esta en el departamento legal del C.G.

—¡Ah, sí! Un serianita que siempre lleva en el pecho la banda de etnia.

—Ese, ese. Pues con un talíssio, —afirmó Inés—. Y además Salac.

—¿Con un talíssio y Salac? Imposible, —afirmó tajante Marta.

—Pues estos ojitos que dios me ha dado los han visto morreándose.

—¡No jodas! ¿Y dónde? —preguntó Esther.

—En un tugurio casposo de la zona vieja de la capital.

—¡La hostia! Eso puede ser una bomba en Talíssia y en el clan imperial. —afirmó Marta que conocía a la perfección la sociedad Talíssia y sus costumbres—. ¿Estás segura de que era Salac?

—Claro que sí: llevaba el emblema de clan.

—Chicas, de todas maneras no comentéis mucho esto, —aconsejó Cortabarria—. Que cada uno se morree con quien quiera.

—Por supuesto, pero ahora vamos a lo más importante. Dinos: ¿qué cojones hacías en un tugurio casposo de la ciudad vieja? —preguntó Esther mirando a Inés.

—¡Leches, es verdad! ¿qué hacías allí?

—Pues cosas mías. ¡Seréis cotillas!

—¿Será posible? ¡pero si has empezado tú!

Las cuatro mujeres se echaron a reír y durante más de una hora estuvieron charlando de cosas intrascendentes, hasta que finalmente Cortabarria se levantó para irse.

—Bueno chicas, me voy que mañana hay que madrugar.

—Y mucho mi señora, —dijo Inés levantándose también—. Llegamos a las 6h. y la reunión es una hora después.

—¡La madre que los parió! —exclamó Cortabarria—. Mira que he venido veces aquí, pero no me acostumbro a estos horarios.

—Es que a las 3 h. ya está pegando el sol y a las 15 h. ya es de noche, —afirmo Esther.

—Con lo listos que son ya podían adaptar su día al periodo solar, —añadió Marta—. Pero en fin: son Xelar.

—¿Quién viene de escolta mañana en la sala del consejo? —preguntó Cortabarria mirando a Esther.

—Solo yo mi señora.

—¿Y eso? Siempre sois dos.

—Así es mi señora, pero dicen que va a estar Marta en la reunión.

—¡Joder! Pero Marta no va de escolta.

—Ya, pero dicen que da igual, que si esta ella los demás sobramos. De hecho, ellos también han reducido los suyos.

—¡La leche que los han dado!

—A las 5:30 h. te saco de la cama mi señora.

—Estáis por darme la noche ¡Joder! Podemos apurar la cama un poco más.

—Con el debido respeto mi señora, —dijo Inés—, no tienes muy buen despertar. Es mejor que llegues a la reunión más… fresca.

Cortabarria la miró sin saber que decir. Abría y cerraba la boca cómo un pez fuera del agua, pero finalmente se echó a reír mientras Esther y Marta se reían a carcajadas. Se acercó a Inés, la abrazó y la dio un par de sonoros besos.

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