cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

14 min
El Baldío (capitulo 49)
Ciencia Ficción |
28.07.21
  • 5
  • 0
  • 318
Sinopsis

En el capitulo de hoy: Romeo.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

 

—Contralmirante Buendía, acuda al puente, —faltaban un par de días para llegar a Mandoria y Marta estaba trabajando en su camarote, cuándo por el sistema de audio recibió este mensaje.

Rápidamente salió del camarote y cogió uno de los turbo ascensores para llegar a la cubierta del puente. Cuándo entró en él, el almirante Torremartin desde su sillón la señaló al oficial de comunicaciones.

—Hemos recibido un mensaje codificado para usted por la línea de seguridad: nivel 5, —la informó el oficial.

—¿Sabemos quién lo manda?

—Si mi señora: Luque, CCI.

—¿Luque? —preguntó extrañada—. Muy bien, descodifíquelo y mándemelo al despacho del almirante, —después miró a Torremartin y le hizo un gesto para que también fuera al despacho.

Los dos entraron en el, y una vez que se cerró la puerta, Marta dijo—: ordenador, activar mensaje de Luque CCI, —se desplegó una pantalla holográfica y la figura de un tardasiano apareció en la imagen.

»Marta, soy yo. Tú y yo pactamos que después de dos años, si me destinaban cerca de la zona de demarcación, me sacarías de aquí. Han pasado casi cuatro años y sabes que yo he cumplido. Aquí las cosas están muy complicadas y creo que están cerca de mí. Estoy en el sistema M´Diq, en una pequeña estación de observación profunda en el cuarto planeta, a seis años luz de la zona de demarcación. Dentro de ocho días me mandan al interior del imperio y no tendré otra oportunidad. Me tienes que sacar de aquí: me lo prometiste. No me fío de nadie, tienes que venir tú personalmente. Vector de aproximación, 793640. Romeo. 339« 

Durante unos segundos, Marta permaneció en silencio con los brazos en jarra mientras miraba al suelo. Después miró al almirante.

—Tengo que ir a por él. 

—Muy bien: mandamos un grupo operativo…

—¡Tengo que ir yo!

—Ni hablar Marta, ni lo pienses.

—¡Joder Juan! Ya le has oído. Solo se fía de mí.

—¿Quién cojones es ese tío?

—El único activo que tenemos en el imperio. Lo contacté durante la misión de la Campeadora.

—¡No me jodas!

—Es un piloto de naves auxiliares. Por cuestiones de seguridad les rotan continuamente y en cada nuevo destino coloca un dispositivo en el nodo de comunicaciones. Gracias a eso controlamos el 85% de sus comunicaciones civiles y casi la mitad de las militares. Su identidad solo la conocemos los que fuimos a esa misión, además de Luque e Itziar. Por favor Juan, solo necesito una nave.

—¿Pero tú estás gilipollas? —la preguntó Torremartin—. ¿Cuándo has visto tú que los contralmirantes se van de paseo por territorio enemigo? Además, ¿solo veo yo que puede ser una trampa?

—Lo sé perfectamente, pero le creo. Pacté con él una clave de seguridad. Romeo 339 si todo es correcto, y al revés, 339 Romeo, si es una trampa y hace falta una acción militar. Juan, por favor te lo pido: ayúdame.

—¿Sabes que si lo hago, Itziar me va a cortar las pelotas?

—Bueno, —intentó bromear Marta—. Tampoco creo que las uses mucho.

—Déjate de gilipolleces jovencita… y es verdad que no las uso mucho, pero las tengo cierto aprecio.

—Juan, voy a ir y si no me ayudas lo haré desde Mandoria.   

—Eres… eres… ¡Hay que joderse! No sé ni lo que eres, —el almirante permaneció unos segundos en silencio mientras la miraba con cara de pocos amigos—. Desde Mandoria no llegarías a tiempo. 

—Entonces llévame tú.    

—No puedo meter el República en zona enemiga y lo sabes, pero te puedo acercar mucho, —dijo finalmente activando el mapa estelar holográfico. Mientras se activaba, Marta se abrazó a su amigo.  

—Gracias Juan.

—No pienses que vas a ir sola: te llevas un grupo táctico.

—No hay ninguno disponible… 

—En el grupo de seguridad de esta nave hay unos cuantos que tienen entrenamiento táctico de nivel 2. A algunos ya los conoces porque te dieron unas hostias el otro día. Computador: localización del sistema M´Diq, —dijo el almirante mientras estudiaba el mapa. Un punto se iluminó en el mapa. Después, señalando un sistema en el mapa dijo—: te puedo dejar aquí, en el sistema Karmur. Es muy denso y parece que tiene muchas zonas de escombros: podemos usarlo cómo pantalla. Desde allí puedes llegar en… veinte horas.

—De acuerdo.

—Puente, —dijo el almirante activando el comunicador.

—»Adelante mi señor«

—Cambio de rumbo a máxima velocidad: sistema Karmur.

—»A la orden. Cambiando rumbo a sistema Karmur a máxima velocidad«

—¿Tiempo de llegada?

—»treinta y dos horas«

—Comandante: a mi despacho.

Unos segundos después el comandante entraba en el despacho dónde Torremartin y Marta seguían estudiando el mapa. Inmediatamente le informó y le dijo—: reúne en el hangar 19 a todos los que tengan entrenamiento táctico de nivel 2, para que Marta elija a los que la van a acompañar, —y mirándola añadió—: no menos de seis.

—A la orden mi señor, —dijo Marta con humor saludándole militarmente.

—No, si al final te vas a llevar una hostia, —el comentario hizo sonreír al comandante.

—Necesitara un piloto, —dijo este.

—No necesito un piloto…

—Si necesitas un piloto, —afirmó Torremartin tajante, y mirando a su subordinado añadió—: avisa a la alférez Palencia y que se presente voluntaria.

—A la orden. ¿Informamos de nuestro destino al Cuartel general?

—Mejor que no.

—¿Desconectamos el transpondedor?

—Negativo, pero decreta el modo furtivo.

 

Una hora después, todos estaban en el hangar 19, cuándo llegaron el almirante y Marta.

—¡Atención! —gritó un sargento al verlos llegar. El almirante se limitó a hacer un gesto con la mano para desactivar la orden.

—Muy bien chicos, —dijo Marta—. Necesito a seis voluntarios para que me acompañen… —los catorce que formaban el grupo dieron a la vez un paso adelante—. Gracias.

—Alférez Palencia, —dijo el almirante—. ¿Tienes entrenamiento táctico?

—Afirmativo mi señor.

—Muy bien, ponte a un lado.

—¿Entre vosotros hay algún tirador? —preguntó Marta.

—Tiradora mi señora, —dijo una cabo levantando la mano.

—Ponte junto a la alférez.

—¿Algún paramédico? —otro cabo levantó la mano y Marta le indicó que saliera del grupo. Después eligió a cuatro más, tres hombres y una mujer a los que conocía de la pelea—. Desafortunadamente, no tengo tiempo para conoceros a todos y a ellos los he elegido porque me mola que me dieran de hostias el otro día.

—Sargento, con el resto forma un grupo de apoyo por si es necesario intervenir, —ordenó Torremartin.

—A la orden.

—Alférez, —dijo Marta mirando a la alférez Palencia—. Prepara una nave para una misión de tres o cuatro días. Los demás prepararos, salimos en unas treinta horas.

 

 

 

En el plazo previsto, el República llegó a las inmediaciones del sistema Karmur y utilizando los numerosos planetas cómo pantalla penetró hasta que se situó a escasamente dos años luz de la zona de demarcación. Inmediatamente, la nave, una patrullera ligera, partió del hangar principal y maniobrando con habilidad se preparó para tomar el rumbo marcado en el mensaje de Romeo.

Cuándo ya estaban en rumbo, Marta reunió a todos y les explicó la índole de la misión.

—Mi señora, entiendo que cuándo lleguemos allí, no sabemos dónde esta Romeo —afirmó uno de sus subordinados.

—Así es. Solo sabemos que está en una pequeña estación de observación en el sistema M´Diq. Normalmente no tienen mucha guarnición, pero la realidad es que no sabemos que nos vamos a encontrar.

—¿Reglas de enfrentamiento?

—Salvo Romeo, todos son enemigos. ¿Está claro? —todos asintieron—. Pues ahora a descansar. Llegaremos en unas veinte horas.

 

 

Ya habían pasado diez horas desde que la nave de Marta partió, cuándo el oficial de comunicaciones informó a Torremartin que estaba sentado en su sillón del puente.

—Almirante, he recibido varias comunicaciones del Cuartel General a las que no he respondido, pero ahora tengo una de la general Cortabarria.

—Tarde o temprano iba a ocurrir, —dijo el almirante levantándose—. Establece la comunicación y pásamela al despacho.

—A la orden.

Cuando entró en el despacho, Cortabarria ya estaba en la pantalla. A su lado Castro y San José.

—¿Qué cojones está pasando Juan? —le soltó nada más verla.

—Hemos variado el rumbo porque ha surgido un problema y… Marta tenía algo que hacer en la zona enemiga.

—¡Me cago en la leche que la han dado! Lo sabía, lo sabía, —exclamó Cortabarria fuera de sí—. ¡Te ha liado…!

—¡No me ha liado! —gritó Torremartin de mala manera—. Me ha explicado la situación y he entendido que había que hacerlo. ¿Qué te crees, que me hace gracia?

—Vamos a calmarnos todos, —dijo Castro—. Juan, dinos que ha ido a hacer allí.

—Ha recibido un mensaje codificado desde el CCI, de un tal Romeo.

—¿Romeo? ¡No me jodas! —exclamó Cortabarria empezando a pasear por el despacho.

—¿Quién cojones es Romeo? —preguntó San José.

—Alguien que pensaba que ya estaba muerto: hace casi un año que no hay noticias de él, —dijo Cortabarria.

—Al parecer en un activo tardasiano que reclutó Marta durante la misión de la Campeadora, —informó el almirante.

—¿Y ha ido a por él? —preguntó Castro. Torremartin asintió—. ¿No habrá ido sola?

—Pues claro que no. La acompaña un grupo táctico del República y otro grupo de apoyo está preparado para intervenir si es necesario. Te doy mi palabra de que he intentado disuadirla, pero estaba dispuesta a ir desde Mandoria si era necesario, —y en un intento de quitar tensión, bromeó—: también la he asegurado que me ibas a cortar las pelotas por ayudarla.

—De eso puedes estar seguro, pero a la altura del cuello, —y mirando a los demás exclamó—: ¡siempre se sale con la suya, joder!

—Bueno, ya la conocemos, —dijo Castro—. Es Marta, para lo bueno y para lo malo.

—¿Sabes si ha contactado ya con el tal Romeo? —preguntó San José.

—Todavía la quedan diez horas para llegar, —respondió Torremartin mirando su reloj.

—¿Y cómo sabemos que no es una trampa? —preguntó Cortabarria.

—No lo sabemos Itziar, pero Marta pactó un código de seguridad con él y estaba en el mensaje.

—¿No la habrás contado…? —preguntó Cortabarria frunciendo el ceño.

—Pues claro que no, —la interrumpió el almirante—. No seas absurda. ¿Por qué lo iba a haber hecho?

—Porque ya no sé lo que pensar y te tiene cogido el tranquillo.

—¡Y a ti no te jode!

—Vamos a sosegarnos por favor, —dijo Castro intentando calmar la situación y mirando a Torremartin añadió—: Y tu haz el favor de activar el transpondedor.

—No está desactivado, pero está en modo furtivo: estamos demasiado cerca de la zona de demarcación.

—Quiero que me tengas permanentemente informada, —dijo Cortabarria—. Voy a subir al CCI. A Luque la voy a pegar una hostia que va a flipar.

—Déjalo estar Itziar, —dijo San José.

—¡Unos cojones! Sabía que estábamos preguntando por ella, y se ha hecho la orejas, y a la otra, cuándo aparezca, la voy a tirar de la coleta hasta que me quede con ella de la mano, —todos se sonrieron, incluso Torremartin—. Y tu no te rías que todavía te los corto.

 

 

Estaban a una hora escasa de M´Diq y Marta, sentada en el asiento del copiloto operaba los escáneres de la nave. Esta, navegaba con el vector señalado en el mensaje para no ser detectados.

—Muy bien chicos, en una infraestructura típica tardasiana, —el resto del equipo estaba de pie detrás de los puestos de mando—. Es una gran parrilla orbital de sensores automatizada, controlada desde una pequeña estación terrestre. El planeta tiene soporte de vida y los sensores detectan treinta y dos personas. Una docena serán técnicos y el resto militares. Hay dos naves en la explanada de aterrizaje que está en lo que parece la entrada principal. Vamos a entrar por ahí.

—La aproximación la vamos a hacer por este profundo valle en vuelo rasante, —dijo la alférez Palencia señalando un punto en el mapa holográfico—. Después os dejaré al otro lado de este promontorio. Desde ahí, hay ochocientos metros a la explanada de aterrizaje.

—Después, la alférez se situara detrás de la base para cubrir con sus armas el acceso trasero. Falta una hora para que anochezca en ese lado del planeta. Esperaremos a que la guarnición este en la cama. Vamos a intentar apresar a todos los técnicos con vida: solo faltaba que después de venir hasta aquí nos carguemos a Romeo.

Cuatro horas después, los sensores de la nave que ya estaba situada en la órbita, detectaron que la mayor parte de los signos de vida no se movían. Para esquivar los sistemas de detección, la nave entró por el otro lado del planeta y a toda velocidad se aproximó al valle por el que se iban a aproximar a la base.

El grupo desembarcó en el punto previsto, y mientras se acercaban con sus equipos de visión nocturna a la plataforma de aterrizaje, la alférez Palermo situaba la nave con sigilo en la zona trasera y activaba las armas.

Llegaron a la explanada y vieron que había un guardia apoyado en la puerta mientras bebía de una botella. Marta hizo una señal con la mano y se deslizó con sigilo por detrás del soldado. Rápidamente y sin darle opción, le atacó por detrás y mientras le tapaba la boca le metía el cuchillo varias veces en el costado. Mientras el resto del equipo se dirigían a la entrada, colocaron cargas explosivas en las dos naves que había. En fila y encarando las armas, entraron por el pasillo central y se dirigieron hacia el control central dónde en ese momento había tres técnicos trabajando. Los apresaron sin dificultad y en silencio.

—¿Queréis vivir? —preguntó Marta utilizando el traductor universal. Los tres afirmaron enérgicamente—. Nos vais a llevar al dormitorio de los técnicos, —y mirando a uno de sus compañeros añadió—: descarga todos los datos de los computadores y coloca cargas.

Salieron al pasillo y los técnicos entraron por otro pasillo dónde había media docena de puertas y las señalaron. Fueron entrando en las habitaciones y sacando en silencio a sus ocupantes entre los que estaba Romeo.

—Quitadles lo teléfonos y encerrarlos en una de las habitaciones, —y señalando a Romeo dijo—: a este nos lo llevamos.

Después salieron del pasillo y regresaron al principal dónde Marta se abrazó con el activo.

—¡Joder Marta! —susurró Romeo—. Creía que ya no venias.

—¿Los que están ahí son todos militares? —preguntó Marta señalando las dos grandes habitaciones dónde había más signos de vida. Romeo afirmó—. No los podemos dejar vivos: granadas.

Todos cogieron las granadas y al mismo tiempo abrieron las puertas de las habitaciones y las arrojaron dentro. Las cerraron otra vez y empezaron las explosiones y después los lamentos y los gemidos de dolor.

Salieron corriendo al exterior y por el comunicador Marta llamó a Palencia que rápidamente aterrizó en la explanada. Subieron a bordo y mientras despegaban ordenó destruir las naves y la sala de operaciones.

—Marta, hay una antena de comunicaciones en ese cerro, —dijo Romeo señalando un promontorio cercano.

—Lo veo,— y sin esperar la orden la alférez Palencia se dirigió a él y disparó destruyendo la antena. Después, continuo el ascenso hasta que salió a la órbita.

—Destruye esa plataforma, —ordenó Marta y Palencia empezó a disparar con sus cañones de particular hasta que comprobaron que los restos empezaban a precipitarse hacia la atmósfera—. Muy bien chicos: vámonos.

—Espero que esta vez me des un beso, —dijo Romeo.

—Eso no estaba en el trato, y no te pongas pesado que te desembarco.

—Coño Marta, pactamos dos años y casi se ha doblado: yo creo que me lo he ganado, —insistió.

—Bueno, cuándo lleguemos a casa ya veremos. Además, en este último año no hemos detectado ningún dispositivo nuevo.

—¡Joder tía! Que me quedé sin dispositivos.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 64
  • 4.64
  • 13

Soy un escritor aficionado sin ningún tipo de pretensión: solo quiero contar historias.

Tienda

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta