cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

14 min
El Baldío (capitulo 52)
Ciencia Ficción |
19.08.21
  • 0
  • 0
  • 247
Sinopsis

En el capitulo de hoy: hay cambios en la estructura militar en El Baldío.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

 

Concluida la reunión, y mientras Marta y Luque recogían sus cosas comentando algunos aspectos de su intervención, Cortabarria se acercó al presidente y al canciller.

—¿Qué les ha parecido? —les preguntó cuándo estuvo junto a ellos.

—Que en el consejo Xelar nos va a tocar discutir muchas cosas, —dijo Tórkurim— pero en principio Marta tiene razón: no podemos ir con las dos flotas tan al interior del espacio tardasiano.

—Eso está claro, por lo tanto, tendremos que estudiar las otras opciones que ha expuesto Marta, —añadió el presidente—. Aunque supongo que vosotros tendréis problemas en ese aspecto.

—Con toda seguridad. El Consejo y la Asamblea Popular pueden autorizar acciones puntuales dentro del espacio tardasiano, pero es difícil que autoricemos un programa de ataques sistemáticos con naves corsarias.

—En mi opinión, —dijo Cortabarria— tenemos que destruir los yacimientos estratégicos de Tardasia que están próximos a nosotros, y que si no recuerdo mal, son más de un tercio del total.

—Eso si lo puedo conseguir, —afirmó Tórkurim.

—En cuánto a lo otro, podemos hacer operaciones con naves de la flota en lugar de naves encubiertas corsarias: ataque y destrucción, y regreso a casa.

—Eso es más factible, incluso para nosotros, —apuntó el presidente.

—Sí que lo es. En fin ya veremos, —y con humor añadió—: cuándo regrese a Knysna voy a estar entretenido.

—Y yo en unos días tengo que ir a la Tierra: si quieres te cambio el sitio, —se ofreció el presidente riendo.

—¡No jodas! Por más que leo sobre la tropa que tenéis allí, alucino. ¿Qué ocurre ahora?

—Nada, nada, hay varios países, algunos africanos, que han concluido las reformas legislativas para poder llegar a acuerdos con nosotros. Voy a visitarlos y además, interesa que los chinos me vean por allí de vez en cuando, para que no se crean lo que no es.

—Entiendo. ¿Y sobre el tema refugiados?

—No vamos a permitir una avalancha incontrolada de refugiados tardasianos porque desestabilizarían unos sectores que ya son seguros. Si solamente fuera por cuestiones económicas, en condiciones normales intervendríamos en origen fomentando las inversiones para que la gente no se tenga que ir, pero no es el caso: esa gente huye principalmente porque esta aterrorizada, —y mirando a Cortabarria añadió—: pásate esta tarde y lo hablamos, y sobre Marta, yo cada vez lo tengo más claro.

—Yo también, —corroboró Tórkurim.

—De acuerdo, pues esta tarde lo concretamos.

—A la orden, —bromeó el canciller.

 

 

Al día siguiente, embarcaron en el República que les iba a llevar de regreso a Mandoria. Cuándo estuvieron instalados, Cortabarria y Torremartin se reunieron en el despacho de este último y llamaron a Marta y a Luque.

—Buenos días mi señora. Mi señor, —saludó Marta al entrar, lo mismo que hizo Luque.

—Sentaros con nosotros, —dijo el almirante. Cortabarria y él estaban sentados en un sofá y dos sillones a juego que rodeaban una mesa baja situada en un rincón de su despacho. Inés, preparaba café en una pequeña cocina y lo llevó mientras las recién llegadas se sentaban.

—Mi señora, si necesitan algo, —dijo Inés haciendo el gesto del teléfono con la mano.

—Gracias Inés, —después mirando a Marta la dijo entregándola una tableta—. Toma, haz los honores.

Marta cogió la tableta y empezó a leerla. Después miró a Luque y empezó a leer—. Por la presente orden, y con el acuerdo del almirante general de la Armada, Juan Torremartin, acordamos ascender a la capitana de corbeta Alicia Luque al empleo de capitana de fragata desde el momento de lectura de esta orden. Firmado: Cortabarria, capitán general en El Baldío.

Marta se levantó rápidamente y abrazó a una muy sorprendida Alicia Luque que no era capaz ni de hablar. Los demás también se levantaron y la abrazaron.

—Gracias mi señora, gracias mi señor… —logró decir finalmente.

—A mi no me des las gracias que yo no tenía ni idea, —la interrumpió Marta riendo, y después mirando a Cortabarria añadió—: hubiera sido un detalle.

—Dame eso anda, —dijo Cortabarria cogiendo la tableta. Estuvo buscando y finalmente activo un archivo—. Por la presente orden, y con el acuerdo del almirante general de la Armada, Juan Torremartin, acordamos ascender a la contralmirante Marta Buendía al empleo de vicealmirante desde el momento de lectura de esta orden. Firmado: Cortabarria, capitán general en El Baldío. Vicealmirante Buendía: enhorabuena.

La ahora sorprendida Marta fue la que se quedó sin palabras, y era Luque la que la daba besos. Después, Cortabarria y Torremartin se acercaron y la abrazaron mientras la besaban.

—Venga chicas sentaros que tenemos cosas que hablar, —dijo Cortabarria sentándose también y dando un sorbo de sus cafés—. Muy bien Alicia, hasta nueva orden y de manera interina pasas a dirigir el CCI, —y mirando a Marta dijo—: y tú calladita.

—Pero mi señora, —dijo Luque con cara de susto— Marta tiene unas cualidades que yo no tengo y para dirigir este departamento…

—¿Crees que no esta preparada? —la interrumpió Cortabarria mirando a Marta.

—Creo que está perfectamente preparada, —respondió con el ceño fruncido.

—Pero Marta conoce a la perfección cómo funcionan nuestros servicios de información porque ha trabajado con ellos… y además, tiene la mala leche suficiente para cagarse en la madre que los parió cuándo es necesario, —dijo Luque y todos se echaron a reír— y yo no. He aprendido muchísimo de ella…

—La mala leche también, —insistió Marta—. Además, tenemos gente en el departamento que conoce perfectamente la dinámica de los servicios de información. Puedes hacerlo perfectamente, además es temporal…

—No es temporal Marta, es definitivo, —la interrumpió Cortabarria—. De eso hablaremos más tarde.

—Pero has dicho que es interino, —dijo Marta—. No lo entiendo.

—No queremos a un, digamos “extraño” dirigiendo ese departamento, —intervino Torremartin—. Recuerda que cuándo creaste el CCI, te ascendimos a capitán de navío. Luque ahora ya es capitán de fragata, pero tenemos que esperar unos meses para volver a ascenderla.

—Mientras tanto, lo dirigirá interinamente y tú seguirás siendo oficialmente la titular, —añadió Cortabarria.

—Mira Marta, —dijo el almirante— su juventud nos asegura una continuidad larga en ese cargo. ¿Sabes por qué confiamos en ella? Porque confiamos en ti, y tu siempre que tienes oportunidad la elogias.

—Alicia, de todo esto, no puedes hablar con nadie, ni siquiera con tu familia: es muy importante, —dijo Cortabarria y Luque asintió con la cabeza—. Crea tu propio grupo de confianza, trabaja cómo quieras, pero ten algo muy en cuenta, no voy a permitir que el nivel del trabajo del CCI baje. ¿Está claro?

—Perfectamente claro mi señora.

—Si todo va bien, dentro de unos meses, para final de año más o menos, te ascenderemos a capitán de navío y te nombraremos oficialmente para el cargo, —dijo Cortabarria—. Y ahora déjanos por favor, que tenemos que hablar con esta.

—A la orden mi señora, —se levantó y salió del despacho.

—Muy bien cariño…

—¿Qué estáis tramando? —soltó Marta interrumpiéndola cuándo vio que la puerta se había cerrado.

—¡A ver niña no te alborotes! —exclamó Torremartin.

—Mira cariño…

—¡Dejaros de niñas y cariños! ¿Qué está pasando?

—¡Me cago en la leche Marta! ¿Me vas a dejar que te lo explique? —exclamó Cortabarria aplicando la técnica de la coz.

—Si me señora, lo siento.

—Gracias Marta, —dijo Cortabarria con el ceño fruncido—. Vamos a empezar a reformar el Estado Mayor Conjunto para por un lado rejuvenecerlo, y por otro modernizar ciertas estructuras para hacerlas más ágiles y operativas. Queremos que seas una pieza importante en esa renovación.

—¡No me jodas!

—No Marta, —dijo Cortabarria con humor—. Recuerda que yo lo hago con Inés.

—Y tú con Esther, —añadió el almirante riendo.

—Dejaros de chorradas.

—Todavía no es momento de bromas, —dijo Torremartin mirando a Cortabarria. Esta se levantó, se fue a por Marta y empezó a llenarla de besos.

—No entiendo cómo te puedo querer tanto, —la dijo mientras Marta intentaba zafarse.

—Termina que ahora voy yo con los míos, —bromeó Torremartin amagando con levantarse.

—Ni se te ocurra, —dijo Marta poniéndose seria cuándo Cortabarria dejó de besarla—. ¿Me vais a decir de una puta vez que es lo que pasa?

—Quiero que seas mi nuevo jefe del Estado Mayor conjunto de la Defensa, mi nuevo JEMACON.

—¿Pero que dices? —dijo Marta poniéndose de pie de un salto—. ¿Se os ha ido pinza?

—Tranquilízate Marta, —dijo Cortabarria—. Es un asunto muy meditado y…

—¡Una mierda lo habéis meditado! —bramó Marta que estaba fuera de si—: ¡No me lo puedo creer!

—¡A ver niña, vale ya de voces! —gritó Torremartin poniéndose de pies—. ¡Siéntate ahora mismo y no me toques los huevos!

Marta le miró por algo tan sorprendente cómo que el almirante la gritase. Después se sentó y miró a Cortabarria—. ¿Te das cuenta de que me equiparas a ellos? —la preguntó señalando al almirante—. Eso no puede ser.

—A ver Marta, el que sean amigos tuyos no significa…

—Es que son mucho más que amigos, —la interrumpió—. Igual que tú, siempre han estado ahí para apoyarme ¡joder! Para mí todos vosotros sois cómo Dios.

—Y tú vas a ser nuestra diosa, —dijo el almirante riendo—. Venga Marta no seas boba. Tienes un potencial de la hostia y parece que la única que no lo quiere ver eres tu misma.

—Cariño, lo que no puede ser es que tengamos que estar dándote patadas en el trasero para que avances en tu carrera.

—Mi carrera se acabó cuándo perdí a tres compañeros, a tres hermanos y Esther se quedó manca, —dijo Marta con los ojos brillantes—. El resto ha sido prestado gracias a ti.

—Pues tú dirás lo que quieras, —dijo Torremartin— pero en ese tiempo has prestado unos servicios a España y a Hispania que te han llevado a que vayas a ocupar uno de los cargos más importantes de las Fuerzas Armadas.

—Pero yo no tengo ni puta idea del JEMACON. ¡Joder! Que Castro lleva incluso los servicios sanitarios. Además, ¿Qué va a pasar con él?

—Con el pasa que se quiere jubilar el año que viene, —dijo Cortabarria

—¡Joder! ¿El también? —dijo mirando al almirante y este asintió.

—Paco salió de la academia dos promociones antes que yo, —dijo Cortabarria—. Va a seguir por lo menos hasta fin de año. Mientras tanto estarás con él empapándote de todo.

—Y más cosas jovencita, —dijo Torremartin sonriendo—. ¿Sabes que para ascender al almirantazgo hay que hacer un curso?

—¡Eh! Sí.

—¿Y lo has hecho?

—Pues… no.

—Pues ya es hora, ¿no crees?

—Además del temario de la Armada, te vamos a preparar más contenidos extras que te van a encantar, —la informó Cortabarria con una sonrisa—. Durante unos meses te lo vas a pasar “pipa”.

—Y yo voy a supervisar personalmente tus estudios, —añadió Torremartin.

—Habrá que ver que dice el presidente de esta locura, —afirmó Marta.

—El presidente apoya esta locura, —dijo Cortabarria riendo—, y Tórkurim también. Que no te libras cariño.

—Todavía puedo irme a algún tugurio de la ciudad viaja y liarme a hostias con algún talíssio, —bromeó Marta que se la empezaba a ver más animada.

—Te tendrás que llevar también a tus escoltas.

—¿Qué escoltas? ¡Ni hablar! —se cabreó otra vez Marta.

—Sabes muy bien que en tu nuevo puesto tienes que llevar escoltas.

—¡De eso nada! Me niego.

—Pues no te queda más cojones. Además, así puedes darle besos a Esther y a los demás cuándo salgas de casa por las mañanas, —dijo Cortabarria riendo—. Sí, eso que no te gustaba que hiciera contigo.

—No es lo mismo, —dijo Marta sin mucha convicción.

—Además, te tendrán que adjudicar otra vivienda.

—Eso sí que no.

—Pero con tu nueva graduación tienes derecho a…

—No, no, no. Con eso no transijo, —dijo Marta poniéndose muy seria—. Para nosotras es suficiente y la niña ya se ha hecho a esa casa. Y además nos pilla muy cerca del colegio.

—Bueno vale: la casa no.

—Bueno, pues solucionada la primera embestida de Marta, —bromeó Torremartin provocando la risa de Cortabarria—. Vamos a lo concreto. En unas semanas te embarcas conmigo en el República. Estarás más o menos un mes, y antes de que digas alguna chorrada, es preceptivo del curso de ascenso al almirantazgo.

—Y mucho ojo con iros de correrías, —advirtió Cortabarria señalándolos amenazadoramente con el dedo.

—¡Joder Itziar! ¿Cómo puedes pensar eso de nosotros, —dijo el almirante poniendo cara de inocente.

 

 

Cuándo llegaron a Mandoria, durante unos días estuvo trabajando en el CCI para que Luque no tuviera ningún problema en la transición. Después, comenzó el plan de estudios que la había preparado.

—Me han dicho que vas muy bien con los estudios, —dijo Cortabarria una tarde que había ido de visita a la casa de Marta. Era sábado y estaban en la piscina dónde la niña y Mira jugaban en el agua, mientras ellas con los bañadores y en toples estaban sentadas en las tumbonas.

—Estoy hasta las tetas, —dijo bajando el volumen para que la niña no la oyera.

—Pero si solo llevas tres semanas.

—Pues se me está haciendo eterno.

—Es que en las primeras semanas todo son reglamentaciones, normas y legislación.

—Hoy he estado estudiando la reglamentación de instalación y uso de retretes portátiles. ¡Te cagas! Y nunca mejor dicho.

—¿Y cuándo vas a embarcar?

—Dentro de una semana. Juan tiene que ir a inspeccionar las nuevas bases navales de Kradock y Purulk Kahu y cómo van a ser tres semanas cómo mínimo quiere aprovechar, —dijo Marta—. Por cierto, que esa es otra. ¡Joder! Que me siento cómo cuándo me embarqué cómo guardiamarina en el Juan Sebastián el Cano.

—¡Qué exagerada! —exclamó Cortabarria riendo.

—De exagerada nada, que Juan quiere embarcar también a mis profesores.

—Eso esta bien. Así no tienes tentaciones de liarte de peleas multitudinarias.

—¡Joder Itziar! Eso fue una tontería, pero no por nuestra parte. Lo que pasa es que se fue de las manos por el tema de las apuestas. Por cierto, que ganasteis una pasta.

—Ya te digo, pero ahora en serio. ¿Qué sacas de esas peleas, por qué tienes ese afán por pelear? Dime la verdad.

—Hasta que nació Itziar, cuándo peleaba me sentía viva, incluso creo que era feliz. Dependía de mí misma y me sentía tremendamente poderosa. Y me estoy refiriendo a los combates en Riggel o en los bares que para mí eran lo mismo.

—¿Y en las misiones?

—Eso es distinto, es mi trabajo y mi obligación cómo militar y cómo española.

—¿Y de la del República? —insistió Cortabarria—. ¿Qué sacaste de esa pelea, por qué lo hiciste?

—¿Sinceramente? Me jodió un comentario que hizo Juan, que lo hizo de broma ya le conoces, pero la verdad…

—Pero ¿qué te dijo?

—Que los chicos pensaban que ya estaba… “acabada”.

—La madre que le parió.

—No fue culpa suya, fue culpa mía que soy una gilipollas.

—Eso no lo dudes.

—De todas maneras, reconozco que ya no soy la que era: me costó Dios y ayuda ganarles y me dieron hostias… lo que no está escrito.

—¡Genial! Así ya no te peleas nunca más con tres talíssios, —dijo Cortabarria riendo.

—¿Con tres? ¡No jodas! —exclamó Marta riendo también—. Con uno si, con dos… tal vez.

—¡Joder Marta!

—Eso no se dice abuela, —dijo la niña que había salido de la piscina tiritando. Rápidamente, su madre la envolvió en una toalla y la sentó en su regazo.

—Desde luego, hay que ver con la abuela, —dijo Marta riendo.

—Lo habrá aprendido de ti mami, —soltó la niña y dejó a su madre con la boca abierta mientras Cortabarria y Mira se partían de la risa.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 64
  • 4.64
  • 13

Soy un escritor aficionado sin ningún tipo de pretensión: solo quiero contar historias.

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta