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14 min
El Baldío (capitulo 53)
Ciencia Ficción |
26.08.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: llega la Navidad.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

 

Habían llegado las esperadas Navidades de 2.038 y por fin Marta había concluido los estudios de ascenso al almirantazgo y todos los extras que habían ideado para, según ella, martirizarla. Había cogido dos semanas de vacaciones, de las muchas que la debían, para poder estar con su hija, la pequeña Itziar, a la que había visto poco en los últimos meses.

Ese día estaba siendo intenso. Por la mañana habían decorado como árbol de Navidad, un gran ejemplar que había delante de la casa y que era lo más parecido a un abeto que había en Mandoria. Le había puesto muchas luces y lo llenaron de espumillón y brillantes bolas de colores.

Después de comer, prepararon el Belén en un rincón del salón. Lo querían tener todo preparado para el día siguiente porque tenían invitados para cenar. Mientras colocaba la figuritas bajo la estricta dirección de la niña, recordaba cómo hacia casi veinte años, con veintitrés, había salido de la Escuela Naval de Marín. Recordó a sus tres compañeros muertos, sus tres hermanos de armas, y los ojos se le humedecieron. La niña se dio cuenta y rápidamente de abrazó a su madre.

—Mami, ¿por qué lloras?

—Estoy llorando de alegría por estar con mi mayor amor, —respondió Marta llenándola de besos—. Te quiero mi amor.

—Yo también te quiero mucho mami.

—¿Cómo la trucha al trucho? —bromeó Marta riendo.

—¿La trucha al trucho? —dijo la pequeña Itziar sorprendida— ¿Qué es eso?

—Es algo que me decía mi mama cuándo era pequeña. Cuándo seas mayor lo entenderás.

 

 

Esa noche, la pequeña Itziar se fue a dormir a su habitación, pero por arte de magia amaneció en la cama de su mama, con su beneplácito. Cuándo por la mañana Mira la descubrió, miró a Marta con el ceño fruncido y ella se limitó a encogerse de hombros. La verdad es que estaba encantada.

Cuándo por fin lograron sacarla de la cama, se fueron a terminar de comprar algunas cosas que faltaban para la cena de la noche. La pequeña Itziar estaba de los nervios. Después de comer, durante parte de la tarde no hacia nada más que mirar por la ventana para ver si llegaban sus invitadas.

La primera fue Esther, que llegó a media tarde con un vestido corto de color negro y una botella de cava en la mano. Llegó pronto para echar una mano a Mira con la cena, aunque la verdad es que estaba todo controlado.

—Vienes pronto tita Esther, —dijo la niña que estaba entusiasmada, después de abrazarse a ella.

—He venido pronto para ayudar a tu tía Mira con la cena, —la contestó mientras la llenaba de besos.

—No hace falta tía: ya la ayudo yo, —dijo Marta.

—Marta, cuánto más lejos estés de la cocina mejor, —respondió Esther y mirando a la niña dijo—: Tu mama tiene muchas cualidades, pero la cocina no es una de ellas.

—Creo que tienes razón tita porque la tita Mira dice lo mismo, —dijo la pequeña Itziar.

—¡Pero bueno, será chismosa! —exclamó Mira riendo.

—¡Joder! Que no voy a envenenar a nadie, —dijo Marta.

—Mami, has dicho una palabrota, —afirmó la niña cuándo la puerta se abrió y Cortabarria e Inés entraron a la casa. Esta última con un vestido corto azul y la primera con pantalones y blusa. Cada una traía también sendas botellas de cava—. ¡Mami, mami, la abuelita y la tita Inés!

Rápidamente se bajó de los brazos de Esther y se lanzó a los brazos de su abuela que la llenó de besos.

—¿También venís a cocinar? —preguntó la niña mientras pasaba a los brazos de Inés.

—La verdad es que si, —admitió Cortabarria sorprendida.

—¡Otras dos igual! —exclamó Marta.

—Vamos Marta, —dijo Mira que había llenado unas copas de vino blanco y las estaba repartiendo, aunque a Esther la dio una cerveza—. Que cocinas cómo el culo.

—¡Hay que joderse! —exclamó Marta haciendo aspavientos mientras todos reían, incluso su hija.

—Mama ha dicho otra palabrota, —dijo la pequeña Itziar y haciendo un gesto característico con la mano añadió—: menudo día lleva.

—Me voy: no os quiero ni ver, —dijo Marta dándose la vuelta.

—Vale, pero a la cocina ni se te ocurra entrar, —dijo Mira riendo.

—Itziar, cariño, vete a por mama que se ha escapado y no la he dado dos besos, —dijo Cortabarria y la niña salió corriendo y regresó tirando de la mano de su mama. Inmediatamente la abrazó y la dio una buena ristra de besos—. Cuidado que eres saboría.

—Eso se lo has copiado a Juan, —dijo Marta riendo.

—Por supuesto. Cómo buen marino sevillano tiene un vocabulario muy… florido, —afirmó Cortabarria.

—No me puedo creer que no le vaya a ver por el Cuartel General, —dijo Inés con cara de pesar—. Siempre tan cariñoso, tan afable.

—A mí me pasa lo mismo, —dijo Esther mientras se sentaban en el sofá.

—Se ha ganado de sobra la jubilación.

—Por supuesto.

—Recuerdo la primera vez que me llamó ”niña”, —dijo Inés—. Me sentó mal, no me gustó, pero luego me di cuenta de que se lo decía a todo el mundo: hombres y mujeres.

—Pues el almirante Felipe Marchena es muy parecido: igual de afable y bromista, —dijo Cortabarria—. Además, lo propuso Juan.

—Es sevillano como él, —apuntó Marta.

—Pues el siguiente es Paco Castro, —afirmó Esther.

—Tenéis que haceros a la idea de que vamos uno detrás de otro, —dijo Cortabarria—. Juan y Paco ya prorrogaron su jubilación, igual que Pepe, Teo y yo.

—Pero…

—Paco es de una promoción anterior a la mía, y Teo Reding de una posterior. Pepe y yo somos de la misma: nos conocemos desde la academia de Zaragoza.

—¿No estarás pensando en jubilarte? —preguntó Inés alarmada.

—Cariño, es que me tengo que jubilar. Que quieres, ¿qué venga a trabajar con la garrota? —bromeó Cortabarria, aunque lo estaba diciendo en serio. La pequeña Itziar estaba en ese momento sentada sobre sus piernas—. Además, tengo que ocuparme de esta preciosidad.

—Para eso ya esta Mira, —dijo Marta con el ceño fruncido—. ¡No te puedes jubilar!

—Además, ¿quién te va a sustituir? —preguntó Esther—. Yo siempre he pensado que seria Reding.

—Pero si ya os he dicho que Teo es un año más joven que yo. Esa decisión le corresponde al presidente.

—¿Pero ya has hablado con él? —preguntó Marta.

—Claro que sí: hace tiempo.

—¿Y? —Marta empezaba a perder la paciencia—. ¡Quieres decirnos algo de una puta vez!

—Marta, por favor, —dijo Cortabarria tapando las orejitas de la pequeña Itziar.

—No te preocupes abuelita: ya estoy acostumbrada.

—Lo siento mi amor, —dijo Marta cerrando los ojos para tranquilizarse mientras acariciaba a la niña.

—No os puedo decir nada: lo tenéis que comprender.

—Pero ¿tú sabes quién va a ser? —preguntó Inés.

—Digamos que tengo una idea. Solo os voy a decir una cosa y vamos a dejar esta conversación, —dijo Cortabarria—. El presidente no quiere estar nombrando un nuevo JEMAD cada cierto tiempo, por eso quiere a alguien joven, cómo cuándo me nombraron a mí.

—¿Me lo dices en serio, un jovenzuelo descerebrado? —bromeó Inés—. El próximo día voy a preguntar cuándo me puedo jubilar yo también.

—Tu sustituto nombrara un nuevo equipo… —empezó a decir Marta.

—Por supuesto, —afirmó Cortabarria.

—… entonces ¿qué pinto yo en todo esto?

—En principio, vas a sustituir a Paco, y luego vas a seguir ligada al Estado Mayor porque tu nombramiento está avalado por el presidente. Además, me ha pedido que continúe al menos un año más.

—No, si al final vas a terminar tú de JEMAD, —dijo Esther soltando una carcajada.

—Y al día siguiente invado Tardasia, —afirmó Marta riendo también.

—Entonces a los Xelar si que les da algo, —dijo Inés.

—¿Os dais cuenta de que somos todas chicas? —preguntó Cortabarria.

—¿Para que queremos hombres? —preguntó a su vez Marta—. ¡Las chicas al poder!

—Hombre, son muy útiles… un ratito solo, pero lo son, —afirmó Inés.

—Para mí, Teo, Pepe, Juan y Paco son imprescindibles, pero en el sentido al que se refiere Inés no, —dijo Cortabarria—. Despertarme al lado de un tío roncando no me llama la atención.

—Yo es que no les doy esa opción, —dijo Inés—. Usar y tirar.

—Ya esta Inés y sus correrías por los tugurios de la zona vieja de la capital, —dijo Esther riendo.

—Itziar, mi amor, no las has enseñado el Belén, —dijo Marta cambiando de tema y señalando el montaje que había en un extremo del salón.

—Si abuela: vamos, vamos, —dijo la pequeña Itziar bajando de las piernas de su abuela y tirando de su mano—. Y vosotras también.

Todas se levantaron y se acercaron a la mesa alargada y se pusieron a mirar las figuras.

—Este Belén es muy raro, —dijo Cortabarria—. ¿Dónde está el portal con el niño…?

—Abuelita, no hay eso: ¡somos ateas! —afirmó la niña. Sus palabras provocaron las risas de todas.

—Esto es el Estado Mayor, —dijo la niña señalando una construcción abierta—. Y ahí estás tú, y la tita Inés y la tita Esther.

Las tres se inclinaron para verlo mejor y comprobaron que efectivamente eran ellas.

—¿Y esto? —preguntó Esther mirando a Marta.

—Conozco un artesano que trabaja algo parecido a la arcilla y se las encargué.

—Y aquí estamos la tita Mira y yo, —dijo la niña señalando otra casa, y después señalo un convoy de vehículos militares—. Y estos son buzos de la Armada cómo mama.

—Cómo si fueran los reyes magos, —dijo Marta riendo.

—¿Y mama dónde esta? —preguntó Inés.

—Con los buzos, —afirmó la pequeña Itziar sorprendida.

—Entonces la tita Esther tendría que estar también con los buzos, —afirmo Cortabarria.

—¿Y entonces quien te protege abuela? —preguntó la niña con cierta impaciencia, provocando las risas de los demás.

—¿Y esa nave? —preguntó Inés señalando una nave que estaba colgada del techo.

—Me resulta familiar, —dijo Esther.

—Es la Campeadora, la estrella de oriente, —dijo Marta.

—En la Campeadora, mama y la tita Esther se fueron a visitar a los malos, —las palabras de la niña provocaron un mar de risas en todas.

—Seguro que todavía se acuerdan, —afirmó Cortabarria.

—¿Es mi impresión o a la niña se la ve muy despierta? —preguntó Inés cogiéndola en brazos.

—El doctor Orxim dice que si, —respondió Mira— que está mucho más espabilada de lo normal.

—Estoy muy espabilada, —dijo la pequeña Itziar afirmando también con la cabeza, y después se echó a reír igual que las demás.

—Pero que payasa es, —dijo Marta que estaba henchida de orgullo.

—Vamos a meter las botellas de cava en la nevera, —dijo Esther.

—No os preocupéis, vamos a beber otra cosa que os va a gustar más, —dijo Marta.

—¿Más que esto? —preguntó Esther—. Esta botella me ha costado una pasta.

—Ha traído champán, —afirmó Mira—. Con un nombre muy raro.

—¿Champán… del francés? —preguntó Cortabarria— pero si Francia esta hecha una mierda.

—Buena parte de la región de Champaña se salvó de la guerra y además ya no es Francia, —dijo Marta— ahora es Bélgica. Hace tiempo que están produciendo otra vez.

—¿Y que es Moët…?

—Nada, nada, Veuve Clicquot, —la interrumpió Marta—. Cosecha de 2.026.

—No sé que marca es esa, pero suena a muy caro, —afirmó Inés.

—Para mis amigas lo mejor.

—Pues a ver si traes también unos buenos carabineros de Huelva y no de los que están criando en Nueva España, —dijo Esther.

—¿Y cómo sabes que no lo he hecho? —la preguntó con una sonrisa mientras la guiñaba un ojo.

—¡No me jodas! —exclamó Esther mientras Mira asentía.

—Vamos a tener que venir más a menudo a cenar contigo, —afirmó Cortabarria mientras las demás reían.

—No sé yo, que me resultáis muy caras, —bromeó Marta.

—Lo que más me sorprende es que hayas traído un vino francés en lugar de uno español, —dijo Inés—. Precisamente tú que te pasas de española.

—Eso si es cierto, —bromeó Esther—. Eres más española que la bandera.

—Que tendrá que ver, lo que es bueno es bueno, sea de dónde sea. Además, ya no es francés: ya os he dicho que ahora es belga, —dijo Marta—. Y dejaros de gilipolleces y vamos a terminar de preparar la cena.

—Hacia un rato que mama no decía una palabrota, —afirmó la pequeña Itziar. Todas se echaron a reír mientras Cortabarria se la comía a besos.

—¿Por qué no bajas con la abuela al gimnasio y la enseñas lo que has aprendido? —propuso Mira a la niña.

—Sí, sí, vamos abuelita.

Las dos bajaron al sótano dónde además del despacho de Marta estaba un pequeño gimnasio. Durante unos minutos estuvieron abajo hasta que escucharon que las llamaban.

—Oye, menudos puñetazos le pega al saquito ese que la has puesto, —dijo Cortabarria.

—¿Y has visto la técnica que tiene, cómo gira el tobillo cuándo golpea?

—Claro que lo he visto, pero ¿no es muy pequeña para ir dando puñetazos?

—Ya soy mayor, tengo estos, —dijo la pequeña Itziar mostrando cinco dedos con la mano.

—No tienes cinco años, que te quedan todavía dos meses mentirosilla, —dijo Marta cogiéndola en brazos—. A ver, dile a la abuela que hemos hablado tú y yo.

—Que no le puedo pegar a nadie, pero si me puedo defender.

—¿Y que más?

—Que tengo que avisar al otro niño al menos dos veces.

—Muy bien mi amor, —dijo Marta dándola un beso. Después miró a Cortabarria y añadió—: todo controlado.

 

 

Un par de horas después ya habían cenado y estaban sentadas en los sillones del salón con sus copas de champán.

—¿Ya has elegido casa nueva? —preguntó Cortabarria.

—No, no queremos cambiarnos de casa, —dijo Marta—. Esta nos gusta mucho: ya te lo dije.

—Pero, tienes derecho a cambiar de casa por el nombramiento.

—Ya lo sé, pero ya te he dicho que nos gusta esta.

—Además, tenemos arriba dos habitaciones sin ocupar, —añadió Mira—. Y la niña esta muy hecha a esta casa.

—Estamos pensando en comprarla.

—¿Se puede? —preguntó Esther.

—Si, en ciertas circunstancias se puede y nosotras las cumplimos, principalmente por la niña, —afirmó Marta.

—Además, voy a empezar a trabajar, —anunció Mira. Sus palabras levantaron un buen número de felicitaciones y muestras de apoyo.

—Eso es fantástico, —dijo Inés—. ¿Y de que?

—Voy a dar clases de apoyo en la Universidad a Distancia. Lo he podido compaginar con el horario escolar de Itziar.

—¿Clases de qué? —preguntó Esther.

—De lo mío de Trabajo Social: tengo dos títulos superiores y un máster.

—De todas maneras, cuándo me jubile, yo puedo ocuparme de llevar y recoger a esta personita tan preciosa, —dijo Cortabarria dando a la pequeña Itziar otra tanda de sonoros besos—. Lo que si quiero es que me confirméis cuándo vais a comprar esta casa.

—La verdad es que ya lo tenemos decidido…

—Genial, pues me voy a buscar algo por aquí cerca: así estoy cerca de vosotras. Incluso Inés, si quiere, se puede venir conmigo.

—Primero quiero ver a dónde me destinan, —dijo Inés—. Luego ya veremos.

—Cómo JEMACON, Marta tiene derecho a tener un asistente personal, —dijo Cortabarria.

—Si es Inés sí, pero había pensado en no tener a nadie: el asistente de Paco no me cae bien, —admitió Marta.

—Pero si es un tío muy majo, —dijo Inés—. ¿Ya estás con tus neuras?

—Ojo Marta que te manda otra vez con tu amiga la psicóloga, —dijo Esther riendo mientras señalaba a Cortabarria.

—Con ella no: la pobre no resistió la experiencia de psicoanalizar a Marta, —dijo Cortabarria riendo—. Pidió el traslado y se fue al hospital del complejo diplomático de Knysna.

—¡Hay pobre!

—Y porque no se podía ir más lejos.

Todas siguieron riendo y bromeando, hasta que la pequeña Itziar se quedó dormida. Su abuela la subió a su habitación y la acostó en su cama. Después, bajó y siguieron charlando y riendo hasta que finalmente las invitadas regresaron a sus casas.

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