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15 min
El Baldío (capitulo 55)
Ciencia Ficción |
09.09.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: continúan los preparativos para la sucesión de Cortabarría.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Había pasado un año y estaban próximas las Navidades del 2.039 para las que faltaban escasamente un mes. Ya se sabía oficialmente que Cortabarria se jubilaba y que esta vez era definitivo. Incluso había comprado la casa que había junto a la de Marta y ya estaba trasladando sus cosas, aunque no eran muchas.

En el Cuartel General se notaba cierta tensión en el ambiente. Había que sustituir a Cortabarria, a San José y a Reding, y las quinielas circulaban por todas las plantas del complejo militar. Incluso circulaban por las dependencias del Parlamento Confederal y por el Gobierno Civil de El Baldío. La única que estaba tranquila era Marta, que no estaba en ninguna quiniela, y solo se cabreaba y tenía que dar algún tirón de orejas cuándo la gente se distraía y descuidaba sus obligaciones.

—¡Cuándo seas el nuevo JEMAD harás lo que te salga de los cojones! —le gritó en una ocasión a uno de los ficticios candidatos delante de un gran número de personas—. Mientras tanto, a lo tuyo.

El aludido, rojo cómo un tomate, la miró con ojos asesinos y se metió en su despacho.

—Este seguro que me destituye, —bromeó Marta mirando a Anita su secretaria.

—Seguro que si, —afirmó Anita—. Cuándo te destinen a otro lado yo me voy contigo.

Se sabía que el presidente iba a llegar a Mandoria para anunciar los nombramientos, y el día de su llegada, todos los que eran algo en el Cuartel General, en el Parlamento Confederal y en el Gobierno Civil abarrotaban el puerto espacial.

El presidente bajó de la lanzadera y saludó a Cortabarria y al gobernador y después se dirigió a saludar a todos los demás que habían formado una larga fila que giraba por el fondo de la dársena. Incluso se había producido algunos codazos para hacerse con un buen sitio.

—No veo a Marta, —preguntó el presidente.

—Alguien tiene que quedarse en el Cuartel General, —bromeó Cortabarria.

El presidente empezó a saludar a todos que eran presentados por Cortabarria y por el gobernador. Cuándo finalizó, y mientras la fila se deshacía, junto con Reding hicieron un aparte.

—¿Cómo están las apuestas? —preguntó el presidente. Reding sacó una pequeña tableta del bolsillo y después de activarla se la dio—. ¡Joder! Algunos se van a llevar una sorpresa.

—Se ha levantado demasiada expectación y eso no es bueno, —afirmó el gobernador—. Alguno está demostrando poca profesionalidad.

—Sí, además he oído que Marta ha tenido que dar algún puntapié en el trasero a algún candidato especialmente distraído, —añadió Reding sonriendo.

—Mirad, hace tiempo que sabéis cual es mi decisión, pero antes de hacerlo oficial quiero entrevistarme con todos y conocerlos mejor, sobre todo porque no coincidís con los del ministerio, —dijo el presidente—. De los que están en la lista, algunos se quedaran en el camino, pero otros son el futuro de las Fuerzas Armadas, —y echando otro vistazo a la lista de apuestas añadió—: aquí hay gente que no está en mi lista y que no sé ni quienes son. Y gente de mi lista que no está aquí.

—Puestos a apostar, —dijo el gobernador.

—Está claro que los nuevos nombramientos se tomaran de acuerdo con el nuevo JEMAD, pero cómo ya he dicho quiero ir conociendo a la gente.

—Creo que es mejor empezar señor presidente, —dijo Cortabarria—. Así evitamos que a alguno le dé un infarto.

—Pues puede ser un sistema efectivo, —bromeó Reding—. Descarte por infarto.

—Sí, vamos para arriba, —dijo el presidente cuando dejaron de reír.

Durante toda la mañana, los candidatos que pertenecían al Cuartel General fueron pasando por una pequeña sala de reuniones dónde el presidente, en compañía de Cortabarria, Reding y el gobernador, los entrevistó. Pararon para comer y ya por la tarde se reunió con el resto de candidatos que tenían otros destinos.

—Marta, te llaman, —dijo Anita entrando en el despacho de Marta que en ese momento trabajaba en su computador.

—¿A mí? —preguntó con cara de extrañeza. Miró la hora y eran casi las siete de la tarde. Normalmente, a esa hora ya estaba en casa, pero dadas las circunstancias se había quedado hasta que terminaran las entrevistas.

Se puso los zapatos, siempre que iba a estar tiempo en el despacho se los quitaba, y se encaminó al largo pasillo que comunicaba las dependencias del JEMACON con las del JEMAD. Cuándo llegó, entró en la sala de entrevistas después de llamar a la puerta con un par de golpes.

—¿Me ha llamado mi señor? —preguntó al presidente.

—Si Marta, por favor siéntate. Cómo ya sabes, hay varios puestos que se van a quedar libres y estoy entrevistando a todos los posibles candidatos, y aunque mi decisión hace tiempo que esta tomada, quiero saber tu opinión.

—Con el debido respeto mi señor…

—Que si Marta, que ya sé que parte de los nombramientos los tiene que hacer el nuevo JEMAD, y bla, bla, bla, —la interrumpió con paciencia el presidente— pero yo quiero saber tu opinión sobre algunos nombramientos.

—Muy bien mi señor.

—¿A quién nombrarías para sustituir al general Reding cómo jefe del ejército?

—Al general Eduardo Soto, —contestó sin titubear y el presidente se puso a consultar sus notas.

—¡A tomar por culo! —exclamó riendo dejando las notas sobre la mesa mientras los demás sonreían—. No lo tengo entre mis notas, ni esta en la lista del ministerio, aunque recuerdo que Teo me habló de él, —y mirándole añadió—: ¿No habrás hablado con ella?

—Le doy mi palabra de honor de que Marta y yo no hemos hablado sobre este tema, —respondió el general Teodoro Reding—. Es el jefe del 6.º Ejército y de las Fuerzas de Intervención Rápida.

—Solo es mi opinión señor presidente, —dijo Marta.

—Vale Marta, pero ahora dime por qué crees que es la persona idónea.

—Porque pienso que al frente del ejército tiene que haber alguien que entienda a las tropas, que haya estado sobre el terreno y sufrido con ellas, cómo hace el general Reding que siempre esta en el Centro de Mando Avanzado y no pierde la oportunidad de ir a primera línea. No sé a quien tiene en esa lista señor presidente, pero estoy por asegurar que buena parte son de este Cuartel General o del de Nueva España, y hace tiempo que no se ensucian el uniforme: con el debido respeto, son… chupatintas.

—¿Sabes qué? —dijo el presidente—. Voy a disolver el Ministerio de Defensa: lo único que hacen es levantarme dolor de cabeza.

—Lamento oír eso mi señor, —dijo Marta—. Lo del dolor de cabeza.

—Marta, —dijo Cortabarria cómo advertencia.

—Lo siento mi señora.

—No Itziar, esta bien, —dijo el presidente—. Es reconfortante encontrar a alguien que para variar me dice la verdad. Os lo digo sinceramente, me gusta venir aquí porque me decís las cosas cómo son, en cambio…

—Pues Martita para eso es única, —dijo el gobernador.

—Me la voy a llevar a Nueva España para que reparta puntapiés por allí, —dijo el presidente riendo.

—Pero tiene que atarla corto que es muy burra y cuándo se pone a repartir… —bromeó Cortabarria y Marta asintió riendo.

—Me estáis tentando demasiado. Bueno, ¿cuándo puedo hablar con el general Soto?

—Esta de vacaciones con su familia en Raissa, —dijo Reding.

—¿Por qué no te llevas al presidente? —propuso Cortabarria a Marta—. Y así seguís hablando por el camino.

—¿Yo? ¡Eh! Si claro, por supuesto, —dijo Marta cuándo se recuperó de la sorpresa—. Pero me tengo que llevar a Esther: ella tiene su genética reconocida.

—No hay problema.

—Me he perdido, —reconoció el presidente.

—Marta tiene su propia nave… Xelar, —dijo el gobernador.

—¡Joder! ¿Todo el mundo tiene una nave Xelar menos yo? —afirmó el presidente—. ¿Y cómo es eso?

—Solo hay esas dos, —dijo el gobernador—. Y yo no tengo.

—Es una larga historia y además, mi nave no es cómo la de ella.

—Es una cañonera, —afirmó Reding riendo.

—¡Y dale! Que ya no lo es.

—Tiene cañones, —dijo Cortabarria para hacerla rabiar mientras le guiñaba el ojo al presidente.

—Y la tuya tiene lanza torpedos y no es un acorazado ¡Joder! —y mirando al presidente añadió—: me enteré que había una vieja cañonera en un desguace en Taügon, en espacio Xelar, y la compré. Después, unos conocidos la restauraron y la convirtieron en una nave de recreo.

—Pero la dejaron los cañones, —insistió Cortabarria.

—¿Y los Xelar no dijeron nada? —preguntó el presidente riendo.

—El canciller me autorizó a tenerla.

—¿Cuándo podemos salir?

—Ahora mismo, siempre tengo una bolsa de viaje preparada en el despacho.

—Pues entonces de acuerdo. Vamos, hablo con Soto y regresamos.

—Si vas a Raissa tienes que entrevistarte con el canciller, —dijo el gobernador.

—Vale, vamos, me entrevisto con Soto, veo al canciller y regresamos.

 

 

Un par de horas después, el presidente, Reding y Marta subieron a la nave en compañía de los equipos de escolta y los funcionarios de apoyo. Esther había llegado primero para que todo estuviera preparado y ya tenía los sistemas encendidos. El presidente y los funcionarios ocuparon los pocos camarotes que disponía la reconvertida cañonera, mientras que los escoltas se acomodaron en hamacas en el hangar.

Marta se sentó junto a Esther, y el presidente y Reding inmediatamente después.

—Control de vuelo, —dijo Marta mientras seguía activando los controles—. MB69268H, en misión diplomática, solicitando permiso de salida. Destino Raissa.

—»Permiso concedido MB69268H. Sitúese en órbita para enlazar con las naves de escolta. Buen viaje«.

—Gracias control de vuelo. Procedemos al despegue.

La nave fue aumentando la potencia y se elevó de la plataforma para acto seguido empezar a avanzar hasta que salió de la dársena. Después, empezó a acelerar y en una trayectoria curva salió de la atmósfera.

—Grupo de escolta a treinta y siete kilómetros, —anunció Esther—. Llegada en… menos de dos minutos.

—Entendido, —dijo Marta mientras seguía aproximándose al grupo de escolta formado por cuatro fragatas.

—»Atención nave presidencial MB69268H, sitúese en posición y transfiera el control de navegación«

—Procedemos.

Cuándo todo estuvo preparado, la flotilla saltó y emprendió viaje a Raissa.

—Marta, cuéntame eso de la genética de Esther, por favor, —dijo el presidente mientras veía las fantasmagóricas formas que se creaban en la parte delantera de la nave con la velocidad híper luz.

—Las naves Xelar tienen un sistema de seguridad genético. Solo los Xelar pueden pilotarlas. Las únicas excepciones somos Esther y yo y el equipo de tripulación de la nave de Cortabarria.

—¿Eso que veo en el morro son los famosos cañones? —preguntó el presidente.

—Dos de ellos: en total hay seis en proa y dos en popa. Sabe usted muy bien que el espacio no es un lugar seguro y desde que nació mi hija…

—Por supuesto Marta.

—¿Puedo hacerle una pregunta mi señor? —dijo Marta mirando al presidente.

—Claro que sí.

—Reconozco que me interesa poco lo que ocurre en la Tierra, pero intento estar informada. He leído sobre un grupo que ha surgido en España…

—¿No serán esos anormales de Supremacía Española? —la interrumpió Reding.

—Sí esos.

—Son cuatro gatos, —añadió el gobernador.

—Yo no me preocuparía, —dijo el presidente.

—Pero han sacado treinta y ocho diputados en las últimas elecciones autonómicas: es intolerable.

—Pero en el total de las diecisiete autonomías y más concretamente en tres, —dijo el presidente—. Cataluña, Euskadi y Baleares.

—Pero es que esos cabrones son supremacístas ¿están gilipollas, supremacístas de qué? Vivimos en un trocito de galaxia con cientos de miles de razas distintas, algunas con un desarrollo intelectual, cultural y tecnológico muy superior a nosotros, y esos… anormales ¿piensan que los blanquitos españoles somos superiores? ¿de verdad que lo están diciendo en serio?

—Claro que lo dicen en serio, pero lo peor que podemos hacer es hacerles el juego, —dijo el gobernador.

—No se puede transigir con esa gentuza, —afirmó Marta que estaba disparada—. Ese problema hay que arrancarlo de raíz.

—Ha surgido un problema, que tenemos identificado desde hace tiempo y que te aseguro que ya estamos trabajando en solucionarlo, —dijo el presidente—. El problema es que cada vez quedan menos españoles en la Tierra y por lo tanto quedan menos nacionales con derecho a voto. Ten en cuenta que ahora mismo algo más del sesenta por ciento están en Hispania y lógicamente votan aquí.

—Vale señor presidente, pero esa gente… —intervino Esther.

—Esa gente son ultracatólicos, gente rechazada por las fuerzas armadas o deportados desde aquí precisamente por sus ideas, o directamente sinvergüenzas que quieren meterse en la administración autonómica o municipal para medrar.

—¡Joder! Pues la cosa esta clara entonces, —afirmó Marta.

—¿Tu que harías? —la preguntó el presidente con interés.

—¡Coño! Pues darle el voto a todo el mundo y vigilar más a esos cabrones.

—En esa dirección estamos trabajando, —dijo el presidente con una sonrisa afectuosa—, pero necesitamos una reforma constitucional. Mientras tanto lo mejor es aislarlos y dejarlos de lado.

—Pero si llegan al Parlamento Federal puede haber un problema, —afirmó Esther.

—No son un peligro porque no llegan al uno por ciento.

—Al Parlamento Federal votamos todos, —añadió el gobernador— principalmente desde aquí. En España, en los pueblos y en las comunidades autónomas, vota poca gente por eso se hacen notar, pero en el momento en que los emigrantes voten a sus ayuntamientos y autonomías, esa gentuza va a desaparecer y su supremacísmo se lo pueden ir metiendo por dónde les quepa.

 

 

Cuándo llegaron a Raissa, el presidente se entrevistó con Soto. Lo hicieron en el complejo playero dónde estaba alojado con su familia, en una de las amplias terrazas bañadas por el doble sol del sistema y con vistas al mar. En la entrevista estaban presentes, además del presidente, el gobernador, Reding y Marta.

—Sinceramente, tengo una lista de candidatos a sustituir al general Reding, dónde no apareces ni por asomo, —dijo finalmente después de estar charlando con él durante un buen rato. En una mesa alejada, su esposa y sus tres hijas asistían a la reunión—, pero, tienes unos valedores muy convincentes: el general Reding y la almirante Buendía, además de Itziar, claro. Una pregunta más: ¿tendrías algún problema en estar a las ordenes de una mujer?

—¿Cómo lo iba a tener? —preguntó Soto extrañado—. Ya estoy a las ordenes de una mujer… mejor dicho de cinco, —bromeó señalando en dirección a su esposa y sus tres hijas—. Las otras están allí.

—Pues entonces no hay más que hablar: el puesto es tuyo. Quiero que sustituyas a Teo al frente del ejército.

—No sé que decir, —respondió cuándo se repuso de la sorpresa—. De verdad que no me lo esperaba.

—Los buenos están dónde deben estar Edu, —dijo Marta levantándose y dándole un abrazo.

—Gracias mi señora, —después recibió las felicitaciones de todos.

—Cuándo regresemos a Mandoria tramitaré el ascenso de teniente general a general de ejército, —anuncio Marta—. Además del nombramiento. También avisaré al doctor Orxim porque va a haber algunos infartos en el Cuartel General.

—Todavía queda el más importante, —dijo el gobernador riendo.

—¡Uf! Va a haber puñaladas, —afirmó Reding riendo.

—Mejor, eso puede despejar el camino al nuevo JEMAD, —dijo Marta riendo.

—Ese asunto quedará resuelto cuándo regresemos, —dijo el presidente llamando con la mano a la familia de Soto—. Mi señora, ¿te gustaría ir a vivir a Mandoria?

—Ya lo creo señor presidente, —respondió la esposa mirando a su marido.

—Pues, ya puedes ir haciendo las maletas… por supuesto cuándo terminéis la vacaciones.

—Tal vez seria mejor que me vaya a Mandoria… —dijo Soto.

—Te vas a venir conmigo para el nombramiento del nuevo JEMAD y luego regresas para estar con tu familia y es una orden, —dijo el presidente—. Estoy seguro de que a Teo no le importara esperar unos días más, además, tenéis que trasladar todas vuestras cosas.

—Tenemos espíritu nómada señor presidente, —dijo la esposa de Soto—. Ya estamos acostumbrados.

—¿Y tu trabajo? —insistió el presidente.

—Soy funcionaria civil del Ministerio de Defensa. Mi puesto de trabajo está ligado a su destino: no hay problema.

—Pues me voy a ver al canciller y después regresamos a Mandoria, —dijo el presidente mirando a Marta.

—Lo tendremos todo preparado mi señor.

 

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