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14 min
El Baldío (capitulo 56)
Ciencia Ficción |
16.09.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: nombramiento.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

A primera hora de la mañana, se encerraron en la sala de juntas. El presidente, el gobernador, el ministro de Defensa, Cortabarria, Reding, Soto y el almirante Marchena. Faltaba el canciller Tórkurim que por una cuestión técnica iba a llegar más tarde. Solo Inés, entraba y salía de la sala para avituallar a los asistentes. Llevaban un par de horas reunidos cuándo se empezaron a escuchar fuertes voces provenientes del interior de la sala. Aunque no se entendía nada, si se podían identificar a los autores. Principalmente eran del presidente y del ministro de Defensa y en ocasiones de Cortabarria.

Anita en ese momento estaba con la secretaria de Cortabarria cuándo salió Inés y las dos se miraron. Rápidamente, la última rehuyó la mirada y se metió en el despacho de Cortabarria de dónde salió con una bandeja llena en las manos.

—La cosa está calentita, —dijo Anita cuándo regresó a su despacho. En ese momento, Marta estaba allí.

—¿Y eso? —preguntó Marta mirándola.

—Se escuchan las voces desde fuera.

—¡No jodas!

—Cómo te lo cuento. Me he encontrado con Inés y te aseguro que esta acojonada.

—Buenos días Martita, —dijo el canciller Tórkurim asomándose por la puerta. Acababa de llegar y de camino a la sala de reuniones pasaba por su antedespacho y paró unos segundos para saludarla.

—Buenos días mi señor, —respondió con una sonrisa mientras se acercaba y le abrazaba—. Llega tarde.

—No me regañes. Hemos tenido una avería y he tenido que trasladarme a una de las naves de escolta.

—¿Conoce a mi secretaria, la sargento Ana Torrecilla? —le preguntó señalando a Anita.

—¿Tengo que llamarte así: sargento Ana Torrecilla?  —preguntó a su vez el canciller.

—Todos me llaman Anita mi señor, —respondió Anita saludándole militarmente y estrechándole la mano.

—Mucho mejor. ¿Eres de la Armada?

—Por supuesto mi señor.

—¿Te acuerdas de lo que decía el almirante Torremartin? —preguntó Tórkurim mirando a Marta con una sonrisa—. “Que no se note mucho que somos de la Armada”.

—¡Ande, ande! Vaya a la reunión que llega tarde, —le apremió Marta riendo—. Pero tenga cuidado que me han dicho que solo falta que se líen a tiros.

—Sí, era de esperar.

—Si no hubieran esperado a última hora para tomar la decisión, —insinúo Marta sin dejar de sonreír.

—Marta, la decisión la tomamos hace más de un año, pero… antes había muchos cabos que atar, —y dando la vuelta y dirigiéndose a la puerta añadió—: luego nos vemos.

Una hora después, desde su mesa, Anita vio pasar al ministro de Defensa y sus colaboradores. Rápidamente se levantó y la dio tiempo a preguntar a uno de los escoltas.

—¿Qué ha pasado?

—Que se va. Se ha liado una buena.

Entró en el despacho de Marta, que descalza, cómo era su costumbre, estaba en ese momento rebuscando en una de las estanterías.

—El ministro de Defensa se va y al parecer, “apresuradamente”.

—¡No jodas! Pues sí que se ha debido de liar gorda.

—¿Qué buscas?

—Una unidad de memoria: estaban por aquí.

—Abajo a la derecha, en el cajón de arriba.

—Marta, te llaman a la reunión, —dijo Inés muy seria desde la puerta del despacho y las dos mujeres la miraron.

—Ahora voy Inés.

—No Marta: ahora mismo, —insistió Inés terriblemente seria.

—¿Me puedo poner los zapatos? —bromeó Marta con una sonrisa.

—No está el horno para bollos Marta, —respondió Inés mientras veía cómo su amiga se calzaba los zapatos.

—Vamos, tía borde, —dijo Marta cogiéndola del brazo afectuosamente. Inés, a punto de que se la saltaran las lágrimas, la abrazó y la besó afectuosamente.

Las dos se dirigieron a la sala de reuniones y cuándo llegaron, Inés abrió la puerta y la anunció—. La almirante Buendía.

—Gracias Inés, —dijo el presidente—. Siéntate Marta por favor.

—A la orden mi señor, —respondió sentándose ante la mesa. El presidente la miró largamente y después miró a Cortabarria y Tórkurim.

—Dicen que las cosas de sopetón dan menos impresión… —empezó a decir el presidente, pero Marta le interrumpió.

—No se preocupe señor presidente. Soy consciente de que mi cargo esta sujeto al nuevo JEMAD y que por tanto es temporal.

—Marta, —dijo Cortabarria haciendo el gesto de llevarse el dedo a los labios.

—Si mi señora: lo siento mi señor.

—Queremos que seas el nuevo JEMAD, —Marta le miró cómo si no entendiera el sentido de sus palabras hasta que finalmente los ojos se la abrieron cómo platos. Miró a Soto y Reding que levantaron los pulgares con una sonrisa. Después miró a Tórkurim que sonriendo afirmó con la cabeza. Miró a Cortabarria que la guiño un ojo y a Inés que, sentada en un rincón de la sala sonreía de oreja a oreja con lágrimas en los ojos.

—Pero ¿ustedes están… tontos? —estalló finalmente Marta mirando al presidente mientras se levantaba—. ¿Ha visto mi historial?

—Si Marta lo he visto, —respondió con paciencia.

—Agredí a un superior y debería haber ido a la cárcel, si no hubiera sido porque mi señora hizo algo que no debió hacer…

—¡Te equivocas Marta! —la gritó el presidente levantándose también—. Mi antecesor en el cargo apoyó a Itziar en su decisión igual que lo apoyo yo, y gracias a eso hoy tenemos aquí a una mujer muy valiosa para España, para Hispania y para El Baldío.

—Y para Xelar, —añadió el canciller—. No tengo que recordarte los servicios que nos has prestado.

—Pero yo… mis peleas de bar… mis…

—¡Que me da igual! Que te enteres de una puta vez Marta ¡Que me da igual con cuantos te hayas peleado. Otra cosa es que te de miedo y te acojones, —dijo el presidente mirándola a los ojos. Al oírlo, Marta sintió cómo los voltios se la disparaban.

—¡Yo no soy una cobarde!

—Eso pensamos nosotros también, —dijo Tórkurim cogiéndola por los hombros—. Estamos convencidos de que eres la persona ideal.

—No seas pesada y di que si de una puta vez, —dijo Cortabarria abrazándola y dándola dos besos.

—Pero ¿Y el ministro de Defensa? —preguntó Marta.

—De ese ya no te tienes que preocupar: ha dimitido, —respondió el presidente—. Además, eso es problema mío. ¿Lo anunciamos?

Marta le miró y finalmente asintió. Todos se pusieron a aplaudir y fueron acercándose para abrazarla y darla un par de besos. Inés abrió la puerta y todos salieron al antedespacho que comunicaba el de Cortabarria y la sala de reuniones. Estaba bastante concurrido en ese momento. Una de las primeras era Anita que miraba expectante cómo salían todos sin entender que pasaba y junto a los demás saludó militarmente.

—Señoras, señores, presten atención por favor, —dijo el presidente—. Sabemos que se ha levantado mucha expectación por el nombramiento de un nuevo JEMAD y por lo tanto, nuevo capitán general y jefe de todas las fuerzas aliadas en El Baldío. Por eso, y para evitar estados de ansiedad no deseados, es para nosotros un gran placer comunicaros que la elegida para ocupar el puesto de la gran Itziar Cortabarria, es la almirante Marta Buendía.

Un gran estruendo de aplausos y vítores se elevó entre los asistentes mientras que dando un grito Anita se acercó a Marta y la abrazó mientras la llenaba de besos. Después, todos fueron pasando por sus brazos, mientras que un par de “candidatos” desaparecían sigilosamente.

—Si hubiera sabido que eras tu no hubiera pedido la jubilación, —dijo la secretaria de Cortabarria después de besuquearla.

—Todavía estás a tiempo de echarte atrás, —dijo Marta riendo.

—No, no, que seguro que Anita ya está recolocando mi mesa, —bromeó la secretaria riendo también.

—Me has pillado, —bromeó igualmente Anita.

 

 

Alicia Luque estaba trabajando en su despacho del CCI, cuándo su secretaria entró cómo una exhalación gritando: ¡es Marta, es Marta!

—¿Qué dices? —preguntó sorprendida.

—Que la nueva JEMAD es Marta.

—¡No jodas! —exclamó Luque cogiendo su móvil y buscando en el menú. Marcó un número y cuándo descolgaron habló—. Me acaban de… ¿Sí? Ahora bajo.

Cortó la comunicación y rápidamente salió de su despacho seguida por su secretaria. Se colocó en medio de la amplia sala repleta de set de trabajo y se puso a dar palmas para que todo el mundo prestara atención.

—¡Atención chicas y chicos! Se acaba de anunciar el nombre del nuevo JEMAD y me han confirmado que la elegida es la creadora de este departamento: Marta Buendía.

Cómo había pasado abajo, estalló un estruendo de vítores y aplausos. Después de unos segundos de estar celebrando con los suyos, Luque bajó corriendo las dos plantas que la separaban de la zona “noble” situada en la segunda. Mientras lo hacia comprobó que la noticia se había propagado por todo el edificio.

Rápidamente entró en el antedespacho dónde había empezado a circular todo tipo de botellas y dónde los altos mandatarios estaban participando de la celebración. Cuándo la vio llegar, rápidamente Marta extendió los brazos y se abrazó a ella.

—Está todo el Cuartel General de fiesta, —dijo Luque—. La noticia ha caído cómo una bomba.

—Esa es una de las cosas por la que te hemos elegido Marta, —dijo el presidente—. Porque eres una líder.

—Alguien a los que todos seguiríamos sin pensarlo lo más mínimo, —añadió Luque. Entonces entró Esther seguida por varios escoltas y rápidamente se abrazó con Marta y la levantó del suelo mientras lloraba de felicidad.

—Se te ve feliz Esther, —dijo el canciller dándola unos golpecitos en el hombro.

—Hace algo más de veinte años pasé el peor momento de mi vida cuándo perdimos a tres hermanos y a Marta se la fue la olla y la degradaron. Y ahora estamos aquí, es la mujer más poderosa del ejército y tiene una hija preciosa.

—La recuerdo. Era muy pequeñita cuándo estuvo en Knysna y supongo que ahora estará ya…

—Enorme, —dijo Inés.

—Pues haber cuándo me la presentas, —dijo Tórkurim mirando a Marta.

—Mañana empieza el fin de semana y no tiene colegio, —respondió Marta—. Pueden venir todos a comer a casa.

—Yo me encargo de la comida, —dijo Cortabarria.

—¿No nos vas a cocinar tú? —preguntó el presidente mirando a Marta.

—Mi señor mejor que no, —dijo Inés riendo—. Hágame caso.

—Ya estáis cómo siempre. No se dé qué os quejáis. Nunca os habéis comido nada que yo haya hecho.

—Efectivamente cariño, así es, —dijo Cortabarria y todos se echaron a reír también.

—Yo creo que lo mejor es hacer caso de los que saben, —dijo Tórkurim—. Y otra cosa. ¿Hay posibilidad de volver a ir a “El Puto Buzo”? Tengo entendido que tenéis algo que ver con eso.

—Yo no señor canciller, —dijo Cortabarria—. Pero ellas tres son socias.

—Por supuesto, no es problema, —dijo Esther—. Pero con el debido respeto, ya sabe que es un sitio bastante informal y tal vez estaría mejor en otro lugar más acorde para su condición.

—Precisamente lo que quiero es ir a algún sitio que no sea acorde con mi condición.

—Pues entonces pueden ir ustedes a comer a casa de Marta y a cenar a “El Puto Buzo”, —dijo Inés—. ¿Les parece bien?

—Por mí de acuerdo, —dijo el presidente— pero vosotras dos os venís también.

—Casi seria mejor que yo no vaya, —dijo Marta—. Es un lugar muy especial y si yo aparezco por allí…

—En eso tiene razón, —la interrumpió Esther.

—Tonterías, —dijo el canciller—. Ya me imagino que va a haber muestras de cariño hacia ella.

—Me da la impresión que eso es quedarse corto, —dijo el presidente riendo—. ¿Los otros candidatos no tenían seguidores? —Esther se echó a reír e hizo un gesto cómo diciendo: para nada.

 

 

Al día siguiente, todos estaban en la casa de Marta sentados en el patio trasero junto a la piscina. La pequeña Itziar, cómo siempre, sentada sobre su abuela mientras los invitados degustaban una copa de vino de la generosa bodega de Marta.

—Quiero decir dos cosas, —dijo el presidente—. La primera es que este vino es cojonudo.

—¿Le gusta? —preguntó Inés que estaba sentada con los demás y se la veía incomoda.

—Ya lo creo, ¿qué es, de Nueva España?

—Por favor señor presidente, —dijo Marta haciéndose la ofendida—. Es de nuestra bodega de Raissa.

—¿De Raissa? —preguntaron sorprendidos el canciller y el presidente.

—Así es, lo pusimos en marcha hace un tiempo. Al principio para nuestros restaurantes, ya saben la Marina y El Puto Buzo.

—Mama y la tita Esther son buzos, —afirmó la pequeña Itziar.

—Por supuesto mi amor, —dijo Cortabarria.

—Pues me gusta mucho este vino, —dijo el presidente.

—Este se llama Mi Patria, —dijo Inés— y digamos que es gama alta. Tenemos otro que se llama Raissa y es el que utilizamos cómo vino de mesa.

—Por ahora solo lo consumimos nosotros, —añadió Esther— pero ahora con Mi Patria ya vamos a empezar a exportar.

—Le vamos a mandar una caja señor presidente, —afirmó Inés, y al ver el gesto que hacia el canciller añadió—: y a usted otra mi señor.

—¿Y que era lo otro que querías decir? —dijo Cortabarria mirando al presidente.

—¡Joder! Que hace tiempo que no disfruto de una tranquilidad cómo esta, —respondió el presidente—. Siempre estoy rodeado de ayudantes, secretarios, escoltas.

—¿Crees que tienes poca protección con Marta y Esther? —bromeó Tórkurim.

—Y a Inés no la pierda de vista, —dijo Cortabarria— que todavía me acuerdo cuándo al almirante Jones, casi le metió el cañón del fusil en la boca cuándo intentó coger su pistola durante el arresto.

—Lo que no sé es cómo sobrevivió, —dijo Esther riendo—. Marta le puso el cuchillo en el cuello, yo le encañone con mi pistola e Inés casi le metió en cañón en la boca.

—Que ganas me dieron de apretar el gatillo, —afirmó Inés—. Menudo imbécil.

—Pues nos hubiéramos ahorrado un montón de problemas, —dijo el presidente—. Era broma: no está bien decir eso.

—Por supuesto, —añadió Cortabarria—. Sobre lo otro sé a que se refiere. Me he tirado muchos años que solo disfrutaba de la soledad del momento, cuándo llegaba a mi apartamento al final del día. De hecho, mis mejores amigos son del Estado Mayor y estás tres niñas a las que quiero cómo si fueran mis hijas… aunque alguna me ha salido un poco cabra loca, —todos empezaron a reír a carcajadas y mirando a la niña la preguntó—: ¿Verdad mi amor?

—Sí abuela, mami está un poco loca, —dijo la niña llevándose el dedito a la sien lo que provocó más risas incluidas las de la niña.

—Pero será sinvergüenza ¿eso es lo que la enseñas? —dijo Marta mirando a Cortabarria.

—Cariño, ¿Por qué no bajas a nuestros invitados al sótano y les enseñas la bodega y el armero de mama? —le dijo Mira a la pequeña Itziar—. La comida esta a punto de llegar.

—Sí vamos, —respondió la niña bajándose del regazo de su abuela y cogiendo de la mano al canciller, que era el que estaba más cerca, tiró de él y se dirigieron al sótano seguidos por todos los demás.

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