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13 min
El Baldío (capitulo 58)
Ciencia Ficción |
29.09.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: Marta continua afianzándose en su cargo.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Hacia tres semanas que se había producido el nombramiento de Marta y había viajado a la base naval de Káraman. Era su primer viaje oficial y el motivo era que la Flota H regresaba después de finalizar su misión en Taúria. Había tardado más de lo previsto porque había tenido un par de encuentros con pequeñas formaciones de la flota imperial tardasiana.

Acompañada por el almirante Marchena, jefe de la Armada y seguida cómo siempre por Anita e Inés, en una lanzadera había llegado al Benasque, buque insignia de la Flota H. La lanzadera entró en el hangar de vuelo y suavemente se posó ofreciendo el portón lateral de la nave a los que esperaban su llegada.

Por el acceso apareció la capitán general Marta Buendía e inmediatamente detrás, Marchena.

—¡Atención! Comandante en cubierta, —gritó el oficial de protocolo y la guardia de honores se puso en posición de firmes. Inmediatamente Marta se dirigió al contralmirante Torres saludándole militarmente y ofreciéndole la mano. Torres la aceptó e inmediatamente se fundieron en un fraternal abrazo.

—Enhorabuena Torres, —le felicitó afectuosamente poniéndole la mano en la nuca—. De verdad, has cumplido con creces todas las expectativas que tenía…

—Gracias mi señora.

—… y gracias a vosotros, hemos desactivado por mucho tiempo a la puta emperatriz.

—En primer lugar mi señora, —dijo Torres después de abrazarse con Marchena—quiero felicitarla por su nombramiento: la aseguro que la noticia provocó una oleada de fiestas espontáneas en todas las naves de la flota. Y en segundo lugar, aunque hemos sido nosotros los que hemos ido hasta allí, el alma de esta operación es usted mi señora.

—No lo estropees Torres: no me hagas la pelota, —bromeó Marta—. Tenemos planes para ti: el almirante te informara, pero por lo pronto vas a estar una temporada larga en el Cuartel general de la Armada. Así tendrás tiempo para estar con tu familia.

—Gracias mi señora, pero mi familia y yo siempre estaremos a sus ordenes.

—No hables por tu familia porque me deben odiar: siempre te estoy mandando a misiones de larga duración.

—Para nada mi señora. La aseguro que usted es una ídolo y un referente para mis hijos, principalmente para la mayor que tiene hasta un póster de usted es su habitación.

—¡No me jodas! ¿Cuándo se han hecho pósteres de mí? No tenía ni idea.

—Es una reproducción de uno de los carteles de promoción de su último combate en Riggel.

—¡Joder! ¿Qué años tiene?

—Doce.

—Mi sobrina, que tiene un par de años más, también tiene uno, —dijo el almirante Marchena riendo—. Mejor que te tengan a ti cómo referente que no a uno de esos cantantes a los que no se les entiende nada… por ejemplo.

—¡No me jodas tío! Aun así…

—Pues hace tiempo que anda detrás de mí para que la firmes el póster, —la interrumpió Marchena.

—Hay que preparar algo, —dijo Marta con cara de contrariedad mirando a su secretaria Anita—. Recuérdamelo.

—Yo me ocupó mi señora.

—Gracias. Vamos a seguir que al final me vais a dar el día, —bromeó Marta cogiendo del brazo a Torres. Todos se acercaron a los capitanes de todas las naves de la flota H y los fueron saludando de uno en uno, al igual que a los jefes de los grupos operativos y de inteligencia. Después se rompió el protocolo y los tripulantes presentes empezaron a pedirla selfis. Con todos posó con una sonrisa.

Cuándo regresaron a Mandoria, recibió la visita de la sobrina de Marchena. La firmó varios pósteres y posó con ella en cientos de fotografías. También la regaló una reproducción de la última medalla de Riggel. Algo parecido hizo unos días después cuándo se reunió con la hija de Torres.

 

 

Un mes después, y una vez terminados los fastos y presentaciones, Marta inició una gira de visitas que la llevaría a todas las zonas militares, en especial a las situadas en las zonas criticas de confrontación con Tardasia.

Con la primera visita, se desató el efecto fans. Miles de soldados enfervorecidos se agolparon en la zona de aterrizaje de la lanzadera que la transportaba. La seguridad tuvo muchas dificultadas para controlar las avalanchas que en varias ocasiones estuvieron a punto de arrollar a los guardaespaldas de Marta.

Después de esa primera visita, el resto se planificó de otra manera por imposición de Esther, que actuaba cómo jefe de seguridad para la gira.

Un mes después regresaron a Mandoria, porque aunque quedaban varias zonas militares por visitar, Marta no quería estar tanto tiempo sin estar con la pequeña Itziar y solo viéndola por video enlace.

La vida de Marta regresó a su actividad normal y lo primero que hizo fue reunirse con sus colaboradores, con los que solo había podido reunirse brevemente desde sus nombramientos. El último fue con el general Mike Burton, jefe de la División de Planes Estratégicos. A la reunión asistió la general Isabel Costa, su ayudante de campo y el contralmirante Torres que había pasado a formar parte del equipo de Burton para cuestiones navales.

—Muy bien Mike, —le dijo Marta cuándo todos estuvieron sentados en los sillones e Inés les había ofrecido café—. Quiero que estemos preparados para cualquier tipo de contingencia que se pueda presentar, y para eso quiero que tengamos actualizados planes específicos.

—En los archivos ya hay algunos planes de continencia diseñados por Cortabarria, Reding y Torremartin, —apuntó Burton.

—Lo sé, y los vamos a actualizar, pero necesitamos más.

—Esos planes se refieren a posibles ataques contra Kánaster, Turbión y Káraman: mundos fronterizos, pero muy asentados, —apuntó Isabel Costa.

—Así es, pero no los vamos a desechar, solo los vamos a actualizar, —afirmó Marta—. Sinceramente, yo no tengo la capacidad estratégica que tenían ellos y por lo tanto, no puedo trabajar cómo ella. Cuándo decidían iniciar una operación, los tres se reunían y la diseñaban. Solo, cuándo tenían que utilizar un gran número de fuerzas especiales, me llamaban a mí.

—Cortabarria es una de las mejores estrategas militares de la historia, —dijo Burton— y cuándo se juntaba con Reding y Torremartin eran la bomba.

—Mi intención es recuperar el treinta por ciento de El Baldío que queda con control tardasiano. Para ello quiero planes de batalla, primero para Próxima Tambedrix, y después para Makambaako, Ceres y Arthangay.

—He estado estudiando este asunto y creo que podríamos englobar en la misma operación a Arthangay y Makambaako, —afirmó Burton.

—De acuerdo, pero ya sabes, prioridad a Próxima Tambedrix, —dijo Marta—. Me gustaría iniciar esa operación a final de año, cómo muy tarde a primeros del año que viene.

—Lo tendremos todo preparado.

—Y otra cosa, y esto es absolutamente confidencial, —añadió Marta—. Quiero que empecéis a preparar planes de ataque para Zoltan Tedra.

La afirmación de Marta hizo que todos se removieran en sus asientos y se miraran entre sí.

—¿Estamos hablando de invadir territorio tardasiano permanentemente? —preguntó Torres.

—Así es, —dijo Marta levantándose y acercándose al mapa holográfico que había activado Ana, su secretaria—. Con los ejes de avance propuestos, a los que hay que añadir al menos una decena de operaciones menores, vamos a tardar al menos diez años, posiblemente quince, en recuperar El Baldío. Además, son operaciones de envergadura que requerirá el empleo de gran cantidad de tropas y medios navales. Pero si atacamos directamente Zoltan Tedra, embolsamos a todas las fuerzas imperiales en El Baldío, cortamos las comunicaciones enemigas con Orión y les quitamos un veinte por ciento de toda la producción de deuterio, oro, duranio y de otros materiales estratégicos.

—Podríamos preparar ejes de avance directos desde Próxima Tambedrix, —dijo Burton levantándose y acercándose al mapa holográfico— o desde Turbión.

—Perfecto, pero esto es secundario y además quiero que lo llevéis personalmente, —dijo Marta—. Hay orden tajante de parte del presidente de la República de no invadir Tardasia bajo ninguna circunstancia. El consejo Xelar apoya esta posición. Por eso quiero que esto se lleve con todo el sigilo necesario y cuándo lo tengamos, lo guardamos bajo siete llaves: ya me entendéis.

—Perfectamente mi señora: no habrá problema, —afirmó tajante Burton.

—Pues entonces no hay nada más, —y mirando a Torres añadió—: Por favor, déjanos que tenemos que hablar de un asunto personal con Mike.

—Por supuesto mi señora, —contestó el aludido levantándose. La saludó militarmente, la estrechó la mano y salió del despacho.

—Mira Mike, —dijo la general Isabel Costa— hay cierto revuelo en círculos gubernamentales de Nueva España por el hecho de haber nombrado para este puesto a un estadounidense.

—Desde el primer momento, mi hija y yo ya dijimos que no habría ningún problema en nacionalizarnos.

—Lo sabemos, —afirmó Costa— y creíamos que podríamos manejar este asunto, pero el presidente está recibiendo ataques incluso desde su propio partido.

—Entiendo, pero insisto en que no hay problema: iniciaré inmediatamente los tramites.

—Nosotros nos ocupamos para agilizarlo en lo posible, —afirmó Costa.

—Con tu hija también hay problemas. Supongo que ya sabes que ha finalizado el curso de capitán de fragata, y con el número uno de la promoción: no quieren que un no español capitanee una nave de la flota aunque sea una fragata, —dijo Marta.

—Insisto: no hay problema.

—De acuerdo. Háblalo con ella y que firme un documento que te va a dar Isabel.

—De acuerdo.

—Dentro de dos semanas tengo que ir a Nueva España y quiero tener esto encauzado.

—Mañana mismo tendréis todos lo papeles firmados. Mi hija esta en casa con unos días de permiso.

—Pues tráetela mañana y la doy un par de besos. Me acuerdo de ella de cuándo fuimos a Kileex a sacarte del calabozo.

—Mañana te la traigo y ya que firme todo lo que tenga que firmar.

 

 

Eran las seis treinta de la madrugada y todavía era de noche. Cómo todos los días, Marta salió de su casa con su escueta ropa de correr y se unía a Inés y sus escoltas. Después de hacer unos ligeros estiramientos apoyada en uno de los vehículos, empezó a correr. Inés a su lado y cuatro escoltas por detrás. En dos vehículos, el resto fuertemente armados. Era la rutina diaria cuándo estaba en Mandoria. Luego, a la hora de comer se bajaba al gimnasio dónde se comía su manzana: ya no estaba Cortabarria para darla la charla.

Inés y Esther, habían comprado una casa muy próxima a la de Marta y vivían juntas. Cómo decía Marta de broma: “me tenéis rodeada”. Y era cierto. La casa a la izquierda de la suya la ocupaba Cortabarria y la de la derecha era la de ellas. Lo decía de broma porque estaba encantada de tener a sus amigas junto a ella. Toda la planta sótano de la casa, que tenía un acceso independiente, la habían alquilado al grupo de escoltas de Marta, desde dónde tenían permanentemente vigilado el domicilio de la JEMAD.

Cuándo a las ocho y media de la mañana, después de dejar a la pequeña Itziar en el colegio, llegó a su despacho, Mike Burton y su hija Allyson ya la estaban esperando.

—Que madrugadores, —dijo Marta antes de darles un par de besos—. Tienes a la chica de vacaciones y la pegas el madrugón.

—No se preocupe mi señora, me levantó muy pronto para salir a correr, —dijo Allyson.

—Esta es de las mías, —bromeó  Marta mientras les invitaba a pasar a su despacho dónde Inés ya estaba preparando café—. Yo me levantó con las gallinas.

—Me gusta correr cuándo todavía todo está en calma, —dijo Allyson.

—Recuerdo que a mí también me gustaba, pero ahora corro con Inés y con un montón de escoltas: ya no es lo mismo.

—¿Quiere un café mi señor? —preguntó Inés al general.

—Sí, gracias Inés.

—¿Mi señora? —volvió a preguntar su hija.

—Si es posible preferiría un té.

—Verde, negro, earl grey, blanco…

—Blanco, hace mucho que no lo tomo.

—Bueno Allyson, supongo que tu padre ya te ha informado de la situación.

—Así es mi señora. Nosotros tenemos nuestra vida definitivamente en El Baldío, incluso ya tenemos al resto de la familia con nosotros. Ya sabe que mi mama no puede regresar a EE. UU. y sin ella… nosotros tampoco. Ella ya ha iniciado los tramites de la nacionalización.

—Entonces perfecto. Mira, —se sinceró Marta— pensábamos que podríamos evitar esto, pero la verdad es que la política es un pozo maloliente, aún mayor de lo que yo pensaba.

—Han visto la posibilidad de desgastar al presidente y la están aprovechando, —afirmó Burton.

—Así es, pero en fin, es lo que hay, —y mirando a Allyson añadió—: tenemos muchas expectativas contigo…

—Gracias mi señora: no la defraudaré.

—De eso estoy segura. El almirante Marchena está esperando a que solucionemos este tema para asignarte destino de mando. No te ilusiones que no te vamos a dar un crucero, —bromeó Marta riendo.

—Ya me lo imagino mi señora, —respondió Allyson riendo mientras la ayudante de campo de Marta entraba en el despacho con una tableta de la mano— aunque no me importaría: estoy preparada.

—Pues va a ser que no: estarás un tiempo con una fragata, —dijo Marta riendo también mientras le hacia una señal a Costa— pero el almirante te informará. Cuándo termines las vacaciones preséntate en el Cuartel General de la Armada.

—Firme aquí capitán —dijo Costa entregándola la tableta. Allyson firmó con su código personal y luego el general Burton hizo lo mismo—. Pues ya esta todo. Si todo va bien, en una semana podrán tener la ciudadanía. También he reclamado la solicitud de su esposa para que vayan en el mismo paquete.

—Gracias general.

—Una vez que ustedes ya sean nacionales, el resto de la familia puede solicitarlo con más facilidad, —añadió Costa.

—Muy bien, pues ya esta, —y mirando a Burton preguntó—: ¿Cuándo crees que podrás presentarme un avance…?

—A final de semana hablamos.

—De acuerdo.

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