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13 min
El Baldío (capitulo 62)
Ciencia Ficción |
28.10.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: continúan las operaciones militares.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Llovía incesantemente cómo si nunca lo hubiera hecho. La luz de la mañana todavía no clareaba la noche que se iba a retrasar por los enormes nubarrones, presumiblemente negros, que cubrían el cielo. Al abrigo de unas rocas y guarecida bajo su capote de agua, Marta esperaba que pasaran los escasos minutos que faltaban para que se pusiera en marcha la operación.

 

 

Todo empezó un día antes cuándo Marta entró en el despacho del general Burton.

—Mike, —dijo cerrando la puerta. Después, se acercó a la mesa de operaciones e introdujo un dispositivo electrónico de almacenamiento—. Un grupo de reconocimiento del Tercio de la Armada, ha encontrado una salida oculta del sistema de alcantarillado de la capital. Lo han explorado y hay vía libre. Quiero mandar un grupo de fuerzas especiales para que desactiven los emisores de escudos. ¿Qué te parece?

—En principio bien, —dijo Burton levantándose y acercándose a la mesa. Se puso a estudiar los diagramas.

—Si hacemos caer este lado del escudo principal, —dijo Marta señalando un sector, podríamos meter una división acorazada.

—Buena idea. Desde ahí los carros pueden avanzar rápidamente por estás amplias avenidas.

—Así lo veo yo también. Tengo disponible un grupo de zapadores paracaidistas.

—De acuerdo: lo preparo todo y hablo con Soto.

 

 

—Mi señora, —dijo un suboficial que llevaba una unidad de comunicaciones—. El grupo esta en posición y ya han colocado las cargas.

—De acuerdo, que esperen la orden de detonación, —respondió Marta—. Comunícame con el general Soto.

—A la orden, —y se puso a teclear en un dispositivo sujeto a su antebrazo—. El general Soto mi señora.

Marta activó el comunicador que llevaba acoplado a su oído derecho—. Edu, comienza el ataque.

—A la orden.

Unos segundos después, comenzó un bombardeo de saturación con la artillería de primera línea, apoyada por la artillería naval de las fragatas españolas que habían entrado en la atmósfera del planeta. Cinco minutos después, el bombardeo de convirtió en una cortina después de la cual se lanzaron los carros de combate españoles.

—La cobertura esta en el escudo de energía mi señora, —informó el suboficial de comunicaciones.

—Transmite la orden de detonación.

A los pocos segundos el escudo de energía enemigo cayó y los carros de combate arrollaron las defensas imperiales e irrumpieron sin dificultad en la amplia avenida principal que atravesaba toda la ciudad. El pánico de adueñó de los defensores, que empezaron a abandonar sus posiciones rindiéndose a las vanguardias aliadas.

 

 

A primera hora de la tarde, había dejado de llover y unos tímidos rayos del doble sol entraban por entre las nubes. Aunque todavía había actividad en la zona norte de la ciudad, Marta avanzaba andando por la avenida principal, rodeada por colaboradores, escoltas y un enjambre de periodistas. Las cámaras de televisión transmitían en directo y la imagen de Marta saludando a los cientos de ciudadanos que había salido de sus escondrijos, llego a todos los rincones de El Baldío liberado y de los mundos aliados.

—¡Abuela, abuela! —gritaba la pequeña Itziar desde su habitación.

Cortabarria llegó corriendo—. ¿Qué pasa tesoro?      

—Es mami, esta en la tele.

Cortabarria se sentó en el sofá mientras abrazaba a la niña, en el momento en que llegaba Mira con una bolsa de la compra. La hizo gestos con la mano para que se acercara—. Marta está saliendo en directo.

»La capitán general Marta Buendía sigue recorriendo esta avenida principal y atiende a los miles de ciudadanos agradecidos que no quieren perder la oportunidad de saludar a alguien de la que han oído hablar desde hace mucho tiempo. Y eso a pesar de que todavía se escuchan detonaciones en zonas alejadas del centro. Incluso los escoltas tienen dificultades en mantener a los admiradores a distancia«.

—Abuela, la tita Inés, —dijo la niña señalando la imagen de Inés intentando a apartar a los admiradores de Marta. Después, mirando a su abuela preguntó—: ¿Mama ya se ha cargado a los malos?

—Eso parece mi amor.

—Entonces ¿Vendrá pronto?

—Pues no lo sé, pero tienes que tener en cuenta algo de lo que jamás debes dudar: mama está deseando regresar a casa, achucharte y llenarte de besos, —dijo Cortabarria haciéndolo mientras la niña se reía a carcajadas.

—Tienes que tener en cuenta cariño, —dijo la tía Mira—. Que aunque nosotras queramos que siempre esté en casa, mama es una de las personas más importantes de esta zona de la galaxia y eso la va a apartar de nosotras de vez en cuándo.

—Eso ya lo sé tita, pero no me gusta: quiero que siempre este aquí, —al oírlo, Cortabarria la achuchó llenándola de besos.

 

 

Una semana después, solo quedaban combates esporádicos en Pági Tambedrix contra pequeños focos de resistencia. Los funcionarios políticos aliados y Xelar ya habían empezado a ocupar las altas instancias administrativas para comenzar la transición.

Una base naval de espacio profundo se había desplazado al grupo estelar para prevenir cualquier intento alocado por parte de la emperatriz. Parte de la flota española, había regresado para reemplazar a las naves Xelar a lo largo y ancho de la zona de demarcación.

—¿Te queda mucho por allí? —preguntó Cortabarria. Había conectado por video enlace con Marta en un horario en el que la pequeña Itziar estaba en el colegio.

—Un par de semanas. Después tengo que ir a Nueva España a ver al presidente, y para antes de Navidad estaremos en casa, al menos, eso espero.

—Hablaré con el presidente para que no te entretenga mucho, —bromeó Cortabarria—. Soy su asesora.

—No creo que lo haga: es una reunión informal con el parlamento. Le estoy mandando informes diarios sobre cómo están aquí las cosas. ¿La niña cómo esta?

—Cómo una flor. Está entrenando un nuevo ataque que la ha enseñado Esther, pero no la digas nada que es una sorpresa.

—Entendido: yo no sé nada.

—La cabrona no veas cómo le pega al saco, y lo que más me flipa es cuándo lo hace con los puños.

—Sí, tiene los nudillos duros.

—Menos mal que es muy tranquila y no ha salido a ti, si no seria una matoncilla.

—En eso ha salido a Mira, —respondió Marta riendo—. Por fortuna.

—Bueno cariño no te molesto más. Quería hablar sin la niña para saber a qué atenernos: por las navidades.

—Inés y yo estaremos ahí sin falta: te lo garantizo.

—Genial.

 

 

En el plazo previsto, Marta embarcó en un crucero de la flota, con su círculo más próximo, rumbo a Nueva España a dónde llegarían nueve días después.

Marta, aunque despachaba a diario con sus colaboradores cercanos, Costa y Anita que la acompañaban y en línea con su JEMACON Alicia Luque, aprovechó el largo viaje para relajarse. Por la tarde, acompañada de Inés y Anita, iba al gimnasio y después de cenar se quedaba en su camarote leyendo alguna novela de las que iba bien provista.

La puerta de su camarote se abrió e Inés entró con una botella de diseño barroco de la mano. Marta levantó la vista del libro y la miró. Estaba ya vestida con el pantalón corto y la camiseta que usaba para dormir.

—¿Qué es eso? —preguntó fijándose en la botella.

—Whisky bungaliano, —respondió levantando la botella.

—¿Y es whisky? —preguntó Marta suspicaz.

—Me han dicho que se parece, por eso lo llaman así, —respondió Inés riendo—. Me la ha regalado un infante de marina que estuvo en las operaciones en Bunga Tambedrix.

—Lo habrán analizado por lo menos, —dijo Marta riendo también.

—Llevan casi un par de semanas bebiendo esto y no se ha muerto nadie, —afirmó Inés quitando el tapón y oliéndolo antes de llenar los vasos—. ¡Joder!

Vertió un poco en los vasos y le dio el suyo a Marta que también lo olió—. ¡Joder! ¿Pone cuantos grados tiene?

—Lo pondrá, pero está en su idioma: averigua, —las dos bebieron un sorbo y no pudieron ocultar su sensación. Se estaban recuperando de la impresión cuándo la puerta se abrió y Anita entró con una tableta de la mano.

—Si eso que traes es trabajo ya te puedes ir por dónde has venido, —dijo Marta cuándo pudo hablar.

—Te lo iba a dejar para que lo mires cuándo tengas un momento, pero no es urgente.

—Pues déjalo en la mesa, siéntate y ayúdanos con esto, —la ordenó de broma Marta.

—¿Qué es eso? —preguntó Anita sentándose en un sillón. En ese momento sonó el timbre de la puerta e Inés, que seguía de pies la abrió.

—Buenas, —dijo Costa entrando—. Si estás ocupada…

—Lo que sea que quieres ¿es urgente? —preguntó Marta.

—No, la verdad es que venia a cotorrear un poco.

—Pues siéntate que a eso han venido estás también, —dijo Marta señalando a las demás con la mirada.

Inés terminó de repartir vasos y después levantó el suyo para brindar—. Por nosotras.

—Las chicas al poder, —añadió Anita. Después todas bebieron y mientras Costa ponía cara rara, la primera ni se inmutaba—. Está bueno.

—¿Qué está bueno? —preguntaron a la vez las otras tres.

—A mí me gusta.

—¡Joder tía! —exclamó Costa que incluso había empezado a sudar un poco.

—¿Qué vais a hacer en Navidades? —preguntó Marta.

—Nosotros en casa, con mis padres y mis suegros, —dijo Costa—. Mi marido ya lo está preparando todo.

—¿Y tú Anita?

—Ni idea, la verdad es que no suelo celebrarlo.

—¡Joder! Pero cenar con alguien… —exclamó Inés.

—¿Con quién? No tengo a nadie y te aseguro que no me voy a ennoviar para ir a cenar unas navidades, —bromeó Anita riendo.

—Pues decidido, —afirmó Marta—. Este año te vienes con nosotras.

—No, no, no. ¿Cómo me voy a ir a…?

—¡Que te vienes con nosotras, coño! —exclamó tajante Inés—. O le digo a Marta que te lo ordene.

—Pero estarás con tu familia, y yo soy una extraña.

—¡Anita! Yo no tengo familia, —dijo Marta—. Mi familia es quien yo decido y además las conoces a todas: Cortabarria, Esther, Inés, Mira y la niña.

—Te aseguro que no te arrepentirás, —afirmó Inés—. Sobre todo a ti que te gusta el vino bueno.

—No, en todo caso ya llevaría yo…

—Ni se te ocurra, —la cortó Inés—. El año pasado Esther llevó una botella de cava que la costó una pasta y debe de estar por la bodega de Marta, a ver si envejece.

—La bebida y la comida son cosa mía, —afirmó Marta.

—Bueno vale.

Durante un buen rato estuvieron charlando hasta que se acabaron la botella y luego se fueron a la cama.

 

 

Al día siguiente coincidieron todas en el comedor para el desayuno. Inés estaba repartiendo un analgésico cuándo llego Anita fresca cómo una lechuga.

—¡Joder! Vaya cara que tenéis, —dijo mirándolas.

—¿No tienes resaca? —preguntó Costa que intentaba sujetarse la cabeza.

—Yo no: si no bebimos tanto.

—¡La madre que te parió! —exclamó Inés—. Si te bebiste la mitad de la botella tu sola.

—Es que metabolizo bien el alcohol y además estaba bueno.

—Pues apúntate que queda prohibida esa mierda, —dijo Marta mirando a Inés.

—Eso no hace falta que me lo digas, —afirmó Inés—. Le voy a dar con la botella vacía en la cabeza al que me la dio.

—No mujer, que es de la Armada, —bromeó Marta.

—Por eso mismo.

 

 

En el plazo previsto llegaron a Nueva España y un par de días después, una vez concluidas las reuniones previstas, en la misma nave que las había llevado, regresaron a Mandoria.

En una lanzadera bajaron al puerto espacial del complejo del Cuartel General. Nada más que se abrió el portón trasero de la nave, la pequeña Itziar salió corriendo al encuentro de su madre.

—¡Mami, mami!

—Hola mi amor, —dijo Marta cogiéndola y abrazándola mientras la llenaba de besos con lágrimas en los ojos—. Ya casi no me acordaba de lo bien que hueles.

—Yo si me acuerdo mami: hueles muy bien, —dijo la niña mientras seguía abrazada a su mama cómo si fuera un koala. El resto de acompañantes de Marta fueron saliendo por un lateral para dar espacio a la pareja y se abrazaban con Cortabarria y Esther que asistían a la escena con lágrimas en los ojos. Finalmente, las dos se acercaron al grupo y Marta las abrazó.

—¿Te vas a casa o tienes que ir al despacho? —preguntó Cortabarria.

—¡Mama se viene a casa! —afirmó taxativa la pequeña Itziar.

—A la orden, —dijo Marta riendo mientras saludaba militarmente—. Ya la has oído.

—Yo también me voy a casa. El presidente no hace más que mandarme informes, —dijo Cortabarria.

—No abuela, que la tía Esther y yo tenemos que enseñarla a mama lo que ya sabes, —dijo la pequeña Itziar mientras Cortabarria y Esther se echaban a reír.

—¿El que me tenéis que enseñar? —se hizo la sorprendida Marta.

—¡Jo! Abuelita…

—Vale mi amor, —respondió Cortabarria, y mirando a Esther preguntó—: ¿Vamos?

—Creo que no tenemos otra opción, —afirmo Esther riendo.

Unos minutos después llegaron a casa y rápidamente la niña se fue a su habitación para ponerse la ropa de deporte. Después, todas bajaron al sótano dónde había un pequeño gimnasio con tatami.

—Calienta un poco cariño, —dijo Esther a la niña y esta se ponía a hacer estiramientos y movimientos explosivos. Unos minutos después, se puso detrás de el saco de muay thai y señalaba un punto cómo a un metro de altura—. No te pongas nerviosa: sabes cómo hacerlo. Golpea aquí.

Rápidamente la pequeña Itziar adelantó el pie izquierdo y girando la cadera elevó la pierna y golpeó con la espinilla en el punto que su tía había indicado.

—Muy bien mi amor, —dijo Marta aplaudiendo.

—¿Has visto cómo gira la cadera?

—Ya lo creo: lo ha hecho genial, —dijo Marta mientras la niña volvía a golpear el saco. Repitió varia veces más y finalmente se abrazó otra ves a su mama.

—En poco tiempo esta te gana, —bromeó Inés y a la niña se le iluminó la cara con una sonrisa.

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