cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

12 min
El Baldío (capitulo 63)
Ciencia Ficción |
04.11.21
  • 0
  • 0
  • 384
Sinopsis

En el capitulo de hoy: problemas en el colegio de la pequeña Itziar.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

Marta trabajaba en su despacho cuando su teléfono móvil empezó a vibrar. Miró distraídamente el aparato y se sobresaltó al ver que era del colegio de su hija: inmediatamente contestó. 

—Sí, que ocurre.

—¿Marta?

—Sí, dígame, —apremió Marta. 

—Buenos días, soy el director del colegio. Necesito que venga lo antes posible…

—¿Qué ocurre, mi hija está bien?

—Si, si, pero ha ocurrido un hecho desagradable…

—¿Qué tipo de hecho desagradable?

—Ha habido una pelea con otro niño que ha resultado agredido.

—¿Agredido? Me resulta muy difícil de creer que mi hija haya agredido a otro niño.

—Bueno, los padres en general suelen defender a sus hijos a toda costa y las madres en particular, pero…

—No me cuente historias. Sé muy bien como estoy educando a mi hija y estoy convencida de que eso que me cuenta no es cierto. Ahora mismo voy allí y aclaramos este asunto.

—De acuerdo, la espero.

Rápidamente se levantó, salió del despacho y entró en el de Anita su secretaria principal.

—Voy a salir un momento. Me han llamado del colegio de la niña y me dicen que se ha peleado.

—¿Que la niña se ha peleado? —preguntó con extrañeza.

—Eso dicen: me voy.

—Marta, me ha llamado el escolta… —dijo Esther interceptándola a la salida del despacho.

—Sí, ya lo sé ¿qué te ha contado?

—Que ha sido en el patio y que se defendió.

—Ya lo suponía.

No cogió el ascensor. Seguida por los escoltas, bajó corriendo por las escaleras las dos plantas del inmenso edificio que albergaba el Cuartel General Aliado. Una vez fuera, subió a su coche oficial y se dirigió al colegio. Cuándo llegó, bajó del coche y corriendo se dirigió a las oficinas. En el pasillo se encontró sentada a la niña junto a un guardia de seguridad del colegio, al que conocía porque había sido militar y el escolta. Reparó en que la niña tenía un paquete de gel congelado en la mano izquierda. Rápidamente se acercó e inclinándose la cogió en brazos.

—Marta, el director me ha ordenado vigilarla: lo siento, —se disculpó el de seguridad levantándose y poniendo cara de contrariedad, y bajando la voz añadió después de saludar a los escoltas—: todo esto lo han montado los padres del otro niño. El nene es un cabrón con pintas.

—Gracias Esteban y no te preocupes. ¿La mano?

—Tranquila, no tiene nada roto, —y con una sonrisa añadió—: le ha dado fuerte.

—Mami: yo no he empezado, —dijo entonces Itziar que seguía abrazada a su madre—. Pero le he pegado.

—Ese niño es el matón del patio, —afirmó el escolta—. Su padre es un alto funcionario del parlamento confederal.

—Vale mi amor. Te vas a quedar un momento con ellos mientras hablo con el director y los padres del otro niño, —y mirando a Esteban le pasó a la niña y añadió apretándole el brazo afectuosamente—: gracias tío.

—Dales caña Marta.

—Marta, —dijo Esther—. Tranquila.

Después de hacer un gesto con la mano a los escoltas para que se quedaran fuera, se acercó a la puerta y sin llamar la abrió. Entró en el despacho dónde se encontraba el director con los padres del otro niño, que claramente obeso y con un ojo ostensiblemente oscurecido, estaba sentado en un sillón de un lado de la habitación y bebía despreocupadamente un refresco de cola.

—Lo primero que me vas a explicar es por qué has puesto a mi hija, una niña de siete años, bajo custodia, —le soltó al director sin saludarle previamente.

—¡Esa niña es un peligro público! —gritó el padre.

—¿Y por qué has avisado a estos antes que a mí?

—Marta, por favor, tranquilícese… —dijo el director.

—Estoy muy tranquila: te aseguro que no le gustaría verme cabreada, —le interrumpió.

—Por favor, vamos a ser razonables, —insistió el director.

—No me pida eso cuándo ha puesto a mi hija, una menor, bajo vigilancia.

—¿Qué está pasando aquí? —gritó el padre—. Esa niña ha agredido a mi hijo y exijo que se levante un expediente y que sea expulsada.

—No, no, no, vamos a dejarnos de expulsiones y vamos a aclarar esto.

—Esa es una buena idea, —dijo Marta sacando del bolsillo un dispositivo redondo, de unos cinco centímetros de diámetro, que depositó sobre la mesa y lo activó presionando la parte superior—. Sistema: activación por huella genética. JEMAD Marta Buendía, capitán general de las Fuerzas Aliadas.

—Confirmado JEMAD Buendía.

—¿A qué hora ha sido la supuesta agresión y donde? —preguntó Marta al director.

—Sobre las 10:30 y en el patio, —respondió el director.

—Sistema: localiza a Itziar Buendía Cortabarria en el patio de este colegio en rango horario 10:25 a 10:35.

—Procesando, —respondió el sistema mientras una luz holográfica aparecía sobre el dispositivo. Un minuto después la luz se amplió y apareció la imagen aérea del patio y un círculo rojo que rodeaba a una figura—. Itziar Buendía Cortabarria localizada en el rango horario solicitado.

—¡Esto es inadmisible! —vociferó el padre—. Eso no puede valer cómo prueba.

—Eso ya lo aclararemos más adelante, pero ahora quiero saber lo que ha pasado… en realidad, —dijo el director—. Por favor Marta: continúe.

—Sistema: plano secuencia a nivel de un metro de Itziar Buendía desde el horario inicial.

En la imagen apareció la niña de frente que jugaba con un par de compañeros. Un par de minutos después, todos miraron en una dirección y la niña empezó a andar. La imagen la siguió y se vio cómo se acercaba a otros dos niños. Uno de ellos, claramente obeso, tenía agarrada a una niña por la ropa y la zarandeaba.

—¡Déjala Carlos! —dijo Itziar. El otro niño la miró, y empujando a la otra niña la tiró al suelo.

—¿Tu que tienes que decir hija de puta? —dijo el gordo acercándose a ella.

—No quiero pelearme contigo, pero no está bien lo que haces, —respondió Itziar. El niño gordo la empujó y la tiró al suelo. Se levantó y añadió mientras en la imagen se veía cómo al fondo el de seguridad y el escolta se acercaban corriendo—: no quiero pelearme y déjalo ya.

Cómo respuesta, el gordo le lanzó un puñetazo e Itziar le esquivó. El gordo volvió a repetir el intento y la niña cogiéndole por la muñeca le dio un puñetazo en el rostro con la mano izquierda y lo volteó con una llave. El niño gordo se quedó despanzurrado en el suelo mientras lloraba y se quejaba tapándose el ojo. A continuación, llegó Esteban y atendió al niño gordo. El escolta, después de interesarse por la niña se mantuvo al margen: no podía intervenir en asuntos del colegio.

—Le has pegado tú Itziar.

—Sí, pero él me ha querido pegar primero y además estaba pegando a Mariela.

—Entendido cariño, vamos a ir al despacho del director, —dijo Esteban ayudando a levantarse al niño gordo. Después, se encaminaron hacia el edificio. A la niña la llevaba del hombro y al gordo cogido de la ropa.

—Sistema: identifica a niño obeso y envía esta filmación a la fiscalía de menores. Solicita también que se investigue la supuesta presión de los padres de ese niño al director del colegio para que ponga bajo custodia a Itziar Buendía que es la víctima de la agresión. También informa al departamento de buenas practicas del Parlamento Confederal de la actuación de los padres del niño y solicita una apertura de expediente informativo.

—Procesado: todas las peticiones han sido cursadas JEMAD Buendía, —dijo el sistema.

—Desactivar sistema, —dijo Marta y cogiendo el disco se lo guardó en el bolsillo. Después, mirando al director, añadió—: independientemente de lo que decida la fiscalía, quiero que el colegio tome medidas disciplinarias contra ese niño.

—Esta misma tarde se reunirá el consejo, —respondió el director con una leve sonrisa.

—¡Eso es inadmisible! Te voy a denunciar…

—Perfecto, —le interrumpió Marta— nos veremos en los tribunales, —y mirando al director, añadió—: me llevo a mi hija. Mañana regresara normalmente. Espero que tome medidas para que esto no vuelva a suceder, —y mirando a los padres con una sonrisa, añadió—: de todas maneras creo que les ha quedado claro que mi hija sabe defenderse perfectamente de matones de patio.

Y sin decir nada más, dio media vuelta y salió del despacho. Fuera, Itziar y Esteban jugaban con el móvil de este último mientras los escoltas reían.

—Creo que te va a tocar ir a declarar Esteban.

—No te preocupes Martita: sin problemas.

—No es Martita, es mama, —dijo Itziar mirando a Esteban.

—Para ti es mama y para mi es Martita, cariño.

—Anda, vete a recoger tus cosas que nos vamos a casa.

—Si mami.

—La niña es fantástica, —dijo Esteban viendo cómo se alejaba—. Puedes estar orgullosa de ella.

—Lo estoy Esteban, lo estoy.

 

 

Mientras Marta estaba en el colegio, Cortabarria, que estaba de visita en el Cuartel General, se pasó por su despacho para hablar con ella. Cuándo entró en el antedespacho, vio a Costa que hablaba con Anita.

—Buenos días.

—Buenos días mi señora, Marta no está.

—¿No está? —preguntó Cortabarria con extrañeza.

—No mi señora. Ha surgido un problema en el cole de Itziar y ha ido a ver.

—¿Pero…?

—No se preocupe, parece ser que se ha peleado con otro niño, —dijo la secretaria con cara de extrañeza.

—Raro: no me imagino a Itziar peleándose con nadie, —afirmó la ayudante de campo.

—¡Joder! ni yo.

—De todas maneras no deja de ser cosa de críos. No se preocupe.

—Por supuesto, pero no me preocupa la niña, me preocupa la madre, —dijo Cortabarria riendo— que Marta es muy burra.

—Y más si la niña está por medio, —añadió Anita.

—Desde luego. Cuándo regrese que me llame por favor, —le dijo a la secretaria.

—¿Quieres que la llame? —se ofreció la secretaria.

—No, no, que a lo mejor esta…

—¡Abuela! —la interrumpió la niña entrando en el antedespacho. Inmediatamente la cogió en brazos y la niña le enseñó la mano izquierda aparatosamente vendada. Colgada de la ropa con una pinza, una tarjeta de identificación que inmediatamente enseño también a su abuela—. Soy una visita.

—No es nada, —dijo Marta riendo—. Hemos pasado a ver a Orxim y no tiene nada roto, pero la ha puesto otro gel congelado y una venda. Lo tiene que tener un par de horas.

—¿Y que es lo que ha pasado?

—Nada, un niño cabrón…

—Mama, no se dice eso, —la interrumpió la niña.

—Desde luego que no cariño, —la apoyó la abuela—. Hay que ver esta mama.

—Cómo decía, un niño… malo… ha intentado pegarla y esta le ha puesto un ojo morado, —la niña miró a su abuela y se encogió de hombros.

—Ya sabes que…

—Si abuela, pero mama me ha dicho que nunca empiece yo, y que avise al otro que no quiero pelearme.

—Y lo has hecho muy bien tesoro.

—¿Se va a quedar aquí contigo? —preguntó Cortabarria.

—Iba a llamar a Mira para que venga a por ella.

—No, me la llevo yo.

—Vale de acuerdo, pero no le cuentes nuestros planes de invasión que esta lo casca todo en el cole, —bromeó Marta provocando las risas de todos.

—Que la voy a contar, si tú no me cuentas nada, —respondió Cortabarria riendo—. Mi amor, dale un beso a mama que nos vamos.

 

 

A media tarde, cuándo Marta llegó a casa se encontró a la pequeña Itziar que seguía con el vendaje y que se había puesto un pañuelo pendiente del cuello cómo si fuera un cabestrillo. Mira se echó a reír y se encogió de hombros. —Lleva así desde que llegó: es una comedianta.

Marta la cogió en brazos mientras la miraba riendo y la niña la sonrió también y se quitó el pañuelo. Después se sentó con ella en el sillón.

—Mañana, cuándo estés en el cole, no sabemos si estará ese niño…

—Se llama Carlitos.

—Vale, Carlitos. No quiero que te acerques a él. Si hay algún problema, se lo dices a Esteban y a algún profesor. ¿Está claro mi amor?

—Si mami.

—Quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti, —la niña se abrazó a su madre y esta la acariciaba el pelo y la besaba—. ¿Quitamos la venda? —la pequeña Itziar asintió y ella misma empezó quitarla hasta que dejó la mano libre—. Yo creo que así puedes hacer mejor los deberes del cole.

—Si mami.

—Pues venga, empieza mientras me cambio y me ducho, y luego te ayudo ¿quieres?

—Quiero ducharme contigo, porfa.

—Bueno vale, pero luego a estudiar.

—¡Si mami!

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 77
  • 4.69
  • 7

Soy un escritor aficionado sin ningún tipo de pretensión: solo quiero contar historias.

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta