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13 min
El Baldío (capitulo 64)
Ciencia Ficción |
10.11.21
  • 5
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  • 400
Sinopsis

En el capitulo de hoy: Marta viaja a la capital Xelar.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

 

—Computador: localiza a Itziar Buendía, —ordenó Marta presionando un botón que había en un cuadro de mandos de la pared.

—»Itziar Buendía está en el puente de mando de esta nave«

—¡La madre que la parió!

Rápidamente salió del camarote y se dirigió en busca de la niña. A bordo del crucero de batalla Cadaqués se dirigían a Knysna, la capital Xelar. Había sido e invitada por el canciller Tórkurim para que expusiera personalmente sus planes ante el Consejo. También la había pedido que llevara a la niña. Habían aprovechado las vacaciones de abril para emprender el viaje para que la niña no perdiera días de colegio.

Cuándo entró en el puente, lo primero que vio es al capitán sentado en el sillón del primer oficial y a la pequeña Itziar sentada en el suyo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Lo siento capitán, —se disculpó Marta—: se me ha escapado.

—Tranquila: estamos encantados de tenerla con nosotros. Tenía que verla pilotando la nave.

—Sí mami mira, —dijo la niña y bajándose se dirigió al puesto del piloto que en ese momento estaba ocupado por el avatar de la nave. Esta, con mucha delicadeza, la cogió y la sentó en sus rodillas. El avatar la iba indicando y la niña accionaba los controles.

—Genial mi amor, —dijo Marta, y luego, mirando al capitán mientras se sentaba a su lado, añadió de broma—: de todas maneras no la deje los controles de los torpedos, que esta la lía.

—¿Has visto mami? Estoy acelerando.

—Fantástico mi amor.

—La niña apunta maneras: esta va de cabeza a la escuela naval, —dijo el capitán riendo.

—Ya veremos, que todavía falta mucho.

—¡Señorita Buendía! —gritó Mira entrando también en el puente. La niña se sobresaltó cómo casi todos en el puente menos el avatar—. Ven aquí ahora mismo.

—No se preocupe que no pasa nada, —la disculpó otra vez el capitán.

—No es por eso capitán, —dijo Mira—. Ha aprovechado que he ido al baño para salir corriendo.

—Es que tardas más que lo caracoles, —se quejó la niña acercándose lentamente a su tía.

—No te hagas la graciosa que no está el horno para bollos, —la recriminó otra vez su tía—. A tu habitación ahora mismo.

—¡Jo! —dijo la niña, y con retintín añadió—. Y no tenemos habitación, tenemos camarote.

—¡Tira para el… camarote! Se han acabado las visitas, —insistió Mira, y mirando a su hermana añadió—: y tú no digas nada.

—Ni se me ocurre, —afirmó Marta riendo al igual que el resto de la tripulación del puente mientras Mira y la niña salían.

—De todas maneras mi señora no hay problema para que la niña nos visite cuándo quiera, —dijo el capitán invitándola a sentarse en su sillón.

—No es ese el problema, es que se le ha escapado a su tía, —dijo Marta haciéndolo—. Sé que tenían previsto visitar ingeniería, pero hasta que a Mira no se le pase en cabreo…

—Estamos a su disposición: ya sabe que no hay problemas. Además, estamos acostumbrados a tener niños. Cuándo patrullamos la zona de demarcación embarcamos a las familias porque son misiones de siete meses, pero para este viaje han desembarcado para aprovechar las vacaciones.

—¿Cuántos niños tienen normalmente? —preguntó Marta.

—En el último viaje, en total de todas las edades, catorce.

—¿Y cómo estudian, por galaxinet?

—Así es, y con un profesor de apoyo que viaja con nosotros, —respondió el capitán—. Además de un psicólogo infantil, un par de animadores y un pediatra.

—¿Dos animadores?

—Si mi señora. Tenga en cuenta que aquí no salen de casa y se van al parque: todo es distinto.

—Claro, claro. Bueno capitán, le dejó, —dijo Marta levantándose y riendo añadió—: voy a ver si mi hermana y mi hija han hecho las paces.

—Seguro que sí: la niña es fantástica.

—Gracias capitán.

 

 

Anochecía cuándo llegaron a Knysna. El canciller y su familia las estaban esperando en el puerto espacial. Su hija y la pequeña Itziar se reconocieron en el acto y cómo dos imanes se abrazaron y empezaron a charlar cómo si no llevaran más de seis años sin verse. La hija de Marta solo era un año más joven que la de Tórkurim.

—Que fácil lo hacen todo los niños, —comentó el canciller.

—La verdad es que si, —dijo Marta—. Aunque en ocasiones también tienes ganas de estrangularlos.

—Eso también es verdad.       Bueno, mañana por la tarde nos empezamos a reunir con los miembros del Consejo. Mi hija y su madre se ocuparan de tu familia. Han preparado un programa de visitas para los dos próximos días y no te preocupes que también van a tener tiempo libre para que las dos hagan sus cosas.

—Genial, pero sobre lo nuestro, todavía no termino de ver…

—Las cosas han cambiado, —dijo Tórkurim cogiéndola del brazo y haciendo un aparte mientras bajaba la voz—. He estado trabajando en la posibilidad de Zoltan Tedra y ahora mismo estoy a dos votos de poder exponer la operación a la Asamblea Nacional.

—Eso esta genial, pero perdemos la confidencialidad.

—Efectivamente, así es, pero si conseguimos el apoyo del pueblo, tendrías las manos libres para actuar cuándo quieras, no tiene por qué ser inmediatamente.

—Entiendo, pero ¿no le preocupa que agarre por el pescuezo a algún consejero? —bromeó Marta.

—No, porque sé que lo dices de broma, pero no creas, podría vivir con ello, —bromeó también Tórkurim.

—No me tiente que ahora que me llevo bien con los de Nueva España no me voy a hacer enemigos aquí.

—Vamos a procurar que no.

En los dos siguientes días, Marta y Tórkurim se estuvieron reuniendo con consejeros y altos funcionarios de la administración del estado Xelar. El canciller estaba encantado porque insospechadamente, Marta demostraba unas dotes diplomáticas desconocidas. Finalmente, consiguieron los dos votos que faltaban y el gran día llegó, el debate del Consejo se retransmitiría a la Asamblea Nacional y todos los ciudadanos Xelar votarían en línea.

El primero en tomar la palabra fue el canciller que durante casi una hora estuvo desgranando todos los aspectos que tenían que ver con las relaciones políticas y económicas con El Baldío.

—Resumiendo, desde que España trabaja en El Baldío, nuestra economía ha tenido un crecimiento acumulado de un 72,4%. De ese porcentaje, más de la mitad es consecuencia directa de la apertura de mercados en los mundos liberados. Cuándo liberemos totalmente la zona que queda ocupada por Tardasia, nuestro mercado comercial se ampliara, en al menos, trescientos mil millones de nuevos consumidores, además de los contratos de reconstrucción civil. Y ahora cedo la palabra a la capitán general y jefe de las fuerzas aliadas en El Baldío, Marta Buendía.

—Gracias mi señor. Cómo todos ustedes saben, hace unos meses, las fuerzas aliadas liberamos Próxima Tambedrix. Desde allí, tenemos dos posibilidades. Una, ir contra Makambaaco, Ceres y Arthangay, y otra, ir directamente contra Zoltan Tedra, treinta y dos años luz dentro de la zona tardasiana, —durante más de treinta minutos estuvo desgranando pormenorizadamente las operaciones planteadas. Durante la exposición, Marta tuvo especial cuidado de dirigirse siempre a la cámara de video que tenía frente a ella: quería dar la impresión de que se dirigía a los ciudadanos Xelar—. Por último, si me lo permiten, quisiera hacer un apunte al informe económico presentado por el canciller Tórkurim. Actualmente, disponemos de una fuerzas armadas acordes al esfuerzo de guerra que Hispania y los mundos aliados están llevando a cabo. Unas fuerzas armadas que no serian necesarias en un Baldío en paz. Eso significaría que licenciaríamos al menos diez millones de soldados entre españoles y aliados. Las inversiones para proveer de puestos de trabajo a esa nueva mano de obra aumentaran y eso repercutirá positivamente en el crecimiento económico, no solamente en los mundos de El Baldío, también en Xelar. Y eso es todo, muchas gracias por su atención.

—Muchas gracias Marta, —dijo Tórkurim—. ¿Alguna pregunta?

—Marta, has hablado de reducir la infantería, ¿la flota se vería también afectada? —preguntó uno de los consejeros afines al canciller.

—Parcialmente mi señor. Conservaríamos toda la flota de ataque y sus naves de asistencia logística. Retiraríamos del servicio parte de los transportes de tropas que no desmantelaríamos, pero si estacionaríamos en depósitos de reserva. La zona de demarcación hay que seguir teniéndola vigilada, por lo que pueda pasar, y tenemos que seguir teniendo capacidad de respuesta ante cualquier contingencia.

—Mi señora, —dijo otro consejero—. Veo que eres partidaria de la opción de Zoltan Tedra, y tengo que decir que a mi también me gusta, pero la duda que tengo es ¿y luego, nos quedamos o nos vamos?

—Esa es una decisión que les corresponde a ustedes, pero si quieren saber mi opinión, yo me quedaría. No creo que haya nadie en este Consejo o en la Asamblea Nacional que tenga alguna duda sobre la fiabilidad de Tardasia. Desde Zoltan Tedra, tenemos a tiro con nuestros nuevos misiles balísticos interestelares, a la capital y otra zona minera e industrial también muy importante para ellos: Kaliicantam.

La sesión continuó durante casi una hora más y por primera vez desde hacia tiempo, entraron preguntas de ciudadanos en línea. Entre Marta y el canciller, fueron respondiendo a todas las dudas hasta que finalmente se dio por concluida la sesión.

—Ha ido mejor de lo esperado, —dijo el canciller acercándose a Marta, que junto a Anita y Costa recogían las cosas de la mesa.

—¿Usted cree?

—Con toda seguridad, —respondió mientras consultaba una tableta—. El nivel de votación es enorme y si continua así es posible que esta tarde tengamos ya el resultado.

—Pero ¿no eran 48 horas?

—Sí, pero si una de las opciones llega al cincuenta por ciento se espera una hora más y se cierra definitivamente.

—Discúlpeme me señor, —dijo Costa interviniendo en la conversación—. Pero eso no parece…

—¿Demasiado justo? —la interrumpió Tórkurim.

—Eso mismo estaba pensando yo también, —afirmó también Marta.

—Esta información que tengo en la tableta y que me dice el nivel de votación general, —respondió el canciller mostrando la tableta— la tienen el resto de electores de todo Xelar. Cómo veis, aquí me dice cuál es la cantidad de votos necesarios para aprobar la moción que en estos momentos es de cuatrocientos veinte mil millones.

—Entiendo. En el momento en que se alcance esa cifra no es necesario seguir votando porque la propuesta esta aprobada aunque el resto de votos sean negativos.

—Así es Marta.

—Podríamos hacer algo así en Hispania: barreríamos toda esa basura parlamentaria, —afirmó Anita que hasta ese momento había permanecido en silencio.

—El problema, que esa basura parlamentaria, es la que tiene que aprobar esa medida, —respondió Costa.

—Y claro, no se van a pegar un tiro en el pie, —añadió Marta riendo—. De tontos no tienes un pelo.

—Desde luego sois peligrosas, —dijo el canciller riendo.

—En absoluto, es hablar por hablar, —dijo Marta riendo—. Cosas de chicas.

—Si se cumplen las previsiones, podrás regresar antes a Mandoria.

—Si no tiene inconveniente, prefiero seguir cómo estaba previsto. Itziar me dijo anoche que se lo estaba pasando muy bien con su hija.

—No hay problema: lo sabes.

—Gracias señor canciller, pero es que luego en casa entre el colegio y los entrenamientos tiene un programa bastante intenso.

—¿Entrenamientos? —preguntó Tórkurim.

—Sí, es ya una guerrerita cómo su madre, —afirmó Costa riendo.

—Incluso ya ha ganado su primera batalla.

—¿Cómo es eso? —preguntó Tórkurim interesado.

—Una pelea en el patio del colegio.

—No exageréis, —se quejó Marta.

—Le puso el ojo morado a otro niño… y con razón.

—Entonces ha salido a su madre, —dijo el canciller riendo. Después, mirando a las dos mujeres añadió—: he admirado a Marta desde el mismo momento en que la conocí, pero definitivamente desde que un día apareció herida ante mi, en mi despacho, para entregarme un mensaje de Cortabarria.

—No he oído hablar de eso, —dijo Costa.

—Se mantuvo en secreto, pero ella sola se cargó toda la red de agentes que Tardasia tenía en Zeff y aquí.

—¡No me diga! —exclamó Anita.

—Aún recuerdo que estuve más de una hora dando explicaciones al canciller de Zeff. Estaban cómo locos. Ese nivel de violencia era y es desconocido allí.

—No fue para tanto…

—Tres muertos en la nave de pasaje que te llevó allí y otros cuatro o cinco en la parte vieja de la capital, y con cortes y amputaciones.

—¡Joder! Esos cabrones me atacaron con espadas, —exclamó Marta—. Qué quería ¿que me defendiera a besos?

Todos se echaron a reír y después de intercambiar unas palabras más salieron de la sala del Consejo.

La moción fue aprobada esa misma tarde y un par de días después emprendieron el viaje de regreso a Mandoria.

 

 

Estaban a treinta horas para llegar, cuándo Anita recibió una llamada del JEMACON, Alicia Luque. Después de hablar unos momentos con ella, cortó la comunicación y fue al encuentro de Marta que estaba en una especie de mirador que tenía la nave. Cuándo entró, estaba sentada en el suelo, frente al ventanal, con la niña sentada en su regazo rodeada por los brazos de su madre.

—Siento molestarte Marta.

—No te preocupes, —respondió la niña forzando la sonrisa de mama.

—Gracias cariño, —y mirando a Marta añadió—: he estado hablando con Luque. Quiere que la veas nada más llegar: dice que es algo muy importante.

—¿Solo te ha dicho eso?

—Es algo que tiene que ver con Tardasia, pero no con las recientes operaciones en Próxima, y que el asunto hay que hablarlo presencialmente.

—¡Hay que… fastidiarse! —exclamó Marta dando un beso a su hija—. Mi amor, cuándo lleguemos ¿te importa irte con la tía a casa mientras yo me voy a ver que quiere la pesada de Alicia?

—Alicia no es pesada, —dijo la niña dándose la vuelta y abrazando a su mama—. Vale mami: nos apañaremos.

—Gracias mi amor.

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