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15 min
El Baldío (capitulo 66)
Ciencia Ficción |
24.11.21
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: cumbre de lideres.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

 

Al día siguiente, todas las delegaciones estaban presentes en el centro invernal de Tarsix Verviriom. En la órbita, en la zona aliada, reinaba imponente el acorazado Xelar que había transportado al canciller Tórkurim. Esa misma tarde hubo una primera toma de contacto informal.

La emperatriz llegó cuándo los demás mandatarios ya estaban en el salón dónde se serviría un vino español por deseo de la propia emperatriz. El canciller, el presidente y Taaradiix de Orión charlaban animadamente esperando su llegada.

Esta fue un tanto espectacular. Resplandecía cómo una ficticia santa católica debido al campo de fuerza personal que utilizaba. Nada más entrar y una vez cerrada la puerta, su jefe de seguridad lo desactivó e inmediatamente se acercó al grupo. Bestia un traje chaqueta bastante sobrio, sin ningún tipo de adorno y zapatos cerrados sin tacón. Igualmente no se veían joyas de ningún tipo salvo una pequeña alianza de oro que llevaba en el dedo anular de la mano derecha.

—Señor presidente, señor canciller, buenas tardes, —dijo la emperatriz cuándo llegó junto a ellos ofreciéndoles la mano. A Taaradiix le saludo con una inclinación de cabeza. Junto a ella, llegó su jefe de seguridad que con uniforme militar de paseo se sitúo a un par de metros a su derecha. Inmediatamente, Esther, que actuaba cómo jefa de seguridad aliada para este evento, se acercó y saludándole con una inclinación de cabeza se sitúo junto a él. Todo estaba hablado y perfectamente pactado.

—Buenas tardes mi señora, —dijo el canciller aceptando la mano que le ofrecían.

—Buenas tardes emperatriz Kaxila, —dijo el presidente de la República aceptando también su mano.

—Bueno, pues ya estamos todos, —dijo Taaradiix—. Espero que esta primera toma de contacto y las reuniones posteriores sea el comienzo de un buen acuerdo para todos.

Inés, se acercó al grupo y les indicó que se acercaran a una pequeña mesa alta. La seguridad tardasiana se había negado a que nadie se acercara al grupo, incluso se habló de que fueran los propios mandatarios los que se sirvieran la copa de vino. Entonces, Esther puso sobre la mesa su nombre que fue inmediatamente aceptado: la emperatriz había oído hablar de ella.

Inés descorchó una botella y sirvió las cuatro copas y acto seguido destapó unos platos de aperitivos.

—Mi señora, —dijo Inés dirigiéndose a ella—. Son productos españoles, pero casi todos son de procedencia animal, —después, destapando otro plato añadió—: lo que hay aquí es todo de procedencia vegetal.

—Inés, ¿hay jamón? —preguntó la emperatriz.

—Por supuesto mi señora, —respondió sorprendía indicando uno de los platos—. Pero… es un producto animal.

—Un poquito si podré comer, —dijo la emperatriz con una sonrisa. Los demás se miraron entre si con disimulo mientras cogía un poco y se lo llevaba a la boca—. ¡Joder! Señor presidente, si cerramos el acuerdo comercial, esto hay que incluirlo.

—Mi señora, si cerramos ese acuerdo la envío un jamón todos los meses, —dijo el presidente riendo.

—Pues mañana mismo: preparen los papeles, —bromeó la emperatriz y todos rieron.

—Bromas a parte, esperamos que todo se desarrolle a gusto de todos, —intervino el canciller.

—Señor canciller, en algún libro español leí y que el mejor acuerdo es aquel que no satisface plenamente a nadie.

—Eso es cierto mi señora, pero también tiene que ser beneficioso para todos, —apuntó el presidente.

—Entonces estoy segura de que no habrá problema.

—Eso esperamos nosotros también: la cooperación y el intercambio comercial son el motor del desarrollo, —dijo el canciller.

—Y la cultura, no olvide la cultura, —añadió la emperatriz sorprendiendo a todos.

—Es un aspecto que podríamos incluir en las negociaciones.

—Lo veo bien, así no tendré que sacar de contrabando las novelas españolas.

—Emperatriz Kaxila, me tiene usted sorprendido, —dijo el presidente.

—¿En qué sentido señor presidente?

—Esperaba encontrarme con…

—¿Una asesina déspota y sanguinaria? —respondió Kaxila interrumpiéndole—. También soy esa persona, no lo dude, pero debajo de toda esa… costra de sangre y salvajismo esta Kaxila: una estudiante universitaria.

—¿Estudio en la universidad? —se interesó el canciller.

—Estaba estudiando lo que ustedes llamarían literatura cuándo empezó la guerra civil, —y riendo añadió—: y era raro, en la familia imperial nadie estudiaba en la universidad.

—¿No pudo terminar la carrera? —preguntó el presidente. La emperatriz se limitó a negar pensativa con la cabeza—. Cuándo se está al frente de grandes sociedades hay que renunciar a muchas cosas.

—Así es señor presidente, —después, cómo si hubiera accionado un interruptor, se puso tremendamente seria—. Bueno, si me disculpan me voy a retirar que mañana tenemos mucho de que hablar y las negociaciones no van a ser fáciles.

En ese momento Inés, que estaba juntó a los jefes de seguridad atenta a las necesidades de los mandatarios, se acercó con un pequeño táper.

—Si me permite mi señora, —dijo cogiendo con unas pinzas jamón del plato y llenando el recipiente. Después lo cerró e hizo ademán de entregárselo al jefe de seguridad imperial, pero la emperatriz, lo impidió poniendo su mano en el antebrazo de Inés.

—Gracias Inés, eres muy amable, —y cogió el táper—. Dale recuerdos a tu señora.

—De su parte mi señora.

Después se despidió de los demás estrechándoles la mano y se dirigió a la puerta por dónde había accedido a la sala. Mientras la activaban el campo de fuerza personal, miró a los mandatarios, inclino levemente la cabeza y salió.

El presidente miró al canciller arqueando las cejas mientras este ponía cara de extrañeza. 

—Taaradiix, dígame, —dijo el canciller mirando al canciller de Orión—. ¿Ha tratado mucho con ella?

—Media docena de veces, y tengo que decirles que también estoy sorprendido: nunca la he visto así, —reconoció.

—¿Y que Kaxila nos vamos a encontrar mañana? —preguntó el presidente.

—La última, no lo dude señor presidente. Aun así, tienen que tener en cuenta que la emperatriz no es una bestia descerebrada, es terriblemente inteligente: no lo olviden.

 

 

Una hora después, cuándo los mandatarios se retiraron, Inés regresó al República cuándo ya se había decretado el periodo nocturno. Entró en el camarote de Marta y la encontró tirada en el sofá leyendo una novela.

—¿Qué tal ha ido todo? —la preguntó mirándola.

—Pues muy bien, —respondió Inés después de servirse una copa de vino y sentarse en uno de los sillones—. No me la esperaba así.

—¿Y eso?

—Simpática, agradable, amena…

—¡No jodas!

—… se la ve culta, y de pronto se ha puesto seria y se ha largado abruptamente. No ha estado ni un cuarto de hora. Por cierto, lee novelas españolas: al menos eso ha dicho.

—Ahora si que me has dejado muerta.

—¿Has hablado ya con la niña?

—Sí, Hace rato, —respondió Marta mirando la hora en el teléfono móvil que había junto a ella—. Allí son ya las doce de la noche. ¿Has podido ver a Esther?

—Sí, claro, he estado con ella, pero no he podido hablar mucho. Esta hasta las tetas…

—Hay pobre.

—… y encima tiene que estar negociando con el jefe de seguridad de la emperatriz: ¡te cagas!

 

 

Las rondas negociadoras empezaron al día siguiente y fueron intensas y en ocasiones abruptas. En varias ocasiones las delegaciones se retiraron hasta que los técnicos suavizaran las diferencias, e incluso en una, la emperatriz y el presidente elevaron la voz mucho más de lo recomendable.

El principal escollo, que por diversos desencuentros se fue posponiendo hasta el final, fue todo lo relativo a la situación militar.

—Es inaceptable que pretendan cerrar un tratado sin solucionar la cuestión del cinturón Bornarii, —dijo con vehemencia la emperatriz.

—Es un asunto bilateral entre ustedes y Talíssia, —respondió igual de vehemente el presidente de la República—, pero la recuerdo que el Cinturón Bornarii fue arrebatado por la fuerza hace más de cien años a Talíssia.

—¡Pero ustedes participaron apoyando a Talíssia!

—¡Porque ustedes atacaron una de nuestras naves!

—¡Qué estaba en nuestro territorio y había destruido una de nuestras bases de investigación!

—¡Vamos a intentar mantener la calma! —intervino el canciller de Orión levantando la voz también—. Propongo un receso de cinco minutos para calmarnos.

—Apoyo la propuesta, —dijo Tórkurim levantándose—. Por favor emperatriz, vamos a tranquilizarnos.

La aludida se levantó y se separó unos metros seguida por el canciller Taaradiix. Llegó al lado de su jefe de seguridad y se puso a pasear para tranquilizarse.

—Kaxila por favor, —dijo Taaradiix—. No te obceques. Estás centrando la negociación en una zona que no te aporta nada: no tiene recursos y ni siquiera vale como bastión estratégico.

—Pero es que se juntaron para quitárnoslo ¡Joder!

—Si hubierais dejado a esa nave salir, conservaríais Bornarii.

—¡Joder Taaradiix! que esa nave destruyó Serianís.

—Pues muy bien y ahora que ¿vas a perder lo que te queda de flota en recuperar algo del que no puedes sacar ningún beneficio? —la emperatriz siguió paseando con los brazos en jarra por delante de su jefe de seguridad. Taaradiix le miró y dijo—: ¡joder! Dila tú algo.

—La emperatriz sabe muy bien lo que tiene que hacer.

Kaxila siguió paseando hasta que finalmente se paró frente a su jefe de seguridad. Le dio unos golpecitos con la mano en el pecho y girando se dirigió a la mesa de negociaciones sentándose. Los demás hicieron lo mismo.

—Bien señores, —dijo la emperatriz—. Creo que hemos aumentado el volumen del debate más de lo deseable, les pido disculpas. Quiero un compromiso por parte de ustedes dos de que en caso de un futuro conflicto entre Talíssia y nosotros, no van a intervenir de ninguna manera.

—Hispania tiene firmado un tratado comercial y de asistencia militar con Talíssia, —dijo el presidente de la República—. Cualquier ataque a la integridad territorial de Talíssia significara una respuesta contundente por parte nuestra.

—Y nosotros somos garantes de ese tratado, —dijo el canciller Tórkurim—. Pero, podemos acordar con usted de que ni Hispania y Xelar, nunca intervendrán en algún acto de agresión de Talíssia hacia Tardasia.

—Eso es muy razonable porque prácticamente se garantizan los limites actuales de Tardasia, —dijo rápidamente el canciller de Orión—. Y se sientan las bases de la estabilidad de la zona.

—Ese es un acuerdo que podemos suscribir porque el tratado con Talíssia no contempla participar en algún acto de agresión contra Tardasia, —admitió el presidente.

—Podemos aceptar esa propuesta, —dijo finalmente la emperatriz después de recapacitar unos segundos—. Que los equipos trabajen para plasmar lo acordado en el tratado.

—Resumiendo, —dijo el canciller Tórkurim—. Tardasia evacuara todas sus tropas regulares y asociadas de El Baldío. Una vez completado, Hispania y Xelar garantizaran la integridad territorial de Tardasia y la legalidad de los limites de la zona de demarcación. Las dos zonas de colonización que existen en El Baldío ocupado pasan a ser protectorados Xelar y garantizamos su total seguridad.

—Quiero también por escrito el compromiso de que de ninguna manera actuaran contra nuestras zonas de actividad económica, en especial Zoltan Tedra, —afirmó la emperatriz.

—No es necesario, —dijo el presidente—. Ya estamos reconociendo la inviolabilidad de la zona de demarcación y con eso es suficiente.

—Tiene razón señor presidente, —dijo el canciller Taaradiix—, y por eso no cuesta nada hacer una mención a especial a Zoltan Tedra.

—Y a Kaliicantam y el resto de zonas económicas, —afirmó Kaxila desafiante.

—De acuerdo, —dijo Tórkurim después de cuchichear con el presidente de la República—. En el documento se especificara que, aunque no es necesario, Hispania y Xelar garantizan que Zoltan Tedra, Kaliicantam y el resto de zonas económicas de Tardasia no serán objetivos militares mientras se mantenga la paz.

—El último párrafo no es necesario: se da por sobreentendido, —afirmó la emperatriz.

—Y lo de Zoltan Tedra y Kaliicantam también ¡joder! —dijo el presidente levantando un poco la voz.

—Vamos a tranquilizarnos, —dijo el canciller de Orión y mirando a la emperatriz añadió—: ¿quiere un pequeño receso para recapacitar?

Kaxila le miró largamente. Se notaba que su cerebro estaba trabajando a toda velocidad. Finalmente, negó con la cabeza—. De acuerdo, podemos aceptar la propuesta de Tórkurim.

—¿Tenemos un acuerdo mi señora? —dijo el canciller Xelar ofreciéndola la mano.

—Sí, lo tenemos, —respondió Kaxila aceptándola. Todos los presentes empezaron a aplaudir, incluidos los jefes de seguridad que también se estrecharon las manos. La emperatriz ofreció también la mano al presidente de la República que también la aceptó—. Es usted un negociador muy duro.

—Usted también me las ha hecho pasar putas, —se sinceró el presidente.

—Los funcionarios pueden ocuparse de los flecos, —propuso el canciller de Orión—. ¿Lo celebramos?

—Estaría bien, —dijo el presidente haciendo un gesto hacia Inés que también estaba aplaudiendo. Inmediatamente sacó un carrito y empujándolo se acercó a la mesa. Descorchó una botella de vino, lleno las copas y las fue repartiendo. Los mandatarios las levantaron para brindar: “por la paz”.

—Queda todavía el asunto fronterizo con Orión, —dijo el presidente.

—Mi gente ya está trabajando en un documento que podremos presentar esta tarde, —afirmó Taaradiix—. Una vez concluida la retirada de Tardasia, trasladamos los términos de su tratado a nuestra zona fronteriza.

—Me parece bien, —dijo el presidente.

—También hay que fijar los pasos comerciales y todo el tema arancelario.

—No habrá problema.

—Perfecto, —afirmó el orión levantando la copa—. Por el entendimiento.

Los demás también brindaron mientras Inés colocaba unos platos con embutidos españoles sobre la mesa, y uno especial con algunos vegetales y un poco de jamón junto a la emperatriz.

—Gracias Inés, —dijo sonriéndola.

 

 

En el puente de mando del República, Marta había presenciado el debate en directo junto al almirante Marchena. Los dos se levantaron también aplaudiendo y después se había fundido en un fraternal abrazo mientras los tripulantes aplaudían también.

Marta notaba que las lágrimas acudían a sus ojos y luchaba por impedirlo.

—No, si al final te vas a poner a llorar, —bromeó Marchena achuchándola. Los tripulantes seguían aplaudiendo pero esta vez dirigidos a ella. Incluso los más próximos se acercaron para darla un par de besos.

—Gracias chicos, muchas gracias, —dijo Marta secándose las lágrimas con los dedos—. Cómo la emperatriz me vea así nos invade seguro, —bromeó y todos rieron.

—Ella sabrá, pero a nosotros nos manda la gran Marta de España, —dijo Marchena y un alubión de vítores se escuchó en el puente.

—No chicos por favor. Hace más de veinticinco años, cuándo entré en la nave de las Bardenas, no podía ni siquiera imaginar lo que me depararía el futuro. Hemos perdido a muchos camaradas, a muchos amigos, algunos muy queridos para mi, pero finalmente hemos llegado a este histórico día en el que los políticos, nuestros superiores, apoyados en la fuerza de nuestra convicción, han cerrado un acuerdo de paz con Tardasia. Un trabajo que empezó mi señora Itziar Cortabarria, —un alubión de aplausos se elevó entre los asistentes— y que hemos concluido nosotros.

»Hemos demostrado de sobra, que en la guerra, todos juntos, cómo hermanos y hermanas, sabemos trabajar, y ahora demostraremos, que también en la paz lo sabremos hacer. Ha llegado la hora de que las armas callen y que las sociedades se desarrollen en paz, pero que nadie dude de que las Fuerzas Armadas Españolas y Aliadas estaremos vigilantes para que esa paz se mantenga.

Marchena empezó a aplaudir junto al resto de tripulantes y después la volvió a achuchar cariñosamente.

Cuándo Marta dejó de hablar y mientras los asistentes aplaudían, Anita se puso a teclear en una consola lateral y copió en una unidad de datos el discurso de su señora. Después, se lo guardó en el bolsillo y se acercó para abrazarse a ella.

Esa misma tarde se anunció el acuerdo de paz y en todos los mundos de El Baldío se organizaron fiestas populares para celebrarlo. Anita, envió entonces la grabación a Luque, en el Cuartel General en Mandoria, que cuándo lo vio lo publicó en galaxinet inmediatamente.

Se hizo viral.

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