cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

21 min
El Baldío (capitulo 7)
Ciencia Ficción |
25.09.20
  • 5
  • 1
  • 203
Sinopsis

En el capitulo de hoy: Tardasia ataca Mandoria.

 

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                                                *     *     *     *      *

Era madrugada y las primeras luces del alba todavía no rasgaban las brumas de la noche en Mandoria. El ambiente estaba un poco fresco por una ligera lluvia que había estado cayendo a primera hora de la noche, pero ahora el cielo estaba estrellado.

La cabo Inés Martín, asistente personal de la teniente general Cortabarria, entró apresuradamente en el apartamento de su superiora sin llamar: por cuestiones de proximidad ocupaba un apartamento cercano. Se dirigió al dormitorio, encendió la luz y zarandeó levemente a la general.

—Despierte mi señora: tiene que levantarse, —la apremió.

—¿Qué ocurre Inés? —preguntó sobresaltada saltando de la cama todavía un poco aturdida. Era consciente de que algo muy grave ocurría para que su asistente entrara en su dormitorio y la despertara de esa manera tan apremiante.

—Tropas enemigas han desembarcado a ciento diez kilómetros al norte de la capital, en un lugar llamado Caldera de Ardim. Al parecer son tardasianos.

—¿Corsarios o tropas regulares?

—No lo sé mi señora.

—¿Se ha dado la alarma en las unidades? —preguntó mientras se ponía los pantalones de faena que la cabo había sacado del armario.

—También lo desconozco mi señora. Me ha llamando el jefe de turno del Centro de Mando,—respondió entregándola la guerrera y arrodillándose para atarla los cordones de las botas—. Abajo tenemos un vehículo preparado.

—Gracias Inés, —dijo mientras conectaba su teléfono móvil y su asistente la colocaba el cinturón con su arma reglamentaria. No dijo nada, se limitó a escuchar atentamente y finalmente preguntó—: ¿Son tropas regulares?… de acuerdo, movilización general. Manda grupos de reconocimiento a la zona y que las avanzadas ocupen los cerros que hay al sur de la Caldera. Avisa a la teniente Buendía y que vaya al CM. Ya salimos para allá.

Salieron del apartamento, bajaron las escaleras a la carrera y en la puerta se subieron a un vehículo que había con uno de sus escoltas al volante. La noche se iluminaba con los impactos de las armas de la flota tardasiana sobre los escudos de energía de la capital que ya se habían activado. A toda velocidad, en cinco minutos se presentaron en el Centro de Mando donde la actividad era frenética.

—¿Por qué no está todo el mundo aquí? —preguntó mientras entraba y veía que faltaba mucha gente.

—Estamos llamando a todos, pero mucha gente está de fin de semana, no han regresado y el turno no se ha cubierto.

—¡Joder! Deberían estar aquí el domingo por la noche, —dijo Cortabarria de mala manera—. Pero ahora lo más importante es saber que está pasando en Ardim.

—Dos grupos de reconocimiento de la Legión ya han salido hacia allí, —dijo un coronel—. Tardaran en llegar porque tienen que atravesar la capital con los vehículos terrestres: los medios aéreos no se pueden utilizar porque los escudos de defensa están activados en la capital. Estamos intentando formar otros dos grupos.

—¿Cuantas naves hay en la órbita?

—No lo sabemos. El control de Mandoria no ha detectado nada: posiblemente también estén de fin de semana.

—¡Joder, esto es un puto desastre! —afirmó Cortabarria levantando la voz, y mirando a uno de sus subordinados, el general Paco Castro, que entraba en el CM, añadió—: habla con la cancillería y pide que nos den las claves para poder operar nosotros los satélites de control de órbita.

—Ahora mismo mi señora.

—¿Podemos conectar con Nueva España?

—Negativo mi señora: tenemos las comunicaciones interplanetarias bloqueadas.

—De acuerdo. Ordena a los Regulares que en un par de naves intenten salir del planeta para enviar un mensaje al cuartel general y que de paso nos informen de cuantas naves enemigas hay en la orbita. Cuándo se pueda, hay que mandar drones de reconocimiento a la zona de desembarco: los tardasianos no suelen tener equipos antiaéreos.

Las órdenes de Cortabarria se iban cursando según iba dándolas. Poco a poco el CM empezó a llenarse de oficiales y suboficiales de estado mayor y la información empezó a fluir.

—Mi señora, el canciller nos envía las claves y me ha confirmado que no había nadie en el Control de Tráfico Planetario. Lo están investigando, —informó Castro acercándose.

—De acuerdo. Poneros con eso a ver si con un poco de suerte no los han destruido: necesitamos saber que flota han traído por si los chicos que hemos enviado no pueden hacerlo.

La Caldera de Ardim era un antiguo cráter de más de setenta kilómetros de diámetro fruto del impacto de un meteorito unos millones de años antes de la actualidad. Toda la zona norte y oeste coincidía con las montañas Azules, con picos de más de tres mil quinientos metros de nieves semi perpetuas. El resto del perímetro se iba suavizando en dirección a la capital hasta llegar a la zona sur donde se erguían cerros de no más de seiscientos metros. Ahí era donde Cortabarria quería desplegar sus fuerzas y crear un dispositivo defensivo para hacer frente a las unidades de la infantería pesada de la guardia imperial tardasiana.

 

      —Mi señora, el general jefe de la Legión me dice que se pone en marcha con dos banderas, pero que las otras dos tardarán un par de horas más.

—Por fin alguien que hace bien las cosas, —dijo Cortabarria inclinándose sobré el mapa electrónico de la zona—. Vamos a desplegar todo el Tercio entre el río Kokay y la cota 2963. Que ocupé las alturas y se atrinchere. Morteros y calibres 50 en vanguardia, y artillería y lanza cohetes por detrás. Vamos a situar los obuses de 155/52 en una posición muy adelantada para que con alcance máximo podamos batir posiciones cercanas a su retaguardia cuándo nos convenga.

—Mi señora, con el debido respeto, —dijo Castro mirando también el mapa de operaciones—. No sabemos dónde han desembarcado exactamente: la Caldera de Ardim tiene una extensión enorme.

—Además, esos obuses tan adelantados quedan muy expuestos.

—Es un riesgo asumido. Efectivamente, la caldera tiene unas dimensiones enormes, pero me imagino donde lo han hecho. Ellos siempre dan distancia para luego avanzar en ataques frontales, por eso quiero esos obuses muy adelantados: quiero que todo el terreno desde nuestras posiciones, hasta los 25 o 30 km. de su alcance, o incluso 40 si es preciso, se convierta en un infierno, —siguió estudiando el mapa y añadió—. Que la división de cazadores de montaña embarque en sus transportes y que vengan aquí cagando hostias. Que ocupen las alturas desde el fin del despliegue de la Legión en la cota 2963, hasta el paso Tarques para tenerlo controlado. Igual: morteros y calibres 50 en vanguardia y artillería y lanzacohetes por detrás. Si no hay actividad en el hemisferio sur, que los Regulares embarquen también y se despliegue al otro lado de la caldera para cerrar por ahí y con el mismo planteamiento, —y viendo entrar en el CM a la teniente Marta Buendía, de la Fuerza de Guerra Naval Especial, la llamó con la mano y la ordenó—: teniente, necesito que te infiltres en la retaguardia enemiga e instales equipos ópticos para tenerlos monitorizados: todas estás alturas de las estribaciones de las Montañas Azules pueden ser ideales.

—Podemos intentar acercarnos más mi señora: desde dónde me indica los equipos ópticos pueden quedar alejados.

—Lo sé Marta, pero solo quiero saber cuándo se mueven las unidades y que intendencia tienen. También quiero que localices su nodo de comunicaciones principal y lo pinches: quiero saber que hablan entre ellos. No quiero que entres en combate bajo ninguna circunstancia: todavía no es el momento. ¿Está claro Marta?

—Perfectamente claro mi señora.

 

Sabía muy bien lo que hacia. Desde qué fue destinada a El Baldío, primero como general de división en Nueva España, y luego como teniente general al mando de las fuerzas en Mandoria, había estado estudiando al enemigo y es que era una obsesa de la historia militar en todas sus facetas. Había visitado varias veces el Museo Militar de Tarquinia, donde disponían no solo de corazas y todo tipo de armamento tardasiano de filo y de fuego, también de grandes cantidades de documentación sobre historia y táctica. Con su colaboración había hecho pruebas con las corazas y había descubierto que aunque eran muy efectivas con las armas de partículas y láser, no lo eran con la munición OTAN que disparaban los fusiles de asalto españoles. Por eso, desde su nombramiento, se había esforzado en acumular ametralladoras del calibre 50 y morteros ligeros y pesados en su arsenal. Sin lugar a dudas, su cuerpo de ejército era con diferencia, el que más armas de ese tipo tenía de todas las fuerzas armadas.

Las cosas no se las pusieron fáciles desde su nombramiento: tuvo que empezar de cero. Gran parte de las tropas que la asignaron eran reclutas con muy poca formación y los carros de combate llegaron sin tripulaciones y la oficialidad estaba recién salida de la academia. Las únicas unidades formadas que recibió fueron las de la Legión, parte de la división de Cazadores de Montaña y un par de tabores de regulares. Cómo estas últimas tenían que formar al resto de sus propias tropas, y estaban muy lejos en las montañas del norte y los desiertos del sur, Cortabarria tuvo que emplear a la Legión cómo instructores. En diez meses todas las unidades estuvieron formadas, plenamente adiestradas y totalmente operativas.

Lo más absurdo ocurrió cuándo pidió tener en Mandoria una unidad de fuerzas especiales. La mandaron dieciocho miembros de la Fuerza de Guerra Naval Especial. Tipos problemáticos e inadaptados que nadie quería.

—¡Joder Pepe! ¿Me mandáis unos putos marineros a un planeta dónde no hay mares ni lagos grandes? —se quejó Cortabarria a un miembro del Estado Mayor amigo suyo, el general Pepe San Juan—. ¡Qué cojones tenéis!

—Itziar es orden del comandante en jefe. Ya sabes que te tiene entre ceja y ceja. Déjalo estar y sigue trabajando tan bien cómo lo estás haciendo.

—¡Coño, que son de la armada!

—Da igual Itziar: son buzos y se adaptan a todo. Utilízalos.

Y eso hizo. Estudiando sus expedientes vio que había una que no encajaba en ese grupo: la teniente de navío Marta Buendía.

—¿Y tu que cojones haces aquí? —la preguntó cuándo se reunió con ella.

—Son las ordenes que tengo mi señora.

—Eres el primer español que exploró una nave alienígena, —dijo Cortabarria mirando su expediente—. Estuviste en la ocupación de las bases Kedar. Participaste en el asalto al Kremlin al mando de uno de los grupos operativos por lo que te condecoraron. Has estado en Tardasia en una operación encubierta de reconocimiento. No eres una tía problemática cómo los demás, si exceptuamos esas peleas de bar a las que parece ser que eres tan aficionada.

—Permiso para hablar libremente mi señora, —dijo Marta después de guardar silencio unos segundos.

—Por supuesto.

—Todo se resumen en eso mi señora: soy una tía. Y la aseguro que en lo mío muy buena, pero los jefes de unidad no quieren tenerme con ellos. Digamos que se sienten… inseguros. Tampoco quieren darme una unidad permanente precisamente también por eso: soy una tía. En cuánto al comandante en jefe mejor me callo… pero es un gilipollas.

—Algo así me imaginaba, —comentó Cortabarria sonriendo—. Tú y yo estamos en una situación parecida. ¿Sabes niña? Me caes bien, pero la pregunta es: ¿Puedes hacerte cargo de esa banda de descerebrados y convertirlos en una unidad operativa?   

—Por supuesto mi señora, pero ya ha visto el tipo de gente que son.

—Lo he visto, ¿y eso te da miedo?

—Para nada mi señora, —respondió frunciendo el ceño. Después, añadió—. A algunos los conozco, pero otros acaban de salir del curso de fuerzas especiales de la Armada y han aprobado por los pelos: los jefes de grupo no los quieren con ellos. Necesito carta blanca total, y cuándo digo total es total: sin preguntas.

—Muy bien, tienes carta blanca, pero quiero estar informada de lo que haces. Cada dos o tres días quiero que me busques y me cuentes cómo vas.

—A la orden mi señora. Otra cosa, la unidad no cumple con los requisitos de igualdad. Además de mi, hay una suboficial, Esther, la conozco y es buena, y una cabo que la he conocido aquí. Necesitamos cómo mínimo otras cinco.

—Voy a hacer las gestiones para que nos manden más chicas, o por lo menos que nos permitan a nosotros formar.

—Entendido mi señora.

—Una cosa tienes que tener clara. Me voy a arriesgar y voy a confiar en ti: no me defraudes.

—Eso no va a ocurrir nunca mi señora: se lo garantizo.

—De acuerdo, —y la hizo un gesto con la cabeza para que se fuera. Mientras la teniente lo hacia, añadió—: y déjate de peleas de bar.

Marta volvió la cabeza y la miró al tiempo que hacia un gesto cómo diciendo: «lo intentaré, pero no se…»

Ese fue el comienzo de una gran amistad entre las dos mujeres, y esa unidad de buzos en tierra se convirtió, con el tiempo, en la mejor unidad de la Fuerza de Guerra Naval Especial, la elite del Mando de Operaciones Especiales.

 

 

Las fuerzas de invasión tardasianas, se tomaron las cosas con tranquilidad. Era una táctica habitual en ellos para aterrorizar al enemigo. Estaba claro que sabían que las unidades navales Xelar estaban desplegadas muy lejos de allí para hacer frente a otra amenaza y el grueso de la flota española tardaría, en el mejor de los casos, tres días en llegar. Para cuándo lo hicieran, los tardasianos tenían previsto controlar todo el planeta y empezar a negociar en una posición de fuerza. Inflados de arrogancia, no en vano llevaban casi quinientos años sin que nadie derrotase a la infantería pesada imperial, avanzaron lentamente con sus impresionantes corazas personales al encuentro de las líneas españolas. Esa circunstancia le vino bien a Cortabarria para ultimar sus planes de defensa.

A pesar de los desajustes y retrasos del principio, en dos días todas las unidades estaban desplegadas en los puntos establecidos. El cuerpo de ejército se desplegó con dos divisiones en la línea defensiva que ocupaban los altos de la zona sur y este que no estaban cubiertas por los Regulares, y las otras dos quedaban en reserva en retaguardia. La de montaña más pegada a los Montañas Azules, próximos al paso Tarques, único lugar por el que se podía salir de la Caldera de Ardim por el norte atravesando la cordillera y la Legión a continuación. En los estrenos de la línea, se estacionaron dos regimientos acorazados para que actuarán como artillería de campaña en la primera fase de la incipiente batalla. Los otros dos regimientos, se colocaron a mitad de la formación. Todo el dispositivo bajo escudos de energía portátiles para evitar la acción desde la órbita de los transportes tardasianos y sus naves de apoyo.

Mientras se producía el despliegue, Marta y su equipo se dedicaron a hacer incursiones por la retaguardia enemiga. Primero de información y después, cuándo recibió la orden, de ataque y destrucción.

 

 

Cuando se propagó la noticia de que los tardasianos habían desembarcado, hubo una aparatosa y vergonzosa desbandada en la capital y los núcleos de población adyacentes. El pánico se desató dando lugar a situaciones llamativas en un pueblo tan culto como el mandoriano. El gobierno en pleno intentó también salir corriendo, pero el canciller, al ver que los españoles no sólo no huían sino que además iban al encuentro del enemigo, cambio de aptitud e impidió que su gobierno desapareciese. Finalmente, publicó el decreto de movilización de milicias, que era lo más parecido a un ejército que tenían y pidió ayuda a Raissa y Tarquinia aplicando los protocolos de apoyo mutua de sus milicias.

Tres días después del desembarco, las vanguardias tardasianas estaban a cinco kilómetros de las defensas españolas. Entonces, como era habitual en ellos, iniciaron una carga con un tercio de sus fuerzas. Cortabarria los dejó acercarse hasta que estuvieron a no menos de doscientos metros y ordenó abrir fuego a discreción. La descomunal descarga barrió la vanguardia tardasiana. Las calibres 50 y los morteros segaban las formaciones enemigas destrozándolas mientras los obuses de 155/51 pulverizaban los puntos de partida próximos a la retaguardia. Aún así, las oleadas seguían llegando y oleada tras oleada eran aniquiladas cómo si se metieran en una inmensa picadora de carne. Tres horas después unos pocos supervivientes de retiraban dejando tras ellos montañas de cadáveres y de heridos.

Los refuerzos españoles no llegaron y de la flota solo aparecieron patrulleras pesadas de la Guardia Civil que aliviaron la presión de las naves de órbita enemigas desplazándolas de la vertical.

Al quinto día desde la invasión la situación empezaba a estar comprometida para los tardasianos y es que la tremenda carnicería había dejado a su ejército muy diezmado. La inminente llegada, por fin, de la flota española con refuerzos de infantería, y de varias unidades de la Xelar, hizo que el comandante enemigo, un mariscal imperial, lanzara un ataque general con todo lo que le quedaba contra las líneas españolas en la zona defendida por la Legión. Sabía que un millón de soldados imperiales estaban también a punto de llegar, pero no quería pasar la vergüenza de recibir ayuda porque eso le restaría prestigio de cara al emperador. El ataque fue tan brutal, que en algunas zonas llegaron a poner en serias dificultades a los legionarios, y en algunos puntos se llegó al cuerpo a cuerpo. No los desbordaron porque las unidades de reserva rápidamente acudían a reforzar los puntos más comprometidos. Cortabarria aguantó la situación hasta que a medio día dio orden a los regimientos acorazados del ala derecha, que permanecían inactivos y ocultos, que iniciarán el ataque con dos vectores de avance: uno hacia la retaguardia y el otro contra el flanco enemigo. Cortabarria sabía muy bien que el enemigo no conocía este tipo de arma, y su aparición sembró el pánico entre sus filas. Los Leopard avanzaban arrasando las formaciones tardasianas como si fueran un campo de trigo. Ante el peligro cierto de que sus fuerzas se vieran divididas, el mariscal al mando ordenó la retirada, pero el pánico hizo que se convirtiera en una desbandada alocada cuando comprobaron que los carros de combate españoles atacaban también su retaguardia. Entonces, Cortabarria ordenó el ataque de los regimientos acorazados del ala izquierda. Miles de soldados tardasianos murieron en la retirada hacia el paso Tarques, única posibilidad de salir con vida de la Caldera de Ardim.

 

 

La llegada de la flota española casi al mismo tiempo que la tardasiana con refuerzos, les obligó a desembarcar el millón de soldados imperiales fuera de la zona de batalla para ponerlos a salvo ya que sus naves de apoyo no eran suficientes para enfrentarse a las naves españolas y a la inminente llegada de los acorazados Xelar. Desembarcaron al otro lado de las Azules y del paso Tarques, en los alrededores de un pueblecito llamado Táradom, en un amplio valle del mismo nombre.

A pesar de las pocas unidades mayores de la flota española, solo había tres cruceros, la flota enemiga no pudo hacerse con el control de la órbita del planeta por la gran presencia de patrulleras y fragatas que pusieron en práctica una estrategia muy agresiva. Eso impidió a los tardasianos mantenerse sobre la vertical de sus tropas para protegerlas y estás tuvieron que protegerse bajo escudos de energía portátiles.

Cuando los restos del ejército tardasiano iniciaron el repliegue por el paso Tarques para unirse a los refuerzos desembarcados en Táradom, Cortabarria ordenó a la división de montaña que les cortara el paso para impedirlo. El choque fue brutal y un enemigo aterrorizado se lanzó contra los españoles con el mariscal al mando a la cabeza. Tal fue la mortandad, que sólo unos treinta mil soldados enemigos pudieron retroceder hacia la Caldera de Ardim entre los que no estaba el mariscal que murió en la batalla: se sacrificó para salvar su honor y que su familia no sufriera las consecuencias.

Al regreso se encontraron de frente con las vanguardias acorazadas y decidieron rendirse y entregar las armas. Los refuerzos tardasianos no intervinieron en la segunda fase de la batalla porque sus mandos estaban desconcertados y no sabían qué hacer: era una situación nueva para ellos. En seis días habían perdido casi medio millón de soldados de elite y en la órbita la situación no era mejor: hacia horas que no podían contactar con su flota y la constante caída de restos incandescentes como si fueran meteoritos y los fogonazos en la noche mandoriana, presagiaba lo peor.

Efectivamente, cuándo llegó el resto de la flota española, con el apoyo de varios acorazados Xelar se lanzaron al ataque. El almirante Torremartin arrasó sin mucha dificultad a la flota de invasión tardasiana que con graves pérdidas se retiraron hacia la zona de demarcación con el imperio, hostigados muy de cerca por los acorazados Xelar que no les dieron respiro.

Mientras, en la órbita, Torremartin, siguiendo instrucciones del presidente de la República, se puso a las órdenes de Cortabarria, cediéndola el mando de los refuerzos y proporcionando apoyo aéreo. Las patrulleras entraron en la atmósfera y atacaron a los tardasianos que seguían protegidos bajo escudos de energía portátiles que aguantaban a duras penas el poder de la artillería naval española. Decidieron ponerse a la defensiva a la espera de que el emperador les mandará ayuda. Aunque lo hubiera querido hacer, no hubiera tenido tiempo.

Mientras, la infantería española atravesaba el paso Tarques y se unía a los refuerzos, junto con las milicias de Mandoria, Raissa y Tarquinia, que habían llegado antes que los refuerzos españoles. Sin perdida de tiempo, Cortabarria reunió a sus regimientos acorazados, los embarcó en transportes, los trasladó a Táradom y lanzó un ataque concentrado contra el ala derecha enemiga. Los carros de combate destrozaron las líneas tardasianas y realizaron una acción envolvente hacia el centro del dispositivo arrasando la retaguardia enemiga mientras las unidades motorizadas iniciaban el ataque contra el flanco izquierdo y las milicias aliadas atacaban el centro del despliegue enemigo llegando al cuerpo a cuerpo. Veinticuatro horas después, el grupo de Marta Buendía, con el apoyo de un grupo de operaciones especiales de la Legión, atacaba el cuartel general enemigo y apresaba al mariscal al mando y a su estado mayor. Rindió sus fuerzas y pidió asilo político para que su emperador no le cortara la cabeza: un héroe.

Así concluía lo que se dio en llamar la batalla de Mandoria o la triple batalla por las tres fases que se habían desarrollado: la batalla de la Caldera de Ardim, la batalla del paso Tarques y la batalla de los cinco ejércitos en el valle de Táradom.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 26
  • 4.54
  • 152

Soy un escritor aficionado sin ningún tipo de pretensión: solo quiero contar historias.

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta