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14 min
El Baldío (capitulo 73)
Ciencia Ficción |
12.01.22
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: Kaxila ajusta cuentas.

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

                               *      *     *     *     *

 

En el plazo de seis meses, casi toda la flota imperial y más de la mitad del ejército estaba desplegado en los limites Kaaitam y Mazabuka, aunque el verdadero objetivo era Taúria. Unos años antes había sido un aliado tecnológico, pero ahora era refugio de opositores. La emperatriz Kaxila se había trasladado también a la zona mientras el primer ministro Saalil permanecía en la capital imperial. La acompañaba su tío que ya estaba totalmente restablecido, aunque cómo no había querido ponerse un ojo artificial, lucía un parche negro, con una K bordada, que ocultaba el hueco vacío.

Tardó menos de lo que había previsto en ocupar los tres reinos. Mediante una brillante maniobra de pinza, atacó directamente a Taúria que había mandado a su escasa flota a Kaaitam y Mazabuka. Después, atacó por la retaguardia a las naves citadas y las destruyó. Al mismo tiempo, fuerzas especiales imperiales ocuparon los centros de investigación de tecnología militar que Taúria había empezado a recomponer. Ahora, Kaxila podría trabajar directamente en el desarrollo de las nuevas naves de guerra.

A la vista de lo que estaba ocurriendo, los demás reinos limítrofes se pusieron a las ordenes de la emperatriz y entregaron a los opositores que se habían refugiado en esos mundos.

Cuándo por fin los tuvo a todos, los trasladó a territorio tardasiano juntos a los dirigentes taurianos y los encerró en una antigua fortaleza militar. Kaaitam y Mazabuka fueron anexionadas y para evitar problemas posteriores, deportó a toda la población hacia Taúria. Varios cientos de millones fueron arrancados de sus hogares y expulsados de su país sin contemplaciones. Primero se dio un plazo de dos semanas para que se fueran voluntariamente y después el ejército imperial se ocupó de trasladar a los que quedaban, que por supuesto eran los más desfavorecidos, los que no tenían medios para recoger sus enseres y salir corriendo. Se cree que varios millones murieron en el proceso, muchos a causa del trato despótico de los soldados. La emperatriz les dejó hacer.

Cuándo los dos reinos, ahora provincias tardasianas, estuvieron libres, estableció un férreo control de la zona de demarcación para lo que instaló una serie de bases militares, similares a las de espacio profundo españolas, que aunque eran muy poderosas, no lo eran tanto en cuánto a tecnología cómo las españolas y aliadas.

 

 

Cuándo todo hubo concluido, la emperatriz prestó atención a los detenidos en el castillo militar.

—Ya sabes que nunca te voy a llevar la contraria, —le dijo su tío mientras cenaban. Hacia un par de horas que habían llegado y se alojaban en el mismo castillo dónde estaban retenidos los insurgentes—. Pero por favor, recapacita y no hagas una carnicería con ellos.

—¡Joder! El cuerpo me pide desmembrarlos a todos, pero al mismo tiempo…

—Has conseguido una victoria memorable aquí, y anteriormente lo has conseguido en casa cuándo el pueblo te ha apoyado en las ejecuciones. No te cebes. Trae a la televisión, sácalos al patio, y ahórcalos en cumplimiento al mandato que te ha dado el pueblo.

—De acuerdo tito, —dijo finalmente después de recapacitar unos segundos—. ¿Y con los taurianos que hacemos?

—Los Xelar dicen que un jefe de estado no mata a otro jefe de estado.

—¿Y supongo que a su familia tampoco?

—Estaría feo, —bromeó su tío.

—Pues no los voy a dejar libres, —dijo Kaxila levantándose. Se acercó a su tío y se sentó en el regazo besándole la calva—. Los mandaré a Tarnagóm y los encerraré hasta que se mueran.

—Perfecto. ¿Y con lo que hemos hecho con las deportaciones?

—Ya he estado pensando en eso. Le voy a decir a Lími que ponga en marcha una campaña para hacer creer a todo el mundo que no hemos tenido más narices que hacerlo. Que todos son unos terroristas o algo así.

—Genial. Tu jefe de prensa sabe cómo hacer las cosas, —dijo mientras su sobrina le abrazaba con afecto.

—Me duele solo pensar que te podía haber perdido. No se que hubiera hecho…

—Pues eso es algo que más pronto que tarde va a pasar, —la interrumpió abrazándola.

—No digas eso ni de broma.

—No es una broma cariño. Tengo setenta y dos: hace tiempo que estoy descontando tiempo.

—Te prohíbo que te mueras antes que yo, —dijo Kaxila incorporándose para mirarle a los ojos al tiempo que se empañaban los suyos—. Te recuerdo que soy la puta emperatriz.

—A la orden mi señora, —respondió su tío achuchándola y besándola—. Mi niña pequeña… mi emperatriz.

 

 

Luque entró sin llamar en el despacho de Marta que en ese momento trabajaba con Anita. Se sentó en la silla de al lado y le ofreció una tableta electrónica. Marta la activó y empezó a leer.

—Que se los iba a cargar a todos… —dijo mientras seguía leyendo.

—Sigue más adelante, —la interrumpió Luque.

—¡Joder! —dijo finalmente dejando la tableta encima de la mesa—. Parece que ha vuelto la “decapitadora”.

—Eso parece. Por un lado no se ha ensañado con los detenidos, pero por otro ha deportado a un montón de millones de inocentes. ¿Cómo lo quieres enfocar?

—Nosotros no podemos hacer nada, —dijo finalmente Marta después de recapacitar unos momentos—. Manda el informe al presidente y a Tórkurim y que lo decidan ellos, pero ya te digo que no van a querer saber nada.

—Además, esto ha pasado lejos de El Baldío y ojos que no ven… —dijo Luque.

—Esto está claro, —intervino Anita.

—A ver chicas, esto me desagrada tanto cómo a vosotras, pero el estamento militar no debe intervenir en esto.

—Eso también está claro, —dijo Luque.

—Pásale también el informe a Isabel, —dijo Marta refiriéndose a su ayudante de campo Isabel Costa.

—Ya lo tiene.

 

 

Los meses pasaron y cómo era previsible los estamentos políticos y aliados echaron tierra encima de los sucesos de Taúria. Incluso los embajadores español y Xelar, trataron el asunto con el primer ministro para asegurar que no iban a intervenir.

En un año, la emperatriz estaba de regreso en la capital imperial dónde el primer ministro Saalil tenía ultimado el plan para que los consistorios locales pudieran ser elegidos por los ciudadanos. Durante la campaña electoral, la anexión de Kaaitam y Mazabuka, y la derrota total de Taúria no apareció. No está claro si fue una directriz de la propia emperatriz o simplemente que los candidatos no se atrevieron a tocar el tema.

Después de todos estos hechos, incluido el intento de golpe de estado, la popularidad de la emperatriz estaba por las nubes. La economía había empezado a mejorar desde que Kaxila estaba en el trono, pero en los dos últimos años, con la paz en El Baldío, había comenzado un periodo de bonanza económica que la sociedad tardasiana estaba notando.

El gobierno empezó a legislar para evitar la creación de grandes corporaciones y organismos que fomentaran el monopolio. Todos los medios de producción de artículos de primera necesidad, alimentación y redes de transporte pasaron a ser propiedad del estado. Muchos ya lo eran, pero ahora se confirmaba.

También se puso en marcha un embrión de Sanidad Publica, tomando cómo ejemplo la española, y se sabía que la enseñanza publica iba a ir por el mismo camino.

—¡Joder! —exclamó bromeando Marta después de leer el informe que Costa la había entregado—. Ahora va a resultar que se nos ha convertido en una comunista.

—Eso parece, —dijo riendo la ayudante de campo—. De todas maneras no hay que volverse locos con esto.

—No, si a mí me parece bien. Sanidad, enseñanza publica y productos básicos propiedad del estado, perfecto: me suena bien.

—¿Y no hay peligro de que lo utilice en su beneficio? —dijo Anita.

—¿En qué sentido? —preguntó Marta a su secretaria.

—Con la enseñanza puede adoctrinar a los niños, por ejemplo.

—¡Joder Anita! Pues cómo pasaba antes en España con muchas de las concertadas que eran católicas, —dijo Costa.

—Claro, por eso lo digo.

—Bueno, de todas maneras esta patata caliente es del presidente.

—Sí, ese informe es de la embajada, —dijo Costa—. Se rumorea que el presidente ha invitado a la emperatriz a una visita oficial a Hispania.

—Pues no estaría mal que viniera a Mandoria, total, el parlamento y el Cuartel General aliados están aquí, —razonó Marta.

—Cómo tienes que ir a Nueva España, háblalo con el presidente, —dijo Costa.

—No sé si los mandorianos van a estar muy de acuerdo, —dijo Anita.

—Ya, ya. Bueno, ya veremos, primero lo hablaré con el presidente.

—Además, tienes que comentarle lo de los acorazados.

—Sí, sí, son muchas cosas: lo apuntaré en un papel para que no se me olvide.

—Ya me ocupo yo, —dijo Anita y meneando la cabeza añadió mientras se levantaba—: en un papel ¡te cagas!

Marta y Costa la miraron y soltaron la carcajada.

 

 

A la semana siguiente, el República, que definitivamente se había convertido en la nave oficial de Marta, llegaba a Nueva España. El nuevo buque insignia de la flota española era un acorazado, el primero de una serie de veinte, que llevaba el nombre de España y que aunque no era tan poderoso cómo los acorazados Xelar, si lo era en comparación a los cruceros.

Había tenido que adelantar el viaje un par de días porque el presidente tenía que viajar a la Tierra sin falta.

—¿Pasa algo en la Tierra señor presidente? —preguntó al presidente cuándo se reunió con él y la ministra de defensa, mientras se sentaban en la mesa de reuniones.

—Pasan muchas cosas, principalmente en Rusia y Francia.

—De lo que pasa en Rusia, con los señores de la guerra, si estoy informada, pero de lo de Francia…

—Lo de Rusia es más grave de lo que parece y el problema no son esos cabrones. Bielorusia ha estado expandiéndose por su frontera oriental y actualmente está próximo a Moscú.

—¡Joder! No he oído nada de actividad militar…

—Es que no lo ha habido, —intervino la ministra—. Ha ido alcanzando acuerdos con los lideres locales y luego ese territorio era ocupado por sus fuerzas armadas. Ahora mismo Bielorusia es el doble de extenso que en el 2.024 y tiene el ejército más potente de la zona.

—Discúlpeme, pero ¿qué problema hay? Que se pegue todo lo que quiera con los señores de la guerra.

—Y pensaría cómo tú si no fuera porque ha pedido oficialmente a Naciones Unidas que la permita avanzar con su ejército hasta el Volga y eso significa que controlaría el eje San Petersburgo, Moscú, Volgogrado, —respondió el presidente.

—Desde el Báltico al Caspio. ¿Y las repúblicas Bálticas y Ucrania?

—Esas no corren peligro, pero una Bielorusia con ¿un millón de kilómetros? de territorio es una plataforma para en un futuro seguir expandiéndose al este del Volga, —añadió la ministra.

—¿Kazajstán?

—Ese es el problema: no queremos tener otra China en Europa Oriental, —respondió el presidente—. ¿Qué opinas?

—Recuperar esas tres ciudades y esos territorios, es importante: son muchos millones de seres humanos que recuperamos para la civilización, aunque sea bajo el régimen bielorruso, —respondió Marta consultando su tableta—. Veo que con las fuerzas armadas que tienen actualmente pueden recuperar esos territorios, pero ni por asomo pueden expandirse al este del Volga si no lo multiplican al menos por dos.

—¿Qué propones Marta? —preguntó la ministra de defensa.

—Ayudarles a invadir esos territorios ofreciéndoles apoyo aéreo con la cobertura de Naciones Unidas, y luego limitarles el ejército.

—Cómo siempre coincidimos, —dijo la ministra—. Nuestras intenciones van por ahí también.

—También estamos pensando en establecer una franja de seguridad de cien kilómetros en la zona sur de la orilla oriental del Volga, controlada por nosotros y N. U. —añadió el presidente.

—Si es necesario se pueden trasladar tropas del ejército aliado, —ofreció Marta.

—No, no, con las Fuerzas de Defensa Terrestre tenemos de sobra, —dijo el presidente.

—¿Y en Francia? —preguntó Marta.

—La antigua Francia se ha ido fragmentando en territorios independientes. Unos, cómo Champaña-Ardenas, Picardía, Calais y Normandía, se han unido a Bélgica. Otros, cómo una amplia zona alrededor de Toulouse, han pedido oficialmente unirse a nosotros.

—De hecho, allí ya tenemos presencia militar pactada, —dijo la ministra.

—Toda la zona de la Costa Azul y los Alpes quieren unirse a Italia, y eso nos interesa, —dijo el presidente— pero luego están las provincias fronterizas con Suiza y Alemania dónde la ley no existe y no hacen más que dar por el culo… y perdonen la expresión. Suiza controla por ahora la situación, pero Alemania no puede y nos va a obligar a intervenir.

—Insisto en mi ofrecimiento: si hacen falta tropas y medios…

—No. No quiero involucrar al ejército aliado en esto. Tú no te preocupes, —dijo el presidente—. Bueno, ¿cómo va la desmovilización?

—Ligeramente adelantados al plan previsto. Pienso que para finales del año que viene estará todo concluido. Ya sabe que hay problemas con las tierras que se han ofrecido a los soldados que se licencian.

—Lo sé, lo sé, y es posible que podamos solucionar eso, —dijo el presidente—. Llevamos un tiempo negociando con Xelar, a instancias suyas, para ampliar el mundo Hispania a lo largo de la línea de demarcación con Talíssia hasta Káraman, en la frontera de Tardasia.

—Eso multiplicaría por tres la superficie de Hispania, —dijo Marta—. Además, tendríamos Káraman en nuestra zona y está claro que esa base es casi la más importante de nuestra red defensiva. ¿Y Talíssia?

—Están de acuerdo, —dijo la ministra—. Tenemos entre manos un contrato para venderles veinticuatro fragatas.

—Ya sé que no hay ningún problema con Talíssia, pero supongo que son conscientes de que esas fragatas son más poderosas que sus cruceros actuales.

—Quieren renovar su flota, —apuntó la ministra—. Van a retirar sus cruceros más anticuados y sustituirlos por las nuevas fragatas que actuaran cómo unidades de control fronterizo: ahora mismo no tienen enemigos porque nosotros les cubrimos con Tardasia.

—Lo principal es que toda esa zona de ampliación es susceptible de colonización, —dijo el presidente—. No solo para los militares licenciados, también para la Tierra: tenemos muchas peticiones, principalmente de África y Latinoamérica.

Durante un par de horas siguieron comentando una gran diversidad de temas hasta que finalmente se tocó el asunto de la visita de la emperatriz.

—¿Y sobre la visita de la emperatriz? —preguntó finalmente Marta.

—Espero ese día impaciente, cómo cuándo tengo que ir al dentista, —bromeó el presidente provocando las carcajadas de sus dos interlocutoras—. Esa mujer es insufrible.

—Que exagerado, —dijo la ministra de defensa riendo—. Marta se lleva bien con ella.

—Pues ya esta, —dijo el presidente y mirando a Marta añadió—: te vienes aquí y te ocupas tú, mientras yo me voy de visita a… a dónde sea, pero muy lejos.

—Eso le quería comentar señor presidente. No estaría mal que después fuera a Mandoria.

—¿A Mandoria? —preguntó la ministra recostándose en el respaldo de su asiento.

—De visita oficial al Cuartel General Aliado y al Parlamento Federal.

—El canciller de Mandoria va a poner el grito en el cielo, —dijo la ministra.

—Pues no debería. Que se deje de postureos políticos, —dijo Marta—. Una décima parte de las exportaciones hacia Tardasia son mandorianas y va en aumento.

—Así es, —dijo el presidente—. Y va a aumentar porque los próximos envíos de cereal provienen de Mandoria.

—Aún así, veremos cómo se lo toma el canciller, —dijo la ministra.

—Yo me ocupó Marta, —dijo finalmente el presidente—. Hablaré con él.

—Gracias señor presidente.

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