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17 min
El Baldío (capitulo 9)
Ciencia Ficción |
15.10.20
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Sinopsis

En el capitulo de hoy: la situación se estabiliza en El Baldío, pero Marta cae en desgracia.

 

Habían pasado cuatro años desde que en esa lluviosa tarde de otoño, apareció enterrada la nave de las Bardenas Reales. En ese tiempo, había cambiado mucho la sociedad española y por consiguiente la propia nación. La sociedad era ahora mucho más justa, gracias a que las multinacionales y las grandes corporaciones habían dejado de influir en los políticos corruptos de entonces. Estos intentaron varias veces derribar al presidente de la República, pero la propia sociedad lo impidió y con el tiempo todas esas corporaciones fueron adaptándose a las nuevas normas o desaparecieron.

El presidente de la República gozaba de unos índices de popularidad nunca vistos desde que se restituyó la democracia después de la muerte del dictador. Todos los españoles mayores de edad, cómo ya conté en un capítulo anterior, cobraban una renta básica que ahora estaba en 1.400 pesetas (1.800 $). Casi todos los españoles trabajaban en jornada reducida, y el desempleo había desaparecido. Para evitar abusos con los emigrantes, las leyes laborales eran muy estrictas. Más del 20 % de la población nacional, unos diez millones, ya vivían fuera de la Tierra, en alguno de los asentamientos del Mundo España, a los que había que añadir otros tantos de los que procedían de los países aliados.

En estos cuatro años el territorio español aumentó. En primer lugar, Portugal se unió a la República con dos nuevas comunidades autónomas: la mitad norte y la mitad sur. Fue una decisión aprobada en referéndum por los portugueses con un porcentaje de síes de más del 75 %.

Las cinco provincias de habla catalana de Francia, también se unieron a España mediante referéndum, y poco tiempo después siguió su ejemplo la zona vasco-francesa. Los independentistas catalanes y vascos que tanto mal había causado a la unidad de la nación, desaparecieron: fueron paulatinamente barridos, cómo la basura que son, de las instituciones nacionales y autonómicas.

En cuánto a las plazas de soberanía de Ceuta y Melilla, todas aumentaron su territorio por cuestiones defensivas. Ceuta llevó sus limites hasta Tánger y Tetuán, y Melilla hasta los limites de Nador. El resto de plazas fuertes se mantuvieron protegidas por campos de energía y con poca guarnición.

Gran cantidad de emigrantes llegaron para cubrir los puestos de trabajo de los que se habían desplazado fuera de la Tierra, y la población total llegó a los setenta millones. Todas esas gilipolleces de superioridad racial y odio al emigrante o al diferente, saltaron por los aires. ¿Qué son los humanos, sean del color que sean, en comparación con los miles de especies de la galaxia, muchas de ellas superiores intelectual y tecnológicamente a la nuestra?

La Guardia Civil se reorganizó y pasó a ser la policía federal de El Baldío, además de sus funciones propias en España. Abrieron delegaciones en todos los mundos asociados y disponían de potentes patrulleras estelares para controlar las líneas comerciales interplanetarias de transporte.

Un buen número de países solicitaron firmar acuerdos con España en los que proporcionarían tropas al ejército aliado en El Baldío y en contrapartida las empresas que cumplían las estrictas normas de comercio justo, podían tener acceso a un mercado de varios cientos de miles de millones de consumidores. El idioma oficial para todas las transacciones comerciales y para todas las comunicaciones militares y políticas era el español y la única divisa era la peseta, que al principio de su reaparición tenía una paridad similar al euro o al dólar aunque ahora estaba muy por encima del dólar: el Euro había desaparecido con la caída de Alemania y Francia.

En el terreno militar, España aportaba alrededor de un millón de efectivos en el ejército, la fuerza aérea y la Armada y en conjunto había dado un salto de calidad enorme.

El ejército de tierra contaba con cuatro ejércitos operativos de medio millón de efectivos cada uno. Todos los ejércitos disponían de sus propios transportes de tropas y de intendencia que les permitía desplazarse a cualquier lugar de El Baldío por sus propios medios. Los proyectistas españoles habían empezado a desarrollar nuevas armas ya totalmente de diseño nacional. Lo más llamativo eran los nuevos carros de combate de más de cien toneladas que disponían de sustentación gravitacional que impedía que se quedaran atascados y que les permitía correr a más de cien kilómetros por hora en terreno accidentado. Disponía de una unidad aérea que era capaz de elevarlo por el aire y que cuándo lo soltaba en el suelo participaba en el ataque con sus propios sistemas de armas en operaciones de apoyo aéreo.

La fuerza aérea tenía una misión estrictamente de defensa de los planetas colonizados. En total disponía de más de ochenta mil cazabombarderos e interceptores. La mitad eran de diseño Kedar y el resto ya eran desarrollos españoles de CASA, que el gobierno había recuperado segregándola de la moribunda Airbus.

En cuánto a la Armada, disponía de mil naves entre patrulleras ligeras, corbetas, fragatas y cruceros de batalla de los que disponía 196 unidades. Próximamente empezarían a entrar en servicio los nuevos cruceros totalmente de diseño español de la clase Salamanca, con prestaciones superiores a los cruceros Kedar, y en el plazo de un año estará disponible el primer acorazado español de clase Tartessos. Todas las nuevas naves, tanto de diseño Kedar, cómo de diseño español, eran construidas en los súper astilleros automatizados de Navantia en Marte, Kaadam 4 y Nueva España.

En ese cuarto año, se hizo una pequeña reforma constitucional para hacer algunos ajustes y para cambiar el nombre del nuevo ente supranacional. En referéndum y por abrumadora mayoría, el Mundo España que englobaba a la Tierra y todos los nuevos asentamientos extraterrestres, pasó a llamarse definitivamente Hispania.

 

 

Cortabarria había dado por concluido el plan de actuación propuesto hacia dos años, y todos los objetivos había sido alcanzados. En la reunión del comité de coordinación Hispano-Xelar, propuso hacer un parón en las operaciones de un año para terminar de reorganizarse y para dar un largo descanso a las tropas, que habían participado en la liberación de media docena de mundos. Igualmente, la flota necesitaba pasar por los astilleros para reparaciones. Por supuesto la propuesta de Cortabarria fue aprobada.

No estuvo inactiva. Con la ayuda del jefe del ejército, el general Teodoro Reding, diseñó un exhaustivo plan de actuación para las fuerzas especiales. Durante ese tiempo se infiltraron continuamente por la zona de demarcación en misiones de información sobre la situación de los mundos ocupados o directamente acciones de ataque contra objetivos corsarios o de eliminación de jefes territoriales. En varias operaciones informativas se llegó a infiltrar en territorio tardasiano, e incluso se llegó a la capital Tarnagóm, dónde se instalaron equipos de escucha y observación.

—Itziar, ¿Tienes un momento? —preguntó el general Paco Castro, uno de sus colaboradores de más confianza, y que se ocupaba de coordinar los servicios de información para el estado mayor, entrando en el despacho de Cortabarria.

—Claro, ¿qué ocurre?

—Ha ocurrido algo muy grave con el equipo de la capitana Marta Buendía, —respondió muy serio cerrando la puerta. La sorprendió que utilizara el rango de Marta porque nunca lo hacia cuándo se refería a ella.

—¿Qué ha pasado, ella esta bien? —preguntó Cortabarria mirándole y señalándole la silla para que se sentase. Sentía cariño por esa capitana, la más joven en estar al frente de un grupo operativo de la Fuerza de Guerra Naval Especial de la Armada.

—Si, si, ella esta más o menos bien: ya la conoces, esta herida, pero es muy burra, —respondió Castro poniendo cara de resignación mientras se sentaba—, pero ha perdido a cuatro de su equipo.

—¡Joder! ¿cómo ha sido?

—Toda la información que se les ha proporcionado era incorrecta, y se han encontrado con una encerrona: lo han pasado muy mal. Han regresado de milagro.

—¡Mierda! Estoy harta de decir que las operaciones tienen que ser seguras, que no quiero riesgos innecesarios. ¿Quién es el responsable de esa información?

—Lo sé, lo sé, pero ha ocurrido: ya lo estamos investigando…

—¿No será…?

—Si, el responsable es Luque.

—¡Estoy hasta la puta raja de ese gilipollas!

—Y yo también, pero hay más…

—¡No me jodas Paco!

—Cómo te puedes imaginar Marta ha regresado hecha una furia, ha ido directamente a por él y… casi lo mata. Le están atendiendo en el hospital. Su vida no corre peligro, pero esta grave.

Cortabarria apoyó los codos en la mesa y se tapó la cara con las manos. Durante unos segundos estuvo reflexionando mientras Castro guardaba silencio.

—¿Dónde esta ahora? —preguntó por fin.

—La policía militar la tiene detenida. Ya sé que es tu ojito derecho, y lo entiendo, a mí también me cae bien y la aprecio, pero tienes que tomar una decisión.

—Lo sé, pero ¡joder! es Marta: ¿Cuántas veces se ha jugado la vida? Siempre que la hemos pedido algo lo ha hecho sin rechistar. Tiene más medallas que yo ¡coño!

—Claro que si Itziar, y te entiendo, pero lo que ha hecho es muy grave. Es cierto que Luque no la puede ni ver, y aunque la investigación le inculpe a él por los fallos cometidos, eso no la excusa: te aseguro que no va a parar hasta que la echen.

—¡Joder Paco! La marina es su vida… Si la echamos va a volver a combatir en la Arena de Riggel 2 y allí ya ha tentado demasiado a la suerte.

—No puedes dejarlo pasar.

—Lo sé, lo sé. Vamos a hacer una cosa para ganar tiempo. Marta que siga en el calabozo hasta nueva orden y hablare con el fiscal militar para que ralentice el proceso hasta que Luque se reponga y pueda hablar con él. La investigación sobre lo que ha pasado la quiero sobre mi mesa lo antes posible.

—De acuerdo: me ocuparé personalmente.

 

 

Unas horas después, ya por la tarde, Cortabarria pasó por la zona de seguridad dónde la policía militar costarricense la tenía bajo custodia.

—¿Es que eres gilipollas? —gritó entrando en el calabozo nada más verla. Había ido muy calmada, pero al verla los voltios se la dispararon— ¿Cómo se te ocurre pegarle a un superior?

Marta se puso rápidamente de pie en posición de firmes. Se le apreciaban marcas en la cara, el ojo izquierdo semicerrado, algunas heridas por la mejilla y el brazo izquierdo lo tenía en cabestrillo con una férula. No abrió la boca: permaneció en silencio mientras Cortabarria la miraba con cara de mala hostia.

—¿Qué ha dicho el médico? —preguntó finalmente mirando al oficial de guardia.

—Son heridas superficiales y lo del brazo lo tiene que tener una semana por precaución. Ya sabe mi señora que se recupera rápido.

—Gracias teniente. Por favor, déjeme a solas con esta imbécil.

—A la orden mi señora, —y dando media vuelta salió de calabozo cerrando la puerta.

—¿Me puedes decir que tengo que hacer contigo? —preguntó acercándose a un palmo de su cara. Marta no contestó—¿Te das cuenta de la gravedad de lo que ha pasado? Si esto llega a los cauces habituales, ni siquiera yo podré hacer algo.

—Lo… lo siento mi señora… —balbuceó Marta.

—¿Qué lo sientes? Anda, no me toques la raja.

—He perdido el equipo, —dijo Marta mientras se le saltaban las lágrimas—. Cuatro compañeros han muerto, el resto está herido y alguno no podrá volver al servicio. A Esther la van a tener que amputar una mano. Mi señora, usted sabe muy bien lo que eso significa para un buzo.

—Marta, eso no es excusa: tenias que haber venido a mi o a Castro, y nos hubiéramos encargado de ese cabrón. Ahora ¿qué quieres que hagamos? Pues ya te lo digo yo: poco. Desde luego, en el mejor de los casos ya te puedes ir olvidando de la Armada y de la Fuerza de Guerra Naval.

—Pero… mi señora… la Armada es mi vida…

—Pues es lo que hay: lo más probable es que termines en la puta cárcel y luego te expulsen.

Marta no dijo nada, se sentó en la cama y empezó a llorar. Cortabarria se sentó a su lado y la pasó el brazo por los hombros en un gesto de afecto para consolarla. La incomodaba ver llorar a una guerrera tan formidable cómo ella. Después la dio un beso en la mejilla, se levantó y golpeó la puerta para que la dejaran salir.

 

 

Un par de días después, el general Castró entró en el despacho de Cortabarria, cerró la puerta y sin decir nada se sentó frente a su mesa y puso una tableta sobre ella. En silencio, le miró y la activó. Estuvo leyendo durante un rato y finalmente se recostó en el sillón.

—Esta clara la culpabilidad de Luque: lo que ha hecho es inadmisible y premeditado, y le ha costado la vida a cuatro soldados y heridas irrecuperables a dos, —dijo finalmente Castro—. Podemos mandarlo a la cárcel por traición y prevaricación.

Cortabarria siguió en silencio, se levantó y se acercó a la ventana mirando al exterior.

—O tenemos algo con lo que negociar con él, —dijo finalmente volviéndose.

—Mira Itziar, es casi imposible que puedas salvar a Marta…

—No si ese cabrón retira la denuncia por agresión…

—De acuerdo, pero con lo hijo de puta que es no va a querer.

—Le puedo ofrecer no ir a la cárcel y jubilarle anticipadamente para que no pierda la pensión.

—¿Y que Marta se vaya de rositas? No va a tragar. Además, habría que hacer desaparecer este informe y…

—Yo me encargo de eso Paco.

—…cómo he pensado que querrías hacer alguna locura con él, no lo he registrado: este informe no existe. Además, lo he redactado yo.

—¡Genial! Gracias Paco. Le puedo ofrecer degradar a Marta a teniente, y bloquear el escalafón para que no pueda volver a ascender.

—Y sacarla de la Fuerza de Guerra Naval Especial, —apuntó Castro.

—¡Joder Paco! Sabes que Marta ha nacido para eso: es casi genético en ella.

—Lo sé, lo sé, —Castro se quedó en silencio con los ojos entrecerrados mientras le daba vueltas a una idea—. A no ser…

—¿A no ser?

—A no ser que la metas en otro lado… como por ejemplo tu grupo de seguridad personal. Puede actuar cómo tu escolta, y si es necesario, la tenemos a mano para enviarla a algún lado fuera de los cauces de los grupos operativos, por ejemplo con la cobertura del CNI o de Inteligencia Naval, pero controlándola nosotros directamente. Ella conoce a mucha gente y puede formar un grupo mercenario de confianza. Recuerda que hace tiempo ya comentamos esta posibilidad.

—Si, lo recuerdo. Buena idea.

—¿Quieres que hable yo con Luque?

—No, no, yo me encargo de ese hijo de puta.

 

 

Al día siguiente, Cortabarria llegó al cuartel de la Policía Militar dónde tenían bajo custodia a Marta y la condujeron al calabozo dónde estaba la arrestada.

Encontró a Marta muy bien de aspecto. Las heridas de la cara habían desaparecido igual que la inflamación del ojo. En cuánto al brazo debía tenerlo bien, ya que la encontró haciendo dominadas en una barra alta que colgaba del techo.

La Marta Buendía era una mujer de uno setenta de estatura y cincuenta y seis kilos de peso. Tenía el pelo claro, casi rubio pero sin llegar a serlo. En un brazo llevaba tatuado el emblema de la Fuerza de Guerra Naval y en el otro el escudo de armas de Cortabarria por la que sentía una devoción casi mística. Estaba vestida con un pantalón corto y una camiseta pequeña que dejaba al descubierto su cuadriculado vientre. Por la escasez de ropa era fácil apreciar no solo la musculatura que poseía, si no también la gran cantidad de cicatrices que tenía por todo el cuerpo fruto del gran número de batallas en las que había participado y a las que en algunas, había sobrevivido a duras penas.

—No voy a preguntarte cómo estás porque ya veo que bien, —dijo aproximándose a ella y dándola dos besos—. ¿El médico que ha dicho?

—Que ya puedo hacer vida normal. ¿Se sabe algo de lo mío?

Cortabarria la miró unos segundos y acto seguido se sentó en el camastro y la hizo un gesto con la mano para que también se sentara.

—He tenido que negociar con Luque y he llegado a un acuerdo. Te degrado a teniente y congelo tu escalafón indefinidamente, y por supuesto sales de la Fuerza de Guerra Naval.

—¿Y él? —preguntó con tono de rencor.

—Sale del Mando Conjunto y se jubila anticipadamente.

—¿Y ya esta? Mi señora: no es justo.

—Efectivamente: no lo es. Pero es el precio que he tenido que pagar para que no vayas a la puta cárcel y no te expulsen de la Armada. Pero ¿sabes que es lo más injusto? Que si tu no le hubieras partido la cara a ese hijo de la gran puta, ahora estaría en un calabozo cómo este a la espera de un consejo de guerra. Eso es lo más injusto.

Marta apoyó los codos sobre las rodillas y se tapó la cara con las manos para intentar que no se vieran las lágrimas que manaban de sus ojos. Cortabarria la pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia ella con afecto.

—¿Y a dónde me va a mandar mi señora? Yo solo soy un puto buzo: es lo único que sé hacer.

—Vas a pasar a formar parte de mi grupo de escoltas y estarás a las ordenes del comandante Javi Becerra: ya lo he hablado con él. Te ocuparas de mi seguridad y en ocasiones harás alguna… operación directamente para mí y para Paco Castro, pero al margen del Mando Unificado, ya me entiendes.

—A la orden mi señora.

—Saca las cosas de tu alojamiento y preséntate al intendente general que te va a asignar otro cerca del mío y del grupo de escoltas.

Las dos se levantaron y se abrazaron con afecto.

—Gracias mi señora.

—¿Cuál es el lema de la Fuerza de Guerra Naval Especial?

—“Serenitas et Audacia”

—Exacto: “serenidad y coraje”. De lo segundo vas más que sobrada, pero de lo primero estás muy escasa: no la vuelvas a cagar.

—A la orden.

 

Este relato lo encontraras también en:

http://lashistoriasdelcalvo.blogspot.com/

 

 

 

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