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2 min
El bar de mi calle
Históricos |
13.07.16
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Sinopsis

Ayer bajé al bar de la esquina a tomar una cerveza, como siempre hago. Esta vez no había nadie, ni siquiera el camarero. Yo mismo me puse una Heineken y dejé los 2,5 euros en la barra. Hoy he ido otra vez. Seguía vacío. Me ha parecido raro que las monedas estuvieran en el mismo sitio. Ya había unos 50 euros. Otros como yo, he pensado. Me he servido un botellín y he añadido los 2,5 al montoncito. Un poco extrañado, he echado un vistazo a la trastienda. Ni un alma. Solo se oía el runrún del refrigerador. La máquina de tabaco estaba enchufada y el manómetro de la cerveza de barril marcaba 1,2 bares. No había música.         

            Al salir, un anciano estaba sentado en un banco delante de la puerta.

            —Has vuelto—me ha dicho.

            El sol me daba en la cara y no me dejaba verlo con comodidad.

            —He venido muchas veces. Como todos los veranos.

            —Hoy es la segunda. Te vi ayer.

            No valía la pena discutir.

            —¿Dónde están todos? Hay mucha gente de vacaciones, pero el dueño...

            Me interrumpí sin saber qué decir.

            —No sabemos nada del que manda.

            —Se llama...

            Se me había olvidado el nombre. Estaba haciendo el ridículo con mis titubeos.

            Ha podido ser el reflejo de la luz de julio a las seis de la tarde, pero me ha parecido que el viejo fruncía el entrecejo a la vez que sonreía con malicia.

            Me he dado la vuelta dispuesto a entrar de nuevo y esperar a que alguien apareciera.

            —No lo hagas—me ha dicho el sátiro callejero.

            —¿Por qué?

            —No estás preparado.

            —¿Para qué?

            —Para... el vacío—ahora ha sido él el que ha dudado.

            —Entra conmigo y te invito a un café.

            —¿Café? Ahí no hay café. No deberías bromear con estas cosas.

            Malditos jubilados sin nada que hacer, he pensado. Yo ya había abierto la puerta, Y enseguida la he cerrado a toda prisa. En el mostrador ya había más de 200 euros en monedas. Y nadie había entrado en todo el rato.

            He oído la risa desdentada del viejo a mi espalda cuando me apresuraba a volver a casa.

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