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4 min
El bosque
Fantasía |
20.11.17
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Sinopsis

El sol ya se había impuesto en lo más alto, coronando con sus rayos el inmenso cielo azul. Y como tal, dio paso al mediodía, y éste abrió las puertas de par en par a una maravillosa tarde, que daba la impresión de ser la antesala de algo tan precioso como inolvidable. Clima veraniego y alma vespertina. Era de agradecer, sobre todo tras un crudo invierno en el que muchos se fueron, y otros apenas pudieron volver.

El pasto cubría el campo hasta donde alcanzaba la vista, la última cosecha fue abundante y por suerte, no faltó comida en la mesa. Él avanzaba, escopeta en mano, intentando divisar al lobo que había devorado a dos de sus ovejas y que, durante las últimas dos semanas, estuvo aterrorizando a sus vecinos.

Caminó por el verde hasta llegar a la entrada del bosque de los Valdivia; un monte de su propiedad que nunca -nunca- había cuidado como otros que sí notaron su mano sobre ellos. De encontrarse en algún lugar, sin duda tenía que ser allí, pues tendrían suficientes entresijos entre los que esconderse. Alzó la vista hacia las copas de los imponentes pinos y eucaliptos, y entró. No falto de temor, todo fuera dicho. Nadie lo había hecho desde que aquel grupo de leñadores había desaparecido años atrás. En aquellos años, él aún era un chiquillo, pero recordaba muy bien la historia y a día de hoy todavía le daba escalofríos.

El silencio absoluto, la terrible levedad de la incertidumbre natural. No había cantos ni ruidos, ni de pájaros o saltamontes.

Siguió caminando, era normal inmerso en lo anormal. Había algo que le hizo sentirse difuminado en el ambiente, pero tampoco parecía haber rastro de aquel cánido. Caminaba cauteloso, mientras se fijaba en el suelo, ningún insecto, o rastro de vida. Le asfixiaba aquel silencio y quietud. O más bien, se sentía inquieto y extrañamente dominado por los elementos.

El silencio amargo se palpaba y angustiaba.

Poco a poco comenzó a sentirse cansado, cada paso le costaba más y el aire parecía no llegar a sus pulmones. La caminata le había dejado sin aliento, la edad también pesaba sobre su espalda maltrecha. Decidió sentarse sobre un tocón. Un poco de descanso siempre hace bien… un poco de… se durmió. Estaba tan cansado. Se durmió para no volver a despertar.

Aquel bosque se alimentaba de la misma vida, de la energía. Aquellos árboles, surgidos de las profundidades de la tierra, se alzaban en base a lo robado durante tantos cientos de años. Él era su nueva víctima. Uno más, entre tantos.

Los golpes resuenan en el suelo, el eco rodea la penumbra e insufla podredumbre en un ambiente de por sí nocivo. Los escucho, ajeno a la inexactitud. Cristal libidinoso, entes incorpóreos que atrapan la vileza de un hombre perturbado. Fragmentos de huesos incrustados en el canal auditivo. Llega a mis manos el frío recipiente de metal, una breve tumefacción en el seno lateral, me impide vislumbrar la poca luz de la que aún dispongo, es el día o es la noche. Confundo la brillantez con la insensatez, y retorno sobre los pasos indelebles de la parca imperturbable.

Columnas de humo cerúleo conquistan un espacio repudiado. Nubes fútiles, un vuelo a ninguna parte y cien hombres sin suerte. Vagan por el limbo de sus destinos, camino al horizonte de azabache.

Sostiene el pedazo de madera, intrincado laberinto de metal en su opacidad. Una y otra vez, cae son el poder de un sol que brilla ante los ojos de sorprendidos caminantes. Nadie sabe, pero todos hablan, y las palabras fluyen como un manantial de crueldad indetenible. ¿Quiénes vienen, quiénes van? Las direcciones intrínsecas en la mente perversa, conducen tibias, a un destino armónico, dulcificado por el néctar que emana de sus poros etéreos. Incitando al ocaso de la llamarada naranja que ofende mis sentidos.

El bosque somos nosotros.

Tintineo imperceptible, ante el murmullo de las hojas zarandeadas por la brisa de un verano sosegado.

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