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13 min
El Bueno de Picio
Terror |
12.08.17
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Sinopsis

Juan, también apodado Picio, lleva un largo tiempo sufriendo bullying por parte de Brendon, el matón del instituto. Un día, como muchos otros, se genera un tumulto alrededor de ellos al finalizar las clases. Brendon se recrea torturando y humillando a Juan, no obstante, todos los grandes imperios terminan cayendo. Un relato en el que le hago un par de guiños a uno de mis escritores favoritos: Edgar Allan Poe.

UGH!

– ¡Arriba! ¡Escoria!

Juan había caído de espaldas tras recibir un empujón. La inercia le hizo golpearse el cogote fuertemente contra el suelo. Trató de incorporarse, aturdido y dolorido,  apoyando parte del peso de su cuerpo sobre la mano izquierda, mientras que con la derecha  se protegía de los rayos incisivos del sol. Notó el ardor del asfalto, y de su frente emanaban unos chorros de sudor que más abajo confluían con las lágrimas de sus ojos, siguiendo su curso por unos pómulos hinchados donde ya empezaban a vislumbrarse atisbos de cardenal.                                                                          

Delante de Juan, que había conseguido ponerse de rodillas, se alzaba una figura a contraluz, amenazante y hambrienta de dolor. La silueta parcialmente ennegrecida pertenecía a Brendon.

– ¿Ya estás llorando? Pensaba que después de todo este tiempo te habrías endurecido un poco. Ya veo que sigues siendo una nenaza.  Tranquilo, hoy me siento generoso, sólo te daré un par más de hostias, las justas y necesarias para arreglarte esa cara asquerosa que tienes, así la gente dejará de llamarte Picio.

 Brendon fue el culpable de que a Juan se le conociera por el sobrenombre de Picio: un día cualquiera, Juan caminaba pensativo por uno de los pasillos del instituto. Acababa de asistir a la clase de literatura universal en la que leyeron unas líneas del relato El Gato Negro de Poe. Una frase había llamado especialmente su atención: “la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano”. Brendon surgió de la primera esquina con la que Juan se topó, como si hubiera estado esperándole deliberadamente, y tras propinarle un golpe con el hombro cargado de desprecio, le dijo: “¡Eh, chaval! ¡Qué mal lo tuvieron que hacer tus padres para terminar creando un engendro como tú! ¡Deberían haberte llamado Picio! Las risas de los testigos retumbaron en un eco de humillación que sonó por todo el instituto. Ya nadie se acordaba de aquel día – menos Juan – ni de la “ingeniosa” ocurrencia de Brendon, pero sus efectos todavía perduraban.

­– ¿Y bien? ¿No vas a hacer nada?

Juan irguió la cabeza y el reflejo del sol sobre sus lágrimas dotó su expresión de un brillo de tristeza. No dijo nada. Simplemente contempló el panorama a través de sus ojos acuosos. La gran mayoría de los estudiantes del I.E.S Juan Eslava Galán se apelotonaban ansiosos en un círculo cercano al parking de los profesores. En el centro estaban Brendon y él. Le habían quitado la mochila y arrojado fuera de su alcance. La jornada escolar había llegado a su fin y el alumnado necesitaba una dosis de acción. Los adolescentes allí presenciando el ensañamiento disfrutaban con el espectáculo. Eran como un hatajo de hienas enloquecidas que esperaban impacientes a que los depredadores superiores – Brendon, en este caso – terminaran su labor para después entrar ellos en escena y obtener así la parte que por ley natural les correspondía.

¡PUNCH!

Brendon, enardecido por el griterío que provenía de la muchedumbre, tuvo ínfulas de púgil y soltó sin previo aviso un derechazo que fue a parar frontalmente contra el rostro desnudo de Juan. El impacto fue seco y certero. No practicaba boxeo ni nada por el estilo, pero le encantaban las películas de Rocky. Juan se llevó las dos manos a la cara y comenzó a revolcarse sin ton ni son, encogiéndose de dolor en una agonía a la que, por mucho que le costara admitirlo, estaba relativamente acostumbrado. Se sentía miserable e insignificante, condenado a vivir en un mundo donde prácticamente nadie mostraba el más mínimo aprecio hacia su persona. Quedó tendido bocabajo, al otro lado del círculo, dándole la espalda a Brendon y sufriendo en sus carnes el calor que desprendía el asfalto. Escuchó el clamor de satisfacción de la multitud con el rostro aún  escondido entre sus manos: ¡Más fuerte! ¡Dale otro! ¡Remátalo! Al descubrir la cara reparó en unas gotas escarlata que morían en el suelo; Brendon le había fracturado el tabique nasal.

Cuando se giró y elevó el torso usando sendos codos como soporte, pudo observar  al abusón con todo lujo de detalles, siendo éste el que ahora recibía de frente la luz del sol: tenía la cabeza cuadrada, coronada por una mata de pelo negro que relucía por el exceso de gomina; sus facciones se contraían formando una sonrisa burlona que rayaba en lo grotesco, dejando a la vista dos hileras de dientes amarillentos; vestía con una camiseta negra de manga corta, con la frase I WANNA MAKE YOU SMILE situada encima de El Joker, congelado en una risotada a punto de desencajarse la mandíbula. La semblanza entre la sonrisa de Brendon y la de El Joker era profundamente perturbadora. También llevaba puestos unos jeans cortos desgastados, sin cinturón.

– Pon un poco de tu parte, hombre. No todo es recibir en esta vida, no seas egoísta. Hazlo por los que nos están viendo.

Brendon era perfectamente consciente de que, independientemente de lo mucho que se deleitaba maltratando y menospreciando al más débil, cada una de sus “actuaciones” era la mejor manera de marcar el territorio. Nadie le tosía, incluso en determinadas ocasiones daba la impresión de que algún profesor se amilanaba en su presencia.

– ¡Chema! ¡Casimiro! Aseguraos de que este despojo no mueva ni un músculo, lo quiero bien sujeto.

Dos cuerpos se desprendieron del hervidero enfebrecido  y corrieron hacia donde yacía Juan. Chema y Casimiro eran gemelos idénticos, llevaban gafas de sol y vestían con una camiseta blanca y pantalones cortos negros. Obraron como autómatas. Eran dos diligentes esbirros suspendidos de conciencia y voluntad. Acataron la orden con el semblante vacío y arremetieron contra Juan mientras éste intentaba levantarse a la desesperada. Su oposición fue inútil, a pesar de los salvajes bramidos que dejó escapar como señal de que estaba haciendo uso de todas sus fuerzas. Chema le atenazó los brazos y los abrió hasta que alcanzaron su máxima amplitud, para después fijarlos al suelo. Casimiro hizo exactamente lo mismo con las extremidades inferiores, de manera que Juan quedó adherido a la superficie como si fuera el Hombre de Vitrubio. Su camiseta tenía un azul marino y era el campo de batalla entre Los Vengadores y Thanos. Sus pantalones eran unos dickies cortos de color marrón. 

Los dos lacayos lo inmovilizaron sin que se les acelerara la respiración en ningún momento, parecía que ni siquiera necesitaran tomar aire, tampoco pronunciaron palabra, en tanto que Juan se ahogaba en gemidos congestionados por la hemorragia nasal.

– ¡HIGO DE LA GANDÍSIMA BUTA! ¡SOLGTADME! ¡Alggún guía te las devolvegué todas guntas! – las protestas de Juan le resultaban muy graciosas a Brendon.

– No creo que eso que dices llegue a suceder nunca, querido Picio. Pero dejémonos ya de tonterías. Ahora viene… –  metió la mano en el bolsillo derecho de sus jeans  y al sacarla de nuevo empuñaba una navaja –  la estocada final.  

La tensión e impaciencia aumentaron por parte del público, a sabiendas de que el número final estaba en camino.

Brendon hizo que su cuello crujiera de izquierda a derecha y escupió una flema amarillenta que se estrelló contra la negrura del asfalto.

 A medida que el matón se aproximaba con pasos lentos y pesados, como un capo de la mafia italiana, Juan se vio asaltado por varios recuerdos en los que Brendon había conseguido amargarle la existencia. Aquella vez en la que sin que se diera cuenta llenó de lombrices su sándwich de jamón y queso, nunca olvidaría lo viscoso que fue el primer mordisco. Aquella otra situación en la que le lanzó una piedra y le marcó con una cicatriz horrible en la frente. Cuando le encerró en el baño junto a Chema y Casimiro y entre los tres le obligaron a lavarse los dientes con la escobilla del váter. Las continuas alusiones a que su madre era prostituta a raíz de que trabajaba como limpiadora en cinco casas distintas a lo largo de la semana para garantizar que su hijo recibiera una educación de calidad. Todos sabían que la madre de Juan se ganaba la vida como housekeeper, sin embargo, le seguían el juego a Brendon y la frontera entre la verdad y la mentira se difuminó para muchos. Y por si fuera poco, Picio no era el único apodo con el que tenía que lidiar: pelopolla, bocahapa, cabezabuque, cuerpo-escombro, marica, friki…

Brendon se detuvo a escasos centímetros de Juan, mirándolo directamente a los ojos desde lo alto. Parecía mucho más grande de lo habitual.  

– Lo primero que voy a hacer después de rajarte la cara va a ser raparte ese pelo afro tuyo de mierda. No te puedes quejar. Tómatelo como si fueras un concursante de Cambio Radical. Todo irá a mejor a partir de ahora. Y ya puestos, te haré la sonrisa del payaso.

– ¡PARAD AHORA MISMO! – una voz rígida y severa se hizo sitio en medio de la agitación y se expandió hasta alcanzar los oídos de todos los allí presentes. Pertenecía al Sr. Caballero, el director del instituto, acompañado por la Srita. Elvira, la profesora de biología. Atravesaron la aglomeración y se adentraron en el círculo. Chema y Casimiro liberaron a Juan y saltaron rápidamente  para volver a ocultarse entre los estudiantes, no manifestaron ninguna clase de alteración emocional.

La Srita. Elvira se agachó para comprobar cómo se encontraba Juan, no sin antes fulminar a Brendon con una mirada de rechazo.

– ¡Dios mío, Juan! ¿Pero qué te han hecho?

Su cara presentaba diversos moratones incipientes que al día siguiente iban a doler como mil demonios. La nariz seguía sangrando profusamente, por lo que en algunas partes de la camiseta se percibían manchas oscuras; y sus brazos y piernas tenían raspones debido a los forcejeos con los gemelos.

El director se acercó a Brendon airado y desafiante.

– ¡Dame eso! – le arrebató la navaja – usted y yo vamos a tener una larga charla en cuanto llame a sus padres.

–  Lo que tú digas, abuelo.

­– ¡Y para los demás! ¡¿No tenéis una casa a la que ir?! ¡Aquí no se reparten caramelos!

Tanto el Sr. Caballero como la Srita. Elvira ayudaron a Juan con delicadeza para que se pusiera en pie. El cúmulo de personas empezó a deshacerse gradualmente, y el círculo que los rodeaba ya se había roto. 

El director sacó un pañuelo de uno de sus bolsillos y limpió solemne la sangre de la cara de Juan. Rasgó dos trozos diminutos y los introdujo por sus orificios nasales para detener la hemorragia.

– ¡Picio! Antes de que te lleven a casa… acuérdate de decirle a tu madre que esta noche tiene una cita conmigo. Me muero de ganas ­– Brendon contoneó la cintura de adelante hacia atrás a la vez que coordinaba el movimiento con los brazos y sacaba la lengua.

– ¡Ya es suficiente, Brendon! ¡No vas a volver a pisar el instituto en meses! ¡Debería darte una bofetada! – replicó enojada la Srita. Elvira.

 Juan experimentó una sensación punzante en su corazón. Aquel último comentario de Brendon fue el detonante de un sentimiento que se adueñó de su querido Picio. Por un instante, Juan se desentendió de la realidad exterior, sólo podía concentrarse en lo que acababa de surgir en el rincón más oscuro y recóndito de su ser. No existía nada más para él, excepto un impulso primitivo que no era capaz de explicar ni reconocer, pero que, en cierto sentido, tenía la convicción de que lo había estado oprimiendo desde siempre.

En un gesto tan rápido que fue casi imperceptible, se apoderó de la navaja que sostenía el Sr. Caballero en su mano. Se abalanzó sobre Brendon acuciado por una furia animal, totalmente descontrolada. No obstante, a Juan no le importó, sentía que por primera vez en su vida estaba siendo él mismo. Atinó torpemente en el esternón de Brendon pero no consiguió penetrar más allá. Ambos se desplomaron como consecuencia del impulso y se enzarzaron en una lucha sin cuartel. Se revolcaron de forma errática y resollaron como dos bestias trastornadas por una ira enfermiza. Juan se colocó encima de Brendon y lo selló al asfalto. Todavía tenía la navaja en la mano. La alzó y refulgió con un destello de muerte que cegó a su adversario por unos segundos. Los suficientes para que en esta ocasión sí pudiera atravesarle el pecho, siendo presa de un placer inesperado. Su cuerpo segregaba una adrenalina complementada por una rabia asesina. Extrajo el filo del corazón de Brendon y un chorro de sangre brotó del agujero por el que el arma había perforado todo lo que encontró a su paso. Acto seguido, Juan se retorció y puso una rodilla en la nuez de Brendon para que le fuera más costoso respirar. Algo en su mente le instaba: “más, más, más, quiero más”. Descargó una lluvia de navajazos aleatorios, perdiéndose en una escabechina absurda que le empapó de arriba abajo. Un apetito desconcertante nació en sus entrañas y su boca se anegó de saliva. Apartó la rodilla de la garganta de Brendon y se inclinó para morder por donde circulaba la yugular. Hincó tanto los dientes que al retomar su posición anterior un hilo rojo y brillante pendía de sus labios. El director y la Srita. Elvira contemplaron la escena petrificados por el terror, al igual que el resto de alumnos que se habían congregado nuevamente originando otro círculo cerrado. Juan profirió un aullido desgarrador que tronó en los cielos.

– Eres… un monstruo… – articuló Brendon entre gorjeos. Su vida se apagó a la par que vencieron sus párpados.

Las pupilas de Juan se dilataron como dos pozos negros sin fondo.

– Nunca más, nunca más.

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  • Juan, también apodado Picio, lleva un largo tiempo sufriendo bullying por parte de Brendon, el matón del instituto. Un día, como muchos otros, se genera un tumulto alrededor de ellos al finalizar las clases. Brendon se recrea torturando y humillando a Juan, no obstante, todos los grandes imperios terminan cayendo. Un relato en el que le hago un par de guiños a uno de mis escritores favoritos: Edgar Allan Poe.

    Todos nos hemos aburrido en clase, sin embargo, el lugar en el que transcurre la narración no es un aula normal, es la "sala de desordenadores", donde reina el caos, la improductividad y el aburrimiento. Un relato corto con tintes nihilistas.

    Juan Antonio es un chaval de 24 años oriundo de Zaragoza que veranea todos los años en Caracena, un pueblo diminuto perteneciente a la provincia de Soria. Una noche decide irse de fiesta con sus amigos a El Burgo de Osma y pasarlo tan bien como le sea posible. ¿Qué sucede? Que a nuestro "héroe" se le va la mano con la bebida y la noche termina siendo de lo más peculiar.

Apasionado de la lectura: novelas, relatos, ensayos filosóficos... Todo aquello que me ayude a expandir mis horizontes y entender el mundo en el que vivo es bienvenido.

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