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10 min
El bufadero
Históricos |
17.01.19
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Sinopsis

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El bufadero


Acuclillado junto a la cabecera del catre, en medio de la noche, con la cabeza gacha y la cara escondida tras las palmas de las manos, Ambrosio dejaba escurrir por sus mejillas las lágrimas que por fin escapaban entre sordos gemidos de dolor e impotencia.


Aún recordaba cuando, apenas unas semanas atrás, su padre le felicitaba por el destino que había conseguido: “vas a estar como un general, con tu uniforme bien planchado, al calor de la cabina, sentado al volante del camión. Ya lo verás; nada que ver con los infelices de infantería a los que les toque ir a pie por medio del barro”.

Antonio Betancort, su padre, sabía de qué hablaba. Siendo poco más que un joven imberbe, le pilló la Gran Guerra en Francia, donde había emigrado la familia en busca de un futuro que en las islas no encontraba. Y el futuro lo encontró a él, reclutándolo, a la fuerza, para ir a luchar por la libertad de Francia, enrolándolo en la Legión Extranjera, aquella en la que metían a todo el que no hablaba francés, pero que era lo suficientemente válido para portar un arma. Los peores meses de su vida, sin duda, asolados por el frío y la lluvia que parecía no tener fin, arrastrando los pies por medio del barro y el lodo que anegaba aquel laberinto de trincheras y refugios excavados en la tierra que apenas protegía de los envites de la artillería enemiga, donde transcurrían sus días y sus noches, con la triste certeza de que, tarde o temprano, acabarían alcanzándole, al igual que a muchos de los desdichados, como él, que corrían de un lado a otro apenas escuchaban los primeros silbidos de los obuses cruzando el gris cielo que les cubría.

Tres semanas después de llegar a aquel infierno se cumplió la profecía y Antonio, “el canario” como le llamaban, saboreó el barro al caer de bruces cuando un trozo grande de metralla se le incrustó en la parte trasera del muslo y casi le sesga la pierna. De allí al hospital y del hospital a casa, acompañado de una muleta y la cojera que arrastraría el resto de su vida. Por eso, por los malos ratos pasados en medio de aquel barrizal, luchando por algo que no llegaba a entender, se alegró cuando a su hijo lo destinaron a intendencia, nada menos que de chofer; ¡menuda suerte!

Ambrosio se podía considerar afortunado por no tener que ir al frente, donde historias como las que le contaba su padre seguro que se repetirían a diario. Él fue destinado –con la ayuda de un teniente de la Guardia Civil, amigo de la familia, que lo recomendó para oficinas, dado que el chico era espabilado y tenía el bachiller-, a intendencia, en Las Palmas; un puesto tranquilo situado a unos miles de kilómetros de las líneas enemigas. Allí la responsabilidad era poca: llevar y traer cajas de aprovisionamiento, ya fueran víveres o munición, del puerto al polvorín, o del cuartel de Mata al de la Isleta. Poca cosa, si no contaba las veces que le ordenaban llevar prisioneros,  pobres desgraciados que habían sido denunciados por rojos, sindicalistas o ateos. Él, al volante, escuchaba como subían a los detenidos empujados con las culatas de los fusiles, para llevarlos hasta el campo de la Isleta, donde los hacinaban como a bestias en barracones, que ni para el ganado valían.

Desagradable espectáculo que, para él, acababa en profundas arcadas y la vista borrosa a causa de las lágrimas acumuladas en los ojos, que apenas le dejaban ver el camino de vuelta, pero ¡como para dejarlas escapar!; podía ser que lo incluyeran con la carga si se le ocurría mostrar piedad por aquellos “indeseables”, como les llamaban los oficiales y falangistas que alardeaban de las capturas hechas.

Duro era aquello de la guerra, pero lo de aquel día…., lo de aquel día ya sí que fue insoportable; imposible de esconder la rabia que le recorría el cuerpo, ni de enjugar las lágrimas que asomaban. Aquel día esperaba, con el motor en marcha, como siempre, mientras los detenidos pasaban por delante del camión, arrastrando los pies en dirección a la parte trasera para subirse a la caja. Muchos eran ese día, aunque a él le daba igual llevar a cuatro que a cuarenta, hasta que, con la vista perdida en la oscuridad de la noche, escuchó una voz a su lado, junto a la ventanilla; “¡Ambrosio, por tu madre, diles que yo no soy de esos!”. Aquel grito le volvió a la realidad de aquellos hombres indefensos. Era Josito, el de la tía Candelaria, un pobre muchacho al que no se le conocía discusión alguna, porque nunca había tenido trifulcas con nadie.

- ¿Qué han hecho estos infelices, mi sargento? –preguntó en cuanto el suboficial subió a la cabina.
- ¡Qué es lo que no han hecho dirás! Son traidores a la patria, comunistas, anarquistas,…
- Pero eso no puede ser. Conozco a uno de ellos y estoy seguro que tiene que haber un error.
- ¿Acaso quieres ocupar tú su lugar? –espetó el sargento con gesto amenazante.
- No, por Dios, pero…
- ¡Ni pero ni ná! ¡Arranca de una vez Betancort y no me calientes la cachimba, que no estoy para tonterías.

Callado, pensando en el destino de aquellos hombres, salió del cuartel de Mata en dirección a la avenida marítima y allí, a la altura del parque de San Telmo, en vez de torcer hacia el norte, hacia la Isleta, como de costumbre, el sargento le ordenó girar hacia el sur.

- Vamos a La Garita, en Telde ¿Sabes dónde está?
- Sí señor –contestó Ambrosio.

Era ya noche cerrada, con una tenue raya blanca con forma curva dibujada en el cielo que no era capaz de iluminar ni las ideas, cuando salieron de la estrecha carretera que llegaba a La Garita. Enfilaron un camino angosto, pedregoso y repleto de socavones que conducía, según creía, hasta la costa. En aquella oscuridad sólo podía ver la parte trasera de la camioneta que llevaba delante y más allá intuía lo poco que los faros le dejaban ver: rocas negras, muchas de ellas amontonadas en las cunetas del camino, que hacían más oscura la noche, y entre medias el sendero blanquecino marcado por las rodaduras dibujadas por anteriores vehículos, camiones por el ancho de las marcas. La camioneta que los precedía redujo la marcha y, antes de detenerse, se abrieron las portezuelas, bajando un grupo de falangistas –estaba claro por el color de sus camisas- portando armas entre las manos. La camioneta dio la vuelta al llegar a una pequeña explanada, delimitada por el rastro dejado por las ruedas de otros que también habían llegado hasta allí.

- ¡Para aquí! –ordenó el sargento, haciendo amago de saltar-. Gira el volante todo a la derecha y da marcha atrás despacio.
- Pero….¡no veo nada ahí!
- Ya te indico yo –contestó, haciéndole señas con las manos para que avanzara marcha atrás.

Ambrosio, a ciegas, obedecía atentamente las indicaciones del sargento, porque, en realidad, no sabía por dónde iba; sólo escuchaba, con fuerza, el romper de las olas contra las rocas de la orilla. Tenía que fiarse de las señas del sargento, si no quería acabar cayendo por el risco.

- Sigue,…. despacio,…. sigue… –indicaba el sargento- ¡alto!

El estruendo de las olas era tremendo; debía de haber mala mar, aunque solo se adivinaba la espuma que salpicaba al romper las olas unos pocos metros por delante, con la mínima luz que la luna enviaba desde lo alto. Llegaban las diminutas gotas de la maresía hasta chocar con el parabrisas, como si lloviznara, igual que si estuviera metido en medio de una nube, como las de la cumbre, que, sin llover, empapan; tenía que estar a no más de una veintena de metros del borde del mar cuando detuvo el camión.

Alongando la cabeza por la ventanilla, permanecía atento a las indicaciones del sargento. Por los retrovisores pudo ver como los falangistas se alineaban a los lados de la parte trasera del camión, iluminando, algunos de ellos, la portezuela trasera del camión con sus linternas, mientras los otros sujetaban los fusiles en posición defensiva, como si los asustados prisioneros que llevaba como carga fueran a saltar sobre ellos. El sargento se acercó a la cabina y apoyando la mano en el hueco de la ventanilla gritó a uno de los hombres que permanecían junto a la parte trasera del camión:

- ¡Anselmo, abre ya el portalón!

Sonó un fuerte golpe metálico, como un trueno, producido el golpe de la chapa al chocar con la parte baja de la caja.

- ¡Dale volquete! –dijo el sargento, mirando a Ambrosio a los ojos y dando golpecitos de impaciencia en el borde de la ventanilla.
- ¿Cómo? –preguntó Ambrosio, seguro de que había entendido mal, mientras por el retrovisor podía vislumbrar a aquellos hombres de camisas oscuras apuntando a los prisioneros que permanecían en lo alto del camión.
- He dicho que des volquete –repitió el chusquero.
- Pero mi sargento….
- ¡Dale volquete, coño! –gritó el sargento, visiblemente cabreado, sacando su pistola de la cartuchera y apuntándole a la cabeza.

Ambrosio, con la punta de la pistola a dos palmos de la sien, cumplió la orden y, dando un acelerón, empujó la palanca que accionaba el volquete del camión. Se escuchó como desde la caja salían súplicas primero, gritos de terror después y el sonido del deslizar de los cuerpos a medida que el volquete se empinaba. El continuo sonido de las olas no dejaba escuchar nada más; sólo podía ver como el sargento, junto al resto de la comitiva, permanecían alineados a los lados del camión, soltando insultos y exabruptos, deleitando la mirada con algo que él no sabía lo que era. Se bajó de la cabina, temeroso de escuchar los habituales gritos del sargento, y se acercó al grupo que miraba, rodeado de oscuridad, un inmenso agujero formado en medio de la lava, por el que se escuchaba el estruendo del océano y de donde salían fumarolas de agua salada, empujada por las olas al romper en el fondo de la aquella gruta de lava que llegaba hasta el mar.

De la carga que había portado, hombres desvalidos como Josito, paisanos, compatriotas, personas al fin y al cabo, no quedaba ni rastro: habían caído y el bufadero se los había tragado.

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