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6 min
El Carnaval Literario
Amor |
24.03.20
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Sinopsis

Un escritor se cansa de la pomposidad publicitaria de las editoriales internacionales y decide por su cuenta buscar la verdad sobre la literatura actual.

En cierta ocasión, gracias a mi ortodoxia literaria y cansado de la hipocresía del mundo editorial, decidí organizar mi propia exhibición de libros. Estaba harto de sus mentiras.

“La literatura deber ser sincera consigo misma, debe ser honesta y, por ende, transformadora”, me convencí con grandilocuencia. “Debe contener en ella todo un universo holístico para el lector”, afirmé con la mayor de mis seriedades. “Debe enseñarle a desarrollar las capacidades de opinión y criticismo apropiados y llevarlo hacia el Camino de la Verdad.”

Ansioso por lo que iluminaba mi mente, empecé a caminar de un lado a otro en la sala:

“¡Por qué cuántas veces no he leído un mal título promocionado con gran abigarramiento y espectacularidad, y para cuando al fin lo lees resulta ser una reverenda mierda, aun cuando quieres convencerte de que es un gran clásico! Y no, resulta ser lo que es, una reverenda mierda.”

“Yo digo ¡basta!”, grité pegando un puñetazo en la mesa.

“¡No más engaño! ¡Yo seré un escritor real!”

“Haré que la gente pueda llegar a la literatura por convicción y no por estafas publicitarias!”

Prendí un cigarro, con mi vista fija en el horizonte.

“Por tanto”, exclamé con el porte de un héroe nacional, “si alguien ha de apreciar mis escritos, tiene que ser por la voluntad de su pensamiento crítico y no por el empuje de una burda y falsa maquinaria promocional!”

Como ese día era sábado, decidí que el domingo sería el elegido. “No hay por qué darle más largas al asunto”, resolví.

El lugar: el Parque Benito Juárez, en la zona intermedia de la ciudad. No habrían banners, ni spots ni entrevistas pagadas que anunciaran con bombos y platillos al genio tras la silla y la pluma. Por una vez en la vida sería honrado conmigo mismo y las personas.

La gente al caminar por el parque tendría que reconocerme, y con este hecho –si eran honestos–, exclamarían: “Miren, es Valentino, el escritor que habla con la verdad y no le teme a nada, ni siquiera a este puto gobierno. ¡Vayamos a por uno de sus libros!”.

Alentado por este sentimiento, enérgico, al día siguiente, tomé una mesita plegable, una silla de plástico y 50 copias de mis libros que guardaba en casa para regalar a los amigos. Le pedí aventón al vecino, que me lanzó una mirada de mala gana.

Me instalé bajo el techo de una rotonda. La mañana era fresca y la vegetación le daba un color extraordinario. Puse una renglera de libros que yo consideraba “mis favoritos” en la parte de enfrente y a los “mal escritos” en la parte de atrás.

Me senté a esperar.

Alguien tendría que pasar y verme.

A las dos horas, sin caer en el desánimo, vi que una mujer y un hombre vestidos como “emos” me observaban con insistencia. Dibujé una media sonrisa. Ellos voltearon hacia el otro lado. Eso me confundió y decidí no forzarlos, hasta que su voluntad tomara conciencia de lo adecuado y lo correcto. ¡De seguro lo querrán autografiado!, me dije. Tomé la pluma y empecé a firmarlo.

Para cuando alcé la vista, el rastro de sus chaquetas se esfumaba entre las madreselvas.

¡Se lo pierden!, grité ofendido, ¡En cien años seré leído en todo el mundo!

Miré el reloj: ya daban las diez de la mañana.

Luego se paró de presto una señora con un delantal desteñido que me hizo una gran reverencia. Huyó en una carrerita típica de los habitantes de las montañas.

Pasaron otras dos horas y la gente caminaba viéndome de lejos con cierto desdén.

Resistiré, me dije con fuerza. Y me quedé plantado otras dos horas, sin mover un solo pelo de mi cabeza.

Estaba tan concentrado en el fracaso de mi propuesta, que no pude advertir el momento en que la pareja de “emos” había colocado a mi derecha y enfrente de la mesa unas cajas repletas de Coca Cola junto a unos vasitos blancos de polímero.

A mi izquierda la señora con delantal había instalado un anafre con parrilla y carbón encendido: vendía tacos.

Pronto comenzó la aglomeración de gentes por ambos lados. Los “emos”, lejos de esquivar mi vista, rieron abriendo sus grandes y negros labios, y la señora de los tacos rió con una de las sonrisas más sinceras que jamás haya visto en mi vida, luciendo orgullosa un corazoncito de oro en un diente.

Mientras las personas compraban tacos y refrescos, enseguida pasaban por mi puesto y me preguntaban por los libros.

En 15 minutos los había entregado todos.

“La verdad, maistro”, me dijo un muchacho, “no cambio su novela del robot por otra. Es la mejor que tiene. Me llega cuando mata a los malos con una cadena”.

“Yo creía que usted cagaba para adentro, patroncito”, me dijo riendo un muchacho de pueblo. “Leí como cincuenta páginas de ese libro suyo donde salen unos maricas. Hay un montón de palabras que no entendí, pero la verdad, verdad, eso de los desviados no es para mí, usted sabe, casi nadie lo entiende a uno”.

“Puta, amigo”, me dijo un hombre, “usted sí tiene huevos, cómo le rumba verga a estos narco-gobernantes. Tenga cuidado, compañero, que lo pueden encontrar algún día descuartizado y ensabanado en algún montarral”.

Cuando menos acordé, ya tenía enfrente a un saltibanqui haciendo malabares con unos machetes que tenían fuego en la punta; también un fotógrafo, un heladero, un cojo, un jorobado, una loca, un vendedor de relojes, un comerciante que vendía semillas y frutos secos en bolsitas y otro tipo de pelo parado que ofrecía achinería.

Para rematar, desde el bulevar que bordeaba el parque, un camióncito que trasladaba un equipo de música se detuvo y empezó a tocar música electrónica.

No supe el momento en que me encontré saltando y gritando en medio de aquella gente la mítica canción “L'Amour Tojours” de Gigi D’Agostino, para acabar siendo fotografiado besando el busto de Benito Juárez a la par de un payaso que solía contar chistes en los autobuses.

Después de todo no había sido un fracaso absoluto. Entonces comprendí que si quería ser honesto, tenía que salir y convivir con aquellos que no poseían más que su fuerza para sobrevivir, ya que eran ellos los que moldeaban mi realidad. Estaba obligado a dejar de hacerme el indiferente, a rechazar lo que yo sabía que era falso y combatirlo. Sobre todo, era menester no tapar los ojos, mantenerme firme en mis convicciones de lo que era bueno y correcto y plasmarlo en lo que todo ello siempre ha llegado a ser: literatura pura, y, seamos francos, honesta.

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