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19 min
El carterista 1
Suspense |
25.09.08
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Sinopsis

En un futuro próximo desapareceran las monedas, billetes y tarjetas de crédito. Todo lo haremos mediante la lectura de nuestro iris. Pero alguien conseguirá que este sistema sea mas peligoso que el utilizado hasta entonces.

EL CARTERISTA



I


“A finales de 2008 se presentaba al mundo, después de muchos años de investigaciones y prototipos, el sistema de transacciones que hoy impera en todo el globo.

Lejos quedan esos días en los que tarjetas de crédito y documentos de identidad, monedas y billetes, poblaban los bolsillos de todos. El dinero negro desapareció junto con los atracos y robos en busca de nuestras carteras.

Pero parece que alguien ha descubierto el talón de Aquiles de este sistema. Han pasado meses desde que empezaron las sospechas, aunque hace poco que el gran robo se está empezando a destapar. Todavía nadie sabe con certeza como se ha conseguido, aunque muchos señalan como una de las claves de su éxito el hurto de pequeñas cantidades.

Seguiremos muy atentos al desarrollo de las investigaciones sobre el que puede ser el mayor robo del siglo XXI.”

Así comenzaban los principales informativos en abril de 2011. Repasaba este y otros documentos de la época en compañía de un periodista, José Montalbán, uno de los protagonistas de aquellos acontecimientos.

Sus ojos se movían deprisa, escudriñando la miríada de recortes de periódicos y fotografías esparcida sobre la mesa, cambiando los papeles de lugar constantemente, buscando el orden correcto antes de iniciar su relato.

La verdad – comenzó, sin despegar la mirada de la mesa – es que nunca hubiera imaginado que viviría una experiencia como aquella. Trabajaba en la sección de deportes de un periódico local. Mi trabajo era sencillo y mi vida tranquila y rutinaria.

Un día de primavera de 2010, salí del trabajo a la hora habitual, tomé una cerveza en el bar de siempre. Hacía una tarde muy agradable, habíamos cambiado al horario de verano el fin de semana anterior, así que decidí volver a casa dando un paseo. De camino me detuve en una pequeña tienda de alimentación que hay a dos calles de mi casa a comprar un par de cosas que necesitaba para la cena. La cajera me acercó el lector de iris y huella para realizar el pago. La máquina me reconoció, pero indicó que no tenía saldo suficiente para satisfacer el importe. Por suerte, no había nadie más en la tienda exceptuando a la dependienta. Le pedí excusas. Había comprobado mi cuenta hacía dos días y todo estaba correcto. Como era cliente habitual me dijo que no me preocupara, que llevara lo necesario y ya pagaría al día siguiente – hasta los bancos se equivocan a veces-concluyó. Le agradecí el gesto y salí de la tienda con paso más ligero del habitual.

Al llegar a casa consulté mi cuenta. La máquina estaba en lo cierto. Repasando los últimos movimientos, vi un pago hecho el día anterior en unos grandes almacenes; por lo visto me había comprado un televisor. No recordaba haber ido a ese establecimiento, aún menos haber adquirido un artículo tan caro. Pese a todo fui al salón a comprobar si colgado en la pared había un televisor tan espectacular y pesado que hacía que esta se pandeara, pero ahí seguía mi aparato de siempre.

Al día siguiente, después de hablar con mi banco y corroborar lo sabido, acudí a los grandes almacenes y les expliqué que habían hecho un cargo por error. El dependiente intentaba disimular sin éxito su sorpresa, miraba a su compañero y este miraba el mostrador. Unos segundos de silencio. Me acercó el lector para identificarme y consultó el resultado:

-      Lo ve, todo coincide con los datos que tiene su banco.
-      Ya lo imaginaba- dije en tono molesto-pero le aseguro que yo no compré el televisor.

Tras unos intercambios de impresiones me hizo acompañarle a una pequeña sala.

- Espere aquí, por favor.

Transcurrido el tiempo el dependiente regresó. Entramos en una habitación contigua llena de pequeñas pantallas; era la sala donde se controlaban las cámaras de seguridad. El vigilante de turno me cedió su silla.

-      Ahora preste atención a las imágenes- dijo una voz a mis espaldas. Al girarme vi a un hombre uniformado señalando un monitor. En la grabación se veía un mostrador vacío, en una esquina levitaba la fecha y la hora, dos minutos antes de la presunta compra. Apareció un dependiente arrastrando una enorme caja de cartón.

-      Fíjese en la persona que va a aparecer por la izquierda de la pantalla- dijo el uniforme.

Puse toda mi atención, aguardando el momento de la revelación que me daría la razón. Cuando recuerdo aquel momento, todavía me cuesta creer que quien surgió por el margen de la imagen era yo. Me resultó increíble verme, con la ropa que llevaba dos días atrás, charlando animadamente con el dependiente, efectuando el pago y saliendo de allí radiante con mi adquisición.

El hombre uniformado mandó detener la grabación. Me levanté sobresaltado y sin dejar de mirar al suelo salí de allí rápidamente susurrando disculpas. Solo quería llegar a casa, tomar una ducha y estirarme en mi sofá con un trago largo en la mano.

Los tres días siguientes los pasé especulando sobre las posibles causas del suceso sin llegar a ninguna conclusión coherente. Como no era capaz de determinar las causas, decidí centrarme en cual debía ser mi próximo paso. He de confesar que entonces estuve a punto de pasar página e intentar olvidar pronto lo acontecido, pues lo que iba a hacer podía suponer pasar un rato bastante desagradable. Me disponía denunciar el robo de un televisor que nunca compré.

II



José Montalbán complementaba su relato con toda suerte de fotografías y papeles que me mostraba en orden y dejaba que los escaneara. Mientras terminaba este proceso con el último documento, me ofreció tomar lo que quisiera. Cortésmente conteste “lo mismo que usted”. Poco después apareció con dos wiskies con hielo, dispuesto a continuar.

Cuando llegué a la comisaría, seis personas aguardaban su turno. El aspecto de aquel lugar era sombrío y triste, hasta desfasado. Lo más moderno que había allí era un identificador de primera generación, de aquellos que tenías que meter la cara en una especie de máscara, no sé si usted los ha llegado a ver. A las dos horas de espera me hicieron pasar a una pequeña habitación. Tras un viejo escritorio, una agente me invitó a tomar asiento con gesto mecánico.


Le expuse mi problema, comprobó la transacción, incluso accedió a las grabaciones de seguridad y pudo seguir todos mis pasos desde el mostrador hasta el coche. Mientras hablaba el letargo la sorprendió. Fue una gran suerte para mi, porque pude ir improvisando fragmentos que daban a mi historia una cierta veracidad si no cuestionabas mucho los detalles. Le conté que el hurto debió suceder en algún punto entre la tienda y mi casa. Justifiqué mi amnesia con unos fuertes dolores de cabeza que sentía desde aquel día y que sin duda fueron provocados por algún golpe o narcótico suministrado sin que me diera cuenta. Aquella mujer tenía tantas ganas de salir de allí como yo, así que anotó todo lo que le dije y me despachó enseguida.

Durante las semanas siguientes intenté investigar por mi cuenta. Como no supe ni por donde empezar mis perdidas indagaciones no dieron ningún resultado. Entonces empezaron unas pequeñas molestias en mi ojo derecho.

Pasaban los días. Lo que comenzó como unos minúsculos pinchazos que situaba en la parte posterior de mi globo ocular, se manifestaban cada dos o tres días y solo duraban un segundo, deribaron hacia un dolor intenso, más prolongado y mas frecuente. Cuando esta situación comenzó a preocuparme, sucedió algo que me inquietó más. Uno de mis compañeros del periódico me explicó que un periodista de su sección estaba trabajando en un reportaje sobre tres hombres que se habían quedado ciegos repentinamente, los tres del ojo derecho.

En cuanto pude fui a hablar con este compañero, Arnau Calbet, para que me explicara todo lo que había averiguado.

-      Aún no he conseguido mucho, pero parece ser que los tres hombres sentían un fuerte dolor en la parte posterior del ojo derecho. Al principio les pasaba una vez cada varios días y duraba unos segundos. Con el tiempo la frecuencia aumentó a la par que la duración y la intensidad. Entonces un día, se despertaban y habían perdido la visión. Parece ser que tenían un problema en el nervio óptico. El médico que intentó dar con las causas de tan extraña afección descubrió algo parecido a un empalme, como si aquel ojo hubiera sido manipulado.


Hizo una pausa frunciendo el entrecejo.


-      ¿Por que tienes tanto interés? – preguntó reclinándose en el respaldo de la silla.

Creo que estaba pálido, no por la pregunta sino por las horribles expectativas. Con un hilo de voz le dije que era simple curiosidad. No quedó satisfecho con mi respuesta. Antes de que insistiera le pedí que si sabía algo más, por favor me lo comunicara. Aquella noche la pasé en vela, temiendo que si cerraba los ojos, solo conservaría la utilidad de uno.

Al día siguiente, Arnau vino a verme

-      Mañana salgo de viaje, voy a entrevistar de nuevo a dos de los hombres que te comenté. ¿Quieres que les haga alguna pregunta? .

Enseguida supe que preguntar.

-      Si, pregúntales si poco antes de que empezaran los dolores, sospecharon que les habían robado algo.

Me miró un poco extrañado, pero prometió hacerlo.


III



Habían pasado dos semanas desde la partida de Arnau. No concretó la fecha de su regreso, pero me parecía que tardaba mucho en hacer dos entrevistas. Mientras tanto los dolores iban en aumento. No recibía noticias de la policía, sobre el paradero de mi televisor. Recogía ya mi mesa para irme a casa cuando recibí una llamada de Arnau: llegaba al día siguiente, nos citamos en un bar próximo al periódico a las seis de la tarde.

Llegué puntual al encuentro, Arnau ya estaba allí. Me senté frente a el y pedí una tónica.

-      ¿Has tenido buen viaje? – pregunté educadamente, intentando disimular mis ganas de ir al grano.
-      Bastante bien, gracias.
-      ¿Por qué has tardado tanto?
-      Digamos que la respuesta a tu pregunta me ha retrasado.

Hubo una breve pero tensa pausa. Arnau rompió el silencio.

-      Oye, creo que deberías contarme tu historia; completa.

No me sorprendió la pregunta. Había conseguido esquivarla la primera vez, ahora le di la explicación que le debía.

-      Es sorprendentemente similar a las dos que he oído, salvo en pequeños matices.

Le apremié con la mirada a que soltara esos matices.

-      Tú te diste cuenta de que algo pasaba a las pocas horas del suceso, en cambio a ellos tardaron días porque les robaron objetos de uso cotidiano. Uno es luthier; compra útiles bastante caros con relativa frecuencia. El otro hace instalaciones eléctricas; ya sabes como se paga el cobre en el mercado negro. Cuando les pregunté si habían notado la falta de algo, dijeron que no, pero se asegurarían; esperé unos días por si descubrían algo, por eso me he retrasado. Los dos localizaron una compra de materiales que solían consumir pero que fueron comprados en lugares donde ellos no habían comprado nunca. Comprobaron si tenían dichos materiales, pero no estaban. En cambio a ti te han robado un artículo que cualquiera echaría de menos enseguida.

Otra diferencia es que sus dolores oculares comenzaron al siguiente día del hurto, a ti tardaron más en afectarte.

También es curioso que hayas sido elegido como víctima teniendo e cuenta los perfiles anteriores. Ellos tienen oficios que requieren materias primas y herramientas caras; además los dos son propietarios de su propio negocio, pero tú eres un empleado, trabajas con intangibles, herramientas baratas y que ni adquieres ni posees.

- Es verdad, es como si robarme hubiera sido un error o una imprudencia.

Seguimos hablando un buen rato. Concluimos que se trataba de un grupo muy bien organizado, que dominaba lo detalles de la vida cotidiana de sus víctimas y les afanaban bienes que seguramente tardarían un tiempo en darse cuenta. Era evidente que esta hipótesis no se ajustaba a mi caso particular, pero los indicios parecían llevarnos por el camino descrito. También acordamos seguir investigando cada uno por su cuenta y reunirnos periódicamente para poner en común nuestros avances

-      Podrías preguntarle a tus entrevistados que pidieran la grabación de seguridad del establecimiento donde se hizo la compra de la mercancía robada- sugerí.
-      Mañana mismo me pongo en contacto con ellos.

Nos despedimos citándonos para dos semanas después, en el mismo lugar a la misma hora.

Se que estará pensando: ¿Por qué no preguntó cuanto tiempo tardaron aquellos dos hombres en perder la vista?. Pues no lo hice simplemente porque no quería vivir una cuenta atrás, prefería que la fatalidad me sorprendiera.


IV



Dos días ates de nuestra próxima reunión, Arnau me llamó.

-      Han encontrado un hombre moribundo en un contenedor de basura, se lo han llevado a Sant Pau. Algo me dice que tiene relación con nuestro asunto. Estoy hasta arriba de trabajo, ¿puedes ir tú?.
-      Por supuesto.
-      Perfecto. Cuando llegues pregunta por Paula Anglada, es la inspectora que me ha avisado. Ahora le llamo y le digo que vas hacia allí. Llámame en cuanto sepas algo.

No me costó nada localizar a Paula, era mas joven de lo que esperaba. Me presenté y le dije que venía de parte de mi compañero. Empezó a explicar lo acontecido sin preámbulos:

-      Lo han encontrado por casualidad. El conductor del camión de la basura envistió al contenedor cuando maniobraba para cogerlo con las horquillas del lateral del vehículo y lo ha volcado, se ha abierto y la víctima ha salido rodando. Sangraba abundantemente por la boca y tenía las manos amputadas. Ha muerto de camino al hospital, ahora le están haciendo la autopsia, en un par de horas sabremos algo.

No podía ausentarme del trabajo tanto tiempo. Le di el número del periódico y el móvil y le pedí que llamara a Arnau o a mi cuando supiera algo más. En cuanto llegué a la redacción le expliqué el suceso a mi colega y le advertí que estuviera atento al teléfono.

Habían pasado tres horas cuando llamó Paula.

-      Antes de decirle nada, júreme que nada de lo que le voy a decir será público hasta que se lo autorice.

Lo juré

-      Los forenses dicen que la víctima ha sufrido una brutal paliza, le han extirpado las cuerdas vocales, cortado la lengua y las manos; hacía menos de dos horas que había recibido los golpes, a juzgar por los hematomas y las heridas, y lo han arrojado al contenedor pocos minutos antes de que pasara el camión. Seguramente pretendían que estuviera vivo cuando cayera en la trituradora del vehículo basurero.
Hasta aquí, aparte de un sadismo desmedido, no hay nada extraño. Al escanear el iris para identificar al sujeto, la pantalla indicaba que se trataba de un varón de 51 años, pero el individuo de la mesa de autopsias no llegaba a los treinta. Han comprobado su ADN y efectivamente se trataba de un hombre de veintiocho. La confusión ha desembocado en una anécdota graciosa: para acabar de cerciorarse han telefoneado al hombre que respondía a la primera identidad, que se ha mostrado extrañado al recibir una llamada del hospital preguntándole si se encontraba bien. Seguirán investigando, mañana por la tarde volveré a habar con ellos.

Le agradecí el favor y llamé a Arnau para darle la información de Paula. Me dijo que los próximos dos días se ausentaría de Barcelona, pero que le mantuviera al corriente de cualquier avance.

Siempre intento acabar el día de la misma manera, estirado e el sofá leyendo un libro. Pero aquella noche mi atención buceaba por mi memoria intentando recordar algo de mi día D. Aquel día terminé antes de lo esperado mi resumen sobre la jornada futbolística amateur, como ya he dicho antes, nunca fui un periodista de primera línea. Eso me alegró porque hacía días que quería ir a la catedral a escuchar un concierto del ciclo “l’orgue de Bach”. Fue una experiencia sublime. Y es al tomar el camino de regreso a casa cuando mi memoria se tornaba imprecisa y mis recuerdos confusos. Creía que me encontré con alguien al que no veía desde hacía años, pero no conseguía relacionar su rostro con un nombre. No pude asegurarlo, pero creía que fuimos a tomar algo y no recordaba nada más hasta el sonido del despertador al día siguiente, ni siquiera como llegué a casa. Me estaba quedando dormido cuando caí en la cuenta: hacía días que no sentía dolores.

V


Las horas parecían días, apenas tenía trabajo y la tensión de la espera me agitaba todo el cuerpo. Al fin la llamada de Paula.

-      Recuerda tu promesa, no puedes publicar nada de lo que te diga hasta que te lo autorice.

Asentí

-      Definitivamente el ojo no era de la víctima. Los forenses están alucinados con lo que han encontrado: el ojo es de materiales diferentes al del ojo humano, preparado para ponerlo y quitarlo las veces que sea necesario. El nervio óptico presentaba heridas provocadas por una suerte de “empalmes”. Los músculos han sido substituidos por unos pequeños mecanismos hidráulicos que se apoyan en la cuenca y hacen que se mueva con total naturalidad.

Me aseguró que me mantendría informado si sabía algo más. Le di las gracias y llamé a Arnau.

El siguiente día era el de nuestra reunión periódica. Llegué al bar a las seis y un minuto de la tarde, Arnau ya estaba allí. Me senté en frente, pedí una tónica y me interesé por sus averiguaciones.

-      Pedí a mis entrevistados que solicitaran las grabaciones de seguridad como sugeriste. Me han explicado que se vieron a ellos mismos entrar en la tienda, comprar y marcharse tranquilamente con su adquisición. Cuando hablé con ellos aun no se lo creían.
-      Lo mismo que me pasó a mi, todavía me cuesta creer que quien ví en las imágenes fuera yo.
-      Uno de ellos dijo que debía ser cosa de un hipnotizador, como en aquella película de Woddy Allen en la que va a un espectáculo, lo hipnotizan y por la noche telefonean a su casa, le dicen una palabra clave, entra en trance y obedece las órdenes de robar unas joyas que recibe.

Sonreímos los dos a la vez. Estábamos en plena conversación cuando un horrible dolor, que localicé en la zona del lagrimal de mi ojo derecho, me sorprendió, como si una entidad invisible me hubiera clavado algo. Le grité a Arnau que se apresurarse a llevarme al hospital. Al ver los dolores que presentaba me atendieron enseguida. Extrajeron al intruso, taparon mi ojo y me dijeron que lo mantuviera así los próximos días. Salimos de allí y mi colega me dejó en casa.

Llevaba una hora y media en casa cuando recordé que Paula me había enviado una foto del sujeto del contenedor. Conecté el televisor y busqué el email de nuestra informadora.

La imagen me dejó petrificado. Era un viejo conocido mío: entramos en el periódico con unos días de diferencia. Como los dos éramos novatos congeniamos enseguida, nos ayudábamos en todo, íbamos a tomar una cerveza al salir del trabajo; pero de un día para otro dejó el periódico sin dar explicaciones. Nunca supe nada más de el.

Mientras recordaba algunos momentos pasados con el, un rayo me recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies. Si que había vuelto a saber de el, era la persona que me encontré al salir de la catedral el día antes de que me robaran. Llamé a Arnau para explicárselo.

-      ¿Si?
-      Hola Arnau, soy José – se oía jazz de fondo - ¿tomando una copa?
-      Pues si, para distraerme un poco, ya sabes.

Sin duda lo necesitaba, hablaba voz trémula.

-      Solo quería agradecerte lo de esta tarde

Entonces oí la voz de Paula pedir un Michael Collins a un camarero o barman.

-      De nada hombre. La verdad, me has dado un susto tremendo
-      Si, yo también me he asustado mucho.
-      Bueno ¿te parece que nos encontremos en una semana?
-      De acuerdo, mismo lugar, misma hora.
-      Perfecto, nos vemos entonces.

Estaba realmente contrariado. ¿Era un descuido o hablaba con Paula a mis espaldas?, y si era así, ¿Por qué?. Seguro que me escondía algo. Arnau era la persona más tranquila e imperturbable que conocía, sin embargo mi llamada le había sobresaltado, nunca lo había visto tan tenso y presuroso por terminar una conversación; no me dio tiempo de contarle lo de la fotografía, ni lo pensaba hacer, al menos de momento.

“José Montalbán se levantó y propuso proseguir el relato al día siguiente
-      Mañana le explicaré el asombroso final, bueno, final no, puesto que aun no han dado con el responsable.

El no lo sabía pero yo creía poder explicarle el final”

...continua en El carterista 2...

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