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7 min
El castillo surrealista
Varios |
07.08.16
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Sinopsis

Nuevo relato, espero que les guste

 

El castillo surrealista

 

La luz iluminaba el camino con sus destellos monótonos y circunstanciales. La imagen le dio a la vida una sensación poética y profunda, por más que no la tuviera.

-Este es el inicio de algo importante- dijo, a alguien que estaba a su lado.

Iniciaron el camino con una indeterminación absoluta. Temiendo que podrían estar viviendo uno de los instantes más interesantes de la historia. Los caminantes dieron algunos pasos con aires que se mezclaban entre dubitativos y convincentes. El punto de fuga se mantenía inmóvil y las canciones se escuchaban a los lados. Flautistas, acordeonistas, violinistas y ranas muertas daban una sensación rara, nadie podía asegurar si era buena o mala. Un vendedor ambulante apareció de súbito entre las casas del estilo de París en el siglo XVIII.

-¿Qué quieren para comer?- preguntó, con una sonrisa en la cara.

-Yo quiero un juego de frutas caribeñas, envasado en una esfera de cristal, por favor.

-Cómo no, acá tenés.

El jugo iluminaba las entrañas del consumidor con un dulce sabor a néctar.

-Yo quiero lo mismo- dijo otro, tras una larga duda.

-Mirá que tengo todo lo que quieras- insistió el mago de los comerciantes.

-Quiero eso, está bien- repuso nuestro personaje, con algo de vergüenza.

El vendedor se rió, y el dio lo que el joven reclamaba. Este se retiró a las profundidades de otro mundo imaginario, y desapareció del camino.

Disfrutamos del jugo, que nos sació como nada hasta ese entonces. La comodidad era tal, que cualquier posibilidad hubiese sido igual que satisfactoria. El jugo mostraba infinidad de colores en los grises, y la tierra se transformaba en arena del mediterráneo. Volvimos en nuestros pasos, y seguimos contemplando el universo como si fuésemos visitantes ajenos, que de hecho lo éramos.

Al regreso, los seres de otros mundos vagaban por el campamento. La tuba resonó por horas, dilatando el tiempo de manera brusca. Los cuencos tibetanos engendraban columnas de energía. El universo generaba toneladas de estímulos que el cuerpo se distraía en decodificarlos a sentidos. Los sonidos, los gustos, las texturas, se mezclaban en una heterogénea sustancia llena de diversidad. Los seres vivos se manifestaban, los colores mutaban. Las estrellas se transformaban en piedras en primerísimo primer plano. Las escenas más cotidianas transmitían una paz y trascendencia que nunca habíamos visto. El paraíso real, y para nada ambicioso se mostraba en el mundo que estábamos visitando. Estuvimos de acuerdo en ir de excursión, al corazón de América Latina, al desierto mongol, o algún otro tiempo que el azar se disponga a tele-transportarnos. Caminos unos metros, pasamos una leve montaña, la noche reinaba, y las nubes formaban espirales y formas geométricas que recordaban a las galaxias. El piso se transformó en una sustancia suave, que los antiguos comerciantes del medio oriente hubiesen traficado como oro. El agua fluía en ríos invisibles. Llegamos al realismo mágico, llegamos a un campo inmenso, llegamos a una iglesia abandonada, llegamos a simbolismos perdidos. A todos esos lugares, a todos a la vez, mientras corríamos por la inmensidad, libres por primera vez en la historia. Las escaleras se empinaban. Viajamos al jurásico, viajamos a la infancia. Nos hamacamos en las hamacas, miramos el cielo, mirábamos al pasado.  

El mundo se bifurcaba en una de las tantas poesías perfectas. La simbología estaba al alcance de todos. La inmensidad se mostraba en un rincón. Y nos fuimos, simplemente porque al tiempo se le ocurría correr. Se le ocurría jugar, y ser niños como nosotros. Viejos ciclistas flotaban por la noche. Estrellas fugaces pintaban el cielo con espontaneidad.

Tras unos minutos, horas, o porciones de tiempo incalculable de sosiego, llegaron unos monstruos. Eran tres, tenían la cara manchada con odio. La boca y la moral torcida. Llegaron al paraíso artificial, y empezaron a discutir todo.

-¿Y qué podemos hacer acá?- preguntó uno de los monstruos, que parecía una bruja gorda.

Nadie de nosotros contestó. Al principio no entendíamos bien. Tras unos instantes nos dimos cuenta que nos hablaban a nosotros. Que compartían su aburrimiento, y nos hacía parte del mismo. Pudimos escapar con alguna excusa inocente. Y nos adentramos a un castillo. A un castillo surrealista. El mismo que el título indica.

Los pasadizos del castillo hacían de un laberinto infinito. Del cual no había posiblemente salida. Pero lo que en este mundo cambiaba, era que no se quería salir del laberinto, estar en el laberinto era vivir. Perderse explorando los rincones más oscuros era el divertimento. Si encontrabas la salida, encontrabas la muerte. O quizá las pocas ganas de vivir, quién sabe. Las habitaciones del castillo eran amplias, ocupaban un vasto número de hectáreas galácticas. El té se tomaba a cualquier hora. Los muebles estilo Luis XV danzaban como objetos vivientes. Los espejos mostraban una realidad alternativa. Jugaban al ajedrez la muerte e Ingmar Bergman. Los verdes y los rojos se dividían para jugar una carrera sentimental. Caballos muertos sangraban. Y miraban a una ventana espacial.

Recorrimos diferentes habitaciones. Dibujábamos al infierno sin culpa. Ángeles apostaban en un juego de póker. Situaciones límites se sucedían como si nada.

-Tengo los tigres azules- dijo el mago Merlín, en la habitación continua al baño de emociones.

-A ver…- dijo Borges.

-Si usted es ciego, Jorge.

-Al contrario, yo lo veo todo, veo el blanco, que es la luz de todo.

Merlín le dio la razón, y tiró un dado en forma de teseracto. Salió 22.

La canción de Mancini nos llevó con la pantera. La elegancia de sus ojos, y su mirada plácida se perdía en las luces psicodélicas de neón. El misterio se adjudicó una posibilidad en donde no importaba la respuesta. La respuesta se salía de la razón. Y la música jazz aumentó su volumen.

Melodías divergentes entrechocaban sus ondas. Los poetas malditos escribían un cadáver exquisito, mientras fumaban sus pipas de opio. El mar se transformaba en lluvia, la existencia se transformaba en la nada.

Una habitación de sueños se volvió real. Las orgías y los banquetes, que dirigía Calígula, tenían los más diversos participantes. Y como sin quererlo, caímos en una habitación que contenía la salida del castillo. Era la habitación donde el tiempo pasaba con la normalidad de un mundo banal. Caímos ahí, y el desmayo posterior no llevó a la realidad. Y los monstruos nos esperaban, para llevarnos a su cueva.

Nos atrajeron, con cadenas invisibles. Fuimos en un Jeep a su cueva. Allí había una extranjera. Alemana, que apenas sabía el idioma con el cual nos comunicábamos. Y nos transportábamos por el camino del espacio tiempo. La cueva era a cielo abierto. Y allí pasamos algún tiempo. Que por poco se hace eterno. Las estrellas desaparecían con lentitud, y de a poco el cielo se teñía de naranja. El universo se restablecía, y la noche más larga de la humanidad, estaba por terminarse. La realidad estaba volviendo a las rindas de la razón. El pasto se volvía de una hierba monocorde. La música volvía a las escalas conocidas. Los colores se limitaban a reflejar el espectro acostumbrado. Los monstruos tomaron forma de humanos, aunque aún seguían amargados. Las cadenas que nos sostenían a las sillas se rompían con serenidad. Y nos fuimos.

El amanecer era el horizonte de nuestro nuevo camino. Tal como antes, reconocimos esa imagen llena de poesía visual. Pero esta vez en el mundo real. El velo se levantó, y miramos que los pájaros cantaban las melodías de los universos de antaño. Caminamos hacia el final. Hacia el final de esta historia. Que pude ser el inicio de otra. 

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