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4 min
El cementerio de mí
Reflexiones |
07.08.07
  • 4
  • 3
  • 1954
Sinopsis

Es un cementerio extraño, el mío, siempre que vengo me da alguna sorpresa.
Por ejemplo, ¿quién me iba a decir a mí que en la sección de Nunca lo Olvidaré habría algunas lápidas tan polvorientas? Sí, la gran mayoría de ellas están limpias y tienen flores frescas, pero otras, como la del recuerdo de mi primer beso o la del perfume que siempre usaba mi abuela están sucias, abandonadas, y parecen acusarme de traición, porque olvidé, no sé cómo ni en qué momento, pero olvidé a pesar de que nunca quise hacerlo.
Paseo sin rumbo fijo, deteniéndome de vez en cuando a rendir homenaje a algún momento especial que pasó demasiado pronto, o a ese amigo que nunca volví a ver. Cruzo deprisa por el Jardín de los Amores Perdidos, intentando no dejarme envolver por el dolor que sentí con todos ellos, preguntándome por qué algunos murieron de forma tan repentina, recordando la agonía que supuso la necesaria tarea de cavar las tumbas y enterrarlos cuando al fín me convencí de que nunca volverían a la vida. Me alejo a paso vivo, temiendo sentir la esperanza de que alguno de ellos, puede que uno en particular, se remueva en su tumba y salga de su reposo, descompuesto, sin alma, sólo una carcasa que intentaría devorarme y a la que puede que se lo permitiera.
Hay algunas tumbas nuevas aquí y allá, aunque no recuerdo haberlas puesto. Leo las inscripciones de las lápidas y me sorprendo al descubrir la cantidad de cosas que murieron sin que yo me enterara. Muchas murieron de viejas, y a otras las maté yo, inconscientemente, en el supremo acto de dar la vida a lo nuevo. Me cae una lágrima cuando me doy cuenta de que he dejado de creer que la vida es infinita, de sentir que la primavera no es sólo una estación, de pensar que nada es irremediable. Lloro sobre estas tumbas, compensando que me perdí el funeral, y lamentando profundamente no haber podido pasar más tiempo junto a sus actuales ocupantes.
Allí está el rincón de las Cosas que Nunca Dije, junto al de las Cosas que Siempre Quise Hacer y no Hice. No es que haya demasiadas tumbas allí, pero las que hay parecen extrañamente vivas, burlonas. No suelo acercarme a ninguno de los dos sitios, el paso de los años me enseñó que no se puede volver atrás a rectificar un momento determinado, y siempre que me acerco a esta parte del cementerio olvido de golpe esa lección que me ha aliviado de tanta culpabilidad, duda y desasosiego.
Doy media vuelta cuando llego a la verja que rodea la zona de los Enterrados en Vida. Recuerdo cuánto me costó meter allí a algunos conocidos, a los que, a pesar de que no quería que murieran para mí, el instinto de supervivencia me obligo a dar por muertos y enterrados. También recuerdo ciertos hábitos, como fumar, morderme las uñas o decir siempre lo que pienso, que a pesar de que parecen reposar a varios metros bajo tierra en realidad son una suerte de espectros que se me aparecen de vez en cuando, igual o más vivos que antes.
Al fín llego a mi lugar preferido, el Panteón de los Sueños Irrealizables. Nunca siento tristeza al venir aquí, ni culpa por haber olvidado alguno de ellos. Al contrario, en este lugar milagroso he visto como algún sueño que en su día parecía imposible salía de su nicho para vivir como nunca antes podría haberlo hecho. Siempre me alienta la esperanza de que el día de la Resurrección puede llegar para todos ellos, y que el panteón, a pesar de que también tiene siempre algún nicho nuevo,
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