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18 min
El Centinela (parte 1)
Suspense |
11.01.17
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Sinopsis

La llegada y la recamarera.

 

Eran las 4 de la mañana cuando él y ella llegaron a la ciudad después de haber disfrutado hasta el cansancio de una fiesta a la cual fueron invitados unos cuantos días antes. Habían partido rápidamente de sus hogares para poder llegar unas horas antes que todos los invitados y así poder observar meticulosamente el salón, saber cuánto podrían tardarse en regresar, quienes estarían, si había un buen espacio para poder bailar ya que a ambos les encantaba y, por qué no, servirse lo mejor de la barra de bocados. Ya tenían unos cuantos meses sin haber podido salir juntos y ese fue el mejor momento para verse de nuevo.

No tuvieron gran dificultad en llegar, él salía muy seguido a diferentes zonas provinciales, su trabajo le demandaba una capacidad de movilidad para recorrer la ciudad y los pueblos lejanos; así que cuido de ella por ser la primera vez que salía tan lejos de casa. Sus padres se opusieron muy fríamente a dejarla salir de noche hasta que cedieron a los incesantes caprichos de su hija. No solo a eso se opusieron, podrían haber cedido con facilidad si él no tuviera un aspecto tan susceptible y prejuicioso, desconfiaban la seguridad de su hija a él debido a sus tiempos pasados. No trataban de conocerlo profundamente, ni siquiera intuitivamente encontraban nada bueno en él. Eso lo supieron cuando ella lo llevó a conocer a sus padres y les habló con la mayor gentileza que pudo manifestar hasta el momento. De sus palabras solo salían frases vanas y sin sentido, repetitivas mayormente, eso lo atribuían a los estragos del alcohol pues solía beber desmedidamente y frecuentaba lugares indeseables para cualquier persona con un sentido moral menor. Tenía una afiliación juvenil al alcohol lo que se apreciaba en su físico, y su semblante se llegó a hacer más duro y frio. Saber cómo pudo conseguir salir con ella es un enigma para sus padres pero a ella no le importaba en absoluto. Cuando la conoció y salió con ella por vez primera prometió a sus padres, a ella y a sí mismo no beber una sola gota de alcohol como una promesa de amor. Cedió un placer simple por uno eterno. O al menos eso se mantuvo hasta que termino la fiesta.

Cuando salieron la noche era fría; los mareos causados por la diversión hacían difícil andar por las calles, aún tenían la fiesta en hombros. No había trasporte y el ultimo dejó de dar servicio hace horas. Se dieron cuenta de que estaban muy lejos de cualquier referencia cercana a sus hogares. Así anduvieron caminando por un buen rato hasta que ambos resolvieron que lo mejor sería aguardar a que amaneciera. Para su suerte había un motel a unas cuantas calles, pudieron ver el anuncio enorme de letras rojas. “Centinela” así decían esas letras tan llamativas. Qué curioso nombre para un motel en una calle más o menos transitable a altas horas de la noche. Era un edificio de muros color café asemejando de una manera burda la naturaleza de la corteza de un árbol y no muchas ventanas, una para cada habitación y solo había unas cuantas con las luces encendidas. Pasaron ambos muy juntos por el portón de cristal, acurrucados por el aire gélido, pagaron su respectiva cuota por la habitación y se dirigieron a ella. La recepcionista le entregó las llaves de la puerta número veinte. Las acercó con sus dedos semejantes a patas de araña, la tenue luz de un auto llegó la ventanilla e ilumino su rostro. Estaba demacrado, como si toda su vida hubiera residido en aquél lugar y perdido el alma allí. Se alejaron sin pensarlo dos veces.

Por dentro parecía como cualquier motel de ciudad para pasar la noche, tenía su pequeña recepción y las paredes muy discretas, con unos cuantos cuadros dispersos de pintores desconocidos, pero con un talento apreciable que cualquier persona que pasara por esos pasillos se sentiría como en una galería de mala muerte. Estaba repleta de vegetación, cada sitio indiferente tenía por lo menos un helecho en una maceta o una simple cactácea.

La habitación era modesta, la cama estaba al centro y a lado de ellas había dos cómodas con una lámpara en cada una y por la única ventana entraba un rayo de luz intenso creado por las farolas de la calle. Cerca del tocador se encontraba uno de los helechos semejantes a los de la recepción. Estaba muy silencioso, sería normal a estas horas de la noche y no tenía televisión o algún sistema de entretenimiento para terminar con ese silencio incomodo que surge al estar en un lugar apacible y desconocido. Él y ella recorrieron cada rincón con la mirada y se recostaron unos cuantos minutos. Hubieran deseado saber que había entre las paredes de cada cuarto, porque dentro de ellas había un complejo de cables trenzados y axiales de circuito cerrado. Las cámaras se encontraban ocultas en cada parte de cada habitación en lugares tan simples que nunca se habrían imaginado que desde ahí hubiera un pequeño ojo observando cada movimiento de sus residentes. Había dos de ellas en el baño apuntando a la ducha, en el espejo cercano al lavabo y una última encima del helecho colgante. Era famoso este motel en foros de internet por grabar los momentos eróticos de cada pareja que entraba en sus nefastas estancias. Si pudiera hacerse un cálculo, el motel obtenía la mayoría de sus ingresos gracias a los videos vendidos en esos foros, aunque no fueran muchos, pero tenían una valoración considerablemente rentable por las subastas que se hacían por ellos. Aun siendo un lugar de paso e indiferente para quienes llegaran ahí, era muy reconocido por su finalidad real. Ahora cobraba sentido el motivo y por qué tenía ese nombre tan peculiar. Para cualquier otro sería un nombre arbitrario sin importancia.

-Me siento sucia, quisiera darme un baño- dijo ella mientras se levantaba de la cama para correr las cortinas.

El frio del suelo se condujo por sus pequeños pies descalzos casi como los de una frágil muñeca de porcelana. Se desnudó poco a poco frente a él asemejando un inocente baile sensual mirándolo y cautivando su atención, se acercó a él y lo besó, lo lanzó a la cama y él se quedó recostado. Ella era como un trofeo que no llegaría más de una vez en la vida, mujer de piel color nieve y labios rojos como lenguas de fuego; es impresionante que no cediera por su misma belleza, con ojos que brillaban por luz propia como estrellas nacidas dentro de la tierra. Toda esa contrariedad natural era posible por su existencia. Seria predecible que cualquier otra persona pensara lo mismo al conocerla y quien la tuviera tan cercana como la tenía él. A veces se llenaba de intriga por saber si llegaría a enamorarse de él como él de ella cada vez que veía su rostro fino y delicado, solo concebible en la total perfección estética de un artista que haya alcanzado lo sublime. Ni él y ni siquiera los pintores desconocidos de los cuadros del pasillo podrían imaginarse que la definición de los cánones artísticos estuviera esa noche en la habitación número veinte del peor motel imaginable de la ciudad. Debido a esas razones sus padres eran muy estrictos con sus amistades y más aun con sus lazos amorosos, pero querían por sobre todo su felicidad. No podrían imaginar a su mayor tesoro sumergida en el llanto, en la miseria o en la desgracia; ni mucho menos que llegara a lastimarse. Tal vez sea por eso que cedieron a dejarla salir. Pero ahora debían de estar totalmente preocupados. No faltaban ya muchas horas para el amanecer y no tenían la menor idea de donde se encontraba y, más horrible aún, saber que se encontraba sola con él. Ahora tenían una razón para acrecentar su desconfianza. Salieron rápidamente, la preocupación no les permitió conciliar el sueño, pues no estaba la razón de su dicha junto a ellos y partieron a su búsqueda con la única referencia de la dirección donde habían tomado el autobús antes de salir.  Sería un trabajo arduo porque no tenían más referencias del lugar a donde llegaron.

-Espérame así, no tardare mucho- Se colocó una bata y se dirigió a la ducha, cerrando la puerta a su paso.

Él y las cámaras la observaron caminar a través del cuarto, siguiendo cada movimiento de su cuerpo juvenil y atractivo. Por la mente de él corrió la libido incesante y fue apoyado aún más por el alcohol para pensar como terminaría la noche. Cerro los ojos para dar rienda suelta a su imaginación no muy desarrollada y se quedó dormido. Las arduas aventuras alcohólicas de su pasado habían terminado con sus pocas capacidades mentales, pero no perdió la calidez humana de alguien con voluntad para dejar de ser lo que fue antes y el insulso encanto que esto podía causar, lo que le bastaba a ella para estar a su lado. Para él haber dejado de lado su pasado fue una de las más arduas hazañas de su vida, fue encontrarse consigo mismo y saber que lo único que tenía era la capacidad del olvido por un momento, es por eso que dependió de la bebida por mucho tiempo saberlo le avergonzaba de sobremanera, que los padres de ella vieran solamente eso en él. Ahora tendían justa razón por su imprudencia, por no haber mostrado su responsabilidad al tener bajo su cuidado a ella, su bien más preciado. No tenía nada por que pelear, solamente a ella. Era todo lo que podría desear La amaba, aunque no pudiera expresarlo con toda la gratitud que quisiera expresar.

Ella encendió la luz del lavabo que iluminaba muy bien todo el baño y resplandecía la blancura de las losas como pequeños espejos traslucidos. Tomó el jabón y la gorra para ducharse, se quitó la bata y la dejo en el suelo. Entro cuidadosamente a la ducha y abrió la llave. Fue lo último que hizo esa noche.

Hace unos cuantos días, la cámara que apuntaba a la ducha fue descubierta por la recamarera que se encontraba limpiando el cuarto. Estaba a punto de finalizar su jornada nocturna y pensaba desde hace unas semanas conseguir un mejor empleo, pues el ambiente de aquel motel dejaba de gustarle poco a poco y tenía la certeza de encontrar uno mejor, uno sin ese olor amargo y azufroso de un origen que nunca pudo descubrir, el cual definió por su cuenta como el olor de la muerte; además de esas enfermizas pinturas monótonas del pasillo que veía a diario y perturbaban su mente al trabajar. Con tal seguridad y desagrado por aquel lugar desempeñó su último día y habiendo limpiado todos los cuartos con su automatización adquirida en meses de practica finalizo pronto hasta llegar al cuarto número veinte. Por alguna razón detestaba más ese cuarto que ningún otro. Para ella en ese lugar abundaba aquel olor desagradable. Le recordaba al aroma que despedía el cuarto del hospital donde su padre residió las últimas horas de su vida. Era la mezcla del contacto entre mundos distantes. Ese olor lo sentía como un reflejo y muchas veces se retiraba de la habitación sin escombrarlo, por ello fue reprendida por sus superiores.

Con la cubeta y estropajo en mano entró al baño después de terminar de acomodar la cama por la última estancia de una pareja que dejó un completo desorden, todos esos momentos le causaban una frustración y repudio, pero para las cámaras era un sustento y un alivio económico. Limpió el lavabo y las losas del suelo y finalmente terminó en la ducha. Fregó las paredes con una cierta furia e impertinencia de rencor a la inmunda habitación que fue suficiente para despegar la parte de un azulejo inferior a la regadera diferenciado de los demás por no tener decoración. Otras veces la había visto pero su mente no le hacía sospechar nada anormal en esas peculiaridades. La constante humedad dada por el estropajo devastó la adherencia del azulejo y cedió a sus pies. Lo vio en el suelo y pensó por un momento que gracias a eso sería reprendida aún más y tal vez no recibiría pago por el daño al inmueble. La levantó rápidamente y por suerte no se había roto. Pensó que tal vez si la colocara en su sitio nadie se percataría por lo menos hasta que se encontrara lejos de ahí. Pero cuando se dispuso a reponerlo vio una pequeña luz tintineante de color rojo dentro del espacio donde se encontraba el azulejo. Su curiosidad era la suficiente como para meter las manos en el fuego metafóricamente. Su rostro podía observarse en el otro lado de la sala de monitoreo oculta en el sótano, específicamente debajo de las escaleras detrás de una gran tabla de madera. Era una pequeña lente lo que se encontraba en ese espacio. Alguien veía cada situación en la habitación todos los días. Tal vez era eso lo que le causaba tanto desagrado y repulsión en todo el tiempo de estancia en ese lugar horrible. ¿Por qué sentía también el agrio e indeseable aroma a muerte? ¿Sería la premonición de su destino? La confusión no le permitió hacer uso de sus músculos. Se quedó horrorizada con el azulejo en las manos. No podía creerlo, su mente se acumuló de ideas que tiene cualquier persona con uso de la razón ante la incertidumbre ¿Seria por seguridad de sus inquilinos o para vigilar el inmueble? No, nada de eso, ya el bien no tenía lugar aquí ¿Qué está haciendo una cámara dentro de un baño? ¿Quién pudo hacer algo tan infame? ¿Cuál es la enfermiza finalidad de eso?

Bajo sus pies, cerca de donde el azulejo había caído, había empezado a formarse desde hace tiempo una mancha mohosa, de un tenue color verde, la cual nunca pudo quitar del todo. Menos aún por el asco que le causaba, no solo la mancha, si no la habitación entera. Si se dedicó aquel día a limpiar debidamente toda la habitación fue por un compromiso hipócrita que se tiene con un captor al ofrecerle la libertad siguiendo condiciones para alcanzarla. La observó por un momento, moviendo inútilmente sus pies para no resbalar con ella y pensó maliciosamente que alguien más tendría que limpiarla. Alguien que ahora reemplazara su lugar en el motel, tocar esa inmundicia y dilucidar el origen del olor a muerte. Ella no lo haría más. Lo que sucediera después, cualquier suceso inoportuno como los que vivió durante tantos años u otra desgracia recaerían en su reemplazo.

Fuera del cuarto se escucharon los pasos de alguien, comenzaron a abrir la puerta y pudo escucharse cuando la apartaron de su camino. La recamarera salió de su cavilación al escuchar el ruido, eran muy estruendosos. Sus sentidos se intensificaron. Identificaba los pies deslizándose por la alfombra polvorienta que cubría todo el suelo, cada hebra que la constituía hacia un sonido propio, una melodía insoportable. El aire que pasaba a través de esa persona era distinguible, podía escuchar sus propios latidos acelerados y sentía que la cabeza estaba a punto de estallarle. La escasa luz que entraba por la pequeña ventana de la regadera deslumbraba su vista y percibió fuertemente el aroma de la muerte. Sabía que tal vez vendrían a hacerla pagar por su imprudencia por descubrir algo que nunca debió de haber descubierto. Ahora estaba aún más confundida. No había sentido nunca algo así, un temor a la certeza de una muerte cercana. Su muerte tal vez. Era esa la explicación de aquel olor amargo y azufroso ¿Era ese su final? Ya había imaginado toda su vida fuera de ahí, podría buscar un lugar modesto lejos de la ciudad para trabajar y rentar un departamento y quizá buscar a alguien con quien pasar su vida, no había tenido una relación desde hace años. De hecho, concordaba el tiempo de su ruptura cuando entró a trabajar aquí y unas semanas después cuando su padre murió. Los hombres más significativos para ella se habían ido de su vida. Lo único que la mantenía de pie era su fuerza de trabajo. Y aunque su salario fuera bueno, no valía las penas y los tormentos que sentía en el motel. Perdía su fuerza, su escasa alegría y esperanza cada día que ahí estuviera. Le atribuía toda su desgracia, todo lo malo que le sucedía a ese lugar infernal. Lo odiaba, así como a cada persona que trabajaba ahí; los cuadros de los pintores desconocidos que retrataban paisajes casi realistas, tanto como si detrás de los muros del motel estuviera la dicha y libertad aguardando por ella y los marcos asemejaban el alfeizar de una ventana; odiaba a cada persona que entraba a pasar la noche que seguramente llegaban ahí por estar todo el día en la diversión o en un suceso tan importante como para no permitirle llegar a tiempo a sus hogares; cada pareja con su estúpido semblante de felicidad, reflejaba sus anhelos y peor aún, su envidia. Era eso, ahora estaba claro. Le bastaron unos cuantos años en la soledad del motel para darse cuenta de su desdicha y todas sus desgracias. Cada particularidad que veía estando ahí le hacía recordar los detalles de su angustiante existencia. Eso explica su odio, su frustración y su desesperanza.

-El motel no era el problema- Se dijo a sí misma. Supo que solo proyectaba sus expectativas a un montón de irracionalidades. Era enfermizo, ella era enfermiza. Tal vez debía de morir y tal vez quien entró en la habitación le otorgarían ese favor. Debe ser uno de sus superiores que le haría enfrentar su merecido destino, no lo sabía, seguía de pie frente a la regadera y no podía moverse. Era lo más predecible. Algo como lo que vio esa noche no era común y mucho menos la consecuencia por haberlo descubierto. No la dejarían libre con eso en su poder, podría demandar el motel entero y sacar gran provecho de eso. Las investigaciones posteriores a la demanda le darían la razón sobre los mal intencionados motivos de su vigilancia en sitios menos susceptibles.  Sonrió por un momento, eso le causó esperanza. Si eso pasaba, si lograba salir y ganar el caso tendría el dinero suficiente para no trabajar durante un largo tiempo. Pero era pedir demasiado.

Ahora solo esperaba de pie el resultado de sus acciones y la respuesta a sus interrogantes. Pudo moverse un poco, lo suficiente para dirigir la mirada a la puerta, para estar de frente con su destino y así se quedó. Se atrevió a cubrir el espacio de la cámara con su cuerpo pues no trato siquiera de colocar el azulejo de vuelta en su sitio. Ya era inútil encubrir lo hecho. La cámara estaba activa y su rostro en todo momento que se encontraba pensando fue grabado. Además, esa persona se encontraba acercándose, había pasado la cama y llegó al picaporte de la puerta del baño.

Fin de la primera parte.

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