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4 min
El chico de las poesías
Amor |
18.01.16
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Sinopsis

Mario era un chico muy tímido. Cuando hablaba con alguien que no conocía mucho se entrecortaba. Ese hecho hacía que se sonrojara y titubeara aún más. Su mejor amigo se llamaba Luis. Era todo lo contrario que Mario; Luis era alto y fuerte, rubio con ojos azules, mientras que el pobre Mario, que había sido un niño muy mono según todas las madres, se había hecho mayor mal. Estaba demasiado delgado, era muy bajo y los rasgos de su cara eran burdos, no como los estilizados de su amigo. La personalidad de Luis también era diferente. Se caracterizaba por decir siempre lo que pensaba sin importar quién estuviera delante y era muy extrovertido, razón por la cual Luis era popular. A pesar de todo eran amigos desde muy pequeños y solían pasar mucho tiempo juntos.

Luis y Mario iban a la misma clase. Cuando tenían dieciséis años llegó una chica nueva a su curso. Se llamaba Cristina y desde el principio se observó que su forma de ser era parecida a la de Mario o, por lo menos, era igual de introvertida. Los dos chicos se llevaron bien con ella desde el principio y se hicieron amigos.

Pero Mario pronto comenzó a sentir algo más que amistad por ella. Era un chico enamoradizo y nunca había sentido algo tan fuerte por una chica. No se atrevía a confesarle su amor abiertamente. Ni siquiera se lo contó a su mejor amigo. Para canalizar todas sus sensaciones, Mario se inició en la poesía. Al leerlas le pareció que con ellas enamoraría a cualquiera. Se le daba bien la escritura y se refugió en ella.

Mientras Mario perdía el tiempo con sus poemas, Luis empleó el tiempo en hacer algo más productivo: Tras conocerla mejor, hablar a todas horas con ella y decirle cosas bonitas a la cara en vez de a un papel, le pidió salir a Cristina que evidentemente dijo que sí. Era guapo, gracioso y popular. ¿Cómo iba a decir que no?

Enterarse de eso fue un palo muy duro para Mario. No se podía creer lo que estaba pasando. La chica de sus sueños salía con su mejor amigo, algo que se podía haber evitado si le hubiera contado a Luis lo que sentía. Luis no lo habría hecho de saber lo que le pasaba por la cabeza, de eso estaba seguro.

A las pocas semanas del comienzo de la relación, Mario se encontraba en la calle. Eran las dos de la madrugada pero no podía dormir. No paraba de pensar en el tiempo perdido escribiendo estúpida poesía en vez de hacer algo real por conseguir al amor de su vida. Ahora ya era tarde. Se había bajado todas las poesías que le había escrito a una Cristina imaginaria, pues la verdadera jamás los había recibido.

El chico de las poesías leyó sus escritos a la luz de una farola. Inmediatamente una reflexión le vino a la cabeza. Si estas cartas de amor hubieran llegado a su destinataria quizá hubiera conseguido emocionarla, hasta enamorarla... Pero no. En la época actual solo importa el aspecto físico, sin hacer caso al interior de las personas. Si lo que contara fuera la forma de ser, Mario sería el chico más atractivo del mundo; buena persona, amable, gracioso hasta cierto punto y sensible. Pero claro está, eso no le importa a nadie. Pues los tiempos en que se podía enamorar a alguien escribiendole algo con sentimiento habían pasado como si nunca hubieran existido.

Mario se sacó un mechero del abrigo. Quemó todas las hojas en las que había invertido tanto tiempo como si nunca hubieran existido. Quemó las páginas de una historia que jamás había sido contada y jamás lo sería. Quemó sus sentimientos.

Dejó las hojas en el suelo de la fría acera. Esas poesías nunca pronunciadas se consumieron del todo bajó la atenta mirada de un hombre que poco se parecía ya al niño que una vez escribió esos versos 

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Estudiante de Periodismo. Intento de escritor. Intento de periodista.

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