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7 min
El chico que se internó en el bosque para no volver jamás
Terror |
11.02.18
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Sinopsis

Un relato extraño y de carácter siniestro sobre la misteriosa desaparición de un joven en un día lluvioso.

Durante la época lluviosa de junio del año, las calles de la ciudad se tornan húmedas y como ríos; las ventanas de cristal se empañan y el sonido ensordecedor de las gotas sobre el techo es extrañamente hipnótico. Es durante esta época que siempre me ha apetecido salir a dar largos paseos en bicicleta al lado oculto de la ciudad, al bosque lejano y sombrío, denso e ignoto durante las vacaciones. Más o menos cuando las nubes amenazan con mayor fuerza, en las mañanas y tardes borrascosas y azules, empapadas de rocío; es precisamente cuando adoro salir a pasear, aún sin importarme mojarme. Siempre he disfrutado del constante ruido y el espectáculo mágico que ofrece una mañana triste y azulina. El misterio y la densa atmósfera no tienen comparación. Me llenan de una destreza y alegría peculiares.

Sin embargo, podría calificar este verano lluvioso un tanto extraño. La lluvia cayó con más fuerza; las tormentas eran más ruidosas, una espesa niebla empezó a mostrarse sobre los cerros brillantes verdes. Esto no se había visto antes en la ciudad. Pero eso me bastó para convencerme aún más de salir a dar una excursión muy de mañana en el día más calmado.

Eran las 7:00 A.M. los cielos veíanse condensados y atiborrados de agua, la atmósfera pesada y solitaria, y yo me escapé como de costumbre de casa para dar el paseo a lo desconocido. En aquella ronda me sentí un poco extraño, no sabría decir por qué. Parecía que la lluvia desastrosa caería en cualquier momento, pero no lo hacía. En vez de eso, reinaba un ambiente calmado y sombrío.

Me escapé primero de casa por la avenida subida, luego aparecí en el camino estrecho y cada vez más ocupado por los pinos y otros árboles altos. Me vi un poco amenazado, por primera vez. No había sonido, automóvil, animal ni persona cerca, como antes. Más bien, una neblina apesadumbrada y compacta cubría el aire cada vez más. Luego la niebla no me dejó ver nada. Traté de dispersarla con las manos, sin conocer con exactitud los principios físicos por los que se guiaba al verla por primera vez en mi corta vida. Decidí andar a pie llevando conmigo la bicicleta. Luego, en medio de la carretera y los grandes árboles, me pareció ver una sombra oscura a lo lejos, muy lejos, pero lo olvidé pronto.

En vez de eso, la niebla desapareció un poco y decidí pedalear con rapidez enérgica en mi bicicleta observando los campos abiertos y los árboles al lado de mí. Pero me impresionó que la niebla se tornara de color muy púrpura en cierto momento, e incluso verde y rosada. Al no ponerle mucha atención tampoco, me seguí indiferente a la vez que sentí un frío aterrador en mi espalda. Pero no había nada detrás, ni adelante… excepto… De repente vi emerger entre las sombras de la espesa niebla la silueta de una joven muy delgada. De lejos, se veía bien parecida, pero me extrañó ver a una persona rondando por tales rincones espesos y misteriosos, además de mí. Decidí ir tras ella. Pero a cada pedaleo, a cada tramo avanzado, la chica avanzaba el doble. Parecía ser una ilusión óptica, un efecto de la constante nube de agua. Pero se movía, caminaba con seguridad adelante… pedaleé más rápido. La sombra de la chica siguió avanzando exponencialmente.

Luego, entre que la niebla se hacía más densa, pude visualizar que la joven se adentraba en el bosque oculto y negro de la mañana. Aquello me preocupó un poco. Dejé la bicicleta y fui corriendo, presa de una curiosidad casi mortífera. El ambiente se estaba tornando muy extraño.

La niebla desapareció de pronto. Pero ya estaba caminando en los senderos de ramas y húmedas matas del gran bosque. Di la vuelta con mis ojos por aquel frondoso y frío sitio del bosque, para tratar de hallar a la chica, pero no la veía. Temí que todo hubiese sido una alucinación cuando… ¡la chica avanzaba por allá, entre las ramas y los troncos, adentrándose sin miedo en el bosque! Me sorprendió bastante, y decidí ir por ella, a cuestionarle a dónde iba. Pero pronto me di cuenta de que estaba en un sitio donde no había estado en mis tantos rondines veraniegos. No sabía como volver a la carretera. Pero seguí andando con agitación. Quería ver el rostro de la bella chica, y que hacía por allí.

Pero luego, los árboles empezaron a tener un aspecto extraño, a exudar un líquido nada viscoso, fluido y transparente como el agua se deslizaba sobre sus cortezas, desde lo alto de sus copas, y venía a caer sobre el suelo, inundándolo poco a poco, hasta que llegó a mis tobillos. Pero no estaba lloviendo. Ni una gota de agua, solo esa corriente como cascada que caía sobre las cortezas de los árboles, sin arrastrarse… era difícil describirlo.

Ahora, no había ni rastro de la chica. Pronto el agua me impidió caminar, y estaba perdido, en lo hondo de ese bosque nebuloso, sin rumbo ni comunicación. Pronto, el pánico llenó mi corazón. Llevaba quizás media hora sin rumbo. Y unas trompetas empezaron a escucharse, en lo alto, entre las ramas altas del sitio, unos instrumentos incomprensibles y que detonaban un sonido inquietante; luego, la niebla apareció nuevamente, pero ahora era de color ocre. Mis pies seguían tras la chica, pero esta vez corrían con ansias sin que yo lo quisiera. Ya no estaban bajo mi control. Ya no estaban bajo mi control. Miré delante, y, quitándome de enfrente ramas y espinos, pude ver a la chica de silueta oscura caminando más hondo en el bosque. Entre tanta humedad y confusión, vi la lluvia caer por fin, como para ahogarme entre tanta profusión de sonidos y sensaciones frías.

Fue cuando me lamenté de salir solo en las mañanas e incluso de mi espíritu excéntrico y solitario de dar paseos bajo los aguaceros fríos de verano. Quizás aquella bruma inusual que nunca había aparecido en la ciudad fuera la causante de tan insólito efecto.

 

El pasado 10 de junio fui a buscar a mi amigo David a su casa, a eso de las 9:00 A.M. Pero no estaba. Así que fui a buscarlo en la carretera, al bosque, a donde yo sabía que iba en las mañanas de ocio, pero como no hallaba huella de él, casi me rendía en mi infructuosa búsqueda. Encontré su bicicleta caída y su mochila al lindero del bosque, intactos, y no supe desde cuando estarían allí. Probablemente solo desde la mañana. Lo estuve buscando en plena llovizna, por todo alrededor. Los expertos que trataron de organizar su búsqueda dijeron que no habían hallado rastro de él a más de 5 kilómetros del lindero del bosque lugar donde él había dejado su bicicleta.

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