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6 min
El chico que se internó en el bosque para no volver jamás (la aterradora narración de Henry)
Terror |
14.04.18
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Sinopsis

La continuación del primer cuento "El chico que se internó en el bosque para no volver jamás".

Estaba tumbado en mi cama, todavía despierto, en una tarde helada y nublosa, con mi cabeza ocupada rondando asuntos totalmente irrelevantes. ¿Por qué me encontraba aquella hermosa tarde lluviosa solo encerrado en casa? Cierto era que afuera llovía a cántaros, pero a mi me gustaba salir aún cuando la tormenta azotara allá, armado solamente con impermeable y sobre mi bicicleta.

Extraño fue, entonces, el que me decidiera a salir, cuando, dentro de mi habitación, y como a través de la ventana empañada, escuché el leve rumor de un canto desconocido, un musitar relajante, lejano y extraño, lejano, ocultándose más allá, en el helor del bosque vaporoso.

Al mismo tempo, una melodía distante, y en cierta manera terrorífica, pero calma, oíase entre los rumbos apartados del bosque, y penetraba con eco en mi dormitorio. Eran los címbalos y los crótalos remotos y deformados por la distancia, de una canción con golpeteo constante, que parecía en ocasiones alejarse, y en otras acercarse.

Completamente intrigado, salí a la calle, muy veloz, abandonando y azotando la puerta de casa, sin ningún tipo de protección adicional más que mi camisa ligera, completamente estimulado por una fuerza extraña, y sobre mi bicicleta.

Los vecinos se hallaban todos refugiados en casa, guarecidos de la lluvia que ya no caía a cántaros, pero sí todavía con fuerza. En pocos segundos mi cuerpo y mi cabello estaban totalmente empapados.

Pero lo extraño, era que aquella canción imperceptible, con su timbre retirado, seguía fluctuando en la atmósfera cargada y nubosa, como extendiéndose a todo el vecindario, pero yo era el único que se había atrevido a salir.

La melodía no provenía de ninguna casa, lo cual hubiera sido lo suficientemente aclaratorio, no, sino del tenebroso bosque oscuro, con nubes de vapor que yo mismo alcanzaba a mirar desde mi andar por la carretera entre los gigantescos árboles.

Decidí subir, que era de donde parecía venir la fuente del sonido, carretera arriba, y nubes cada vez más gruesas obstaculizaban mi vista. No sé por qué, pero aunque me hallaba enteramente mojado, seguí pedaleando sin cansancio.

No solamente era el disfrute que provocaba la vista de un cielo grisáceo en mí, o el frescor de las gotas de la lluvia, y su sonido arrullador al caer sobre el concreto y las hojas más allá; sin que me di cuenta era atraído por un estímulo desconocido.

La armonía extraña continuaba en el ambiente, pero, aunque me hallaba ya lejos del vecindario y de todas las casas,yo continuaba pedaleando. Ningún automóvil pasaba, ni tampoco ninguna persona, o animal se avistaba…

Recordé de pronto la desaparición de mi amigo David, quien un año atrás había desaparecido entre estos mismos caminos. David vivía con sus padres en el mismo vecindario que yo, y su extravío no se había logrado esclarecer, relacionándolo más bien con circunstancias extrañas y casi sin explicación. Los peritos que habían organizado la búsqueda en toda el área del bosque no descubrieron rastro de él, y eso que había sido un enorme área la explorada, por lo que el que se hubiera perdido en el bosque no era posible. La noticia había sido todo un eco en los medios locales, y tenida como una de las desapariciones más misteriosas.

David disfrutaba mucho de dar largos recorridos en días lluviosos al igual que yo, pero yo lo conocía, y nunca salía a caminar al bosque, porque le era tenebroso. Desde entonces, mis padres me habían prohibido salir demasiado en aquellos días, pero, después de un año, lo habían olvidado.

Comenzaba a sentirme vulnerable. Porque, de pronto, llegué a la cima del camino, donde la más densa neblina lo cubría todo. Nubes cargadas de vapor oscurecían por completo el camino, donde era ya imposible seguir.

Me detuve, debido a esto, y, esparciendo las nubes con mis brazos, decidí regresar, camino abajo, de nuevo… pero, entonces, otra vez, esa sonoridad apartada, volvió a escucharse, pero esta vez muy cerca.

Miré instintivamente hacia todos lados, y entonces, descubriendo una pesada nube de neblina, a lado mío, vislumbré una entrada hacia los árboles, de donde la música era ya casi clara.

La lluvia comenzó a caer con fuerza otra vez, y lo vi como una oportunidad para refugiarme bajo las enormes frondas. Entonces, abandoné mi bicicleta, a orilla del camino, y me fui a intrincar allá adentro.

Caminando sobre el terreno húmedo, y maldiciendo haber enterrado mis pies sobre el lodo, comencé a escuchar la melodía cercana, pero simultáneamente me vi invadido por un terror inexplicable, al darme cuenta de que había avanzado demasiado en tan poco tiempo, y que me encontraba demasiado escondido ya dentro del bosque.

Por tanto, decidí regresar, aunque me inquietó el hecho la música se elevara en las copas de los gigantes árboles, como esperando descender sobre mí. Al parecer, había llegado al punto de donde provenía, pero, entonces, se me ocurrió mirar detrás de mi, mientras caminaba de regreso, y divisé una silueta temblorosa y delgada, de color gris espectral, viniendo hacía mi, flotando como un fantasma, y, totalmente aterrado, me impulsé y corrí entre las raíces y las piedras húmedas.

Conforme corría, voces de ayuda clamaban en el aire, sin ver a nadie que las pronunciase a mitad del gris bosque:

-¡Henry ayúdame! ¡Por favor! ¡Ayúdame por favor!-

No logré reconocer las voces, porque eran lejanas, igual que la melodía, que ya no se escuchaba.

En las maderas de los árboles, hondos huecos se habían formado, de los que salía copiosa agua transparente, como vomitada.

Ahora, solamente el tronar de las gotas de lluvia sobre los árboles era audible, y, entonces, mi único propósito era salir de ahí.

Me di cuenta de que mientras más avanzaba con velocidad, casi a saltos, más avanzaba en dirección opuesta. Es decir, que, aunque yo corriera hacia la salida, siguiendo el camino que ya había recorrido, en realidad me dirigía hacia aquella silueta espectral, que cada vez miraba acercarse.

Me sentí confundido y perdí la percepción del espacio donde me hallaba, así que decidí detenerme, al final, arrepentido de haberme sentido atraído por la canción desconocida… Arrodillándome sobre el suelo mojado y aterrorizado por la sombra que caminaba lentamente hacia mi, bajo una cúpula lluviosa y de altos árboles, y la voz de David pidiendo por ayuda…

-Henry, Henry,…

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