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16 min
El cliente
Drama |
23.09.20
  • 5
  • 2
  • 305
Sinopsis

Me encontraba sentado en un sillón tapizado de terciopelo en la sala del bar del hotel en el que me hospedaba. En la esquina final de la infinita barra había un camarero secando vasos mientras en los altavoces se podía escuchar una balada de Barry Manilow. La luz tenue lo parecía iluminar todo y allí, solo, me encontraba yo frente a un vaso de agua fría y un pequeño cuenco de aceitunas Gordal.

Y allí estaba yo, apoltronado, mientras esperaba la llegada de mi cliente. Los empresarios orientales visitan este país para hacer negocios, pero sobre todo para desmadrarse y disfrutar. Cada cierto tiempo miraba mi reloj que llevaba en la muñeca izquierda y suspiraba a sabiendas de que, lo más posible era que no viese a mi cliente esa noche, con el que había quedado para cenar, y recibiría un mensaje mañana con una sincera disculpa con ecos de desfase y locura después de trasnochar.

A las once en punto le di por perdido y me resigné a no verle aquella noche. Me quedaban dos días más para cerrar el acuerdo y poder facturar una buena cantidad a cuenta del proyecto que teníamos entre manos. Necesitaba aquel montante como agua de mayo. Soy un comercial y facturar es lo que me mantiene con vida, laboralmente hablando. Y con todo y con eso, no es suficiente, nunca es suficiente para mi jefe, para el que cualquier cantidad: diez, cien o mil, siempre es justa y se podría haber facturado mucho más. Pero peor que facturar poco era no facturar, eso sí que me traería dolores de cabeza. Así que dejé mi celular sobre la mesa, suspiré y me planteé subir a mi habitación, acostarme y dejar pasar la noche hasta el día siguiente. Pero antes me acabaría las aceitunas...

-Hola, ¿me puedo sentar contigo?

Levanté mi mirada y ante mí pude ver a la belleza griega personificada. Con un traje negro, zapatos de tacón negros, bolso de mano a conjunto, una pulsera de oro en la muñeca derecha y un reloj diminuto dorado también en la muñeca izquierda. Al mirarla me llegó un oleaje intenso de su perfume que chocó contra el rompeolas de mi rostro. Sus ojos verdes brillaban entre una melena castaña de pelo liso; su rosto de un caucásico puro parecía níveo bajo la suave intensidad de la luz. Era perfecta en presencia, de curvas sinuosas, sonrisa nacarada y cuello helénico que precedía el umbral de un escote generoso y curvilíneo. Sentía que quería hablar, pero no sabía cómo.

-¿Hola?

-Eh... sí, hola, disculpa, claro, claro, te, te, te puedes sentar, sí. Cómo no. Aquí mismo si quieres.-Le dije mientras me levantaba y abotonaba el único botón de mi chaqueta. Ella se sentó sin dejar de sonreír y puso su diminuto bolso sobre la mesa.

-¿Me invitarías?

-¿Eh? Oh, sí claro, por supuesto, espera...-Y levanté la mano en busca del camarero que me interceptó con la mirada y asintió al tiempo que preparaba una bebida mientras yo me preguntaba, sin dejar de mirarla, ¿cómo sabe lo que quiere tomar?

En unos segundos llegó y le dejó un Manhattan sobre una copa de cáliz en uve y tallo casi infinito, para desaparecer después. Y allí estaba ella, una diosa en suelo terrestre ante el más común de los mortales. Entonces caí en la realidad.

-Disculpa, pero no estaba esperando a nadie, quizás te equivocaste ¿no? Quiero decir, no pasa nada...

Sus labios brillantes se volvieron a abrir y su sonrisa lo iluminó todo. Cerró los ojos, echó hacia atrás su cabeza, dejó su larga cabellera colgando y luego me volvió a mirar.

-Sí, tienes razón. Seguramente no esperabas a nadie y me dije: “¿Por qué no sentarme a su lado, a hacerle compañía?”

No supe responder, era feliz por el simple hecho de que estuviera ante mí. Encarnaba la belleza absoluta que todo hombre desea, anhela y busca. Y me sonreía a mí. Había olvidado por completo a mi cliente, mi nombre e incluso el lugar en el que esteba. Todo parecía un desierto, con una mesita en su epicentro, dos sillones, yo sentado en uno de ellos y ella reinando sobre todo lo demás.

-No te importa ¿Verdad?

-No, para nada,-le dije con urgencia-era feliz con su presencia de un modo que no sabía explicar.

-¿Y qué, no eres de por aquí, verdad? ¿Has venido al congreso de almacenamiento? Me han contado que ha habido uno en este hotel, no serás un empresario ¿no?

-¿Eh? No, no, soy un vendedor de soluciones tecnológicas y he venido al congreso a presentar los productos de mi empresa y cerrar algunos acuerdos con clientes. Pero bueno, nada que te interese.

-Jajajajaja, eres muy gracioso,-su sonrisa volvía a brillar ante mí como si de una aparición se tratase.- pero tienes razón. No sé nada de tecnología excepto lo mínimo para hacer funcionar mi teléfono. Que por cierto, no marcha muy bien últimamente. Quizás me puedas ayudar tú...

-Sí claro, para lo que necesites, claro....-Y entonces otra luz, ésta más oscura y fría iluminó la realidad, mi realidad, para ofrecerme otra perspectiva. Mi rostro se oscureció. Ahora había vuelto a la realidad. Mostré una sonrisa rota, de pérdida, de derrota y miré mis zapatos, como el que se sabe derrotado y no es consciente de que empezó la pelea, y ni tan siquiera pudo ver los golpes de su adversario. Era la misma imagen que había visto en otros lugares, en otros hoteles, en otros bares de hotel, sólo que no lo había vivido yo, sino que había sido espectador de la vivencia de otros. Espiré con tristeza y la miré. Todavía guardaba restos de su última sonrisa, ecos de una felicidad que se iba alejando.

-No te ofendas por favor, pero verás... Estoy sólo en un bar solitario donde, a estas horas, no debería haber nadie. Mi excusa es que un cliente me ha dejado tirado y presiento que tu excusa es que debes estar aquí. Somos tres: al camarero le pagan por estar aquí, yo debería de estar en otro sitio y presiento que tú estás aquí porque tu salario se produce en sitios como éste ¿verdad? Si me he equivocado te pido que me disculpes.

Siguió siendo cordial, mostrando un rostro amable, pero ya no sonreía.

-Has dado de lleno. Agradezco que no te andes con rodeos aunque he de confesar que la conversación banal y sencilla me estaba resultando muy agradable. Tienes razón, soy una chica que visita los bares de los hoteles. Supongo que no hace falta decir nada más. A no ser que quieras conocer mi precio.

La tristeza sólo es romántica. La sensación de caer en la realidad y de que el sueño se desvanece, sólo acontece en el romanticismo. Esa melancolía por la derrota vital cuando uno es consciente de que lo que soñó no es lo que vive, ni lo que vive es lo que merece. Esa evocación de flotar sobre el abismo.

-Seguramente no me puedo permitir tus honorarios, teniendo en cuenta lo bella que eres, y teniendo en cuenta quién soy yo. Pero te agradezco tus palabras.

Su rostro se había enfriado un poco. Acariciaba la copa del cóctel, ahora ya sin mirarme ni irradiar fuerza alguna.

-De todos modos, por si te interesa, son cuatrocientos la hora. Tres mil la noche completa.

La sonrisa de un hombre suele mostrar su derrota y yo enseñé mi última posición en aquel momento. Era justo lo que se merecía por aquel cuerpo, aquellos labios, aquellos ojos. No era el precio de la carne, era el precio de la esencia.

-Gracias, no obstante permíteme declinar el ofrecimiento. A pesar del traje, del reloj, del corte de pelo en una peluquería italiana, soy todo lo corriente que es cualquiera. Y eso implica que mi saldo es corriente también, así como mis gastos.

-Ya, lo comprendo,-me dijo con suavidad.-pero también te podrías hacer un regalo ¿no? Disfrutar de un rato de felicidad. Ya que tu cliente no ha venido, no sé, podrías aprovechar la noche. Para eso esta la vida ¿no?

-Pues sí, para eso está, pero me rodeo de poderosos, pero no soy uno de esos. Tu incontestable hora de la felicidad me da de comer durante dos meses. Y eso que últimamente como fatal...

Su sonrisa regresó y le dio un sencillo trago al cóctel.- Pues hay que alimentarse bien, te lo dice una chica que, de no ser por el gimnasio y una dieta estricta, pesaría veinte o treinta kilos más. Y no bromeo.

Los dos sonreímos con la libertad de saber los ases que cada uno tenía guardados en la manga y conversamos con tranquilidad unos minutos. Luego el camarero se acercó para indicarnos que cerraría el bar en quince minutos y nos abrazó un silencio sepulcral, absoluto, necesario.

-Sé que no debería de preguntarlo, te pido que me disculpes, pero ¿cómo llegaste aquí? Me refiero a tu trabajo...

-No existe una historia que contar, al menos no una interesante. Llegué un día a un bar parecido a este, alguien pagó, hice lo que tenía que hacer y al día siguiente, regresé. Con el tiempo creé una agenda en mi móvil. Los contactos se empezaron a contar por centenares y, sin mucho esfuerzo, me empecé a ganar bien, muy bien la vida. No hay nada romántico, ni nada trágico. No hay proxeneta que me maltrate, ni familia pobre a la que alimente y que viva en un país lejano y remoto. Sé que soy todo lo bella que tu ves y también sé que eso se paga. Uno de mis clientes es ejecutivo de un banco y me recomendó un fondo de pensiones. Vivo de esto, pero también preparo mi futuro. El resto te lo puedes imaginar. No hay nada dramático en mi pasado, aunque también he de reconocer que no he permitido que el dramatismo se instale en mi vida. No hago cosas raras y siempre llevo un espray de pimienta en el bolso. No era lo que esperabas ¿verdad?

La miré mientras le sonreía, tenía razón, no era lo que esperaba como “la historia de mi triste vida”.

-No, no lo es. Y me alegro que así sea. Cada cual es libre de escoger su vida y poco más. Desde luego ni juzgo, ni sermoneo, bastante tengo con lo mío. Si yo te contase... Debajo de este traje y esta corbata hay alguna que otra triste y evitable que contar.

Entonces se giró miró al camarero que iba apagando las luces de la barra y me miró.

-Oye, esto lo van a cerrar ya. ¿Te importaría si seguimos hablando en tu habitación? Sin compromiso, claro está.

Asentí y nos levantamos, cogimos un ascensor y subimos hasta el piso veintidos, habitación doscientos quince.

Al cerrar la puerta me giré y estaba a pocos centímetros de mí. Me quedé quieto, la miré a sus profundos y maravillosos ojos y sentí cómo algo me dolía en el corazón. Y entonces me besó. Primero un beso suave, luego otro más profundo y después uno de mayor intensidad, separó sus labios y con su mano derecha me cogió de la nuca. Sentí el placer de sumergirme en las simas de la felicidad, pero no pude evitar pensar en quién era ella y qué pedía a cambio. Separé con cuidado mis labios de los suyos, sentí su saliva en mis labios y el calor de su piel.

-Gracias, pero verás, sabes que no puedo permitírmelo. No...

-¿Nunca has besado a una chica? ¿nunca has hecho el amor con una chica? ¿Sí? Pues bésame y no pienses en nada más.

Con la mano izquierda tanteé la pared, encontré el interruptor y apagué la luz. Mis manos en su espalda, sus labios en los míos, su olor sempiterno y su temperatura febril de sus manos en mi pecho.

.

Se levantó, cogió el vestido, en el sillón donde lo había dejado, y sus tacones. Yo estaba tumbado en la cama, desnudo, mientras sentía las gotas de sudor que aún caían por mi dorso.

-Me voy a duchar ¿me dejas? Gracias...

Vi como encendía la luz del lavabo y cómo mis ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, se resintieron. Los cubrí con mi mano derecha mientras veía su cuerpo de venus iluminarse con un blanco puro, para luego desaparecer. Cerró la puerta, oí cómo abría el grifo de la bañera, y la oscuridad regresó a mí.

La felicidad, eso que perseguimos a lo largo de nuestra existencia, era lo que había sentido durante aquel momento que habíamos pasado juntos en mi cama. La felicidad, el éxtasis absoluto, el láudano divino era lo que había probado mientras sujetaba con firmeza sus nalgas, mordía sus pechos o besaba su cuello. Su olor era felicidad. El sabor de su saliva era felicidad y felicidad era lo que me quedaba en el corazón, después de cosechar sus besos, uno a uno. Todo lo vivido anteriormente y, con una cruel certidumbre, todo lo vivido después de este presente eterno, ni se acercaría en intensidad y fuerza a lo que había sentido junto a ella mientras la besaba, escuchaba sus gemidos y empujaba con fuerza sobre ella. Eso era la felicidad, la única felicidad; no el pasar por un altar o formar un familia, ni tener un buen trabajo o reconocimiento social, ni el dinero o la salud, ni sentirse querido por alguien. La felicidad era ella, su cuerpo y su meándrica atracción. Aquel momento justificaba todos mis años anteriores y todas las sensaciones que había vivido con anterioridad. Era duro, incluso cruel, pero era lo que sentía en aquel preciso instante.

Entonces la vi salir, igual que como estaba justo después de cerrar la puerta de mi habitación. Parecía que no hubiese hecho nada durante las horas previas. Seguía siendo aquel ángel que había entrado en mi vida en la sala del bar esa misma noche. Sonreía como lo hacía entonces, nada parecía haber cambiado. Se sentó en el borde la cama y se maquilló un poco.

-Ya sé que quizás ha sido muy rápido y que vivo un poco lejos de esta ciudad, pero quizás podríamos vernos, no sé, la semana que viene y cenar.

-Sí, estaría bien, luego te doy mi teléfono.

-La verdad es que ha sido genial, eres única, me gustaría poder verte más a menudo. ¿No te ha pasado a ti igual?

Su silencio se mantuvo mientras se pintaba los labios, guardó el lápiz de labios en el bolso y me miró con condescendencia.

-Mira, sé lo que piensas y te lo agradezco, pero creo que eres lo suficientemente inteligente como para entender que mi tiempo vale dinero. No, no te he cobrado, pero por lo que veo y por lo que me has contado, debes de tener contactos que vengan a esta ciudad y a los que les gustaría la compañía de una chica como yo. He invertido en ti. Espero que me lo sepas devolver. Con unos cuantos clientes me conformo. Chinos, coreanos, japoneses, suecos y rusos a poder ser. Pagan muy bien y no son raros en sus gustos sexuales. Yo he mirado por ti y espero que tú mires por mí. Te dejo en la mesita mi tarjeta de visita, hazla correr por tus contactos y devuélveme el favor ¿vale? Sé que eres lo suficientemente bueno y honesto como para pagar con la moneda que quiero aquello te he dado. No te levantes, descansa. Sé la salida. Duerme bien y cuídate. Vuelve a tu ciudad y sé feliz. Y si algún día vuelves por aquí ¿por qué no? Llámame, me invitas a cenar y nos reímos un rato los dos juntos. Si quieres algo más, eso sí, tendrás que abonar la tarifa vigente. Nos vemos.

Se levantó gélida y suave, sin hacer ningún ruido a pesar de sus tacones; abrió la puerta, miró a un lado y otro del pasillo y despareció tras cerrar la puerta con cautela.

Y en ese infierno llamado silencio me quedé yo. El sudor se había secado, sentía frío en mi cuerpo y notaba un vació en algún lugar que no lograba identificar. Me arrastré hasta sentarme en el suelo, sobre la fina moqueta, busque el mando a distancia del televisor y pulsé la tecla de encendido. No había ningún canal seleccionado, y el ruido estático grisáceo iluminaba mi cuerpo sentado frente a la cama. Qué cruel y qué estúpido. Nada más sencillo, ni nada más obvio, pero había caído en las trampas de las medusas con la misma devoción que la de los marinos de hace miles de años en aguas del Mediterráneo. Había dejado de esperar al cliente y me había convertido en un cliente, así sin más. El comercio no se había detenido, sólo que en lugar de vender soluciones tecnológicas, había mercadeado con carne. Podía no devolver el favor, pero sabía que era todo lo miserable e integro que me había reprochado durante años. Ella había sido más lista y había invertido en mí. Era un valor seguro, sin apalancamiento y con una rentabilidad garantizada. El rostro de la miseria se había convertido en luz y me había iluminado en lo más profundo de mi soledad. En unas horas amanecería y yo, seguiría sumido en ese aturdimiento injusto, cual tahúr que no ve hasta que es demasiado tarde, la carta en la manga que su oponente se guarda con cautela. Había apostado para perder. Y me habían ganado con la sonrisa sencilla y el juego en corto.

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