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7 min
EL CLUB PRIVADO
Reales |
13.09.18
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Sinopsis

El Club Privado es un paradigma del cambio de costumbres de una sociedad.

Aquel domingo por la tarde del lejano año 1975 estábamos mi novia y yo sentados en la terraza de un bar tomando una cerveza, en una céntrica calle de Barcelona cuando le sugerí:

- Mira Martina. Como ya llevamos un tiempo saliendo juntos ¿qué tal si fuésemos a pasar un fin de semana en mi  casa de veraneo?

-¡Oh! Quieres acostarte conmigo ¿no es eso? - dijo ella que se trataba de una mujer con un parecido extraordinario  con la Gioconda, la famosa modelo del cuadro en el Louvre de Leonardo da Vinci, ya que tenía un cabello largo y negro, y una insinuante mirada, poniéndose a la defensiva.

-Bueno... ¿Por qué no? - respondí con una sonrisa.

-¡Ah! Mira que espabilado. ¿Y de casarnos qué? Porque tú de eso no dices nada. Yo no me acuesto con nadie sin antes pasar por la vicaría. ¿Te enteras? Desde luego Rafa eres  en egoísta que sólo piensas en ti sin pensar en ninguna responsabilidad. ¡Me has decepcionado Rafa! - expresó Martina con enojo.

- Oye, no hay porque ponerse así. Al fin y al cabo ya sabes que te quiero - protesté yo.

A decir verdad yo había pasado por alto que Martina estaba completamente influenciada por un rígido puritanismo que emanaba de un rancio catolicismo instalado en el poder político y con el que ella se identificaba sin discusión hasta el punto que criticaba con dureza a las personas más liberales con las que se cruzaba avivándoles un sentimiento de culpa en el que iba implícito un chantaje emocional, o sexual. Por esta razón puesto que yo me sentía unido sentimentalmente a esta mujer me sentí casi como un gusano.

Hay que aclarar que en aquella época la mayoría de las mujeres de mi ciudad reaccioban igual que Martina cuando la pareja las instaba a practicar el "amor libre". Por tanto muchos jóvenes de mi generación, inclusive yo, al llegar el verano no dudábamos en ir a la paradisiaca Costa Brava en busca de turistas extranjeras que venían de paises en los que se vivían las relaciones eróticas con más naturalidad.

Mi relación con Martina fue empeorando a pasos agigantados y yo me sentía muy incómodo con sus silencios cargados de reproches, y sus desplantes, hasta como es lógico nuestra situación amorosa se fue al traste.

La roptura pudo tener un penoso epílogo, porque poco después de aquel  desgraciado romance un día al salir del trabajo en una Agencia de Seguros, al tomar el autobús para regresar a mi casa, me encontré de frente con el  padre de Martina ansioso por hacerme pagar de alguna manera el haber dejado a su hija. Mas yo conseguí  darle el esquinazo bajando en la próxima parada del vehículo que aún estaba lejos de mi barrio.

Pero yo seguí con mi vida saliendo con mis amigos de vez en cuando, o con otras féminas, hasta que al cabo de unos años se derrumbó como un ruinoso edificio aquella absurda moral católica, y las costumbres de la sociedad empezaron a cambiar de un modo vertiginoso.

Y como se da el caso que yo siempre he sido un tipo curioso, y me ha gustado visitar nuevos ambientes, una tarde paseando por una calle estrecha me hallé de pronto ante un Club Privado que tenía una fachada similar a la de cualquier bar musical, pero tenía las puertas celosamente cerradas. Asi que no tuve más remedio que llamar a un timbre.

Entonces me abrió un sujeto que iba perfectamente trajeado, el cual me hizo pasar a un elegante vestíbulo cuyas paredes estaban tapizadas por un terciopelo granate al que le seguía una pequeña discoteca en la que había un selecto público ataviado también con sus mejores indumentarias; en el centro de la pista de una forma exhibicionista una chica rubia que llevaba un elegante vestido negro bailaba una pieza de Rock, la cual en la medida que embriagaba con las enervantes notas musicales, se dedicó a ofrecer al respetable público un espontáneo Strip-Tase hasta quedar completamente desnuda, a la par que unas manos masculinas la manoseaban por todas partes.

En aquel momento se me acercó una empleada de aquel sitio y me puso en antecedentes.

-¿Estás casado? - me preguntó aquella mujer.

- No.

-Pues aquí vienen muchos matrimonios que cambian a su pareja por otra, porque nosotros no creemos en la posesión conyugal. No es lo mismo apreciar de veras al ser amado, que implica un sentimiento de generosa entrega personal hacia el mismo, que el querer que está relacionado con el egoísmo y los celos.

- ¡Ah... ! Ya...

- Sí. Además la mayoría de los que estamos aquí somos bisexuales - continuó la empleada-.En un momento dado todos podemos ser ambivalentes. Hasta los hombres tienen una parte cerebral femenina que deberían de estimular para comprender mejor a las mujeres. ¿No te parece?

- No sé. Si tú los dices... Esta es la primera noticia que tengo - respondí yo algo asombrado.

- Si fueses casado, o con pareja podrías venir con ella, y ya veríais lo libres que os sentiríais al dejar de lado los viejos prejuicios. Por ejemplo tú aquí rozas con la mano los muslos de una señora que venga con su marido, y si se aparta es que no quiere acostarse contigo, pero si se te arrima es que desea que le des un revolcón. Y otro tanto puede suceder con tu mujer. Pues aquí nadie es dueño de nadie, sino que cada cual se pertenece a sí mismo

Para mi lo que quedó claro era que en la gran ciudad hay una sociedad  muy hetereogénea que comprendía muchas sensibilidades las cuales se agrupaban en diversos colectivos. Si podía haber un colectivo amante del alpinismo, o de los sellos ¿por qué no podía haber otro dado a un libertinaje sexual?

De repente como si de una aparición se tratara, vi que en aquel local estaba Martina que iba cogida de la mano de un sujeto rechoncho y cabezudo que con toda seguridad era su marido.

-¡Ay hola! - me saludó ella cuando reparó en mi aparentando una naturalidad que estaba lejos de sentir.

- ¿Qué tal? ¿Cómo es que vienes a este lugar? - inquirí cada vez más extrañado.

- Ya ves. Aquí lo pasamos bien.. ¿Y tú?

-He entrado por curiosidad. Dime. ¿Te acostarás con otro que no sea tu marido?

-¡Que preguntas!  Puede ser. Y mi marido hará igual.

A continuación me acordé de la reprimenda que Martina me dio en su día cuando le propuse de pasar un fin de semana juntos; del cruel chantaje emocional al que me quería someter, y no pude resisitir de curestionarle:

- Una cosa. Si en la actualidad mandara la moral puritana de la Iglesia ¿seguirías tan cerrada como antes?

- No lo sé. ¿A qué viene eso ahora?

- Yo creo que sí. Pero claro, como ahora el Poder se ha relajado, es más permisivo y liberal, tú al igual que mucha gente te has ido de un extremo al otro de un modo pendular. ¡Esa es la moda!

Y dicho aquello Martina desvió la vista hacia otro lado, y volvió con su marido.

Poco después aquel singular Club Privado desapareció y aquel colectivo se refugio en diversos pisos para seguir con su filosofía de la vida.

 

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