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27 min
EL COCHE DE JUGUETE
Suspense |
24.09.16
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Sinopsis

Obsesionado por un coche de juguete, un niño entra sin permiso en casa de sus tíos, sin ser consciente de que, en ocasiones, algo que comienza como una simple travesura puede concluir de forma trágica.

Cuando era niño, me encantaban los coches de juguete. Sí, esos modelos a escala de los mastodontes que conducía la gente mayor. Lo digo porque es algo importante en la historia, aunque, en principio, no te lo parezca. Todo crío le toma afición a un tipo de juguete y, a veces, cuando el chico se hace mayor, su profesión está relacionada con esa antigua afición, para que los familiares le suelten el consabido “ya lo sabía yo, se te veía desde pequeño que ibas a etcétera, etcétera” en todas las cenas de Nochebuena. Bueno, vale, ahora sí me estoy andando por las ramas, porque yo no me dedico a nada que guarde relación con los automóviles. Lo importante es que me obsesionaban los coches de juguete. Y mi tío Daniel tenía un modelo del Citroën “Tiburón” que era una preciosidad. Pero el muy cabrón nunca me lo dejaba.

Mi tío era tan huraño que se mostraba hosco incluso con los niños. No recuerdo ninguna reunión familiar en la que no discutiera acaloradamente con alguien o amenazara a su mujer con “tocarle la cara”, su expresión favorita. Bebía, pero era uno de esos bebedores que se vuelven violentos, en vez de contentos. En cuanto su abotargado rostro se tornaba rojo como una amapola, empezaba a soltar exabruptos y bromas pesadas que los demás esquivaban lo mejor que podían. A los niños nos prestaba atención con la frecuencia de los años bisiestos, más o menos. Con gran esfuerzo, nos dedicaba un resoplido que pretendía ser una sonrisa, siempre y cuando estuviera sobrio. Cuando el tono rojo empezaba a predominar en su cara y sus ojos, los niños desaparecíamos de su campo visual.

Al parecer, tuvo una infancia muy difícil. Su padre sacaba el cinturón a paseo a la mínima oportunidad, y vio a su madre recibir palizas de todos los colores. Era uno de esos críos que acaban deseando recibir los golpes porque, mientras los reciben ellos, no los recibe su madre. Y aunque no era como para decir que de tal palo, tal astilla, lo cierto es que todos en mi familia sospechaban que a mi tía le había “tocado la cara” en alguna ocasión. Al respecto, ella nunca dijo nada.

Un niño es impresionable, y cuando un niño decide que tal persona le da miedo, así queda catalogada hasta el día que el niño contrae matrimonio. Pues bien, mi tío Daniel me daba pavor. Pero tenía una cosa que me encantaba, y era ese puñetero coche. Gris metalizado, impoluto, tan grande como la palma de la mano de un adulto, faros amarillos redondos y chiquititos, puertas laterales que se podían abrir y cerrar... Precioso. Mi tío lo tenía expuesto en una de las estanterías de su despacho. Un compañero de trabajo se lo había traído como souvenir al volver de un viaje a Francia, porque sabía que mi tío había conducido ese coche, años atrás. Sé de sobra que a mi tío no le importaba un pimiento ese juguete. Nunca le vi prestarle la más mínima atención. Sin embargo, en cierta ocasión le pedí que me lo alcanzara y me contestó con un “no” rotundo. Después de aquel “no”, siempre que íbamos a su casa me quedaba contemplando el coche durante un rato, esperando a que su dueño se diera cuenta y su pétreo corazón se ablandara. Pero nada.

Supongo que llegó un día en que me harté de que aquel cochecito no fuera mío. Pero lo que aún me desconcierta es que aquello me pareciera una buena idea.

Aquel verano yo tenía seis años, y era el típico niño que se las arregla para tener las peores ocurrencias porque aún no ha desarrollado por completo su instinto de supervivencia. De ahí que me diera por trepar como un mono. Trepaba a los árboles, trepaba a los armarios, trepaba por las paredes del patio del colegio... Tenía incluso una extraña habilidad para encontrar agarraderos donde no los había. Repito: no era consciente de mis actos, y las conductas instintivas son fáciles de llevar a cabo precisamente porque no te paras a pensar en lo que estás haciendo. Me impresiona haber desarrollado esa habilidad en aquellos años, porque hoy soy incapaz de subir tres peldaños de una escalera sin marearme.

Aquella calurosa mañana de julio, salté por la ventana de mi habitación al patio interior; trepé al árbol; desde ahí, alcancé sin dificultades la parte superior de la tapia y salté a la calle, mientras mi madre pelaba las patatas y calentaba la sartén al fuego. No me echó de menos porque asumió que estaba con mi padre. Mi padre, que leía el periódico tranquilamente en el salón, no me echó de menos porque asumió que estaba hurtándole patatas fritas a mi madre en la cocina. Lo que estaba a punto de hurtar era una preciosidad de Citroën DS 21 Pallas, a escala, que reposaba en la estantería del despacho del primer piso de la casa de mi tío, marido de mi tía, hermana de mi madre. El objetivo se encontraba a sólo dos manzanas de distancia. La Operación Tiburón estaba ya en marcha.

Me introduje por el jardín del patio de vecinos, tras trepar por la verja exterior. Si alguien me vio, no lo dijo; pero lo hice a plena luz del día. Una vez en el jardín, comencé a escalar por la pared hasta la ventana del primer piso, agarrándome de repisas, barrotes y enredaderas. El plan lo había trazado un chiquillo de seis años, con lo que tenía notables lagunas: por ejemplo, en caso de que hubiese alguien en casa, le resultaría, cuanto menos, curioso que un niño entrase de repente por la ventana de la cocina. La suerte, en cambio, estaba conmigo. A esas horas de la mañana, mi tío Daniel estaba trabajando y mi tía Carmen estaba haciendo la compra. También habría bastado que la ventana estuviese cerrada por dentro, pero, de nuevo, la fortuna se alió conmigo. La ventana me recibió abierta de par en par. Le faltó sonreírme. Al fin y al cabo, ya dijo Julio en su día que alea jacta est.

Me agarré del grifo del fregadero y del borde de la ventana mientras introducía los pies en la pileta. Lo último que introduje fue la cabeza. El repentino cambio de luz me cegó durante unos instantes, al pasar de la brillante mañana de julio a un ambiente de interior. Cuando mi vista se adaptó, me hallé de pie dentro del fregadero de la cocina. Todo estaba en calma. Bajé de un salto y me dirigí al pasillo. El despacho de mi tío estaba a unos diez metros, al fondo del corredor. Al recorrerlo, dejé atrás, a mi derecha, dos estancias y un cuarto de baño. A mi izquierda quedó el amplio salón.

Te juro por todo lo quieras que, en cuanto entré en el despacho, el cochecito me esperaba envuelto en un halo dorado, donde pululaban diminutas y fulgurantes estrellas, como si fueran luciérnagas. Aquel juguete me atraía como la bombilla atrae al mosquito. El coche estaba en el segundo estante, fuera de mi alcance, con lo que tuve que trepar de nuevo. Puse los pies sobre la repisa del mueble, me impulsé hacia arriba y alcancé el objetivo con facilidad. Ya tenía el automóvil entre mis manos, frías y temblorosas por haber pasado al lado prohibido. Lo contemplé durante unos segundos, incrédulo. Qué bonito era. Parecía que los limpiaparabrisas iban a empezar a moverse de un momento a otro. La matrícula era francesa, letras y números blancos sobre fondo negro. Mis piernas también temblaron por la emoción, y me despertaron del sueño. Bajé de un salto a la alfombra, triunfante. La Operación Tiburón estaba a punto de finalizar con éxito.

Pero, justo en ese instante, ocurrió lo imprevisto.

Mi hermano Jorge, que por aquella época andaba por los catorce años y tenía la cara cubierta de granos, hablaba a todas horas con su mejor amigo de una chica del barrio. Los dos decían que se la querían “tirar”; yo no entendía qué era lo que querían tirarle a esa pobre muchacha, pero sí sabía a quién se referían. Se llamaba Matilde y lo primero que me viene a la mente de ella es su larga melena negra. Yo tenía seis años y era demasiado joven para ver a una muchacha con los ojos y las intenciones de mi hermano, pero una chica bonita es una chica bonita. Y una larga melena es una larga melena. ¿Que por qué te cuento esto? Voy a ello.

El caso es que, en cuanto puse los pies en la alfombra, comenzó a sonar una canción a todo volumen y mi corazón dio un respingo. Era aquélla de Ace of Base que tanto había sonado el verano anterior. Venía del exterior, lo que me tranquilizó. Miré a través de la ventana del despacho y allí, en la ventana del edificio de enfrente, ¡oh casualidad!, estaba Matilde, terminando de abrocharse el sujetador. Contemplaba su imagen en un espejo de pared y se contoneaba al son de la música. Acto seguido, aún en ropa interior y dejando a la vista la mayor parte de su cuerpo en desarrollo, cogió un cepillo para el pelo, se sentó en el borde de la cama y comenzó a cepillar cariñosamente su larga melena, con destreza y meticulosidad, mientras canturreaba el estribillo de la canción: “All that she wants is another baby, she’s gone tomorrow, boy. All that she wants is another baby...”.

Así nos quedamos durante un par de minutos. Ella, peinándose el pelo mientras contemplaba, orgullosa, su imagen en el espejo; yo, admirando embobado aquella hermosura, sin comprender qué era lo que me atraía de ella, pero incapaz de apartar la vista. Si ella se dio cuenta de que un crío la estaba observando fijamente desde la ventana de enfrente, no dio la más mínima señal. La contemplaba hipnotizado, igual que los marineros de Ulises quedaron hechizados por las sirenas que les atraían con sus cantos. Aquella adolescente consiguió que, durante unos instantes, me olvidara del coche y de mi existencia al completo y, por ello, retrasó fatalmente mi huida, dio al traste con la Operación Tiburón y ocurrió lo que ocurrió.

Me sacó del encantamiento el sonido de la puerta de entrada, acompañado de la voz de mi tía Carmen. Hablaba con otra persona. El pánico me hizo reaccionar de inmediato, aunque sin mucha inteligencia. Apretando el coche contra mi pecho, abrí el armario empotrado que tenía justo enfrente y me metí dentro. Allí me quedé, entre el olor a colonia pesada que despedían los trajes y abrigos de mi tío, intentando controlar la respiración y mirando a través de las rejillas de las puertas del armario. Lo único que me quedó de Matilde fue la canción de Ace of Base, que seguía sonando.

Agucé el oído. Aunque no comprendí el argumento de la conversación, reconocí al interlocutor de mi tía. Era la incomparable voz chillona del cartero del barrio, un joven muy feo que también repartía el correo en nuestro edificio. Era flacucho, con cara de lápiz y una asquerosa verruga en el lado izquierdo de su nariz aguileña. Su pelo era pajizo y ralo, y todavía me acuerdo de él cada vez que veo la imagen de un buitre. Pero su marca de la casa era aquel desagradable tono de voz, y aquella manía tan suya de rematar cada frase con una risita nerviosa. Eso me hizo identificarle sin dejar lugar a dudas.

Por alguna razón, la risita nerviosa era más frecuente, más intensa y más desagradable aquella mañana, y eso que la canción y las puertas del armario amortiguaban el sonido de las voces. El cartero no paraba de hablar y reír; mi tía hablaba poco y se limitaba a reír las gracias del cartero. Se produjo un breve silencio y, a continuación, comenzó una serie de sonidos que no supe identificar; entre ellos, me pareció que uno de los cacharros de la cocina se caía al suelo. Mi tía dijo algo, y los dos corrieron apresuradamente a una de las habitaciones. Ocurría algo extraño, y a mi mente de niño sólo se le pasó por la cabeza que debían estar jugando al “tú la llevas” por el pasillo. Nunca había visto a dos adultos jugar a eso, pero para mí no cabía otra explicación.

A lo que no encontré ningún sentido (es más, me asustó) fue a la sucesión de jadeos de hombre y gemidos de mujer que empezó a continuación. Sobre todo porque los jadeos de él, más que de hombre, parecían de rata. Mi pobre imaginación inocente me jugó una mala pasada y empecé a figurarme que el cartero se había transformado en una especie de araña monstruosa y estaba envolviendo a mi tía en su tela. Comencé a temblar y a sudar profusamente, mientras apretaba el coche con fuerza entre mis manos. Si hubiera sido un rosario, habría comenzado a rezar todas esas oraciones que en el colegio nos obligaban a aprender.

Hoy, cuando pienso en aquello, detecto la extraña ironía de que, mientras el cartero estaba “envolviendo” a mi tía, por la ventana estuvieran cantando que all that she wants is another baby. Pero qué iba a saber un pobre crío de seis años que imaginaba con horror, agazapado en el interior de un armario empotrado, que un monstruo lo iba a encontrar. Allí me quedé lo que se me antojaron horas, pero que, evidentemente, no lo fueron, mientras los jadeos y gemidos aumentaban de volumen. La canción de Ace of Base terminó, y en la radio de Matilde comenzó a sonar No Excuses, de Alice in Chains. La primera parte de la canción sonó, más o menos, al mismo ritmo que los acompasados jadeos del monstruo de las cartas, mientras mi tía les hacía los coros a Jerry Cantrell y Lane Staley.

Sin embargo, algo ocurrió en el mismo momento en que Lane y Jerry cantaban “it’s ok, had a bad day”. Volvieron las prisas y las carreras por el pasillo. Eso me tranquilizó y alarmó al mismo tiempo: ya no oía nada parecido a un monstruo, pero los pasos se acercaron demasiado al despacho. Definitivamente, alguien estaba corriendo por el pasillo, sin ton ni son. Después se hizo un silencio hasta que alguien abrió y cerró con violencia la puerta de entrada. Era mi tío. Gritaba. No podía entender qué, pero gritaba.

Miré mis manos, vi el coche, con manchas de humedad por mi propio sudor, y entonces me acojoné de verdad. Ni arañas gigantes, ni nada. ¿Cómo coño podía haberse enterado?

Supongo que mi tía se preguntaba exactamente lo mismo en aquellos instantes.

Oí muchos gritos, aunque sólo distinguí esporádicas palabrotas, que rechinaban de un modo especial en mis inocentes oídos. Oí también la voz de mi tía, que quedaba entrecortada por el llanto. Pero lo que más oí fueron los puñetazos; a veces contra la pared, a veces contra la carne. Lo que yo veía a través de las estrechas ranuras no había cambiado: el despacho de mi tío, en la más absoluta de las calmas.

Di un paso hacia atrás inconscientemente, tropecé con un zapato y estuve a punto de perder el equilibrio. Miré a mi alrededor y, en aquel estrecho espacio, tuve una idea fantástica: dejaría el cochecito en uno de los bolsillos de esos pantalones y chaquetas que me rodeaban. Era el fin, la Operación Tiburón quedaba abortada, pero ese audaz movimiento estratégico, digno del mismísimo Sun Tzu, me libraría de la prueba del delito. ¿Coche? ¿Qué coche, tío? No tengo ni idea de qué me estás hablando. Explicar qué narices hacía yo dentro de aquel armario y cómo había entrado en la casa eran temas secundarios, totalmente irrelevantes. Siempre podría alegar enajenación, o fingir que estaba buscando el lavabo. Minucias.

Me convenció un nuevo golpe, que, dado el grito de dolor de mi tía, debió darle de lleno. A la mierda el Citroën; quería vivir. Quería llegar a la edad de mi hermano, la edad en que, por fin, entendería qué era lo que me atraía hacia el pelo de Matilde y las gráciles curvas de su cuerpo. Dirigía ya mi brazo hacia el bolsillo de la chaqueta más cercana cuando, para mi desesperación, la puerta del armario se abrió de golpe.

Ante mí, con la cabeza dirigida aún hacia los horribles sonidos que venían del pasillo, había un hombre flacucho y desnudo. Su enclenque cuerpo temblaba aún más que el mío. El horror y la sorpresa me paralizaron de tal forma que no fui capaz de decir nada. Supongo que, cuando él giró la cabeza hacia mí, dispuesto a introducirse en el armario, lo último que esperaba era encontrar a otro ser humano, así que el grito de sorpresa que emitió al verme tiene su lógica.

Fue un gritito espontáneo que apenas duró una milésima de segundo, pero ese engendro, que estaba ante mí tal y como el ginecólogo le trajo al mundo, tenía una voz tan chillona que logró hacerse oír por encima del solo de guitarra de Jerry Cantrell. Se tapó la boca de inmediato, como un niño, y ambos nos quedamos mirando horrorizados, con los ojos fuera de nuestras órbitas, como dos estúpidos. Cada uno tenía sus motivos para tener miedo, pero el enemigo era el mismo. Y nos había detectado, como quedó patente por el silencio que se hizo en el pasillo, y el “¿Qué ha sido eso?” que, esta vez, oí con total claridad.

Fue algo tragicómico ver al cartero abalanzarse sobre la ventana, desnudo, para intentar escapar. Mi tío Daniel, con su metro ochenta y cinco y ochenta kilos de peso, entró en el despacho como una exhalación. Estaba hecho una furia. Jamás he visto en otro ser humano una expresión como la que vi en sus ojos. Su cara estaba roja. Quizá en eso había intervenido el alcohol; quizá no. Agarró por la cintura el cuerpecillo del cartero, que se había subido al escritorio que estaba junto a la ventana y estaba agarrando ya una de las jambas, y tiró de él con fuerza. El cartero salió despedido hacia atrás y aterrizó en la alfombra, justo delante de mí. Le dio tiempo a mirarme de nuevo; parecía implorar mi ayuda. Como si un niño de seis años pudiera sacarle de aquel embrollo. Mi tío no se percató de mi presencia; estaba demasiado concentrado en el flacucho de pelo pajizo. Le propinó una patada en el estómago que le cortó la respiración; no consiguió emitir sonido alguno. En otra habitación, mi tía no paraba de sollozar. Matilde no vio nada, o eso creo yo, porque la música no cesó. Ahora comenzaba Black or White, de Michael Jackson.

El tío Daniel agarró al cartero por los cuatro pelos rubios que tenía en la cabeza y comenzó a arrastrarlo hacia el pasillo. El hombre comenzó a gritar “No, por favor”, una y otra vez, mientras intentaba zafarse. Llegó a conseguir liberar su pelo del puño de mi tío, pero fue aún peor. Agarró por el cuello al cartero, le levantó en vilo y le soltó un puñetazo en la cara. El pobre hombre cayó despatarrado hacia atrás, como si fuera un saco. A partir de ahí, arrastrarle hasta la cocina fue más fácil.

Mi cuerpo reaccionó cuando volví a verme solo en el despacho. Contemplé la posibilidad de escapar por la ventana, como el cartero había intentado hacer, pero no quería que nadie tirase de mí por la cintura de la forma en que mi tío lo acababa de hacer. Me habría partido en dos. Además, mi tía prorrumpió de repente en gritos; su marido le estaba propinando una paliza al cartero ante ella. Así que me limité a cerrar la puerta y parapetarme tras ella. Las rendijas eran, de nuevo, mi único contacto con el exterior.

Recuerdo los sonidos, los golpes, los gritos. Todo ello amortiguado por el grosor de la puerta y la música de Matilde. Los gritos fueron escalando en intensidad, sobre todo los de mi tía. El cartero se limitaba a implorar clemencia, con un tono que, poco a poco, se transformó en un simple balbuceo. Pero no recuerdo ninguna palabra o sonido emitido por mi tío. Había dejado de hablar. Ahora sólo actuaba. En un momento dado, los gritos de mi tía Carmen se tornaron histéricos. Repetía “no” rabiosamente, una y otra vez. Hasta entonces, no sabía que una persona podía alcanzar ese volumen con su propia voz. Matilde apagó la radio, alertada por el ruido. El tono del grito pasó del terror al dolor. Hubo golpes secos. Una especie de gorgoteo en la voz de mi tía y, de pronto, una inesperada calma.

Poco a poco, volví a escuchar una tenue voz, procedente del pasillo. Era el cartero. Seguía murmurando algo, cada vez en tono más alto. Comprendí con horror que no hablaba más alto, sino que recorría el pasillo a rastras hasta el despacho y, por tanto, se estaba aproximando. A través de las rendijas, vi aparecer sus manos en el suelo del pasillo que la puerta del despacho me permitía ver. A continuación, pude ver los brazos, cubiertos de sangre. Por fin, apareció su rostro, abotargado y amoratado. El ojo izquierdo estaba tan hinchado que parecía que le había picado una avispa. Le habían torcido la nariz aguileña en un ángulo absurdo, y ya no había rastro de la verruga. El ojo derecho, enrojecido, no enfocaba bien, aunque me dio la sensación de que dirigía la mirada hacia mi escondite. Un chorro de baba y sangre caía de su boca. El labio inferior estaba destrozado, pero continuaba balbuceando. Tenía ya medio cuerpo dentro del despacho cuando apareció mi tío. Llevaba un cuchillo de carnicero en su mano derecha.

La hoja tenía unos cuatro centímetros de anchura y quince centímetros de longitud. Sólo había visto herramientas de ese tipo en la carnicería de don Servando, cuando acompañaba a mi madre a hacer la compra. No sabía que en una casa había cuchillos así. Los brazos y el torso de mi tío estaban empapados en sangre. Sabía qué significaba eso, porque el verano anterior mis padres me habían llevado a la matanza en el pueblo. Un amigo de mi padre, que era uno de los encargados de degollar a los cerdos, había acabado exactamente igual. Había sutiles diferencias, no obstante: mi tío no llevaba delantal en su torso, ni cordura en sus ojos.

Al llegar a la puerta del despacho, mi tío colocó cada pierna a ambos lados del cartero. Se quedó quieto durante unos instantes en esa posición, observando a su presa. El cartero seguía arrastrándose con lentitud por el suelo. No paraba de balbucear. Yo procuraba no mover un músculo, pero, al aproximarme a las rendijas para ver lo que ocurría, no me di cuenta de que estaba apoyando demasiado mi peso contra una de las puertas. Ésta, que no se había cerrado del todo, comenzó a moverse lentamente hacia delante, y por poco me hizo caer. Recuperé el equilibrio como pude, pero ya era tarde para contener el movimiento de la puerta, que siguió abriéndose, sin ser visto. El miedo me paralizó, y quizá eso me salvó la vida.

Con una sutil parsimonia, la puerta quedó abierta de par en par y me ofreció la escena al completo. Mi tío, cuyos ojos estaban en blanco, decidió que, por fin, había llegado el momento adecuado. Bajó con brutalidad el brazo y clavó el cuchillo en la espalda del cartero. Recuerdo la torsión automática hacia atrás del cuerpo de aquel desdichado, las venas del cuello en tensión, los dedos agarrando la alfombra, el borbotón de sangre que escupió por la boca. Pero, sobre todo, recuerdo el grito de horror de Matilde desde su casa. Es lo que me erizó el vello, lo que otorgó autenticidad a la escena y lo que me hizo caer al suelo del armario empotrado.

Obviamente, mi tío, o lo que quedaba de ser humano en él, también escuchó el grito. Giró la cabeza en dirección al sonido y anduvo hacia la ventana. Yo no podía ver a Matilde desde mi posición, pero supuse que ya no estaba allí. Habría salido corriendo, o eso deseaba yo. Mi tío escrutó la ventana de su vecina durante unos quince o veinte segundos, apoyado en el escritorio, cuchillo en mano, empapado en la sangre de dos personas. Según los psicólogos, si yo no emití sonido alguno es porque me hallaba ya en shock. Ellos son los expertos.

Las vistas de la ventana le tranquilizaron, de algún modo. Pasado un instante, mi tío perdió el interés por el piso de enfrente y le dio la espalda. Dejó una siniestra huella sangrienta de su mano en el escritorio. Miró el cuerpo del cartero, que aún respiraba, y se acercó a él, con parsimonia. Se agachó al llegar a su altura. La puerta abierta del armario captó su atención y fue entonces cuando me vio.

Repito que aquélla no era la mirada de un ser humano. Eso sí, admito que mis recuerdos me traicionan a la hora de describirla. Mi mente de niño la transformó en la mirada de un demonio, lo cual concuerda con la tonalidad encarnada de su cara. Supongo que habría podido jurar que vi largos colmillos y ese típico rabo acabado en punta de flecha con el que se suele representar al Maligno. Evidentemente, lo que en verdad ocurrió es que me miró una persona desquiciada, y en aquellos ojos no reconocí a mi tío.

Dejó de mirarme fijamente y se concentró en mis manos. Seguí la dirección de sus ojos y, para mi sorpresa, ahí estaba aún el Citroën. No había llegado a librarme de él en ningún momento, y la tensión de lo que sucedía a mi alrededor me había hecho perder la constancia de que seguía sujetando aquel juguete. Me habían pillado.

Te puedo asegurar que ahí fue cuando me di por muerto, más muerto que el cartero que se estaba desangrando a un metro de distancia. Incapaz de mirar a mi tío, me eché a llorar amargamente.

Transcurrieron así unos segundos. Él me contemplaba, acuclillado junto al cadáver, en su mundo de aturdimiento. Yo lloraba desconsolado, acurrucado en el interior del armario empotrado. Como él no reaccionaba, ni se abalanzaba sobre mí y ni siquiera me regañaba, opté por dar el primer paso. Muy lentamente, con mi mano temblorosa, deposité el coche en la alfombra, fuera del armario. Hecho esto, reuní todo el valor que pude y me atreví a mirar a aquel hombre. Me estaba observando con la curiosidad que tiene un felino cuando estudia a su presa. Su boca estaba entreabierta.

El cartero emitió un sonido extraño en aquel instante. Fue una especie de hipo. Una expiración salió de su boca y eso fue lo último que hizo en vida. Gracias a ello, mi tío desvió un momento su atención de mí. Empuñando con más fuerza el cuchillo, se agachó junto al cadáver, alerta. Si hacía el más mínimo movimiento, lo ensartaría contra el suelo. El cartero permaneció inerte. Transcurridos unos segundos, la imponente anatomía de mi tío se relajó.

Se volvió de nuevo hacia mí y comenzó a acercarse, a gachas. Lentamente, agarró el cochecito cuando llegó a su altura. Lo contempló con interés durante unos instantes, como si fuese la primera vez que lo veía. En la otra mano, agarraba el cuchillo. Al examinar el auto, lo impregnó de sangrientas huellas dactilares, lo que echó a perder aquel bonito gris metalizado. Todo lo que aquel ser tocaba acababa manchado de sangre. Finalmente, me tendió el juguete con solemnidad y, dedicándome algo parecido a una sonrisa, dijo:

—Te lo regalo.

Movido más por el miedo a ese monstruo que porque aún me importara un comino el maldito coche, lo agarré, reprimiendo la repulsión por las manchas de sangre que ahora contenía.

—Gracias—respondí, con un hilo de voz. Ante todo, educación.

Mi tío hizo una pequeña inclinación de cabeza, apenas perceptible. Se fijó en una pequeña mancha roja que tenía en su pantalón, la rascó pulcramente con la mano que ahora tenía libre (aunque estaba totalmente empapada en sangre) y se incorporó. Aquel loco no era consciente de lo que hacía.

Salió del despacho y se alejó por el pasillo. Volví a quedarme a solas. La casa quedó en silencio. Antes de que la policía echase la puerta abajo, mi tío tuvo tiempo de improvisar algo parecido al harakiri en su habitación.

Me encontraron dentro del armario. Había reunido fuerzas para cerrar la puerta otra vez. Me daba la sensación de que el cadáver del cartero me estaba mirando con su ojo sano. El cochecito se quedó en ese armario. No quise volver a saber nada de él. Los psicólogos dirían que se debe a una asociación con el trauma vivido. Yo más bien pienso que es por un sentimiento de culpa.

Fuera por lo que fuese, nunca, nunca he vuelto a coger nada que no fuera mío.

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  • Buena acción y muy buena descripción de las situaciones... me quedan en el aire algunas preguntas sobre lo que le ocurrirán al resto de personajes (la tía y la chica)... buen relato, ¡¡enhorabuena!!
    Genial. Ritmo, trama, personajes... muy completo en general.
  • Obsesionado por un coche de juguete, un niño entra sin permiso en casa de sus tíos, sin ser consciente de que, en ocasiones, algo que comienza como una simple travesura puede concluir de forma trágica.

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