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5 min
el comienzo
Amor |
09.08.18
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Sinopsis

no es un relato terminado es algo que me atreví a escribir por primera vez y quería saber su opinión, es el primero se que bueno no es pero me gustaría compartirlo

Una persona nunca olvida el día en el que le ofrecen unas monedas a cambio de unas caricias, ese instante en el que desata el deseo, en el que el ego toma control del cuerpo para dar paso a la pasión y no me refiero la sexual, la del dinero, la codicia y la lujuria ocultos en la supuesta perspicacia que me ofrecía mi supuesta juventud. Siempre se recuerda ese día, el primero en el que te conviertes en objeto del deseo, donde el placer se desencuentra con tu cuerpo y el placer del otro es dinero en tus bolsillos.  

Mi día llego a mis 28 años, aunque en apariencia no parecía tener más de 23 años,  en  los ojos lujuriosos de hombres con edipos mal resueltos no me reportában más de mi mayoría de edad, gracioso aunque no muy apuesto, lograba atraer las miradas de los hombres a donde llegaba, ahora bien, la mayoría de estos hombres eran edades avanzadas, en algunos casos cronológicamente podían ser mis abuelos, gerontofilia pensaba, pero que importaba siempre y  cuando tuviesen los bolsillos llenos.

Caminaba ese día de agosto en buenos aires, las nubes ocultaban todo rastro de sol, recuerdo ver la casa rosada con su tonalidad gris debido a la escases de luz y el movimiento de centenares de personas que aunque van al mismo ritmo y sentido no se observa ningún tipo de interacción, ni una mirada a los ojos en la mayoría de los casos.  El microcentro porteño siempre causo en mi un sentido cosmopolita, eso es lo que pasa cuando naciste y creciste en un pueblo de Venezuela con nomas de un millón de habitantes, en mi mente la idea rumiante de la situación económica destruía mis sueños ambiciosos de ser psicologo, o al menos lograr vivir de eso, cuando suena mi teléfono, era un conocido con el que hasta entonces no había concretado ningún encuentro.

—  te ofrezco plata—escrito con mayúsculas.

Un frio voraz subió de mi estomago hasta mi garganta, no era miedo, era la llamada de lo prohibido, que a mi parecer era mucho más fuerte que el anterior, no obstante el pudor clásico de pueblerino me detenía, use la excusa de “ser productivo” para arriesgarme y responde el mensaje.

—¿Cuánto?— respondí súbitamente y aun con las manos frías.

Pasaron diez minutos que fueron una eternidad con el móvil en la mano —Trescientos pesos y no duro mucho— Poco pensé.

—Pero tiene que ser ya—

No le di vuelta al asunto —Dirección— espeté sin ninguna clase de pudor, considerando que ese día me había reportado enfermo en mi trabajo habitual, me repetía como una canción hagamos de este día algo productivo.

En el camino sentí como una parte iba quedando rezagada, como el miedo que controlaba  mis anhelos más turbios iba quedando sin fuerzas ante la avalancha del ego y la perversión que amenazaba con destruirlo todo. Sin darme cuenta ya estaba subiendo por el ascensor del edificio de un desconocido con la promesa etérea de una retribución, una caricia estratégica, pensada y vacía.

—todo bien— dijo al abrir la puerta con una actitud caballerosa. Solo me limite a sonreír, algo en mi garganta se había adueñado de las palabras como si fuesen rehenes de una guerra moral.

Poco detalles daré de los encuentros sexuales, este texto no tiene como objetivo alimentar las pasiones del lector, resumiré la situación como un choque desesperado entre la emoción de la aventura y el miedo de lo desconocido, no hubo esfuerzo alguno,  el cuerpo responde ante los estímulos más simples alternado con la expedición de lo desconocido resultando en una explosión de deseo y avidez.

Al terminar la prestación de los servicios de los que pensé nunca volver a depender, me entrego el dinero diciendo

—cuando quieras nos vemos de nuevo—

No había terminado de salir del departamento cuando ya el veneno de el dinero fácil como se llama popularmente había entrado en mi sistema, no era el obtener una retribución  lo que causaba dicho efecto, era sentir como el autoestima era estimulada aunque fuese por poco segundos por  un otro que también jugaba un papel, el de comprador, no solo de mi cuerpo, también de mi autoconocimiento.

El resto del día jugué con la idea de  encontrar un cliente, después de todo si había podido hacerlo con uno, con el resto solo seria repetir y perfeccionar, es irónico como solo hace falta una situación en la que destruyas la barrera del pudor para que no exista pegamento en el planeta que pueda componerla, esos  deseos  que blanden su espada contra el ejercito del pudor como si de una damisela se tratase, esa damisela que representaba lo inocente que aun quedaba en mi interior y que es abandonada a su suerte.

Al irme a dormir recordé la situación que aun sentía palpitar en algunas partes de mi cuerpo,  remembrado el viejo dicho conocido, el dinero dignifica al hombre, nunca detallaron el origen de dicha moneda. Me despierto asustado de mi estado onírico por un mensaje de un chico, el mismo que hace unas horas disfrazado de rufián me había incitado a este laberinto del alma, el texto aunque corto era claro.

—te quiero mañana en el cine ideal—

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