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7 min
El conductor
Suspense |
09.07.13
  • 4
  • 7
  • 3385
Sinopsis

Cuando elijas qué hacer debes hacerlo bien. Si eliges un trabajo equivocado, o para el que no estás preparado, te pueden pasar estas cosas como ésta.

Estoy esperando en el auto, nervioso, casi trastornado. Mis manos tiemblan sobre el volante y mi pie derecho baila sobre el acelerador. Es mi primer trabajo como conductor, y aunque todo parece ir bien, estoy asustado. Ni siquiera la canción de Nick Cave que están pasando por la radio y que me encanta, puede tranquilizarme. Henry’s Dream es estupenda, pero no logra hacerme sentir mejor, ni siquiera con esa voz tan particular, dura y sensible a la vez.

Los tres entraron al banco hace apenas dos minutos. Tengo la orden de esperarlos hasta un máximo de diez minutos, y si no salen, tengo que dar una vuelta y volver, para evitar sospechas. Cada diez minutos debo estar cinco dando vueltas.

Cuatro minutos. Cada persona que me mira desde la calle me hace sentir culpable. Estoy transpirando, y mi corazón parece salirse del pecho.

Cinco minutos. Un señor vestido de traje me mira con curiosidad. Sé que parezco nervioso pero también sé que no puedo evitarlo. Mis manos están demasiado húmedas, las seco con el pañuelo, porque pueden entorpecer mi tarea. Ahora suena la maravillosa canción Creep, de Radiohead, que consigue darme unos segundos de tranquilidad, que no dura nada.

Siete minutos. Me siento enfermo, mi vientre está hecho una piedra y las piernas me tiemblan. Espero que salgan pronto, no aguanto más.

Ocho minutos. Tengo ganas de bajar del auto y salir caminando. Demasiada presión, no sé si voy a poder dar una vuelta en este estado. Tienen que salir.

Diez minutos. Motley Crue con Dr Feelgood desde la radio hace que se me salga el corazón por el pecho. Es demasiado para mis nervios. Estoy por arrancar para dar una vuelta a la manzana, cuando los veo a los tres venir en esta dirección corriendo como locos, con caras de desesperación. Sólo dos entran en el auto, no recuerdo quienes, no recuerdo qué pasó con el otro. Uno se sienta a mi lado. El otro se acuesta en la parte de atrás. Miro hacia atrás y lo veo sangrando, me preocupo, no sé qué hacer. El que se está a mi lado me pega en la cabeza, me está gritando pero no lo escucho. Todo a mi alrededor se vuelve totalmente silencioso. Supongo que me dice que arranque el auto. Arranco. Doblo a la izquierda y parece que no le gusta a mi compañero, que salta en su asiento y vuelve a pegarme, esta vez con algo duro, en la cabeza. No siento dolor, pero intuyo que me pegó muy fuerte. Me siento desmayar, por un segundo veo todo negro, pero aguanto, firme, al volante. Eso me reconforta, pero todavía no logro escuchar a mi acompañante. Miro hacia atrás de nuevo, el otro está sangrando demasiado. Hago un esfuerzo para avivar el oído, respiro hondo y logro escuchar algo de lo que me dice, apenas audible.

Después de procesar la poca información que llegó a mis oídos, entiendo la ruta a tomar. No me la dijeron antes para evitar que alguna infidencia arruinara el golpe. Fue un error, en este caso. Conduzco con esfuerzo, pero me siento algo mejor. Ya no me gritan. Pero el de atrás está muy mal. No se mueve, no se queja. Y sangra mucho. No puedo hablar, por la amargura que siento, y quisiera preguntar por el tercero. Debe estar muerto.

No quisiera estar acá, pero ya que estoy no tengo otra alternativa que serenarme y seguir. Ese pensamiento me tranquiliza un poco más, no tengo opción. Mi compañero está callado aunque lo veo nervioso, tomamos la autopista, y vuelvo a estar en un silencio atroz, no escucho absolutamente nada. Ningún sonido del mundo exterior llega hasta mis oídos. Es desesperante y me obliga a aguzar todos mis otros sentidos. Demasiado para mí.

Me golpea el hombro, dos, tres veces, muy fuerte, me está gritando, pero no puedo escucharlo. En ese instante logro ver la luz en el espejo, la luz del auto de la policía. Una bala entra en el auto, me doy cuenta porque veo el agujero debajo del estéreo, entre mi acompañante y yo.

Voy a morir, pienso, y es como si pensar eso me sedara definitivamente, como si ya nada importara. Mis manos no tiemblan, están seguras, firmes, mis piernas igual. Otra bala destruye la luneta y el parabrisas en un solo y dramático acto. Si, voy a morir, ahora estoy seguro. Comienzo a manejar como sólo yo sé hacerlo, subo la velocidad, voy en zigzag, paso a todos los autos que encuentro delante de mí.

Como si obedecieran una orden silenciosa, los autos de adelante me dejan el camino libre, hasta que llego al peaje, donde la fila de autos es imposible de sortear. Entonces una nueva bala penetra en el auto y da justo en la cabeza de mi acompañante. Lo vi, como si fuese en cámara lenta, cómo caía hacia delante. Miré hacia atrás, el otro parecía haber muerto también. Estaba solo.

Me siento con la mente fresca y lúcida por primera vez en el día. Freno el auto y saco la mano por la ventanilla sosteniendo un pañuelo blanco. Al menos cinco patrulleros frenan en abanico detrás de mi auto. De inmediato una voz que no puedo escuchar dice algo. El mundo es sólo silencio. Salgo del auto lentamente levantando las manos, ostensiblemente abiertas para que no desconfíen. Son capaces de matarme al más mínimo movimiento, y yo sigo sin escucharlos. Maldición.

Tres policías vienen hacia mí y con movimientos bruscos me tiran al piso, pero ya nada puede dolerme. Me gritan, pero sigo sin escuchar. Me doy cuenta por las miradas de la gente que está en los autos y mira la escena, de que estoy todo salpicado por la sangre de mi acompañante. El horror se pinta en sus rostros. Los policías, conscientes de que es su trabajo, no hacen gestos, aunque puedo percibir que han tenido mucho miedo y que ahora se encuentran aliviados, y con ganas de pegarme para desahogarse. Uno de los policías entra en el auto y creo que apaga la radio. Vaya a saber qué canción estarían pasando. Deseaba poder escuchar algo bueno, en los próximos días no habrá demasiado tiempo para esas cosas.

Ahora todo será brutalidad policíaca. Estoy seguro de que me pegarán hasta hartarse, pero poco me importa. Luego tendré que recorrer tribunales, hablar con fiscales, abogados, jueces, más policías. Historia conocida para mí. Después de todo sólo soy el conductor, no hice nada malo, algo fácil de defender para los abogados. Dirán que fui obligado o presionado a hacerlo. Pero a partir de hoy juro por mi vida que no voy a dejar nunca más que el trabajo lo hagan otros. Nunca más, no quiero pasar por eso de nuevo.

Sigo sin percibir ningún sonido, pero eso es lo de menos, supongo que ya volveré a escuchar en algún momento. Cuando vuelva a salir de la cárcel, estaré listo para entrar en acción nuevamente, y lo voy a hacer a mi manera.

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  • No se que decirte, Rolando. Cada vez que te leo me sorprendes más. Escribes cosas tan diferentes y todas tan buenas. Un placer leerte.
    Como decía Stavros, los primeros párrafos me han recordado mucho la película Plata Quemada que he visto un montón de veces porque me encanta Leonardo Sbaraglia. Aparte el relato está muy bien redactado, lleno de suspense, sentía el temblor, el sudor, veía el coche haciendo eses, la policía disparando. Me ha gustado mucho y tienes un gran futuro como escritor de suspense, digno de los mejores autores de novela negra. Saludos. Natalia
    Un buen relato de acción en la mejor tradición de las historias de pistoleros protagonizadas por Al Capone, Bonnie and Clyde y compañía. Narrada con un ritmo vertiginoso que encaja muy bien con la acción vibrante y sin pausa y en el papel principal un sordo que sin embargo oye perfectamente la música; al igual que a J.M. Boy este detalle me desconcierta, aunque supongo que se quedó sordo por los golpes. Saludos.
    Muchas gracias stavros por tus palabras, que me emocionan, voy a seguir disfrutando de tus relatos, gracias Alcázar prometo leer muchas cosas tuyas y J.M. gracias por los comentarios como siempre un placer leerte.
    Bestial, durante la fuga temí salir malparado; es comprensible que el protagonista padeciera sudores, no se fiaba de sus subalternos; y estoy convencido de que es sordo absoluto excepto para la música, que la capta y saborea ¿cómo podrá ser ese fenómeno curioso? Saludos.
    Un relato trepidante, cargado de acción, en el que se describe con maestría la percepción de un conductor poco experimentado en estas lides. Mi enhorabuena. Saludos
    Amigo Rolando, tu estupenda vena de "relatos negros" sigue en alza. Al contar esta espera y posterior huida enloquecida, tras lo que ya se intuía, nos vuelves a brindar un ejemplo vertiginoso, sumamente descriptivo del "driver inquieto e inquietante" (mucho más al ser contado en presente) que nos inflama y sacude, volviendo a reinventar una visión del gangsterismo que nos atrapa de nuevo y de cuya lectura no podemos pasar de largo. A mí, personalmente, este tipo de relatos me encantan, ante todo porque la novela negra y en especial el cine negro (jeje, ¡aquel blanco y negro!) siempre me han fascinado y lo siguen haciendo. Como eres argentino (gran país, ¡menuda literatura! y ¡qué gran cine!) me pregunto: ¿has visto aquella maravillosa película de Marcelo Piñeyro: "Plata Quemada", genial película, una de mis favoritas, y basada en la novela no menos genial de Ricardo Piglia? Si se te ha escapado, procura recuperarla. Te encantará... Bueno, compañero Rolando, celebro tu llegada a TR, te agradezco tus valoraciones de nuevo, y espero que sigas asombrándonos con esta sensacional "semilla de buena narrativa negra" Fue un placer leerte otra vez (lo haré siempre que pueda)... Y bueno, no reprobemos del todo (en el mundo literario o cinematográfico, se entiende) a estos "atracadores insurrectos", jeje, ni fijemos límites entre sus actos poco inocentes y, claro está, culpables, ya que, a fin de cuentas, nos procuran momentos de apasionada emoción como tu magnífico "Conductor" . Otro abrazo para ti y un recuerdo muy especial para tu hermoso país, su cultura, y que sigamos disfrutando de nuestro idioma hermano-stavros
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    Cuando elijas qué hacer debes hacerlo bien. Si eliges un trabajo equivocado, o para el que no estás preparado, te pueden pasar estas cosas como ésta.

Soy escritor, básicamente. Historiador, fotógrafo, empleado para sobrevivir, pero escritor ante todo.

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